Francisco Martínez de la Rosa
Amor de padre

Acto cuarto

Escena V

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Escena V

 

M. LOYZEROLE, SU HIJO.

Entran por la puerta del fondo acompañados del hijo del alcaide, que los deja en la sala y se va por una galería

EDUARDO.- Yo ya no podía más... ¡Cómo estará Matilde!... Y luego aguardar tanto tiempo después de haber comparecido ante aquel indigno tribunal... ¿Qué tenéis, padre mío?

M. LOYZEROLE.- Nada, hijo...

EDUARDO.- No, me engañáis... Os estoy leyendo en el semblante lo que está asando en vuestra alma...

M. LOYZEROLE.- ¿No es natural que esté triste después de haber pasado unas horas tan crueles?...

EDUARDO.- Sí; pero estáis haciendo esfuerzos para contener las lágrimas; y eso me aflige aún más...

M. LOYZEROLE.- ¡Hijo mío!... (Le abraza.)

EDUARDO.- Así... Así desahogaréis vuestra pena. ¿Dónde mejor que en los brazos de un hijo?... Pero yo no por qué os afligís de esa manera... No hay motivo para tanto. Aún no sabemos la sentencia; y por inicuos que sean...

M. LOYZEROLE.- Tú no los conoces como yo; eres joven, confiado y juzgas a los demás por tu corazón... Esos malvados son capaces de todo... Y si te sucediera a ti una desgracia... ¡No, Dios mío, no!... ¡Mil veces morir antes!...

EDUARDO.- Pero ¿por qué os atormentáis imaginando lo peor?

M. LOYZEROLE.- Temblando estaba cuando te hacían aquellas preguntas tan capciosas, tan pérfidas... Quería hacerte señas; pero tú ni siquiera atendías... A cada palabra que pronunciabas se me helaba la sangre en las venas, temiendo que te comprometieses... ¡Y quién sabe!...

EDUARDO.- Pero ¿cómo conservar la tranquilidad al ver aquellos jueces, los jurados, más viles que ellos, y convertido el tribunal en una caverna de asesinos?... Harto me reprimí: cien veces contuve las palabras que se iban a escapar de mis labios... Y si no os hubiese tenido delante..., si no hubiese pensado en Matilde..., la vida hubiera dado por darles el nombre que merecen...

M. LOYZEROLE.- ¿Y qué habrías conseguido con eso? ¡Quizá les has dicho demasiado!...

EDUARDO.- No lo temáis, no; el mismo cariño que me tenéis os abulta el peligro, pero yo estoy cierto de no haberme excedido... ¿No me veis tan sereno?... ¡Lo único que me aflige es el pensar lo que habrá padecido Matilde!... No la apartaba un instante de mi memoria... Me estaba deshaciendo, ¡y cada hora que pasaba me parecía un siglo! ¡Cuánto habrá padecido la infeliz en tantas horas de incertidumbre!... ¡Y qué noche tan terrible le espera sin saber siquiera de mí!...

M. LOYZEROLE.- ¿Y qué remedio, hijo mío?

EDUARDO.- ¡Yo conozco su ternura, el amor que me tiene y el estado en que la dejé!... ¡Capaz es de que la cueste el juicio sí se la deja abandonada a su imaginación... Si pudiera siquiera avisarla...

M. LOYZEROLE.- ¿Cómo?...

EDUARDO.- ¡Si le escribiera dos renglones no más... para que supiera que vivo, que no tiene nada que temer, que me verá mañana!...

M. LOYZEROLE.- ¿Estás en ti, hijo mío? Olvidas dónde te hallas y la situación en que te encuentras.

EDUARDO.- No lo creáis... No es tan difícil... El hijo del alcaide tiene muy buen corazón; lo disimula por evitar las reconvenciones de su padre; pero yo le he visto más de una vez compadecerse de los desgraciados y aliviar los rigores de la prisión... Es joven como yo, recién casado, ama con ternura a su mujer... ¡Quién sabe! Tal vez comprenderá mi situación y querrá proporcionarme ese consuelo...

M. LOYZEROLE.- ¡Qué ilusiones te formas, hijo mío!... Siempre el mismo carácter: juzgar por ti a los demás...

EDUARDO.- Pero ¿qué aventuro en proponérselo?... ¿El llevar una carta a Matilde es acaso un crimen de Estado?... Yo estoy cierto de que está despierta; que aguarda algún aviso mío; que está consolando a su buen padre o rogando a Dios por nosotros... ¡Qué placer va a sentir en su alma cuando vea mi letra!...




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