Francisco Martínez de la Rosa
Amor de padre

Acto cuarto

Escena VII

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Escena VII

 

M. DE LOYZEROLE entra en uno de los calabozos; EDUARDO se queda detrás, detiene al hijo del ALCAIDE y se pone a hablar con él, después de observar que están solos.

EDUARDO.- Un favor tenía que pedirte contando con tu buen corazón... ¿No es verdad que no me lo negarás?

HIJO.- Según y conforme.

EDUARDO.- Es una cosa muy pequeña para ti, y a mí me das la vida...

HIJO.- Pero explícate...

EDUARDO.- Dime antes que sí...

HIJO.- Como pueda, lo haré.

EDUARDO.- Tú sabes lo que amo a esta joven...

HIJO.- Bien...

EDUARDO.- Va a ser mi esposa... La amo más que a mi vida...

HIJO.- Bien...

EDUARDO.- La he dejado pena al verme ir hoy al tribunal; se hallará en la mayor angustia... Temerá tal vez que me hayan condenado...

HIJO.- ¿Y qué quieres?..

EDUARDO.- Una carta... Dos renglones no más... Irá abierta y podrás leerla... No más que decirle que vivo, que estoy aquí, a pocos pasos de distancia... ¿Por qué dudas?... ¡Me haces el mayor favor que pudieras hacerme en la vida!...

HIJO.- ¿La tienes escrita?...

EDUARDO.- Al momento la escribiré... ¿Con qué podré pagarte esta fineza?...

HIJO.- Con nada...

EDUARDO.- Yo estaba seguro; cuando se ama como tú amas a tu mujer... No vuelvas el rostro... ¿Qué mayor gloria en el mundo que tener un alma sensible?...

HIJO.- Vamos... Pronto...

EDUARDO.- Voy al instante... Pero se me ocurre... Si no te enfadaras...

HIJO.- ¿Todavía más?...

EDUARDO.- Ya que haces el favor, ¿por qué no lo haces completo?...

HIJO.- ¿Qué quieres decir con eso?

EDUARDO.- No me atrevo...

HIJO.- Despacha...

EDUARDO.- Si quisieras que yo le llevara...

HIJO.- ¿Estás loco?... Ya no hago nada; eso es abusar...

EDUARDO.- Tienes razón... Perdóname; pero si tú vieras lo que está padeciendo mi corazón... Si supieras lo que la adoro... En vez de enfadarte me tendrías compasión.

HIJO.- (Aparte.) ¡Pobrecillo!... Las lágrimas se le han saltado... (Recio.) No me he enfadado, no; pero como pides una cosa imposible...

EDUARDO.- ¿Y por qué? Nada más fácil... Tu padre estará ya durmiendo, y tiene toda su confianza en ti... Tú haces la requisa de medianoche; y basta que el encerrarme ahora dejes la puerta en falso...

HIJO.- ¡No faltaba más!...

    EDUARDO.- ¿ por ventura que trato de escaparme?... Aun cuando hallara todas las puertas abiertas de par en par... Tengo aquí dos pedazos de mi corazón... En cuanto no se sienta ruido sigo en silencio, la escalera está a mano, llego a la puerta del calabozo... y por los hierros le arrojo la carta... Me basta que sepa que soy yo... Decirle callando, muy callandito... Ni la tierra lo sentirá...

HIJO.- Tú todo lo hallas fácil... ¡como no aventuras nada!...

EDUARDO.- Supón que se tratara de tú mujer..., que supieras que estaba triste, desconsolada..., temiendo no volver a verte; y tú mismo tal vez en vísperas de salir al suplicio, ¡cuánto no agradecerías que te concedieran un favor semejante!...

HIJO.- La verdad... Yo quisiera darte ese gusto..., pero...

EDUARDO.- No vaciles; sigue el impulso de tu corazón, que es la mejor guía...

HIJO.- Yo no en lo que consiste..., pero siempre acabas en hacer de mí lo que quieres...

EDUARDO.- ¡Cuánto te lo agradezco!... Estaba ahogándome de pena y me vuelves la vida... (Le coge la mano y la estrecha con la suya.)

HIJO.- ¿Qué haces?... Ya que están todos recogidos no hay que perder tiempo...

EDUARDO.- Voy volando... (Entra en su calabozo; el hijo del alcaide hace ademán de cerrar la puerta, pero la toca para cerciorarse de que no lo está.)




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