Francisco Martínez de la Rosa
Amor de padre

Acto quinto

Escena II

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Escena II

 

Dichos. EL MARQUÉS, MATILDE

MATILDE.- ¿Cómo sigue?

JUAN.- Poco más o menos...

MATILDE.- ¿Ves como me engañabas?... ¡Bien me lo decía el corazón!...

MARQUÉS.- Vamos, hijo mío; es menester que no te abandones así... ¿Qué va a ser de este pobre viejo con tantas penas y sin nadie que le consuele?

MATILDE.- Disculpadme, padre mío; pero ¡tengo tan traspasada el alma!... Ver a Eduardo en ese estado..., sin proferir una palabra... y como si hubiese perdido la razón... Si llorase... Si se quejase siquiera..., ya tendría ese des. ahogo; pero si sigue como está...

MARQUÉS.- ¡No, Matilde, no querrá Dios!... El dolor le ha sobrecogido... Ha sido tan recio el golpe..., tan inesperado... Pero, en pasando algún tiempo, volverá en sí y le verás más tranquilo... Si fuesen ciertas las voces que corren... Si nos viésemos pronto fuera de la prisión..., tal vez en perdiendo de vista estos objetos que le recuerdan su desgracia, respirando el aire del campo..., con nuestros cuidados y con tu cariño...

MATILDE.- ¡Dios lo haga!... Porque yo no tengo corazón para verle así... (Se acerca a Eduardo.) Eduardo..., soy yo... ¿No me conoces?... Mírame... Soy Matilde, que decías que amabas tanto... (La mira y no contesta.) Una palabra, una palabra siquiera... No exijo más de ti... (Se sienta a su lado, y al otro lado el marqués.)

MARQUÉS.- Estás aquí, entre tus amigos que vienen a consolarte en tus penas..., a compartirlas, a llorarlas contigo... ¿Por qué no explayas tu corazón y verás como sientes alivio?...

MATILDE.- dócil, Eduardo; escucha los consejos de mi padre...

EDUARDO.- (Levantándose de improviso.) ¡De tu padre!...

MATILDE.- Sí, Eduardo. ¡Pues qué! ¿No le conoces?... Mira qué sudor corre por tu frente... Siéntate, Eduardo, siéntate a mi lado, que yo lo enjugaré... (Siéntase con el mayor abatimiento.)

EDUARDO.- No me muestres esa compasión... Yo no la merezco... ¿Sabes tú con quién estás hablando?... Yo te lo diré a ti, a ti sola... (Con reserva.) ¡Yo he asesinado a mi padre!... (Ella se cubre con las manos el rostro.) ¿Te horrorizas?... Tienes razón; pero ¡no te causo a ti más horror del horror que me causo a mí mismo!...

MATILDE.- ¿Por qué te atormentas de esa suerte?

EDUARDO.- ¿Lo dudas?... Pues es la verdad; ¡ojalá pudiera borrarla con toda la sangre de mis venas! Escucha; pero cuidado con revelar a nadie mi secreto... Yo me hallaba con mi padre en una cueva de asesinos... Estaba con él noche y día, velaba por su vida, mil veces más preciosa que mi vida..., pero un momento, un momento solo le abandoné..., ¡y cuando volví le hallé muerto!... ¡Su hijo, su ingrato hijo es quien le ha asesinado!...

MATILDE.- ¡Yo no puedo más, padre mío!...

MARQUÉS.- Mejor es dejarle unos instantes hasta que esa fatal idea se aparte de su imaginación.

MATILDE.- ¡Infeliz!... ¡Qué tormento está padeciendo en su alma! La muerte misma no fuera más cruel... (Eduardo queda como abismado en su pena; Juan viene a su lado, Matilde y su padre se apartan algún tanto.)




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