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ALCAIDE.- ¿Ahora vienes, infame?
HIJO.- No ha sido culpa mía; al momento que oí el primer rumor corrí a ponerme a vuestro lado..., pero el tropel de gente me atajó los pasos y de milagro vivo... Uno dijo al verme: «¡Ahí va ese carcelero!...» Y se arrojaron sobre mí para hacerme pedazos... Las mujeres, sobre todo, parecían furias... Por fortuna llegó un oficial que me conocía y a quien había hecho algunos favores..., y para salvarme del furor del pueblo, me condujo arrestado al cuerpo de guardia; a eso sólo le debo la vida...
ALCAIDE.- ¿Y cómo te han puesto en libertad?
HIJO.- ¡Pues qué! ¿No sabéis lo que pasa?... El arresto de Robespierre y de los otros no duró sino pocos momentos... El comandante general Henriot los libertó y los sacó en triunfo... Todos se hallan reunidos en la casa de la ciudad; ya la campana ha tocado a rebato, y en el puente de la Revolución ha sonado el cañonazo de alarma... ¿No lo habéis oído?... La gente que pasó por la calle, ya furiosa contra la Convención... Las secciones acuden en tropel y sólo aguardan la señal para entrar dentro a fuego y sangre...
ALCAIDE.- ¡Infeliz de mí!... ¿Qué disculpa doy? El menor descuido se paga con la vida.
HIJO.- Lo más urgente es ocultaros... Libraos del primer arranque...
HIJO.- Lo primero es poneros en salvo... (Van hacia la puerta del fondo, y el hijo del alcaide dice:) ¡Gente viene!... Ocultaos corriendo. (Se sube el alcaide por la escalera.)