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Dichos. Por otra calle de la derecha desemboca EL COMISARIO DEL TRIBUNAL con ROBERTO Y EL AGENTE DE POLICÍA, seguidos de algunos subalternos de dicho Tribunal y gendarmes, que traen en el centro a EDUARDO y a otros cuantos presos.
PRESO lº - ¿Aún estáis sedientos de sangre?...
HOMBRE lº - ¡Traedles una cuba llena, a ver si se hartan!...
COMISARIO.- Lo que queremos es que se cumplan las leyes... Dejad libre el paso...
VOCES EN EL GRUPO.- ¡Que los suelten!... ¡No más guillotina!...
COMISARIO.- Ya lo he dicho otra vez... ¡Paso!... ¡Paso!... (La gente se irá retirando poco a poco y de manera que pueda envolver al grupo que lleva los presos; de pronto se arrojan sobre él y las mujeres gritan a los gendarmes:) ¡Dejad a esos infelices!... ¡Dejadlos!... (Se interponen de suerte que no pueden hacer uso de las armas. Ellos permanecen indecisos, sin hacer caso de ellas. La gente del pueblo liberta a los presos, que se confunden entre la muchedumbre: sólo permanece Eduardo inmóvil, con la cabeza descubierta. El comisario del Tribunal y el agente de Policía desaparecen en medio del tumulto. Roberto, al irse, descarga con el sable desnudo un golpe en la cabeza de Eduardo.)
ROBERTO.- Tú no te salvarás... (Juan venía a colocarse al lado de Eduardo y dispara un pistoletazo sobre Roberto.)
JUAN.- ¡Toma tu merecido! (Roberto, herido mortalmente, va a caer entre bastidores. Alguna gente le sigue, gritándole: «¡Asesino!... ¡Asesino!...» Otros se dirigen hacia la última calle la derecha.)