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MATILDE, ROSALÍA. MATILDE vistiéndose de aldeana.
ROSALÍA.- Vamos, hija mía; es menester que tengas más ánimo... Hazte juicio de que te estás disfrazando para un baile de trajes... Así como así, te sienta mejor que el que estrenaste ahora tres años... ¿No dices nada?
MATILDE.- ¿Y qué quieres que diga, si me está ahogando la pena que tengo aquí en mi corazón?
ROSALÍA.- Llora, hija, desahógate; pero cuidado, que si vuelve tu padre vas a afligirle más; ¡y hartas penas tiene el infeliz!
MATILDE.- Ya lo sé, y por eso es mayor mi tormento. Tener que parecer tranquila cuando se me está despedazando el alma; animar a mi padre, consolarle, sostenerle en su resolución cuando dejo aquí tantos recuerdos, tantas esperanzas... ¡Sería menester ser de piedra para no sentirlo...!
ROSALÍA.- Nadie lo conoce mejor que yo... Tú sabes el cariño que te tengo desde que tu madre, que esté en gloria, te dejó aún muy niña en mis brazos... Deja que te estreche en ellos, siquiera en memoria de aquella santa señora, que está mirando desde el cielo. (La abraza.)
MATILDE.- En esta casa he nacido, aquí me he criado, aquí recibí la bendición de mi madre pocas horas antes de morir... ¿Cómo he de alejarme de estos sitios sin tener siquiera la esperanza de volverlos a ver en mi vida?...
ROSALÍA - ¡Pues no faltaba más! ¿Crees que va a durar siempre este infierno en que han convertido a la Francia?... No, hija mía; Dios tendrá piedad de nosotros; los malvados llevarán su merecido y volverán los buenos... Sí, volverán, mal que le pese al diablo... Lo que importa ahora es salvarse de la tormenta poniendo tierra de por medio...
ROSALÍA.- ¿A qué viene ahora ese suspiro? ¿Por qué bajas los ojos y te pones encarnada? ¿Te parece que yo no lo adivino?... Que lo sientas, es muy natural...
-MATILDE.- Me he criado con él cual si fuese mi hermano; le veía todos los días, a todas horas, a cada momento; no sabía estar sin él, ni él sin mí; nuestros juegos eran unos mismos, unos nuestros pensamientos, nuestros deseos... Y cuando estaba próximo el instante de nuestra felicidad, cuando iba a unirme por toda la vida al único hombre que he amado, al único que, amaré en el mundo..., entra la discordia en las familias, crece la enemistad entre nuestros padres y hasta nos prohíben hablamos, vernos...
ROSALÍA.- ¡Maldita sea la revolución y quien la trajo, amén!... Por su culpa están las familias desunidas, reñidos los hermanos, enemistados los padres con los hijos... ¡Hasta mi pobre Matilde es víctima de ella....!
MATILDE.- Mientras vivíamos cerca alimentaba la esperanza de que un día se reconciliasen nuestros padres; han sido íntimos amigos, se aprecian en el fondo de su corazón y sólo estos malditos partidos han podido dividirlos así... Pero en yéndonos de aquí, en hallandome en tierra extranjera, sin saber siquiera si vive Eduardo, si me ha olvidado, si aún me ama... ¡Mejor quiero morir mil veces que vivir en esta incertidumbre!...
ROSALÍA.- Parece que te complaces en atormentarte... Nunca son tan grandes los males como nos los nuestra imaginación...
MATILDE.- ¿Y qué remedio cabe, nos vamos a apartar para siempre?... Yo no he querido irme sin decirselo... Temía que me culpase, que atribuyese a otra causa mi silencio; pero carta que le he escrito no llegará a sus manos, sino veinticuatro horas después partida... Ya no tendrá remedio... ¿Crees tú que lo sentirá mucho?
ROSALÍA.- ¿Pues no lo ha de sentir si el señorito Eduardo es un ángel y os quiere más que a las niñas de sus ojos?... ¡Buena pesadumbre le aguarda cuando llegue a saberlo!...
MATILDE.- Ya he encargado el a Juan lo que tiene que hacer...
ROSALÍA.- ¿Juan ha llevado la carta?... Pues ya se echó todo a perder.
MATILDE.- No lo creas; yo no sé, por qué siempre estás de riña con ese viejo honrado...
ROSALÍA.- Porque es muy hablador y porque en todo se mete; y porque a trueque de no oírle contar sus viajes a América y sus combates con los ingleses me iría yo...