Francisco Martínez de la Rosa
Amor de padre

Acto primero

Escena III

«»

Enlaces a las concordancias:  Normales En evidencia

Link to concordances are always highlighted on mouse hover

Escena III

Dichos, EDUARDO.

MATILDE se arroja sobre una silla en la mayor aflicción; EDUARDO corre hacia ella y le habla con vehemencia; JUAN y ROSALÍA Se apartan hacia el fondo de la escena, entrando y saliendo de cuando en cuando, como para hacer los preparativos de viaje.

EDUARDO.- ¡Matilde mía!... ¿Por qué tiemblas así?... ¿No respondes?... Tienes la mano helada... Una palabra, una sola siquiera...

MATILDE.- Deja, déjame, por Dios, Eduardo...

EDUARDO.- ¡Que te deje!... ¿Y es así como me recibes cuando traigo traspasada el alma?... Yo estaba triste... Afligido más que otros días... No parece sino que el corazón me anunciaba alguna desgracia... Vine cerca de tu casa por ver si te divisaba de lejos... Y ni aun tuve ese consuelo... Al volver recibo tu carta... Y al leerla me quedé muerto. La sangre se me heló en las venas... Mas no perdí un instante, corrí a buscar a mi padre y por desgracia no lo hallé... Entonces volé sin saber yo mismo lo que me hacía, y a los pocos momentos me hallé a la puerta de tu casa... Ya estoy a tu lado, Matilde; ¿quién en el mundo podrá separarnos?

MATILDE.- ¡Eduardo!...

EDUARDO.- ¿Por qué me miras así?¿Imaginas acaso que estoy loco?... Lo estoy sí; te lo juro; ¡primero que nos separen me arrancarán la vida...

MATILDE.- ¡Cálmate, Eduardo mío! Si viniera mi padre... Si te encontrara aquí... Yo me caía muerta de vergüenza.

EDUARDO.- ¿Y por qué? ¿No vas a ser mi esposa? ¿No lo ofreció él mismo? ¿No tiene que suceder, aunque se oponga el cielo y la tierra?

MATILDE.- Me da pena, Eduardo... Me da pena de verte así...

EDUARDO.- Yo me tranquilizaré... Pero escúchame... No me hagas reflexiones... Todas las he hecho yo... Y he tomado mi resolución... Oye... En cuanto vuelva me arrojo a los pies de mi padre...

MATILDE.- ¿Para qué?

EDUARDO.- Oye; yo te lo ruego... Mi padre me ama con la mayor ternura; no tiene más hijo que yo, y todo su cariño se ha reconcentrado en mí... Sabe que yo te adoro, que no puedo vivir sin ti, que tu separación me cuesta la vida... No lo dudes, accederá a mis deseos, dejará también esta tierra desventurada y os seguiremos donde quiera...

MATILDE - ¡Qué ilusión, Eduardo! Tu pasión te pone una venda en los ojos ¿Cómo lo imaginas posible?

EDUARDO.- ¿Y por qué no? Mi padre ha pensado ya más de una vez alejarse de la Francia, donde es imposible vivir mientras la tiranizan esos malvados... Mis ruegos, mis instancias acabarán de decidirle... Nuestro enlace ha sido el pensamiento, el anhelo, el afán de toda su vida... Nuestra felicidad iba a ser su felicidad, nuestra dicha es su dicha... ¿No recuerdas, Matilde, que alguna vez llegó a darte el dulce nombre de hija?

MATILDE.- Y esos recuerdos son los que me hacen más infeliz...

EDUARDO.- ¿Y pudieras renunciar a esperanza?... No, amor mío; no pueda más que ese recurso, y es menester tentarlo... Si consigo que mi padre condescienda en ello no tengo duda de que el tuyo dará su consentimiento... A pesar de sus preocupaciones tiene un corazón excelente, te ama con delirio y no querrá hacerte desdichada por toda la vida.

MATILDE.- Tus palabras me sirven de consuelo..., pero..., ¡tengo tan pocas esperanzas!...

EDUARDO.- ¡Así, Matilde, así!... Estrecha mi mano... ¿Cómo quieres que renuncie a esta felicidad?... Ser tu esposo, llamarte mía, vivir para ti...,Sólo para ti... Yo no tengo ambición, y desprecio el mundo... ¡Le veo tan pequeño, tan miserable!... Tú, tú solaserás mi ocupación, mi dicha... No pensaré sino en ti, no me separaré de ti en tus brazos me hallará la muerte...

MATILDE.- Eduardo mío, tus palabras me hacen mal... Y no por qué... ¡He padecido tanto, que hasta la imagen de la felicidad me oprime el corazón! ¡Mentira me parece que hemos de ser dichosos!... (Volviendo la cara con sorpresa.) Creí que sonaba ruido... ¡Si viniera mi padre!... Vete, Eduardo, vete; yo te lo ruego... Estoy tan sobresaltada, tan fuera de mí, que me lo van a cono.:», cer en la cara...

EDUARDO.- Tienes razón... ¡Pero me cuesta tanto trabajo apartarme de eso que va a ser por poco tiempo...

MATILDE.- ¡Por poco tiempo!...

EDUARDO.- Sí, yo te lo ofrezco... ¿No tienes confianza en mí?

MATILDE.- Sí Eduardo; ¡pero somos tan infelices!... ¡Vamos a correr tanto riesgos!...

EDUARDO.- No te aflijas, Matilde, mía; ¿cómo quieres que te deje así?

MATILDE.- Ya no lloro... ¿Lo ves?.. Estoy más serena... Pero vete, Eduardo... Mira que si vienen me muero.

EDUARDO.- (Besándole la mano) Adiós, ángel mío...

MATILDE.- ¡Adiós!

EDUARDO.- (Al salir.) ¡Quién en el mundo más dichoso que yo!...

MATILDE.- Ve, Juan, y cuida de que no le vea nadie... No te apartes de mí, Rosalía... Apenas puedo tenerme en pie...




«»

Best viewed with any browser at 800x600 or 768x1024 on Tablet PC
IntraText® (VA2) - Some rights reserved by EuloTech SRL - 1996-2010. Content in this page is licensed under a Creative Commons License