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Dichos. EDUARDO, MATILDE, EL MARQUÉS, M. DE LOYZEROLE.
El PRIOR y el NOVICIO se ocultan en la capilla medio derribada, en tanto que los otros bajan al llano
EDUARDO.- Por fin llegamos con bien al cabo de tantos trabajos...
MATILDE.- Mentira me parecía que habíamos de llegar cuando me veía en medio de esos riscos y teniendo que bajarlos a pie para no despeñarnos... ¿Venís muy cansado, papá?...
MARQUÉS.- Un poco, hija mía; más lo estarás tú, que has traído conmigo tanto cuidado... Ahora descansaremos hasta que amanezca; y después, con la ayuda de Dios...
MATILDE.- Aquí estaréis mejor, sobre esta piedra... Yo me sentaré a vuestro lado... Eduardo, para todos hay sitio... Aquí hay uno muy bueno...
EDUARDO.- No cabe mejor. (Se sienta al lado de Matilde.)
MARQUÉS.- (A M. Loyzerole.) ¿Qué estáis haciendo ahí?
M. LOYZEROLE.- Estoy contemplando estas desdichas... ¡Un monasterio tan antigua, tan lleno de gloriosos recuerdos, reducido a ceniza!...
MARQUÉS.- ¿Y por qué lo extrañáis? ¿No han hecho lo mismo en todas partes?... Para ellos no hay nada respetable ni sagrado... ¿No han devastado la basílica de San Dionisio y arrojado al viento las cenizas de nuestros reyes?... Si sigue así el furor de esos vándalos pronto no ofrecerá Francia sino un campo de ruinas y de escombros... (Mientras hablan entre sí los dos padres, se emprende el siguiente diálogo:)
EDUARDO.- Pues ¿qué era, mi vida? A cada relámpago cerrabas los ojos y cuando se oía un trueno...
MATILDE.- ¡Eran tan fuertes, Eduardo!... Y luego se repetían cien veces en esas montañas... Involuntariamente apretaba el brazo de mi padre... ¡Y sentía tanto consuelo cuando te veía cerca de mí!... En medio de los dos, ¿qué puedo temer yo en el mundo?...
EDUARDO.- Nada.
MATILDE.- Si no fuera por eso... Ahora sí, te confieso mi debilidad... La vista de esas ruinas... Y al otro lado eso, sepulcros... No me quedaría aquí sola....
EDUARDO.- ¿Es ése todo el valor que mostrabas antes?...
MATILDE.- La verdad, yo lo hacía para animar a mi buen padre; pero en mis adentros...
EDUARDO.- ¿Ves tú cómo acerté?... ¿Cómo quieres que no adivine lo que pasa en tu alma?...
MATILDE.- ¿Y qué mérito ha en ello cuando yo te dejo que leas hasta el fondo de mi corazón?...