Francisco Martínez de la Rosa
Amor de padre

Acto tercero

Escena IV

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Escena IV

 

Dichos. EL PRIOR, EL NOVICIO

PRIOR.- (Saliendo de la capilla al tiempo de acercarse los otros.) ¿Qué buscáis aquí?... (Los otros se detienen suspensos.)

MARQUÉS.- Perdonad... Estábamos tan lejos de imaginar siquiera...

MATILDE.- ¡Qué susto he llevado, Eduardo!

PRIOR.- Pero ¿quién sois? ¿Qué os ha traído a este sitio y a semejantes horas?

MARQUÉS.- ¿No lo adivináis? La misma revolución que ha causado todos esos estragos...

M. LOYZEROLE.- Venimos huyendo de su furor... y buscamos los parajes más solitarios...

PRIOR.- En otros tiempos, hijos míos, hubierais hallado aquí un albergue cómodo y seguro... Nunca se cerraban esas puertas para los desgraciados... Mas ahora... ya lo veis... Apenas quedan en pie esas paredes para denotar donde tenía el Señor su morada... (Acércase el novicio y le sienta en una piedra; a su derecha, M. Loyzerole; a su izquierda, el marqués, y después, Matilde y Eduardo. El novicio se coloca detrás, a cierta estancia; Juan y el otro mozo se sientan más lejos, al pie de la montaña.)

M. LOYZEROLE.- Habíamos oído hablar del incendio de este monasterio; pero no era de creer que hubiese hecho tantos estragos...

PRIOR.- ¡Y en una sola noche, que el corazón se me parte de solo recordarla! Hacía tiempo que una banda de malhechores vagaba por esta comarca... Habían quemado algunas mieses y pegado fuego a una u otra casa de campo... ¿Qué puede esperarse de unos hombres sin religión, sin ley, a quienes se quita todo freno divino y humano?... Hasta aquí llegó el rumor de sus atrocidades; pero esperábamos que nos salvase nuestra soledad y retiro... ¡No lo ha querido Dios!... Una noche..., poco más de las doce serían..., estábamos en el coro...; reinaba el silencio más profundo... y sólo resonaban los cánticos que dirigíamos al Señor, cuando de repente oímos un ruido espantoso y vimos por las vidrieras el resplandor de las llamas... Acudimos todos, todos... Algunos de nuestros hermanos perdieron la vida por preservar del incendio las cosas santas... Otros no fueron tan dichosos... Yo permanecí hasta el último instante en aquella capilla... Y ese joven que veis ahí y otro buen religioso me sacaron sin conocimiento de en medio de las llamas... Los malvados habían pegado fuego al edificio por los costados... Y a las pocas horas.... ¡ya veis, hijos míos, ya veis lo que ha quedado!... (Cúbrese el rostro con entrambas manos y calla por unos momentos.)

MARQUÉS.- Sentimos haberos, causado tanta pena con traeros a la memoria...

PRIOR.- Al contrario, es un desahogo... Siento un consuelo que no puedo explicaros al verme rodeado de vosotros... Cuando en medio de las tribulaciones que el Señor nos envía se encuentran almas caritativas que las compadezcan..., ¡cómo que se alivia su peso y debemos dar gracias a la Divina Providencia!... Pero ¿quién sabe?... Quizá sois más desgraciados que yo, ¡y os estoy afligiendo en vez de consolaros!...

MARQUÉS.- ¡No, padre mío!... Vuestras palabras son un bálsamo para nuestras almas!...

M. LOYZEROLE.- Y debemos bendecir el momento en que hemos venido a este sitio...

MATILDE.- (A Eduardo.) ¿No es verdad que este buen religioso parece un santo en la tierra?...

MARQUÉS.- ¡Hace tanto tiempo que no oímos la palabra de los ministros del Señor!... Ni aun ese consuelo nos han dejado en medio de nuestras desdichas...

PRIOR.- ¿Cómo habían de respetar la religión los que se han declarado enemigos de Dios y de los hombres?... Mas ella saldrá triunfante, no lo dudéis, hijos míos; está escrito por la mano del Altísimo y no puede faltar... ¡Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella!... En medio de tan cruel persecución, ¿no descubrís clara, patente, la mano de la Providencia?... Ved a los ministros del Señor resistir igualmente a la seducción y a las amenazas, celebrar los divinos misterios en las profundidades de la tierra, como los primitivos cristianos, y recibir como ellos la palma del martirio... ¡Dichosos, dichosos mil veces que están ya gozando del cielo!...

MATILDE.- ¿No ves, Eduardo?...

EDUARDO.- ¿Qué, mi vida?

MATILDE.- Un resplandor allá a lo lejos...

EDUARDO.- No veo nada...

MATILDE.- Si ha pasado como un relámpago...

EDUARDO.- ¿Estás todavía pensando en la tormenta?

MATILDE.- No lo dudes, lo he visto.

EDUARDO.- Fue tu imaginación...

MATILDE.- ¿Y ahora?

EDUARDO.- (Levantándose, y lo mismo hacen los demás.) Es cierto.

MARQUÉS.- ¿Qué será?

M. LOYZEROLE.- ¿Quién puede adivinarlo?

PRIOR.- ¿Hacia dónde se descubre esa luz?...

EDUARDO.- Allá en el fondo, que apenas se divisa...

PRIOR.- Ahí está la sepultura del santo fundador.

EDUARDO.- Pues de allí sale el reflejo...

MATILDE.- ¿Y no ves como unas sombras en aquellas paredes?... Mira, mira cómo se mueven.

EDUARDO.- Allí hay gente... No tiene duda... Y parece como que se dirigen hacia aquí...

PRIOR.- Venid, venid conmigo detrás de esa capilla... Desde ahí podremos estar en acecho hasta salir de incertidumbre... (El novicio acude y conduce el prior; los demás le siguen.)

MATILDE.- Pronto empezamos a llevar sustos...

MARQUÉS.- ¡Animo, hija mía!...




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