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ESCENA II
DOÑA LUISA, DOÑA
JUANA, LA CONDESA. Esta
en traje de calle y de luto.
CONDESA.
¿Cómo estás, Luisita mía?
Tan aplicada y tan bella
como siempre.
LUISA.
Es favor
tuyo.
¿Y tú?
CONDESA.
(Sentándose a su lado.)
¡Yo...! No ando muy buena;
y además traigo
un humor...
Desde que puse en
la puerta
el pie, todo ha sido azares:
un entierro, una pendencia,
un abogado hablador,
los muchachos de
la escuela
y mi bendita
cuñada
para coronar la fiesta.
LUISA.
Yo ha un siglo que no la veo...
CONDESA.
¡Ojalá que yo pudiera
decir otro tanto, amén!
Pero a mí, por penitencia,
tres visitas de a
tres horas
por semana me receta;
y hoy cabalmente la tengo
que sufrir, quiera o no quiera,
toda la noche a mi lado.
LUISA.
¿Pues no sales?
CONDESA.
¡Buena es ésa!
Si hoy es el cabo de año,
y ya está la parentela
quitando el polvo a los lutos
y estudiando las arengas.
LUISA.
No me acordaba
que es hoy...
CONDESA.
Ni yo...
JUANA.
(Aparte.)
¡Miren qué
cabeza!
CONDESA.
Mas mi bendita cuñada
rabia por dar malas nuevas.
JUANA.
(Aparte.)
Por no oír a este molino,
recogeré la tarea...
(Levantándose y tomando el tabanque de la costura.)
LUISA.
¿Dónde va usted?
JUANA.
A mi cuarto. (Aparte al irse.)
¡Dios ponga tiento en su lengua!
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