Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText
Francisco Martínez de la Rosa
La boda y el duelo

IntraText CT - Texto

Anterior - Siguiente

Pulse aquí para desactivar los vínculos a las concordancias

ESCENA III

DOÑA LUISA, LA CONDESA.

CONDESA.

¡Sobre que tiemblo al pensar

 

lo que esta noche me espera!

 

Póngase usted al testero

 

del salón, casi en tinieblas;

 

cubierta como una chía

 

de lana y de gasa negra;

 

entrambas manos cruzadas,

 

la cara de Magdalena,

 

los ojos como tomates

 

(gracias a que se refriegan

 

con disimulo) y la voz

 

cual si de un pozo saliera...

 

Y aguante usted en el potro

 

que vengan luego en hilera

 

deudos, parientes, amigos

 

a apurarle la paciencia.

 

Ya uno da el pésame y dice:

 

«Señora, Dios a usted fuerzas...»

 

(Para ti las necesito.)

 

Otro pausado se acerca

 

y exclama: «¡Conformidad!

 

Son cosas que Dios ordena;

 

los buenos no viven mucho.»

 

(Por eso tú los entierras.)

 

Esotro dice: «El difunto

 

era un ángel en la tierra...»

 

(Se conoce, gran bribón,

 

que no le tuviste cerca.)

 

Y así siguen uno a uno

 

poniendo el ingenio en prensa,

 

para repetir lo mismo

 

que dijeron a mi abuela.

 

Reina luego un gran silencio,

 

hasta que al cabo resuena

 

ruido de platos y vasos

 

y todo el mundo se alegra.

 

Entran formados en torre

 

azucarillos de a tercia,

 

por no desdecir del duelo,

 

enlutados con canela;

 

chocolate en jicarones

 

de El Escorial, de onza y media,

 

y los panes y bizcochos

 

coronando las bandejas...

 

Sacan todos el pañuelo,

 

no para llorar de pena,

 

sino para que les sirva

 

en lugar de servilleta;

 

y engullendo a dos carrillos,

 

se ahorran en casa la cena,

 

menos la pobre viuda,

 

que, como ve que la observan,

 

apenas gusta un bocado,

 

cuando suspira y lo deja.

LUISA.

Siempre estás de buen humor.

CONDESA.

Pues qué, ¿quieres que me muera?

 

Harto he sufrido en el mundo,

 

esclava como una negra;

 

y ya que libre me veo,

 

quiero respirar siquiera.

 

Tú lo sabes: aún muy niña

 

perdí a mis padres, y apenas

 

me vieron huérfana y rica,

 

decretó mi parentela

 

encerrarme en un convento,

 

tal vez con la santa idea

 

de que yo ganase el cielo

 

y gozar ellos mi hacienda.

 

Crecí en años y me hallé

 

entre canceles y rejas,

 

viendo el sol por celosía

 

y vestida de estameña;

 

mas cuando ya me juzgaba

 

por toda la vida presa,

 

con muy poca vocación

 

de ser monja recoleta,

 

pasó por Burgos el conde

 

y le dio la ventolera

 

de visitar el convento

 

por conocer su parienta;

 

me vio, le hube de gustar;

 

y con su cara muy seria,

 

su casacón de faldones

 

y el peluquín con coleta,

 

me ofreció su blanca mano,

 

que yo tomara aunque negra.

 

Me hallé, pues, de veinte años

 

con marido de sesenta,

 

y además los enemigos

 

del alma: cuñada y suegra.

 

Lo que luego padecí

 

tú lo has visto; y si no fuera

 

por mi genio en cuatro días

 

me hubieran muerto mis penas;

 

porque el bendito del conde

 

ya contaba a aquella fecha

 

dos mártires en el cielo

 

y creyó hallar la tercera;

 

mas yo, por no darle gusto,

 

saqué fuerzas de flaqueza;

 

y los meses que duró

 

llevé mi cruz con paciencia.

 

Te he recordado mi historia

 

porque conviene la tengas

 

presente... Pero ¿qué es eso?

 

¿Te afliges?... Afuera penas;

 

ten valor.

LUISA.

¡Ay Leonor mía,

 

qué infeliz soy!... Ni aun siquiera

 

puedo llorar y quejarme...

 

¡Todos, todos en la tierra

 

disfrutan de ese consuelo

 

menos yo!

CONDESA.

Mas ¿qué aprovecha

 

el llorar y el afligirse

 

en vez de ver si se encuentra

 

algún remedio?...

LUISA.

¡Remedio!

 

¡Uno, uno solo me queda,

 

y a Dios se lo pido!...

CONDESA.

¡Calle!

 

Pues es donosa la idea.

 

¡Nada menos que morirse!

 

Déjalos que ellos se mueran

 

y por allá nos esperen,

 

que a bien que no están de priesa.

 

Pero hablando ahora formal:

 

tú te apuras y atormentas

 

antes de tiempo. ¿Quién sabe

 

cuántas cosas tan diversas

 

pueden suceder, que impidan

 

la tal boda?... A la hora de ésta

 

no es más que un proyecto en ciernes...

LUISA.

¡Cómo, si así que anochezca

 

nos van a tomar los dichos

 

y el contrato se celebra!

CONDESA.

¡Esta noche!... Lo repito:

 

tu madre, muy santa y buena,

 

pero en viendo unos bordados,

 

pierde al punto la chaveta.

 

¡Qué locura! ¡Una muchacha

 

sin mundo y como una perla

 

casada con un señor

 

que ser su abuelo pudiera!...

 

Pero ¿qué dice tu madre,

 

qué dice?

LUISA.

  La infeliz piensa

 

que así voy a ser dichosa...

CONDESA.

¡Bravo! ¿Y por qué no recuerda

 

lo que pensaba a tu edad?...

 

¿Cómo imagina que puedas

 

ser feliz unida a un hombre

 

que es imposible que tenga

 

costumbres, hábitos, gustos

 

que con los tuyos convengan?...

 

De inclinación no se hable.

 

¿A qué es eso? Que se quieran

 

o no marido y mujer,

 

han de estar juntos por fuerza.

 

Y luego tu linda madre,

 

en corro con otras viejas,

 

hablan de la corrupción

 

que en los matrimonios reina,

 

sin mirar que muchas veces

 

la culpa tuvieron ellas.

 

Perdona, Luisita mía,

 

pero en tocando esta tecla

 

no puedo hablar con frescura...

 

Y ahora menos, porque media

 

tu dicha en ello, y también

 

porque trabajo me cuesta

 

renunciar a una esperanza...

 

¿A qué bajas la cabeza?

 

¿Es acaso algún delito

 

el que cariño le tengas

 

a mi hermano, cuando sabes

 

el amor que te profesa?...

 

¡Cuántas veces os vi juntos

 

y noté con complacencia

 

que sin saberlo vosotros

 

ya os amabais! Donde quiera

 

os buscabais con los ojos:

 

una palabra, una seña,

 

una sonrisa bastaba

 

a vuestra dicha completa...

 

¿Lo has olvidado?

LUISA.

¡Olvidarlo!

 

¿Puedes hacerme esa ofensa?

 

No, Leonor, dentro del alma

 

tengo ahora más impresa

 

esa memoria que nunca;

 

y aunque arrancarla quisiera,

 

sólo con mi corazón...

 

Pero al fin ya estoy resuelta

 

a obedecer a mi madre,

 

a sacrificar por ella

 

mi libertad y mi vida,

 

sin que ni ella misma sepa

 

el valor del sacrificio

 

que su cariño me cuesta...

CONDESA.

¿Lloras?

LUISA.

¿Quieren más de mí?

 

Mas que me dejen siquiera

 

estar triste y no me hostiguen

 

a que me muestre contenta...

CONDESA.

Sosiégate un poco..., mira

 

que si alguien te escucha...

LUISA.

Deja

 

que respire un solo instante;

 

tú no sabes la violencia

 

que me cuesta el reprimirme...

 

¡Si tú, Leonor, lo supieras

 

aún más compasión tendrías

 

de esta infeliz!

CONDESA.

Pero es fuerza

 

disimular algún tanto...

LUISA.

Ya lo ; y hasta esa idea

 

de fingimiento y doblez

 

a mis ojos me avergüenza...

 

Mañana quizá, mañana

 

tendrá que jurar mi lengua

 

amor a un hombre a quien miro

 

con total indiferencia;

 

y un día, y un año, y otro

 

en esta lucha perpetua,

 

sólo en la muerte veré

 

el término de mis penas...

CONDESA.

Luisa mía, que te pierdes...

LUISA.

Sólo esta ocasión me queda

 

de abrirte mi corazón;

 

déjame que al menos tenga

 

este consuelo...; mañana

 

no soy mía, y a ti mesma

 

te he de mentir y engañarte...

 

Sólo Dios en su clemencia

 

tendrá compasión de mí;

 

El sólo me dará fuerzas

 

y no me abandonará

 

en los riesgos que me esperan...

CONDESA.

(Enjugándose los ojos.)

 

Mira, Luisa, lo que has hecho;

 

si alguien de pronto ahora entra

 

nos halla a las dos llorando

 

y asiste a un duelo de veras.

 

Vamos, juicio...

LUISA.

(Reprimiéndose.)

 

Sí, Leonor,

 

¿no lo ves?... Ya estoy serena;

 

ya nada se me conoce...

CONDESA.

Como traigan una venda

 

en los ojos, de seguro.

 

¡Pues si estás como una muerta,

 

tan pálida y ojerosa!...

LUISA.

Sólo pedirte quisiera

 

un favor. ¿Lo harás por mí?

CONDESA.

¿Lo dudas?... Cuanto tú quieras.

LUISA.

quizá vas a burlarte

 

cuando sepas mi flaqueza;

 

pero va en ello mi dicha...

CONDESA.

¿De cuándo acá manifiestas

 

esa timidez conmigo?...

 

Di qué quieres y no pierdas

 

esta ocasión.

LUISA.

Es que ya

 

casi me cuesta vergüenza

 

nombrar a un hombre a quien debo

 

olvidar...

CONDESA.

¿Y qué deseas

 

que haga yo por ti?

LUISA.

Querría

 

que algún pretexto fingieras

 

para que estas vacaciones

 

tu hermano a Burgos no venga;

 

puede estarse en Salamanca;

 

y aunsabes que desea

 

ir a la corte, y allí

 

más divertido estuviera... (Con viveza.)

 

Pero no; mejor será... (Reportándose.)

 

Dispón, Leonor, lo que quieras;

 

sólo te pido por Dios

 

que mis ojos no le vean.

CONDESA.

Bien está, lo haré por ti;

 

aunque es dura penitencia

 

que después que va a perderte...

LUISA.

¿Qué remedio?... ¡Más me cuesta

 

el sacrificio que a él!...

 

¡Quién sabe! Quizá le espera

 

ser más dichoso con otra;

 

mientras yo... ¿Conque me empeñas

 

tu palabra?...

CONDESA.

Sí, lo haré;

 

mas temo que en cuanto sepa...

LUISA.

Ya lo sabe.

CONDESA.

¿Que te casas?

LUISA.

Nada ignora a la hora ésta...

CONDESA.

¿Quién se lo ha escrito?... Ya leo

 

en tu cara la respuesta.

 

Mas ¿por qué has querido darle

 

tan pronto esa mala nueva?...

LUISA.

Porque debí hacerlo así;

 

y a mis propios ojos fuera

 

la más vil si un solo instante

 

engañado le tuviera

 

al ir a dar a otro hombre

 

de ser suya la promesa.

 

Es preciso que me olvide;

 

que no se acuerde siquiera

 

de que un tiempo le adoré...

CONDESA.

¿Volvemos a la tarea?

 

¡Pues la ocasión es pintada!

 

Y aún me parece que suenan

 

pasos...

LUISA.

¿Si será mi madre?...

CONDESA.

Cálmate, Luisa, que llegan.

 




Anterior - Siguiente

Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText

Best viewed with any browser at 800x600 or 768x1024 on Tablet PC
IntraText® (V89) - Some rights reserved by EuloTech SRL - 1996-2007. Content in this page is licensed under a Creative Commons License