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ESCENA III
DOÑA LUISA, LA
CONDESA.
CONDESA.
¡Sobre que tiemblo al pensar
lo que esta noche me espera!
Póngase usted al testero
del salón, casi en tinieblas;
cubierta como una chía
de lana y de gasa negra;
entrambas manos
cruzadas,
la cara de
Magdalena,
los ojos como
tomates
(gracias a que se
refriegan
con disimulo) y
la voz
cual si de un
pozo saliera...
Y aguante usted
en el potro
que vengan luego
en hilera
deudos, parientes, amigos
a apurarle la paciencia.
Ya uno da el pésame y dice:
«Señora, Dios dé a usted fuerzas...»
(Para ti las necesito.)
Otro pausado se acerca
y exclama: «¡Conformidad!
Son cosas que
Dios ordena;
los buenos
no viven mucho.»
(Por eso tú los
entierras.)
Esotro dice: «El difunto
era un ángel en la tierra...»
(Se conoce, gran bribón,
que no le tuviste cerca.)
Y así siguen uno a uno
poniendo el ingenio en prensa,
para repetir lo mismo
que dijeron a mi abuela.
Reina luego un gran silencio,
hasta que al cabo resuena
ruido de platos y vasos
y todo el mundo se alegra.
Entran formados
en torre
azucarillos de a
tercia,
por no desdecir del duelo,
enlutados con canela;
chocolate en jicarones
de El Escorial,
de onza y media,
y los panes y
bizcochos
coronando las
bandejas...
Sacan todos el pañuelo,
no para llorar de pena,
sino para que les
sirva
en lugar de
servilleta;
y engullendo a
dos carrillos,
se ahorran en
casa la cena,
menos la pobre
viuda,
que, como ve que
la observan,
apenas gusta un
bocado,
cuando suspira y lo deja.
LUISA.
Siempre estás de
buen humor.
CONDESA.
Pues qué,
¿quieres que me muera?
Harto he
sufrido en el mundo,
esclava como una negra;
y ya que libre me veo,
quiero respirar siquiera.
Tú lo sabes: aún muy niña
perdí a mis
padres, y apenas
me vieron
huérfana y rica,
decretó mi parentela
encerrarme en un convento,
tal vez con la santa idea
de que yo ganase
el cielo
y gozar ellos mi
hacienda.
Crecí en años y
me hallé
entre canceles y
rejas,
viendo el sol por
celosía
y vestida de
estameña;
mas cuando ya me
juzgaba
por toda la vida presa,
con muy poca vocación
de ser monja recoleta,
pasó por Burgos el conde
y le dio la ventolera
de visitar el convento
por conocer su parienta;
me vio, le hube de gustar;
y con su cara muy seria,
su casacón de faldones
y el peluquín con coleta,
me ofreció su blanca mano,
que yo tomara
aunque negra.
Me hallé, pues,
de veinte años
con marido de sesenta,
y además los enemigos
del alma: cuñada y suegra.
Lo que luego padecí
tú lo has visto; y si no fuera
por mi genio en cuatro días
me hubieran muerto mis penas;
porque el bendito del conde
ya contaba a aquella fecha
dos mártires en el cielo
y creyó hallar la tercera;
mas yo, por no darle gusto,
saqué fuerzas de
flaqueza;
y los meses que
duró
llevé mi cruz con paciencia.
Te he recordado mi historia
porque conviene la tengas
presente... Pero ¿qué es eso?
¿Te afliges?...
Afuera penas;
ten valor.
LUISA.
¡Ay Leonor mía,
qué infeliz
soy!... Ni aun siquiera
puedo llorar y
quejarme...
¡Todos, todos en
la tierra
disfrutan de ese
consuelo
menos yo!
CONDESA.
Mas ¿qué
aprovecha
el llorar y el
afligirse
en vez de ver si
se encuentra
algún remedio?...
LUISA.
¡Remedio!
¡Uno, uno solo me queda,
y a Dios se lo pido!...
CONDESA.
¡Calle!
Pues es donosa la
idea.
¡Nada menos que
morirse!
Déjalos que ellos
se mueran
y por allá nos
esperen,
que a bien que no
están de priesa.
Pero hablando
ahora formal:
tú te apuras y
atormentas
antes de tiempo.
¿Quién sabe
cuántas cosas tan
diversas
pueden suceder, que impidan
la tal boda?... A
la hora de ésta
no es más que un
proyecto en ciernes...
LUISA.
¡Cómo, si así que
anochezca
nos van a tomar
los dichos
y el contrato se celebra!
CONDESA.
¡Esta noche!... Lo repito:
tu madre, muy
santa y buena,
pero en viendo unos bordados,
pierde al punto la chaveta.
¡Qué locura! ¡Una muchacha
sin mundo y como una perla
casada con un señor
que ser su abuelo pudiera!...
Pero ¿qué dice tu madre,
qué dice?
LUISA.
La infeliz piensa
que así voy a ser
dichosa...
CONDESA.
¡Bravo! ¿Y por qué no recuerda
lo que pensaba a tu edad?...
¿Cómo imagina que
puedas
ser feliz unida a
un hombre
que es imposible
que tenga
costumbres,
hábitos, gustos
que con los tuyos
convengan?...
De inclinación no
se hable.
¿A qué es eso? Que
se quieran
o no marido y mujer,
han de estar
juntos por fuerza.
Y luego tu linda
madre,
en corro con
otras viejas,
hablan de la
corrupción
que en los
matrimonios reina,
sin mirar que
muchas veces
la culpa tuvieron
ellas.
Perdona, Luisita mía,
pero en tocando esta tecla
no puedo hablar con frescura...
Y ahora menos,
porque media
tu dicha en ello,
y también
porque trabajo me cuesta
renunciar a una esperanza...
¿A qué bajas la
cabeza?
¿Es acaso algún delito
el que cariño le tengas
a mi hermano, cuando sabes
el amor que te profesa?...
¡Cuántas veces os
vi juntos
y noté con
complacencia
que sin saberlo
vosotros
ya os amabais!
Donde quiera
os buscabais con
los ojos:
una palabra, una seña,
una sonrisa bastaba
a vuestra dicha completa...
¿Lo has olvidado?
LUISA.
¡Olvidarlo!
¿Puedes hacerme esa ofensa?
No, Leonor, dentro del alma
tengo ahora más impresa
esa memoria que nunca;
y aunque arrancarla quisiera,
sólo con mi corazón...
Pero al fin ya estoy resuelta
a obedecer a mi madre,
a sacrificar por ella
mi libertad y mi vida,
sin que ni ella
misma sepa
el valor del sacrificio
que su cariño me cuesta...
CONDESA.
¿Lloras?
LUISA.
¿Quieren más de
mí?
Mas que me dejen
siquiera
estar triste y no
me hostiguen
a que me muestre contenta...
CONDESA.
Sosiégate un poco..., mira
que si alguien te
escucha...
LUISA.
Deja
que respire un solo instante;
tú no sabes la violencia
que me cuesta el reprimirme...
¡Si tú, Leonor, lo supieras
aún más compasión tendrías
de esta infeliz!
CONDESA.
Pero es fuerza
disimular algún tanto...
LUISA.
Ya lo sé; y hasta esa idea
de fingimiento y
doblez
a mis ojos me
avergüenza...
Mañana quizá, mañana
tendrá que jurar mi lengua
amor a un hombre a quien miro
con total indiferencia;
y un día, y un
año, y otro
en esta lucha
perpetua,
sólo en la muerte
veré
el término de mis
penas...
CONDESA.
Luisa mía, que te
pierdes...
LUISA.
Sólo esta ocasión me queda
de abrirte mi corazón;
déjame que al menos tenga
este consuelo...; mañana
no soy mía, y a ti mesma
te he de mentir y
engañarte...
Sólo Dios en su
clemencia
tendrá compasión
de mí;
El sólo me dará fuerzas
y no me abandonará
en los riesgos
que me esperan...
CONDESA.
(Enjugándose
los ojos.)
Mira, Luisa, lo
que has hecho;
si alguien de pronto ahora entra
nos halla a las dos llorando
y asiste a un duelo
de veras.
Vamos, juicio...
LUISA.
(Reprimiéndose.)
Sí, Leonor,
¿no lo ves?... Ya estoy serena;
ya nada se me conoce...
CONDESA.
Como traigan una venda
en los ojos, de seguro.
¡Pues si estás como una muerta,
tan pálida y ojerosa!...
LUISA.
Sólo pedirte quisiera
un favor. ¿Lo harás por mí?
CONDESA.
¿Lo dudas?... Cuanto tú quieras.
LUISA.
Tú quizá vas a burlarte
cuando sepas mi flaqueza;
pero va en ello mi dicha...
CONDESA.
¿De cuándo acá manifiestas
esa timidez conmigo?...
Di qué quieres y no pierdas
esta ocasión.
LUISA.
Es que ya
casi me cuesta vergüenza
nombrar a un hombre a quien debo
olvidar...
CONDESA.
¿Y qué deseas
que haga yo por
ti?
LUISA.
Querría
que algún pretexto fingieras
para que estas vacaciones
tu hermano a Burgos no venga;
puede estarse en
Salamanca;
y aun tú sabes
que desea
ir a la corte, y allí
más divertido estuviera... (Con viveza.)
Pero no; mejor será... (Reportándose.)
Dispón, Leonor, lo que quieras;
sólo te pido por Dios
que mis ojos no
le vean.
CONDESA.
Bien está, lo haré por ti;
aunque es dura penitencia
que después que
va a perderte...
LUISA.
¿Qué remedio?... ¡Más me cuesta
el sacrificio que a él!...
¡Quién sabe! Quizá le espera
ser más dichoso con otra;
mientras yo...
¿Conque me empeñas
tu palabra?...
CONDESA.
Sí, lo haré;
mas temo que en cuanto sepa...
LUISA.
Ya lo sabe.
CONDESA.
¿Que te casas?
LUISA.
Nada ignora a la hora ésta...
CONDESA.
¿Quién se lo ha escrito?... Ya leo
en tu cara la respuesta.
Mas ¿por qué has querido darle
tan pronto esa mala nueva?...
LUISA.
Porque debí hacerlo así;
y a mis propios
ojos fuera
la más vil si un solo instante
engañado le tuviera
al ir a dar a otro hombre
de ser suya la
promesa.
Es preciso que me olvide;
que no se acuerde
siquiera
de que un tiempo
le adoré...
CONDESA.
¿Volvemos a la tarea?
¡Pues la ocasión
es pintada!
Y aún me parece
que suenan
pasos...
LUISA.
¿Si será mi madre?...
CONDESA.
Cálmate, Luisa, que llegan.
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