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ESCENA IV
Dichas. LA
MARQUESA.
MARQUESA.
(A su hija.)
¡Pudiera estarte esperando!...
¡Hola, aquí la condesita!
¿Tanta dicha y de mañana?
CONDESA.
Salí a una cosa precisa,
y estando a la
puerta quise
dar a usted los
buenos días.
MARQUESA.
Muy bien
hecho. Yo estoy hoy
tan cansada y aburrida... (Siéntase.)
Todo carga sobre mí...
Los vestidos para
Luisa,
los documentos, las
joyas,
los convites, las
visitas...
Más de hora y
media he tardado
por ver si
arreglar podía
las papeletas de
boda
para hacer que
las impriman;
y mientras más
enmendaba,
más embrolladas
salían... (Leyendo de prisa un papel.)
«Doña Gertrudis
Cabeza
de Vaca Porras
Chinchilla,
etcétera..., da a usted parte
del enlace de su hija,
doña Luisa Pimentel
Quirós Castro y Bobadilla,
hija del marqués del Roble,
señor de Peña
Partida,
maestrante que
fue de Ronda
y regidor de la
villa
de Arévalo...» Nada,
nada;
mejor será, que la siga
el ahogado de casa,
que sabe esa retahíla.
Lo que hago yo como nadie,
aunque esté mal
que lo diga,
es arreglar un
ajuar:
ni un alfiler se
me olvida.
En menos de un santiamén
le he puesto al novio una lista
que da gozo... Ya se ve,
como él no entiende ni pizca
de esas cosas, me ha rogado
que le aconseje y
dirija... (Contando por los dedos.)
Seis mesas,
cuatro sofaes,
ocho docenas de
sillas,
manteles adamascados,
espejos, cuadros, cortinas,
guarniciones y
libreas,
batería de
cocina,
cristal y plata
labrada...
¡Válgame Dios, y
qué envidia
van a tener más
de cuatro
que de reojo me
miran!
El mundo, amiga, da vueltas;
y al sol y a la buena dicha
se deben meter en casa...
Pero ¿qué tienes, Luisita,
que me parece...?
LUISA.
Yo, nada...
MARQUESA.
Tienes cargada la vista,
como si hubieses llorado.
LUISA.
Estaré un poco encendida
de coser...
CONDESA.
A mí me dijo
no ha mucho, que le dolía
la cabeza...
MARQUESA.
Yo no sé;
pero he notado estos días...
Parece que lo hace adrede,
porque sabe que
me irrita
verla tan triste
y callada...
LUISA.
¿Y qué quiere
usted que diga?
MARQUESA.
¡Sobre que ya en
estos tiempos
no hay quien
entienda a las niñas!
Si se les manda
que callen,
charlan que se
despepitan;
y cuando deben hablar,
aunque las maten, no chistan...
Las unas, por no hallar novio,
se consumen de ictericia;
y otras van a desposarse
como al cementerio irían...
Mujer hay que diera un dedo
por trocarse con mi hija
y tener dentro de poco
marido, coche y usía...
Pero ella..., mírela usted,
que parece una novicia,
con los ojos en
el suelo
y la boca refruncida...
CONDESA.
No hay que
enfadarse, marquesa;
mientras usted
más le diga
es peor... ¿No es
natural
que se halle la
pobre niña
algo inquieta y cavilosa
al irse a unir de por vida
con un hombre a quien apenas
conoce hace
cuatro días?
MARQUESA.
Pero ¿puede ella pensar
que su madre se descuida?...
Ya estoy yo bien
informada
de su casa y su
familia,
de su caudal y
sus rentas.
Que hasta una reina podría...
CONDESA.
Si no es eso...
MARQUESA.
Emparentado
con lo mejor de Castilla...
CONDESA.
Sí no es eso...
MARQUESA.
Brigadier
y el decano de la
Guía...
CONDESA.
Tanto peor.
MARQUESA.
Pues de
haciendas,
de casas y joyas
ricas
no hay que hablar... ¡Como que ha sido
gobernador en las
Indias!...
CONDESA.
¿Me deja
usted...?
MARQUESA.
Si
usted viera
las sartas de
perlas finas,
los topacios del
Brasil,
las pulseras y
sortijas...
Por traer de todo, hasta trajo
un loro y una negrita.
CONDESA.
Pero, marquesa, aunque tenga
más negros que hay en Mandinga...
¿Quiere usted que le haga sólo
una pregunta sencilla?
MARQUESA.
¿Y por qué no la hace usted?
CONDESA.
Porque no encuentro cabida
para meter yo mi triunfo...
MARQUESA.
Hable usted... ¡Hay tal porfía!
CONDESA.
(Después de una corta pausa.)
¿Es usted la que
se casa?
MARQUESA.
(Suspensa.)
¿Y a qué viene...?
CONDESA.
Pero diga
usted sí o no y nada más.
MARQUESA.
¡Pues bueno el mundo andaría
si una madre!...
CONDESA.
Pero, al cabo,
¿se casa usted o su hija?...
MARQUESA.
¿Y qué sabe ella
de mundo
si ayer salió de la amiga?
CONDESA.
Bien está; pero ¿no es ella
la que ha de vivir unida
con su esposo hasta la muerte?
¿La que ha de
verle de día,
por la noche, a
todas horas,
en la desgracia,
en la dicha,
con buen humor y con malo?...
MARQUESA.
Según eso, usted
querría
que las hijas por
sí solas...
CONDESA.
No tal; sé que necesitan
del consejo de
las madres,
que les preste
luz y guía.
Pero ¿quién ha de
aprobar
que las madres se
revistan
de autoridad y
dispongan
a su antojo de
sus hijas?
¿Y si les pesa después?
¿Y si se ven reducidas
a sufrir al lado a un hombre
que ni amistad
les inspira?...
Con mucho
amor hay trabajos...
La verdad, marquesa mía,
la carga del matrimonio
es de suyo harto
cumplida.
¿Qué será si desde luego
la llevamos cuesta arriba?
MARQUESA.
Pero ¿piensa usted acaso
que yo violento a mi hija?
CONDESA.
Yo no.
MARQUESA.
Que lo diga ella.
LUISA.
¿Y qué quiere
usted que diga?
MARQUESA.
Lo que sientas.
LUISA.
¿Pues
no he dicho
que estoy pronta y decidida
a hacer cuanto usted me mande?
MARQUESA.
¿Lo ve usted?... Ven acá, Luisa,
da un abrazo a tu mamá...
Si sabes que en
esta vida
yo no tengo más anhelo
ni más afán que tu dicha...
LUISA.
En todo daré a usted gusto...
¿Quiere usted más?...
MARQUESA.
No, hija mía;
dame un beso y se acabó...
Pero vuélvete a tu silla,
que oigo gente en
la antesala
y será tal vez
visita.
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