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ESCENA V
DON CARLOS, DOÑA
LUISA.
LUISA.
(Acercándose con timidez.)
¡Eres tú, Carlos! ¿Qué quieres
de esta
infeliz?... Ten siquiera
lástima, ya que otra cosa
a tus ojos no merezca.
¡No respondes!... ¡Habla al menos,
no te hagas, Carlos, violencia!
¡Por mucho que tú me digas
más me ha dicho y con más fuerza
mi corazón!
CARLOS.
¿Me has escrito
tú esta carta?... Dí, contesta:
¿es tuya?...
LUISA.
Escúchame
antes...
CARLOS.
¿Es tuya?...
LUISA.
Si tú supieras...
CARLOS.
¿Es tuya?... Pero
ya leo
en tu rostro la respuesta.
Tú la has escrito, tú misma...
¿Por qué motivo lo niegas?
Mírame; yo estoy tranquilo,
¿no lo ves?... No
te doy quejas.
¿De qué?...
¡Quien fía en mujeres,
qué otra
recompensa espera!
LUISA.
Oye al menos...
CARLOS.
¿Y a qué
fin?...
Sin escuchar tu
defensa
yo te disculpo... Tu madre
ha redoblado en mi ausencia
ruegos, súplicas,
instancias;
tú, sola, débil,
expuesta
a mil duros tratamientos,
sólo has cedido a la fuerza...
¿No es verdad?...
LUISA.
¡Carlos, por
Dios!
CARLOS
(Con amarga ironía.)
Si la vida te pidieran
la hubieras dado
por mí,
mas faltar a la
obediencia
de tu familia,
privarla
de las ventajas
que espera
de este enlace...
Di: ¿es muy rico
ese hombre?... ¿Por
qué tiemblas?
Habla, responde.
LUISA.
¡Dios mío!
CARLOS.
¿Y te cubres de
vergüenza
el rostro? Al asesinarme
debiste, aleve, tenerla.
LUISA.
(Dejándose caer sobre la silla con una congoja.)
No puedo más...
CARLOS.
(Sobresaltado.)
¡Luisa! ¡Luisa!
¿Qué tienes?...
Habla siquiera,
desahoga tu
corazón;
véngate de mis
ofensas...
Si te amo más que
a mi vida,
¡cómo quieres que
te pierda
y tenga
juicio!...
(Híncase de
rodillas y le besa la mano con la mayor ternura; ella empieza a volver en sí.)
Soy
yo...
Mírame, Luisa, no temas...
¿No me conoces?... ¡Tu Carlos!...
¡Tu Carlos!... No, no me creas,
no nació para ser tuyo
este infeliz. ¿Por qué sueltas
la mano?... Déjame al menos
que contra el pecho la tenga,
que la estreche
entre las mías,
que la bese y la
humedezca
con mis lágrimas... ¿No sientes,
Luisa mía, cómo
queman?
LUISA.
Déjame, Carlos,
por Dios...
CARLOS.
¡Dejarte!
LUISA.
(Levantándose y mirando azorada.)
Si alguien nos viera...
CARLOS.
¿Y qué importa?... Ya no es tiempo
de disimulo y reserva.
¿No van a saber hoy mismo
que nos amamos?
¡Te alejas
de mí y ocultas
el rostro!
¿Qué es esto,
Luisa; te pesa
que te recuerde
tu amor,
tus palabras, tus
promesas?...
Habla, explícate,
no tardes,
ni un instante te
detengas.
¡Antes que sufrir
tal duda,
la muerte misma quisiera!
Mas tu silencio me basta,
no más. (Hace ademán de irse.)
LUISA.
Oyeme...
CARLOS.
¿Qué intentas
decirme?
LUISA.
Sólo pedirte
por Dios que no
me aborrezcas...,
que no maldigas
la hora
en que por la vez
primera
me viste..., que
me perdones,
si no por mí, por la pena
que me está ahogando... ¿No quieres
ni cine ese consuelo tenga? (Va a arrojarse a sus pies.)
CARLOS.
(Suspendiéndola.)
¿Qué haces,
Luisa?
LUISA.
Dime al menos
que me perdonas...
CARLOS.
Contesta
antes...
LUISA.
¿Qué
quieres de mí?
CARLOS.
¿Y a qué saberlo deseas,
si tu propio corazón
no te lo dice?...
LUISA.
Si vieras...
CARLOS.
Nada tengo ya que ver;
sólo exijo una respuesta
terminante y ahora mismo,
Dime, Luisa: ¿estás resuelta
a ser mi esposa o a serlo
de otro hombre? Si te queda
rastro al menos de mi amor,
si mi vida te interesa,
si no quieres ver la ruina
de quien no tuvo
en la tierra
más bien, más
dicha, más gloria
que esperar en
tus promesas,
no vaciles un instante;
resuélvete, corre, entra
y ve a arrojarte
a los pies
de tu madre; llora, ruega,
confiésale nuestro amor,
dile que depende de ella
nuestra suerte, nuestra vida;
yo mismo... (Ella hace ademán de detenerle.)
No me detengas:
no voy, ya lo sé.
LUISA.
¡Dios mío!
CARLOS.
¡Mas oye, y siempre recuerda
lo que ahora voy a decirte!
¡Son las palabras
postreras
que oirás de mí
en este mundo!
Yo te pierdo, mas no creas
que otro hombre va a gozarse
en mi desdicha y mi afrenta...
Ve, perjura, ve a ofrecerle
amor y constancia eterna,
invocando al mismo Dios
que invocó tu falsa lengua...
Aquí, en su casa, en la calle,
donde quiera que le vea,
en el templo, en el altar,
antes que tu
esposo sea
le arrancaré el
corazón
y mil vidas que
tuviera.
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