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| Francisco Martínez de la Rosa La boda y el duelo IntraText CT - Texto |
Advertencia
Compuse esta comedia, algunos años ha, por mero desahogo en una temporada de baños, y sin ánimo de que se representase, por hallarme a la sazón ausente de mi patria; aun después de volver a ella, no varié de propósito, ya porque las alteraciones, y controversias políticas alejaron mi atención del teatro, y ya también por el gusto que predominaba en él, recientemente importado de naciones extrañas.
Era, por tanto, de recelar que tal vez no encontrase favorable acogida una composición muy sencilla, falta de pompa y de boato, reducida a una acción meramente doméstica, encerrada entre cuatro paredes, y que nace y fenece en el término de pocas horas; circunstancias todas que si hubieran sido títulos de excesiva recomendación en otra época, se hubieran quizá convertido no hace mucho en otros tantos motivos de reprobación y desaire. Achaque común en los hombres: ser extremados en sus opiniones, y más si el atractivo de la novedad las ha puesto en moda.
Afortunadamente ha empezado ya a pasar la que amenazaba inficionar nuestro teatro no sólo en la parte literaria, sino en otra de más importancia y trascendencia: fenómeno digno de notar, como otra prueba más de la sensatez española; pudiendo tal vez afirmarse que en esta tierra, aun antes que en otras, la razón acaba siempre por tener razón.
En tanto que permanecía esta comedia sepultada entre mis borradores, se estableció en el Liceo de esta capital la Sección dramática, dedicada al laudable propósito de resucitar las glorias del antiguo Teatro español y de fomentar el moderno, ya que no faltan en la actualidad aventajados ingenios capaces de acrecentar el renombre y lustre de su patria.
El deseo que siempre me ha animado de contribuir, en cuanto de mí ha dependido, al cultivo y fomento de nuestra literatura, me sugirió el pensamiento de ofrecer alguna composición mía para que se representase por primera vez en el Liceo; y aun cuando vacilé por el pronto, al fin me decidí, al ver el cumplido éxito que acababa de tener en aquel teatro la comedia titulada El café, a pesar de haber cambiado tan notablemente los tiempos y las ideas desde que se estrenó en las tablas.
Concebí, pues, esperanzas de que pudiese agradar una comedia de la escuela de Moratín, si así puede llamarse, aun cuando no reúna las singulares dotes que recomiendan las de aquel célebre maestro; esperanzas que no han salido fallidas en la representación de este drama; si bien es harto probable que una parte del aplauso se deba a la urbanidad y cortesanía de tan escogido auditorio, y otra aún mayor a la suma naturalidad y exquisito gusto con que ha sido ejecutada por los socios, del Liceo, que se han esmerado a porfía en el desempeño de sus respectivos papeles.
Ahora que esta composición se presenta al público sin ningún arrimo ni apoyo, es cuando aquel juez imparcial habrá de calificarla por lo que en sí valga; y como fuera inútil alegar razones en su abono si es que no agrada, estando todas de más, si es que gusta, me limitaré a decir que no me he determinado a imprimirla hasta tener en su favor un fallo, y dado por un tribunal que reputo muy competente.