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Francisco Martínez de la Rosa
La boda y el duelo

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ESCENA IV

Dichas. LA MARQUESA.

MARQUESA.

(A su hija.)

 

¡Pudiera estarte esperando!...

 

¡Hola, aquí la condesita!

 

¿Tanta dicha y de mañana?

CONDESA.

Salí a una cosa precisa,

 

y estando a la puerta quise

 

dar a usted los buenos días.

MARQUESA.

Muy bien hecho. Yo estoy hoy

 

tan cansada y aburrida... (Siéntase.)

 

Todo carga sobre mí...

 

Los vestidos para Luisa,

 

los documentos, las joyas,

 

los convites, las visitas...

 

Más de hora y media he tardado

 

por ver si arreglar podía

 

las papeletas de boda

 

para hacer que las impriman;

 

y mientras más enmendaba,

 

más embrolladas salían... (Leyendo de prisa un papel.)

 

«Doña Gertrudis Cabeza

 

de Vaca Porras Chinchilla,

 

etcétera..., da a usted parte

 

del enlace de su hija,

 

doña Luisa Pimentel

 

Quirós Castro y Bobadilla,

 

hija del marqués del Roble,

 

señor de Peña Partida,

 

maestrante que fue de Ronda

 

y regidor de la villa

 

de Arévalo...» Nada, nada;

 

mejor será, que la siga

 

el ahogado de casa,

 

que sabe esa retahíla.

 

Lo que hago yo como nadie,

 

aunque esté mal que lo diga,

 

es arreglar un ajuar:

 

ni un alfiler se me olvida.

 

En menos de un santiamén

 

le he puesto al novio una lista

 

que da gozo... Ya se ve,

 

como él no entiende ni pizca

 

de esas cosas, me ha rogado

 

que le aconseje y dirija... (Contando por los dedos.)

 

Seis mesas, cuatro sofaes,

 

ocho docenas de sillas,

 

manteles adamascados,

 

espejos, cuadros, cortinas,

 

guarniciones y libreas,

 

batería de cocina,

 

cristal y plata labrada...

 

¡Válgame Dios, y qué envidia

 

van a tener más de cuatro

 

que de reojo me miran!

 

El mundo, amiga, da vueltas;

 

y al sol y a la buena dicha

 

se deben meter en casa...

 

Pero ¿qué tienes, Luisita,

 

que me parece...?

LUISA.

  Yo, nada...

MARQUESA.

Tienes cargada la vista,

 

como si hubieses llorado.

LUISA.

Estaré un poco encendida

 

de coser...

CONDESA.

 A mí me dijo

 

no ha mucho, que le dolía

 

la cabeza...

MARQUESA.

Yo no sé;

 

pero he notado estos días...

 

Parece que lo hace adrede,

 

porque sabe que me irrita

 

verla tan triste y callada...

LUISA.

¿Y qué quiere usted que diga?

MARQUESA.

¡Sobre que ya en estos tiempos

 

no hay quien entienda a las niñas!

 

Si se les manda que callen,

 

charlan que se despepitan;

 

y cuando deben hablar,

 

aunque las maten, no chistan...

 

Las unas, por no hallar novio,

 

se consumen de ictericia;

 

y otras van a desposarse

 

como al cementerio irían...

 

Mujer hay que diera un dedo

 

por trocarse con mi hija

 

y tener dentro de poco

 

marido, coche y usía...

 

Pero ella..., mírela usted,

 

que parece una novicia,

 

con los ojos en el suelo

 

y la boca refruncida...

CONDESA.

No hay que enfadarse, marquesa;

 

mientras usted más le diga

 

es peor... ¿No es natural

 

que se halle la pobre niña

 

algo inquieta y cavilosa

 

al irse a unir de por vida

 

con un hombre a quien apenas

 

conoce hace cuatro días?

MARQUESA.

Pero ¿puede ella pensar

 

que su madre se descuida?...

 

Ya estoy yo bien informada

 

de su casa y su familia,

 

de su caudal y sus rentas.

 

Que hasta una reina podría...

CONDESA.

Si no es eso...

MARQUESA.

 Emparentado

 

con lo mejor de Castilla...

CONDESA.

Sí no es eso...

MARQUESA.

Brigadier

 

y el decano de la Guía...

CONDESA.

Tanto peor.

MARQUESA.

Pues de haciendas,

 

de casas y joyas ricas

 

no hay que hablar... ¡Como que ha sido

 

gobernador en las Indias!...

CONDESA.

¿Me deja usted...?

MARQUESA.

  Si usted viera

 

las sartas de perlas finas,

 

los topacios del Brasil,

 

las pulseras y sortijas...

 

Por traer de todo, hasta trajo

 

un loro y una negrita.

CONDESA.

Pero, marquesa, aunque tenga

 

más negros que hay en Mandinga...

 

¿Quiere usted que le haga sólo

 

una pregunta sencilla?

MARQUESA.

¿Y por qué no la hace usted?

CONDESA.

Porque no encuentro cabida

 

para meter yo mi triunfo...

MARQUESA.

Hable usted... ¡Hay tal porfía!

CONDESA.

(Después de una corta pausa.)

 

¿Es usted la que se casa?

MARQUESA.

(Suspensa.)

 

¿Y a qué viene...?

CONDESA.

Pero diga

 

usted o no y nada más.

MARQUESA.

¡Pues bueno el mundo andaría

 

si una madre!...

CONDESA.

Pero, al cabo,

 

¿se casa usted o su hija?...

MARQUESA.

¿Y qué sabe ella de mundo

 

si ayer salió de la amiga?

CONDESA.

Bien está; pero ¿no es ella

 

la que ha de vivir unida

 

con su esposo hasta la muerte?

 

¿La que ha de verle de día,

 

por la noche, a todas horas,

 

en la desgracia, en la dicha,

 

con buen humor y con malo?...

MARQUESA.

Según eso, usted querría

 

que las hijas por sí solas...

CONDESA.

No tal; sé que necesitan

 

del consejo de las madres,

 

que les preste luz y guía.

 

Pero ¿quién ha de aprobar

 

que las madres se revistan

 

de autoridad y dispongan

 

a su antojo de sus hijas?

 

¿Y si les pesa después?

 

¿Y si se ven reducidas

 

a sufrir al lado a un hombre

 

que ni amistad les inspira?...

 

Con mucho amor hay trabajos...

 

La verdad, marquesa mía,

 

la carga del matrimonio

 

es de suyo harto cumplida.

 

¿Qué será si desde luego

 

la llevamos cuesta arriba?

MARQUESA.

Pero ¿piensa usted acaso

 

que yo violento a mi hija?

CONDESA.

Yo no.

MARQUESA.

Que lo diga ella.

LUISA.

¿Y qué quiere usted que diga?

MARQUESA.

Lo que sientas.

LUISA.

 ¿Pues no he dicho

 

que estoy pronta y decidida

 

a hacer cuanto usted me mande?

MARQUESA.

¿Lo ve usted?... Ven acá, Luisa,

 

da un abrazo a tu mamá...

 

Si sabes que en esta vida

 

yo no tengo más anhelo

 

ni más afán que tu dicha...

LUISA.

En todo daré a usted gusto...

 

¿Quiere usted más?...

MARQUESA.

No, hija mía;

 

dame un beso y se acabó...

 

Pero vuélvete a tu silla,

 

que oigo gente en la antesala

 

y será tal vez visita.

 




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