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| Francisco Martínez de la Rosa La boda y el duelo IntraText CT - Texto |
ESCENA V
MARQUESA, CONDESA, DOÑA LUISA, DON JUAN.
JUAN.
Felices días, señoras.
MARQUESA.
Téngalos usted muy buenos,
señor don Juan. Me parece
que no viene usted contento...
JUAN.
Lo estaba al salir de casa;
pero tan molido vengo
de escribanos y notarios,
de papeles y embelecos,
que me parece mentira
que libre de ellos me veo.
¡Jesús! ¡Jesús! Ya no extraño
que muchos mueran solteros
por no caer en las garras
de tanto avechucho hambriento.
MARQUESA.
Hoy está usted muy jovial...
JUAN.
(Sentándose.)
Sí, señora, como perro
con maza... Al llegar aquí
aún creía estar oyendo
los gritos descomunales:
«¡Veinte firmas!... ¡Mis derechos!...
¡Los gajes del escribiente!...
¡La copia del instrumento!...»
¿No hay un ladrillo que tape
esas bocas del infierno?
CONDESA.
Poca paciencia tenéis;
y es preciso ir aprendiendo
a tenerla.
JUAN.
Ya lo sé;
mas si antes de ser profeso
se pasa este noviciado,
seguro se gana el cielo.
CONDESA.
No es tu novio muy galán,
Luisita.
LUISA.
Yo le agradezco
por lo menos la franqueza.
JUAN.
Como castellano vicio,
yo digo las cosas claras,
sin melindres ni rodeos.
Así puede usted creer
cuando digo que la quiero,
y que nada omitiré
para ir ganando su afecto
poco a poco...
MARQUESA.
¡Poco a poco!
Señor, si ya está eso, hecho...
JUAN.
Yo no tengo veinte años,
y a fe mía, harto lo siento;
pero, a Dios gracias, no soy
tullido, cojo ni tuerto...
MARQUESA.
¡Qué tuerto! Si tiene usted
dos ojos como luceros...
JUAN.
En cuanto a genialidad,
no estoy libre de defectos
como cada cual; soy vivo,
parece que se hunde el cielo
de una tronada, y después
pasa el nublado al momento...
MARQUESA.
¡No era así mi buen esposo,
que Dios haya! Un mes entero
se pasaba sin entrar
en mi alcoba...
CONDESA.
¡Qué mal genio!
JUAN.
De bienes, sin ser muy rico...
LUISA.
¿Quiere usted no hablarme de eso,
señor don Juan?
JUAN.
Bien está;
mas no tuve pensamiento...
MARQUESA.
¿Y qué quiere usted, señor,
si es lo mismo que su abuelo?
¡En tocándose a intereses!...
El honor es lo primero,
hija mía, y aunque pobres...
JUAN.
Pero ¿a qué viene ahora eso,
marquesa?
MARQUESA.
Es que yo creí...
JUAN.
Si nadie habla aquí de abuelos,
de honor, de pobres ni ricos...
Sólo le estaba diciendo
a Luisita...
MARQUESA.
Y sí ella está
enterada...
JUAN.
Siempre es bueno
que oiga de mi propia boca
cuanto hace al caso; no quiero
que luego pueda llamarse
engañada, y mucho menos
que se sienta arrepentida.
LUISA.
(Con abatimiento.)
No, señor...
JUAN.
Yo así lo espero,
y sólo esa confianza
pudiera haberme resuelto
a este enlace... Mas con todo,
si usted siente en sus adentros
la más leve repugnancia
dígalo usted, que aún es tiempo;
yo nada quiero por fuerza,
nada, Luisita... Deseo
ser feliz los pocos años
que me quedan; mas si advierto
que ha de ser a costa ajena,
a mi asistente me vuelvo.
MARQUESA.
¿Ha acabado usted, don Juan?
JUAN.
¿Por qué?
MARQUESA.
¿Pues no está usted viendo
que a ese angelito de Dios
le está usted dando tormento?
JUAN.
¿Y yo acaso he dicho nada
que pueda ofenderla?... Lejos
de ser ésa mi intención...
MARQUESA.
Es que ella tiene talento,
y por más que las disfracen,
coge las cosas al vuelo...
LUISA.
¡Madre!
MARQUESA.
No hay que hacerme señas...
LUISA.
Señor don Juan, yo no tengo
de usted ni la menor queja;
al contrario, le agradezco
tanta bondad...
MARQUESA.
¿Lo ve usted?
Si es lo mismo que un cordero...
LUISA.
¡Por Dios, madre!...
MARQUESA.
Tan humilde...
JUAN.
Ya lo sé.
MARQUESA.
Ni más ni menos
que su tía, que esté en gloria,
doña Polonia Barrientos...
JUAN.
¿Quiere usted, marquesa mía,
que este rato aprovechemos
para acabar de arreglar...
MARQUESA.
No corre prisa.
JUAN.
Es que luego
tengo que hacer; y si empiezan
visitas y cumplimientos...
MARQUESA.
No vendrán... (Suena la campanilla.) Pero ¿quién llama?
JUAN.
¿No lo dije?... Dicho y hecho.
MARQUESA.
Decid que no estoy en casa...
Venga usted a mi aposento,
y allí con satisfacción... (DON JUAN le ofrece la mano.)
Siempre galán.
JUAN.
Por supuesto.
¿Hemos de hacer tan temprano
el papel de suegra y yerno?