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| Francisco Martínez de la Rosa La boda y el duelo IntraText CT - Texto |
ESCENA V
DON CARLOS, DOÑA LUISA.
LUISA.
(Acercándose con timidez.)
¡Eres tú, Carlos! ¿Qué quieres
de esta infeliz?... Ten siquiera
lástima, ya que otra cosa
a tus ojos no merezca.
¡No respondes!... ¡Habla al menos,
no te hagas, Carlos, violencia!
¡Por mucho que tú me digas
más me ha dicho y con más fuerza
mi corazón!
CARLOS.
¿Me has escrito
tú esta carta?... Dí, contesta:
¿es tuya?...
LUISA.
Escúchame antes...
CARLOS.
¿Es tuya?...
LUISA.
Si tú supieras...
CARLOS.
¿Es tuya?... Pero ya leo
en tu rostro la respuesta.
Tú la has escrito, tú misma...
¿Por qué motivo lo niegas?
Mírame; yo estoy tranquilo,
¿no lo ves?... No te doy quejas.
¿De qué?... ¡Quien fía en mujeres,
qué otra recompensa espera!
LUISA.
Oye al menos...
CARLOS.
¿Y a qué fin?...
Sin escuchar tu defensa
yo te disculpo... Tu madre
ha redoblado en mi ausencia
ruegos, súplicas, instancias;
tú, sola, débil, expuesta
a mil duros tratamientos,
sólo has cedido a la fuerza...
¿No es verdad?...
LUISA.
¡Carlos, por Dios!
CARLOS
(Con amarga ironía.)
Si la vida te pidieran
la hubieras dado por mí,
mas faltar a la obediencia
de tu familia, privarla
de las ventajas que espera
de este enlace... Di: ¿es muy rico
ese hombre?... ¿Por qué tiemblas?
Habla, responde.
LUISA.
¡Dios mío!
CARLOS.
¿Y te cubres de vergüenza
el rostro? Al asesinarme
debiste, aleve, tenerla.
LUISA.
(Dejándose caer sobre la silla con una congoja.)
No puedo más...
CARLOS.
(Sobresaltado.)
¡Luisa! ¡Luisa!
¿Qué tienes?... Habla siquiera,
desahoga tu corazón;
véngate de mis ofensas...
Si te amo más que a mi vida,
¡cómo quieres que te pierda
y tenga juicio!...
(Híncase de rodillas y le besa la mano con la mayor ternura; ella empieza a volver en sí.)
Soy yo...
Mírame, Luisa, no temas...
¿No me conoces?... ¡Tu Carlos!...
¡Tu Carlos!... No, no me creas,
no nació para ser tuyo
este infeliz. ¿Por qué sueltas
la mano?... Déjame al menos
que contra el pecho la tenga,
que la estreche entre las mías,
que la bese y la humedezca
con mis lágrimas... ¿No sientes,
Luisa mía, cómo queman?
LUISA.
Déjame, Carlos, por Dios...
CARLOS.
¡Dejarte!
LUISA.
(Levantándose y mirando azorada.)
Si alguien nos viera...
CARLOS.
¿Y qué importa?... Ya no es tiempo
de disimulo y reserva.
¿No van a saber hoy mismo
que nos amamos? ¡Te alejas
de mí y ocultas el rostro!
¿Qué es esto, Luisa; te pesa
que te recuerde tu amor,
tus palabras, tus promesas?...
Habla, explícate, no tardes,
ni un instante te detengas.
¡Antes que sufrir tal duda,
la muerte misma quisiera!
Mas tu silencio me basta,
no más. (Hace ademán de irse.)
LUISA.
Oyeme...
CARLOS.
¿Qué intentas
decirme?
LUISA.
Sólo pedirte
por Dios que no me aborrezcas...,
que no maldigas la hora
en que por la vez primera
me viste..., que me perdones,
si no por mí, por la pena
que me está ahogando... ¿No quieres
ni cine ese consuelo tenga? (Va a arrojarse a sus pies.)
CARLOS.
(Suspendiéndola.)
¿Qué haces, Luisa?
LUISA.
Dime al menos
que me perdonas...
CARLOS.
Contesta
antes...
LUISA.
¿Qué quieres de mí?
CARLOS.
¿Y a qué saberlo deseas,
si tu propio corazón
no te lo dice?...
LUISA.
Si vieras...
CARLOS.
Nada tengo ya que ver;
sólo exijo una respuesta
terminante y ahora mismo,
Dime, Luisa: ¿estás resuelta
a ser mi esposa o a serlo
de otro hombre? Si te queda
rastro al menos de mi amor,
si mi vida te interesa,
si no quieres ver la ruina
de quien no tuvo en la tierra
más bien, más dicha, más gloria
que esperar en tus promesas,
no vaciles un instante;
resuélvete, corre, entra
y ve a arrojarte a los pies
de tu madre; llora, ruega,
confiésale nuestro amor,
dile que depende de ella
nuestra suerte, nuestra vida;
yo mismo... (Ella hace ademán de detenerle.)
No me detengas:
no voy, ya lo sé.
LUISA.
¡Dios mío!
CARLOS.
¡Mas oye, y siempre recuerda
lo que ahora voy a decirte!
¡Son las palabras postreras
que oirás de mí en este mundo!
Yo te pierdo, mas no creas
que otro hombre va a gozarse
en mi desdicha y mi afrenta...
Ve, perjura, ve a ofrecerle
amor y constancia eterna,
invocando al mismo Dios
que invocó tu falsa lengua...
Aquí, en su casa, en la calle,
donde quiera que le vea,
en el templo, en el altar,
antes que tu esposo sea
le arrancaré el corazón
y mil vidas que tuviera.