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P. J. Rovira, CMF
La pobreza evangélica

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1) La situación de no pocos religiosos hoy: ¿voto de pobreza o de buena clase media? Hablar de pobreza ¿es una moda o una necesidad?

 

Un hecho que siempre me ha impresionado al mirar la historia de la Iglesia: el aprecio de la pobreza y de los pobres ha sido el termómetro más apto para medir la sinceridad y profundidad de sus reformas, más allá de los documentos y las hermosas palabras, siempre más o menos abundantes.

 

            Y lo mismo ha ocurrido en la historia de la Vida Consagrada. Es un hecho que el consejo evangélico que se encuentra en el origen de muchas fundaciones, reformas y hundimientos, no ha sido el celibato ni la obediencia a un superior, sino la pobreza externa: los calzados se han hecho descalzos, los unos se han dedicado a los pobres, los otros a los más pobres entre los pobres ... Y hoy, ¿en qué Constituciones reformadas después del Vaticano II no se dice que los religiosos equis quieren dedicarse “de forma especial” a los pobres? Es significativo también que en la ExhortaciónVita Consecrata” se hable: de los consejos evangélicos en general 38 veces, del conjunto virginalcasto - célibe 49, de obediente-obediencia 41, y de pobres-pobreza ¡76! (De paso hacemos notar que no hay, pues, ninguna obsesión por el tema sexual; ¡en todo caso, por el tema de la pobreza!). Todo eso nos dice que también en la VC hoy el verdadero termómetro de la autenticidad de vida, en lo referente a los consejos evangélicos, más allá de las discusiones sobre la obediencia y las dificultades en campo afectivo-sexual, sigue siendo (como siempre) el concepto y la vivencia de la pobreza.

 

            En efecto, no faltan las contradicciones. Quiero citar algún ejemplo. Más de una vez sucede también hoy todo aquello que dicen Bours-Kamphaus citando el “Diario” de Sören Kierkegaard (1813-1855):

 

“En la fastuosa iglesia del castillo entra un predicador estatal de corte, escogido por un público docto; se presenta ante un grupo elitista de notables y doctos y predica conmovido sobre las palabras del apóstol: Dios ha escogido a los pequeños y a los despreciados. Y nadie se ríe”.

 

¡Cuántas acaloradas discusiones ha habido en estos años!:

 

“... sobre la Iglesia de los pobres (...), sentados en cómodos sillones y teniendo delante una copita de calidad. Y nadie que se riera. Todos se tomaban muy seriamente y estaban convencidos de que decían cosas importantes para la renovación de la Iglesia. Y, en cambio, había motivos para reír, llorar, ruborizarse ...” 1

 

Escribía el P. Radcliffe, cuando era Maestro General de los Dominicos:

 

“Una vez, en una Provincia americana (dominicana), después de una semana de debate sobre la pobreza, concluyeron el encuentro con una cena en un restaurante caro. Al final, uno de los frailes dijo: “Bueno, si ésta es la forma de terminar la discusión sobre la pobreza, ¿qué pensaremos hacer el año que viene después de haber hablado de la castidad?” 2

 

Por su parte el conocido capuchino Padre Cantalamessa confesaba que, tras haber escrito dos libritos sobre la obediencia y la virginidad, no se decidía a publicar otro sobre la pobreza. Y la razón que daba era:

 

“¡¿Con qué osadía hablamos de pobreza, cuando lo que entre nosotros sería considerado hoy una pobreza casi heroica, para millones de seres humanos es un hecho normal de todos los días y de toda la vida, si no es incluso un lujo!? Ayunar durante toda la vida a “pan y aguasería para nosotros el máximo de la austeridad, mientras para millones de personas tener ‘asegurados el pan y el aguasería ya como un sueño”. 3

 

¿Cómo se puede llamarpobre” en nuestra sociedad un religioso que tiene casa, comida, trabajo, estudios y hasta la posibilidad (¡muchos lo llamanderecho”!) de disfrutar de un periodo de vacaciones anuales o un periodo sabático (¡a lo mejor un año!), con la seguridad de que a la vuelta encontrará absolutamente todo lo que había dejado al partir? ¿Será que a veces hemos perdido incluso la capacidad de avergonzarnos de nuestras lamentaciones de pequeños (o grandes) burgueses?

 

            De hecho, hace notar Martínez, en la VR la institución ofrece a sus profesos un arreglo sin especiales traumas, una soluciónlight”. Les queda asegurada, de palabra y de hecho, una asistencia total en sus necesidades básicas, como son las necesidades biológicas, vitales para la supervivencia y el suficiente bienestar biofísico. Difícilmente hay entre nosotros quien tiene motivos serios de queja en cuanto a la comida, el descanso, objetos personales, uso de enseres comunitarios ... En general, tenemos un tenor de vida que nos sitúa entre la clase media y la clase alta del “primer mundo”, con una excepcióndice él -: trabajamos menos que la media de las personas de nuestro alrededor, que necesitan ganarse su sustento. A lo más, en este terreno nuestras aspiraciones son disponer de más dinero, de más tiempo, hacer las cosas con menos esfuerzo, tener más cosas y pasatiempos. La comunidad provee a nuestro sustento, nos ofrece una ocupación, compañía y convivencia, nos da apoyo en los momentos difíciles, personales y familiares, nos garantiza el futuro. Es, en una palabra, la “madraza” que tiene cuidado, con solicitud y generosidad, de las necesidades de sus hijos e hijas. A cambio de todo esto, al religioso o religiosa se le pide ser fiel a su compromiso; y eso se traduce en vivir en comunidad, ser lo que llamamos un “buen religioso o religiosa” que cumple sus deberes y hace todo lo que se le pide. Una actitud, pues, dependiente, de orden y disciplina, de adecuada realización de las tareas personales, sin mayores pretensiones, en una continuidad que salvaguarda los principios, las normas y las Obras de la institución. De ese modo verá atendidas sus necesidades de estima, relación y seguridad4.

 

            Quizá no todo lo que dice Martínez es generalizable; pero da qué pensar, porque probablemente tiene algo de verdad. Efectivamente, en Occidente hemos hecho con frecuencia grandes razonamientos, hemos publicado libros más o menos interesantes sobre la pobreza; pero nos hemos quedado en las palabras. Por otro lado, no raramente, religiosos del Tercer Mundo han venido a Occidente (a Roma, por ejemplo) a hablarnos de la pobreza de sus conciudadanos y de la urgencia de encarnarse en aquella realidad; pero a vecesdigo – sus palabras han dejado a los oyentes algo perplejos o escépticos al ver su tenor de vida personal, los aparatos con que venían equipados, o los viajes turísticos que habían hecho antes de llegar donde nosotros y/o los que se prometían hacer antes de regresar a donde sus pobres ... ¡Y cuántas veces religiosos de aquí y de allí han hablado menos y se han ido, sencillamente, a vivir pobres entre los pobres, a echarles una mano con la vida más que con las palabras! Como ha dicho alguien, hoy habría que aplicarles a no pocos las palabras de la Biblia: “No pronunciarás el nombre de los pobres en falso” (cf. Ex 20,7).

 




1 J. BOURSF. KAMPHAUS, Passione per Dio, Roma 1984, 125.



2 T. RADCLIFFE, Vita Consacrata e cultura contemporanea, Ariccia 1996, cicl. 1.



3 R. CANTALAMESSA, Povertà, Milano 1996, 5-6.



4 Cf. J.L. MARTÍNEZ, Construir la vida, Madrid 2003, 123-124.






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