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P. J. Rovira, CMF
La pobreza evangélica

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4) Alguna indicación práctica para una vivencia diferenciada y no siempre fácil, tanto desde el punto de vista carismático como social

 

Aquí quiero simplemente hacer alguna sugerencia parcial y práctica. Por lo demás, os remito tanto a los documentos del Magisterio reciente (PC 13, ET 16-20, CDC 600, 610, 634-640, 668-670), EE III 20-21, RD 12, PI 14, VFC 28, 44, VC 82, 89-90, RdC 8, 13, 17, 22, 34, 35, 45), como a las Reglas, Constituciones y Directorios de cada grupo.

 

No es fácil ofrecer sugerencias sobre la forma de vivir la pobreza hoy. El motivo es la diversidad de circunstancias, pero también la situación contradictoria en que a menudo nos encontramos, sea a nivel de Obras, sea a nivel de formación de los individuos. Por un lado, en sus documentos constitucionales o capitulares, los Institutos insisten en un radicalismo, tanto en la vivencia personal como en el salir al encuentro de los pobres. Por otro lado, estamos en una sociedad que nos ofrece posibilidades nuevas y útiles, por ejemplo, en el ámbito de la formación; pero que también nos empuja seguidamente, y casi sin que nos demos cuenta, hacia un consumismo y un progresivo aburguesamiento que es uno de los problemas más graves y urgentes de la VC de hoy día. Una mentalidad contraria a una vida pobre y hasta austera, que intenta posesionarse de nosotros a diario y en forma a veces descarada a veces taimada, creando exigencias “exigencias y derechos” que no se sostienen al confrontarse con los criterios constitucionales y capitulares. Y deseo recordar asimismo que todo esto, gracias a los medios de comunicación social, no tiene fronteras cerradas, es decir, no condiciona sólo a los religiosos de vida activa sino también contemplativa, a los religiosos del Primer Mundo y también a no pocos del Tercer Mundo, ya sea cuando estos últimos se encuentran en nuestras casas, ya sea cuando regresan a las suyas.

 

            Dicho lo cual, quiero concretamente detenerme en tres indicaciones que os dejo para vuestra reflexión.

 

1) En primer lugar, ciertas situaciones contradictorias en las que no raramente se encuentra la pobreza – sobre todo colectiva – en la VC actual. Por ejemplo, Obras más o menos grandiosas, o con finalidad más lucrativa que apostólica, que hemos construido quizá con tanto esfuerzo y sacrificio en los años ’50 y ’60 (¡y aun recientemente!); Obras que no han gozado (¡quizá no podían tenerla!) de aquella amplitud de miras profética que hubiera sido deseable, pero que, debido al cambio de mentalidad y a la escasez de vocaciones, se convierten en un peso y en un antitestimonio. Lugares donde, a veces, un número cada vez más reducido de religiosos, en medio de un número creciente de laicos asalariados, lleva adelante un trabajo que, reduciéndose despacio despacio a un papel direccional o marginal, resulta extremamente fatigoso, y no pocas veces antipático y poco edificante (ciertos internados, hospitales, fincas, pensiones, albergues, pisos, oficinas ...).

 

            Hay que tener la valentía de discernir, según las posibilidades evangélicas y numéricas, y decidir. Lo venimos diciendo desde hace tantos años, y únicamente con mucho esfuerzo se van dando ya algunos pasos. Esto significa asimismo el deber cerrar o transformar Obras venerandas y veneradas, pero que han perdido el valor evangélico que podían tener en otros tiempos; y no sólo porque, siendo menos, no podemos ya llevarlas adelante, sino porque es necesario abrir otras según el carisma propio y las “nuevas pobrezas” sociales.

 

            Por otra parte, a veces – como decía -, religiosos aislados viven en esas Obras horarios de trabajo heroicos. Pero el testimonio del individuo queda vaciado por el antitestimonio (al menos aparente) del Instituto o comunidad. Así como a veces, en cambio, hay todavía religiosos, ejemplarmente pobres (los hay también aburguesados), pero que no hacen nada o mucho menos de cuanto podrían hacer.

 

            Hay, pues, religiosos explotados por la institución congregacional o eclesial. Basta pensar en ciertos horarios de trabajo en determinados hospitales, internados y parroquias. Párrocos y obispos que explotan y después pagan mal o nada de nada los servicios de las religiosas. Superiores que explotan a los súbditos con la excusa del “espíritu de sacrificio” y de que es necesario llevar adelante una Obra que ya no tiene futuro, etc. Estudiantes que no logran estudiar, como les ha sido ordenado, porque en casa deben hacer un sin fin de otras cosas ... Explotar la persona del religioso es siempre anticristiano, como lo es igualmente el hecho de religiosos que explotan la institución por vivir a costa de los otros. Ciertamente el religioso debe colaborar en la vida comunitaria, así como también tiene derecho a un margen de descanso, a poder rezar en paz, a experimentar la hermandad comunitaria, a cultivar su formación personal permanente (cf. CDC 659-661, PI 58-71), según las características de cada Instituto (cf. VC 69-71). Las comunidades no deben transformarse en pensiones de trabajadores más o menos estresados, huraños y solitarios. El trabajo es sin duda una obligación para todos; pero la explotación o el agotamiento no son un bien para nadie. Y a lo mejor después nos asombramos si un religioso agotado entra en crisis ... Si decimos a las familias que los cónyuges deben reunirse entre ellos y con los hijos, hay que aplicarlo paralelamente a los religiosos entre ellos.

 

 

2) Otro problema es cómo formar en la pobreza hoy. Existe el peligro de ofrecer a los formandos tantas posibilidades, facilitaciones y comodidades (dinero, instrumentos de trabajo, viajes, pasatiempos, etc.) que los preparemos de forma equivocada para una vida de gozosa abnegación, como deberá ser su VC más tarde. Ciertamente no estamos preparando un buen futuro para el Instituto y para la Iglesia si los candidatos crecen débiles humana y espiritualmente, desganados, caprichosos o aburguesados. Peligro que incumbe no sólo en el caso de un candidato nacido y crecido en una situación económica a veces más baja, y que se encuentra ahora más “rico” que antes, y con mucho de voto de pobreza (cf. PO 9a, RPU 23-24, PI 14, VC 65-68).

 

            Obviamente, si es posible y prudente, y además en conformidad con el propio carisma y misión, se debe ofrecer a los nuevos religiosos aquellas posibilidades de formación humana, cultural y espiritual que quizás no tenían las generaciones anteriores, pero que hoy día se consideran válidas o incluso necesarias. Con otras palabras, no vale decir: “En mis tiempos ... no había esto, no lo tuvimos, no era necesario ...” y, por tanto, “tampoco vosotros ...”. La vida cambia, la historia se mueve. A pesar de eso, creo que no hay que tener miedo a frenar la eventual petición juvenil de medios cada vez más novedosos y sofisticados, o de continuas experiencias cuando llevan sólo a la dispersión, a un mariposear aquí y acullá, a la superficialidad, a comenzar tantas cosas pero a concluir poco o nada, o a descuidar la formación de la voluntad, del espíritu de oración personal o comunitaria, o la colaboración con los demás hermanos o hermanas religiosos en los trabajos incluso humildes de la comunidad y del Instituto.

 

            El joven formando tiene necesidad, en este periodo de su vida, de una experiencia fuerte, entre otras cosas, de vida comunitaria. Y eso no ocurre si a los individuos se los deja casi solos, como si sus formadores no supieran o no tuvieran fuerza para dirigir su formación, o porque están demasiado cogidos por otras actividades más “interesantes” o gratificantes (cf. PI 28); cosa que puede suceder, sobre todo, en terreno masculino. O, al revés, el formador es tan omnipresente que a los formandos no les deja “respirar”, tener sus iniciativas y responsabilidades (cuando, a lo mejor, antes de entrar ¡habían tenido ya responsabilidades sociales y apostólicas!), o cuando la relación formando-formador corre el riesgo de sofocar la relación formando-comunidad; cosa que puede suceder, sobre todo, en campo femenino.

 

            Además es verdad que el formando debe experimentar en alguna medida (como e incluso más que sus coetáneos) que la vida cuesta y que debe ganarse el pan. En la casa de formación, a veces se corre el peligro de retener al formando en una especie de invernadero irreal y antiformativo, mientras que sus coetáneos normalmente encuentran dificultades. Así no se le forma para el futuro, sino que se le infantiliza, se le mantiene en una situación de inmadurez y socialmente falsa. ¡El convento no puede convertirse en la “madraza” que ha de proveer y dar todo a sus “hijitos”! Pero nadie dice que, para evitar todo esto, forzosamente el formando haya de ir a desempeñar un trabajo de tipo salarial fuera de casa; también estudiar, dar catequesis, atender al teléfono o en portería, limpiar los locales comunitarios, y otras tareas similares, son modos válidos de ganarse el pan. No olvidemos que no existen trabajos o servicios indignos o humillantes para nadie, si de por medio está la caridad y la humildad ... Pero esto, no sólo en el caso del formando, sino también en el de los adultos, tengan títulos o cargos importantes, o no los tengan: basta mirar la vida de tantos Fundadores y, sobre todo, de Cristo (“el Señor y el Maestro”, Jn 13,14) lavando los pies de los discípulos y exhortándolos a lavárselos los unos a los otros (Jn 13,1-17), a servirse mutuamente (cf. Mc 10,35-45),  como nos recuerda la VC 75. Y si alguna costumbre o cultura no admitiera todo esto, habría que transformarla, evangelizarla y convertirla, si quiere ser considerada “cristiana”.

 

 

3) Finalmente, no hay que confundir el espíritu de pobreza evangélica con la miseria o la falta de alegría y felicidad. Al entrar en la VC, el religioso está buscando la que cree será su felicidad, no sólo espiritual, sino humana Equivaldría a enfilar un camino equivocado resaltar o concebir la radicalidad de la VC como una especie de masoquismo disfrazado de espiritualidad, de purgatorio terreno, o un negarse todo tipo de satisfacción en espera de la eternidad bienaventurada ... El religioso, como cualquier otro cristiano, ciertamente debe aceptar con valentía las alegrías y las renuncias de su vocación; pero debe también poder demostrar y proclamar con su existencia que la consagración a Dios y a los hermanos hace felices, no sólo espiritualmente, sino humanamente. No hay peor antitestimonio que el de un religioso inmaduro, infantil,  insatisfecho, frustrado, cascarrabias, quisquilloso o triste. Leed lo que dice magistralmente el VFC 28.

 

            Efectivamente, no se sigue al Señor resucitado por el camino de un interminable Viernes Santo, sino en el gozo pascual y humano de pertenecerle por completo a Él. El religioso no hace voto de perpetuo abatimiento, así como tampoco se consagra a Dios para evitar los fastidios familiares. Su vida será sencilla, austera, laboriosa y responsable, serena, realista y gozosa, madura humana y cristianamente; y estar, de esa forma, lo más disponible que pueda para Dios y  los hermanos.

 

            No se trata, pues, ni de mundanización, ni de alboroto o confusión, o de crear en comunidad un ambiente de fiesta permanente; sino de aquel gozo profundo, adulto y maduro que proviene de la fe, la fe que ilumina la vida del religioso y le ayuda a abrazar con decisión, amor y realismo, tanto la alegría de vivir, como los riesgos y dificultades de toda vida humana y de la suya en concreto. “Sé de quién me he fiado”, como decía Pablo (2 Tm 1,12): ahí está el manantial inagotable de la seriedad y profundidad de su vida y, al mismo tiempo, de su gozo y serenidad.

 

            Estoy convencido de que éstos son algunos de los aspectos – entre otros – del testimonio que nuestro mundo se espera de nosotros hoy, en lo concerniente a la pobreza. No podemos defraudarle. Tiene derecho a nuestra coherencia y fidelidad, porque nuestra vida es un don que Dios les ha hecho en nosotros. No podemos desilusionarlos ni a ellos ni a Dios.

 




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