II.- Medios de organizar un buen sistema de
educación femenina y grados que ésta debe comprender.- Cómo pueden utilizarse
los organismos que actualmente la representan en punto a cultura general.
Dados los pocos recursos pecuniarios e
intelectuales con que cuenta la educación de la mujer, y la indiferencia, si no
la prevención, desfavorable con que el público la mira, sería en vano pedir
fondos para crear muchas y bien organizadas escuelas; lo único práctico nos
parece introducir en las actuales algunas modificaciones, o siquiera la idea de
que, si es preciso instruir a la mujer, no es menos necesario educarla, para
que moralmente sea una persona y socialmente un miembro útil de la sociedad.
Ya se concede que hay que educar a la mujer lo
necesario para que sea buena esposa y buena madre. Y ¿cuál es lo necesario para
eso? No está bien determinado y aparece con la vaguedad de las cosas que no se
ven claramente, ni pueden verse, porque no tienen existencia real. En efecto;
la buena esposa y la buena madre es una ilusión si se prescinde de la buena
persona, y la buena persona es ilusoria si se prescinde de la
personalidad.
Es
un error grave, y de los más perjudiciales, inculcar a la mujer que su misión
única es la de esposa y madre; equivale a decirle que por sí no puede ser nada,
y aniquilar en ella su yo moral a intelectual, preparándola con absurdos
deprimentes a la gran lucha de la vida, lucha que no suprimen, antes la hacen
más terrible los mismos que la privan de fuerzas para sostenerla: cualquiera
habrá notado que los que menos consideran a las mujeres son los que más se
oponen a que se las ponga en condiciones de ser personas, y es natural.
Lo
primero que necesita la mujer es afirmar su personalidad, independiente de su
estado, y persuadirse de que, soltera, casada o viuda, tiene deberes que
cumplir, derechos que reclamar, dignidad que no depende de nadie, un trabajo
que realizar, e idea de que la vida es una cosa seria, grave, y que si la toma
como juego, ella será indefectiblemente juguete. Dadme una mujer que
tenga estas condiciones, y os daré una buena esposa y una buena madre, que no
lo será sin ellas. ¡Cuánta falta le harán, y a sus hijos, si se queda viuda! Y,
si permanece soltera, puede ser muy útil, mucho, a la sociedad, harto
necesitada de personas que contribuyan a mejorarla, aunque no contribuyan a la
conservación de la especie. La falta de personalidad en la mujer esteriliza
grandes cualidades de miles de solteras o viudas, y no es poco el daño que de
su falta de acción benéfica resulta.
Los que dirigen, auxilian o influyen en los
establecimientos de enseñanza de la mujer deberían procurar que su educación
concurriera eficazmente a formar su carácter, no contentándose con que saliesen
de la escuela alumnas instruidas, sino aspirando al mismo tiempo a que fueran
personas formales.
Convendría inculcar repetidamente la
obligación del trabajo, tarea perseverante, útil, reproductiva, y no frívolo
pasatiempo; del trabajo que dignifica, contribuye a la felicidad, consuela en
la desgracia y es un deber que, cumplido, facilita el cumplimiento de todos los
otros. Con decir esto no se dirá nada nuevo, pero se recordará mucho olvidado y
más no practicado en un país en que, respecto a las mujeres de las clases bien
acomodadas, no se tiene generalmente idea de que deben trabajar porque no
necesitan ganarse la vida. Prescindamos, que no es poco prescindir, de
que estos propósitos de holganza van unidos a los proyectos de que la vida la
ganará un marido que no viene, o que hubiera sido mejor que no viniese. ¿La
vida se reduce a comer? Todo el que no tenga de ella tan bajo concepto,
comprenderá que la vida que no sea solamente material, y con riesgo de ser brutal,
la vida de la conciencia, de la inteligencia, del corazón, no puede ser obra
del trabajo de otro, y tiene que ganársela uno mismo.
«El que no trabaja que no coma», ha dicho San
Pablo. Muchos comen que no trabajan, pero ninguno que no trabaja es persona; es
cosa, que anda descalza o en coche, cubierta de galas o de andrajos,
pero cosa siempre. La persona es una actividad consciente y útil; todo
lo demás son cosas que, según las circunstancias, podrán ser más o menos perjudiciales,
pero que lo son siempre para sí y para los demás, porque en el combate de la
vida no hay neutralidad posible; hay que decidirse por el bien o por el mal.
Contribuiría mucho a formar el carácter serio
de la mujer y consolidar su personalidad el que se interesara y tomase parte
activa en las cuestiones sociales. ¡Cómo! ¡Meterse ella en el intrincado
laberinto de la oferta y la demanda, de la concurrencia y el proteccionismo y
el libre cambio, de las relaciones del trabajo y el capital, etc.!
No es necesario que entre en estas cuestiones,
o que entre todavía; pero todas ellas tienen una fase muy sencilla que
no necesita estudiarse y que basta con sentirla: esta fase es el dolor sin
culpa, y ¡ay! casi siempre sin consuelo. ¿Quién más que la mujer puede y debe
darlo?
Los hombres que han calificado el sexo de
piadoso no llevarán a mal, antes deben aplaudir, que tenga piedad de los que
sufren y procure consolarlos.
Hay una huelga: los patronos ven exigencias
injustas de los obreros; éstos, tiranías crueles de los patronos; las
autoridades, una cuestión de orden público; los egoístas indiferentes, un
tumulto que turba su sosiego; brotan odios, injurias, calumnias, abusos de la
fuerza, excesos iracundos de la debilidad desesperada. Y ¿no hay más que eso?
Sí; esos miles de hombres, que resuelven no trabajar para mejorarlas
condiciones del trabajo, tienen miles de hijos que carecen de pan desde el
momento que su padre no gana jornal, y en su miserable vivienda está la fase
más terrible de la cuestión: el sufrimiento de los inocentes, porque los niños
lo son, tengan o no culpa los padres. Lo más terrible de las huelgas (donde no
hay fuertes cajas de resistencia, como sucede en España) no está en los
tumultos de las calles y de las plazas; está en casa del obrero, donde la
miseria tortura e inmola sin ruido, porque el llanto de las débiles criaturas
no se oye. La mujer debe oirlo, debe resonar en su corazón; y la huelga,
signifique para los hombres lo que significare, razón o absurdo, justicia o
iniquidad, será para ella dolor inmerecido. Y ¿no le llevará algún
consuelo?
En todo problema social hay una fase dolorida;
y suponiendo que sea la única que puede entender la mujer, tiene, por
desgracia, bastante extensión para ocupar su actividad bienhechora. Todo el
bien que en este sentido haga, se convertirá en un medio de perfección.
Nada más propio para dar gravedad al carácter
y consistencia a la personalidad que la contemplación compasiva de tantos
dolores como entraña esa cuestión de cuestiones que se llama la cuestión
social.
Cuando se sabe lo que pasa en las prisiones, en los hospitales, en los
manicomios, en los hospicios, en las inclusas; cuando se ven miles de niños
preparándose al vicio y al crimen en la mendicidad, y cruelmente maltratados si
no llevan el mínimo de limosna que sus verdugos les exigen; cuando se compara
el precio de las habitaciones y de los comestibles con el de los jornales, que
tantas veces faltan; cuando se considera este cúmulo abrumador de dolores que
no se consuelan, de males a que no se busca remedio, ocurre preguntar: ¿Dónde
están las mujeres?
Algunas
están donde deben, pero son pocas; tan pocas, que su actividad benéfica se
pierde en la inercia general. ¿Por qué así? Por muchas causas que aquí no
podemos analizar, ni enumerar siquiera, limitándonos a comprobar el hecho, de
una desdichada evidencia.
No
lo condenamos en nombre de ideas atrevidas, ni de novedades peligrosas; no se
trata de cuestiones intrincadas, de problemas difíciles, de derechos
controvertidos, de aptitudes dudosas; se trata de practicar las obras de
misericordia, ni más, ni menos.
Esta
práctica, que no debe ser alarmante aun para los que son hostiles a la
ilustración de la mujer, contribuiría eficazmente a su educación, como lo
prueba la experiencia en los países en que las mujeres, tomando gran parte, y
muy activa, en las obras benéficas, fortalecen en este trabajo piadoso altas
dotes que sin él se debilitarían, y ennoblecen y consolidan su carácter.
No
podemos tratar aquí de cuánto influiría para el bien en las cuestiones sociales
el que la mujer tomase parte en ellas consolando los dolores que son su causa o
su consecuencia; debemos limitarnos a decir y repetir que la desgracia que se
conoce, se compadece y consuela, enseña, eleva y fortalece mucho; es decir, que
es un grande elemento de educación.
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