2. Después del Vaticano II el tema de los Consejos en los Institutos de Vida
Consagrada ha explotado, literalmente. Por promover una participación cada vez
mayor hemos asistido, en estos últimos 35-40 años, a una multiplicidad de
estudios para renovar las estructuras de gobierno de nuestros Institutos, de
modo que se mantuviera mejor el vino nuevo del espíritu del Concilio. Ha habido
un pulular de estudios, de proyectos, de organigramas, de consultas de la base
para enfocar mejor la naturaleza de los Consejos, su composición, sus poderes y
los cometidos de cada consultor (o asistentes, según la diversa terminología
propia de los diversos Institutos); se ha estudiado largamente cómo renovar el
procedimiento de elección de los Superiores y de los Consejos; se ha buscado
algo así como recetas para dosificar bien, según un equilibrio armónico acorde
con el carisma de cada Instituto, los valores en juego: participación,
corresponsabilidad, libertad, eficiencia apostólica y testimonio de
autenticidad de Vida Consagrada, colegialidad, subsidiariedad,
descentralización, etc., que son, a la postre, los valores en juego en nuestro
tema “El Superior y su Consejo”.
Y así hemos asistido en
este post-concilio a un multiplicarse de nuevos tipos de Consejos: junto a los
más tradicionales Consejos General, Provincial o local, a los Capítulos o
Congregaciones Generales, Provinciales o locales, he aquí que aparecen los
Consejos de Congregación, de Provincia o de Región, los Consejos ampliados,
Reuniones de comunidad para una consulta de la base, etc.
Frente a este pulular de
nuevos organismos, a veces se podría tener la impresión de que con excesiva
facilidad los sociólogos han actuado como dueños y sseñores, planteando el
Instituto o la Congregación y las diversas subunidades (Provincias,
Inspectorías, Regiones, Comunidades locales) o bosquejando la figura del
Superior en todos los niveles, según modelos tomados de la sociedad civil o de
la convivencia social entre personas que constituyen grupos puramente humanos.
Debemos aceptar y confesar que existe el peligro de olvidar que la
Congregación, antes de ser un grupo humano común, es “el conjunto estructurado
formado por religiosos/as que se apelan a un mismo acontecimiento espiritual”
(Dortel-Claudot, p. 776). Ésa es una realidad espiritual en el sentido fuerte y
específico de la palabra, cuando es leída con referencia al Espíritu Santo. Es
una realidad carismática, es un cuerpo vivo, orgánico, animado por un principio
vital que lo organiza, le da unidad, lo regula y lo gobierna para desarrollarse
y conservarse. Junto al Espíritu Santo, dado que se trata de un cuerpo orgánico
y visible, está también el gobierno humano que, antes de ser una “estructura”
que puede configurarse en un organigrama, es el conjunto de todas aquellas
acciones, relaciones y movimientos de la vida de la Congregación convergentes
en un buen funcionamiento del cuerpo y en la realización de cada uno de sus
miembros.
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