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CONCLUSIÓN
Remito, a la discusión
que seguirá, la respuesta a vuestras eventuales objeciones o peticiones de
ulteriores aclaraciones, que muy probablemente surgirán y me podréis plantear.
Pero, antes de concluir, me parecer obligado recordar dos aspectos que habrían
de marcar el espíritu no sólo de cada Consultor, sino del Consejo como un solo
cuerpo.
Aludo, en primer lugar,
a la necesidad de la amorosa comprensión
de la complejidad de la vida, en general, y de la vida de la Iglesia, de la Congregación,
de la Provincia y de la comunidad particular, en concreto. Se trata no sólo de comprensión, es decir, de saber
percibirla y captarla, sino también de comprensión amorosa, es decir, plena y acompañada de amor y afecto; se trata,
al menos, de no enfadarse contra ella y de verla como una oportunidad de
progreso en el camino de la santidad.
El segundo aspecto
concierne la necesidad, para el consultor y la consultora, de misericordia y
amor para con las miserias de los hermanos y de la congregación, unidos a una
paciencia y longanimidad que, sin embargo, nunca deberá caer en permisivismo o
traición de la verdad.
El recuerdo de todas
estas cualidades que habrían de caracterizar la figura del Consultor y del
Consejo no es para desanimarnos ante la altura del compromiso que se le confía
a quien el Señor llama a este oficio, sino más bien para pedir al Señor que nos
obtenga estos dones, sabiendo que tales dones pasan a través de su
racionalidad, su bondad, su compromiso, su sensibilidad y su confianza. ¡Gracias!
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