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Juan de la Cueva
El infamador

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  • Jornada I
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Jornada I

LEUCINO, TERCILO, ORTELIO, TEODORA, FARANDÓN, ELIODORA, FELICINA, NÉMESIS.

     LEUCINO se sale vanagloriando de lo que puede y hace con su riqueza. Cuéntale ORTELIO, un criado suyo, lo que pasó a TEODORA, alcahueta, entrando a hablar ELIODORA. Viene TEODORA, cuenta por extenso tollo el caso que lo pasó. FARÁNDON, criado de LEUCINO, viene al llamado de su señor. ELIODORA y FELICINA salen de su casa, encuéntralas LEUCINO, quiere hacerle fuerza a ELIODORA, la diosa NÉMESIS se lo impide, y avisa del daño que lo amenaza, si no desiste de tal pretensión.

 

 

LEUCINO

Con próspero viaje

y favorable viento

navega a quien espera la riqueza,

del mar no siente ultrajo,

que a su furor violento

el oro aplacar hace la fiereza.

Huye dél la tristeza,

todo le es favorable

no le contrasta nada.

Tiempla como le agrada

a la fortuna fiera y variable

cual yo que a mi deseo

con mi riqueza lo que quiero veo.

   No me pone en cuidado

ninguna cosa humana,

porque a medida del deseo me viene.

De todos estimado,

y de gloria mundana

por mi riqueza igual ninguna tiene

al que más le conviene.

Por descendencia ilustre,

si le falta el dinero,

casi no es caballero.

Si lo tiene un villano, es de gran lustre,

porque con la riqueza

hoy se adquiere la gloria y la nobleza.

 

TERCILO

Huélgome de hallarte tan contento,

y más de oírte engrandecer tus bienes,

haciendo alarde dellos dando al viento

cuenta particular de los que tienes.

 

LEUCINO

Publico lo que siente el sentimiento.

 

TERCILO

Bien está, mas que en eso te refrenes,

por parecer te doy, porque es torpeza

de ánimo amar tanto la riqueza.

 

LEUCINO

Como te hizo el cielo incapaz della,

tienes oír su nombre por odioso;

que el pobre no se harta de ofendella,

de Invidia della, y no de virtuoso.

Publica que no quiero poseella,

que huye de su trato peligroso,

dando a entender que es justo desprecialla,

supliendo así el defecto de alcanzalla.

 

TERCILO

No yo quien desprecia la riqueza,

porque me río cuando voy leyendo

de algunos que eligieron la pobreza

sus bienes libremente repartiendo.

Tenerla en tanto tengo yo a torpeza.

Que parece que vas ennobleciendo

tu persona, y que el ser, y la memoria.

Recibes de ella, y no de tu alta gloria.

 

LEUCINO

Yo entendí que eras menos majadero.

 

TERCILO

Y aun yo creí otra cosa que no digo

de ti, pues en mas tienes el dinero

que de tus padres el blasón antigo.

 

LEUCINO

Necio, píntame agora un caballero

mas que el Cid, o que el godo rey Rodrigo,

que sea pobre, y ponlo en competencia

con un rico de oscura descendencia;

   Verás a cual se inclina la victoria,

de las dos diferencias que publico,

y entenderás cual vive en la memoria

el noble pobre, o el villano rico.

El uno muere, el otro vive en gloria;

el pobre enfada, el rico, certifico

que es acepto, aunque sea el propio enfado,

y el pobre es confundido y desechado.

   Y para prueba desto quiero darte

por ejemplo el discurso de mi vida.

Dejo la estimación que en toda parte

a mi persona ha sido concedida,

los troreos de amor quiero acordarte,

pues sabes que no hay dama que rendida

no traiga a mi querer, por mi dinero,

y no por ser ilustre caballero.

 

TERCILO

¿Qué razón hay que así generalmente

ofendas por las malas, a las buenas?

 

LEUCINO

¿Cuál mujer a mi amor no fue obediente?

¿Cuál no aplacó de mi deseo las penas?

 

TERCILO

Muchas, y hay más que te diría al presente

que estrellas tiene el cielo y Libia arenas.

 

LEUCINO

Bárbaro, si las hay, nómbrame una,

porque yo no me acuerdo de ninguna.

 

TERCILO

¿Tan flaco de memoria estás agora?

Que no te acuerdas cuantas no acetando

te demanda, con saña vengadora,

te dieron la respuesta amenazando.

Dejando las demás, sola a Eliodora

te quiero señalar, a quien amando

tan encendidamente, procuraste,

y con tanto inquietud solicitaste.

 

LEUCINO

Aún no está ese negocio concluido,

que a Ortelio estó aguardando aquí que venga

con Teodora, que a Eliodora han ido

a pedirle que oírme por bien tenga.

 

TERCILO

¿Eso intentas, aún no la has conocido?

Espántome que tanto se detenga

en ti una pertinacia tan molesta,

sabiendo claro que tan poco presta.

 

LEUCINO

¿Estás en ti? Agora entiendo y creo

que has perdido el juicio; ¿di villano,

qué mujer hay que pida mi deseo.

Que no lo tenga fuego de mi mano?

 

TERCILO

Quiero reírme de ese devaneo,

pues tienes conocido, y sabes llano,

la constancia de aquel constante pecho,

que siempre te ha tratado con despecho.

Y conociendo el yerro que sustentas,

y que no hay cosa humana que te guarda,

ruego a Dios, que no llores lo que intentas.

 

LEUCINO

Qué tengo que llorar; calla, cobarde,

que hoy te haré que veas claro, y sientas quien soy.

 

TERCILO

   No hagas desto más alarde,

mas oye a Ortelio, que te trae el recado

que aguardas, darás medio a tu cuidado.

 

LEUCINO

Ortelio viene, oh venturosa empresa.

Anda, mi Ortelio, ¿ya no ves que aguardo?

Y la respuesta a tu demanda expresa,

que en el deseo de saberla ardo.

 

ORTELIO

Sosiégate.

 

LEUCINO

Quien tiene el alma opresa

cual yo, tendrá por perezoso y tardo

al suelto Euro, al presto pensamiento,

si ellos le traen remedio a su tormento.

 

ORTELIO

Señor, lo que podré decirte en esto

que fuimos do mandaste, lo y Teodora

la vieja; yo en la calle quedé puesto,

y ella entró a negociar con Eliodora.

No te sabré significar cuan presto

negoció, que no en medio cuarto de hora

volvió donde lo estaba de manera

que no podía conocer quien era.

   Traía el rostro así, cual si arrastrado

fuera por riscos, y ásperos abrojos,

el cabello a raíz todo cortado,

lanzando sangre por la boca y ojos,

sin manto, saya, toca, ni tocado,

que dello hizo el vencedor despojos,

y desta suerte vino donde estaba,

que vencedora en triunfo la esperaba.

   Llamome por mi nombre, y advirtiendo,

en el sonido de la voz cansada,

fue a la pobre Teodora conociendo,

aunque en todo venía diferenciada.

Preguntéle del caso; ella temiendo

que la viesen, y en verme avergonzada

con su mano alzó un lado de mi capa,

y así con ella lo que pudo tapa.

   Díjome que torciase una calleja,

que con la casa de Eliodora linda,

y la llevase a casa de una vieja,

que vive allí, que llaman Terecinda

hícelo así, y al punto que empareja

con la puerta, la vieja se reguinda

por un desván y baja más ligera

que subir suele el fuego a su alta esfera.

   Teodora, sin que cosa me dijese

de aquel caso, me dijo que al momento

con toda priosa a te buscar viniese,

que ella luego será en tu acatamiento.

Dejela cual mandó, y como volviese

por la calle real, mi desatiento

fue tal, por darte nuevas de Teodora,

que sin pensarlo di con Eliodora.

   De su casa a la calle iba saliendo,

con sola su criada Felicina,

y dijo, así como me vio, riendo:

bien negoció la nueva Celestina.

No le osé replicar, y ella siguiendo

su vía, sin hablarme más camina,

y el camino del río dirigieron,

y yo me vine, y ellas dos se fueron.

 

LEUCINO

¿Qué, no te dijo quien así la puso

 

ORTELIO

Señor, no se aclaró comigo en cosa.

 

LEUCINO

¿Es posible? Alterado estó y confuso,

de horror tremiendo el alma congojosa.

Porque entender que sola se dispuso

Eliodora a maldad tan rigurosa,

es yerro, el padre y ella lo trazaron,

y los demás que al hecho se allegaron.

   Y así protesto y juro de vengame,

y devengar la vieja en los que fueron,

que vida, hacienda y honra ha de costarme

satisfaciendo a quien por mí ofendieron.

 

TERCILO

Sosiégate, señor.

 

LEUCINO

                         ¿Osas hablarme?

 

TERCILO

Osarete decir, que si hicieron

a la maldita vieja tal afrenta,

que no es razón ponella tú a tu cuenta.

 

LEUCINO

A mi cuenta la pongo, pues yo he sido

la causa, y por mí debe ser vengada;

y si Eliodora en ello ha consentido,

Eliodora será la ejecutada.

 

ORTELIO

Señor Leucino, por merced te pido,

que no se alterque en este caso nada.

Pues viene allí la vieja, ella cuenta

del caso incierto, y de su cierta afrenta

 

TEODORA

Hijo Leucino, ya veo,

en verte, salud y vida.

 

LEUCINO

Madre, seas tan bien venida,

cuanto el bien que más deseo;

aquí estoy sin ti afligido,

revuelto en mil pesadumbres,

aguardando que me alumbres

de todo lo sucedido.

 

TEODORA

Pensarte el caso contar,

se me renuevan mis penas,

y la sangre por las venas

siento de temor helar.

Mas siendo de ti mandada,

aunque huye la memoria

renovar la triste historia,

de mí te será contada.

   Sabrás, Leucino, que fue

hoy a la casa de Eliodora,

y siendo oportuna la hora,

a hablar con ella entré.

Hallela en un corredor,

de muchas dueñas cercada,

ricamente aderezada,

revuelta con su labor.

   Levantáronse en el punto

que yo entré, y ella alargando

su mano, y la mía tomando,

me sentó consigo junto.

Las dueñas se desviaron

por no ser impedimento

y usar de comedimiento,

y así a solas nos dejaron.

   Quedando a solas con ella,

que era lo que deseaba,

queriendo hablar no osaba,

y osando, paraba en vella.

Volvía, en tan duro aprieto,

tras mil consideraciones,

con prevenidas razones,

y tampoco eran de efeto.

   Al fin sacudí el temor

y apresté la lengua muda,

viendo que al osado ayuda

fortuna con su favor.

Díjele: Bella Eliodora,

vida mía y señora mía,

perdonalde esta osadía

a vuestra sierva Teodora.

   Yo vengo a solo deciros

que deis lugar que Leucino,

pues cual sabéis es tan dino,

ose ocuparse en serviros.

Notoria es su gentileza,

discreción y cortesía,

su donaire y bizarría,

su hacienda y franqueza.

   No tenéis en que dudar,

bien podéis condescender,

que tan ilustre mujer

tal varón debe gozar.

Ella que estaba aguardando

el fin de mi pretensión,

en oyendo esta razón

dio un grito, al cielo mirando.

   Y dijo: ¿Dime, traidora,

que has visto en mí? ¿Qué has oído?

¿O qué siente ese perdido

del nombre y ser de Eliodora?

Si las cosas que contemplo

no impidieran mi ira fiera,

a bocados te comiera,

dando de quien soy ejemplo.

En diciendo esto se fue,

y las dueñas acudieron,

y de mí todas asieron,

que sola entre ellas quedé.

Las unas me destocaban,

los otras me descubrían,

otras recio me herían,

con mil golpes que me daban.

Después de estar muy cansadas

de tratarme como digo,

dijeron: este castigo

no nos deja bien vengados.

Los cabellos me cortaron

con crueza que da espanto,

y sin tocado, ni manto,

en la calle me arrojaron.

Dejáronme desta suerte,

y aunque sin fuerzas, ni brío,

vengo ante ti, señor mío,

a consolarme con verte.

Aquí estó, y si alguna cosa

resta que hacer en esto,

no entiendas que lo propuesto,

me ha dejado temerosa.

 

LEUCINO

Madre Teodora, no

con qué respuesta te acuda,

que tengo la lengua muda.

Y el alma, cual no pensé.

Y así pues ha sucedido,

y a lo hecho no hay remedio,

acomodemos el medio

que remedio lo perdido.

   Ve, Tercilo con la madre,

y treinta escudos doblados,

que me tienes, le sean dados,

sin que lo sienta mi padre.

Y tú, madre, ve en buen hora,

que yo hago juramento,

de vengarte a tu contento.

 

TEODORA

Bese tus manos Teodora.

 

LEUCINO

Tercilo, di a Farandón

que lo quedo aquí, aguardando,

 

TERCILO

Señor, yo haré tu mando,

 

LEUCINO

Sin punto de dilación.

Ortelio, ¿sabrás llevarme

adonde Eliodora fue?

 

ORTELIO

Por donde fue, bien sabré.

 

LEUCINO

Eso bastará a guiarme.

Yo determino ir allá

puesto delante della

proponelle mi querella,

y oír qué respuesta da.

Si fuere en darme favor,

pedirele el premio luego,

y en no acetando mi ruego,

he de usar todo rigor.

 

FARANDÓN

Con tan gran priesa a llamar me envía mi amo,

¿qué me puede querer? Dios sea comigo,

y me vuelva a los ojos de quien ama,

libre de riesgo, afán, prisión, castigo.

 

LEUCINO

Ah, Farandón.

 

FARANDÓN

                      ¿Quién llama

 

LEUCINO

                                             Yo te llamo.

 

FARANDÓN

Señor, ya vengo.

 

LEUCINO

Dime presto, amigo,

¿Vienes de armas bien aderezado?

 

FARANDÓN

La de Joanes me fecit traigo al lado.

 

LEUCINO

No has menester tú más, que tu braveza

suple, y el corazón la falta de armas,

 

FARAÓN

¿De qué puede servirte mi fiereza,

si en los casos de riesgo no me armas?

 

LEUCINO

¿Temes?

 

FARAÓN

No temo yo, ni ésta es flaqueza.

Lo que temo es a ti que te desarmas,

que yo, los cueros tengo de serpiente.

 

LEUCINO

Vamos, que bueno vas, no venga gente.

 

ELIODORA

Antes que nos deje el día,

Felicina, ¿qué haremos?

 

FELICINA

Señora, que desechemos

la triste melancolía,

y vamos por este prado,

cual solemos, a espaciarnos,

que esto podrá repararnos

del riguroso cuidado.

 

ELIODORA

Tu parecer me contenta

sigue ese estrecho camino

por donde Betis divino

de la vista no se ausenta.

 

FELICINA

Aquí te puedes sentar,

que la vega deleitosa,

y la ribera espaciosa,

se dejan mejor gozar.

   ¿No te agrada este ruido

que Betis hace hiriendo

en las peñas, y saliendo

riega el prado y verde ejido?

Mira como da la vuelta

y se nos desaparece,

y acullá se nos parece

la frente en ovas revuelta.

 

ELIODORA

Deleitoso y agradable,

Felicina, es todo esto,

y la quietud deste puesto

apacible y saludable.

Aquí mitiga el cuidado

su ansia y congoja dura,

gozando del aura pura,

y la suavidad del prado.

 

FELICINA

De muy buena voluntad

pasára yo aquí la vida.

 

ELIODORA

Restauralla de perdida,

fuera esta suavidad.

 

FELICINA

¿Qué rumor es el que suena?

 

ELIODORA

No , gente me parece;

el alma se me entristece.

 

FELICINA

Yo estoy de valor ajena.

 

ELIODORA

AY, sin ventura de mí,

¿No ves quién viene? Ay, cuitada,

si viene a hacer vengada

a la vieja en mí y en ti.

 

FELICINA

No hablemos calla agora,

podrá ser que no nos vea.

 

ELIODORA

El cielo así lo provea.

 

FELICINA

hará, esfuerza, Eliodora.

 

LEUCINO

¿Dime, Ortelio qué camino

tornó Eliodora de aquí?

 

ORTELIO

Aquel que se aparta allí.

 

LEUCINO

Anda, que tras ti camino.

 

ORTELIO

Señor, dende aquí las veo,

 

LEUCINO

¿Tú las ves? Yo no; es verdad,

las espadas aprestad,

que ya estamos do deseo.

   Eliodora, el duro amor

cuyo poder me sujeta

que venga ante ti me aprieta

a ofrecerme a tu rigor.

No llames atrevimiento

el venir a tu presencia,

pues amor me da licencia,

y mi fe consentimiento.

 

ELIODORA

Estoy de tu pretensión,

caballero, tan corrida,

que quisiera dar la vida

por respuesta a tu razón.

Mas por no hacer notoria

tu demanda, y que se entienda

cosa que mi honor ofenda,

dejo de gozar tal gloria.

   Porque quiero asegurarte,

que si amor te trae encendido

que es tiempo ocioso y perdido,

si piensas en mí emplearte.

Y así te ruego, si sientes

qué es honor, oh qué es deshonra,

que mires lo que es mi honra,

lo que no, que no lo intentes.

 

LEUCINO

¿Cuál dureza de diamante

no se hubiera enternecido

a mi ruego? ¿Cuál ha sido

en el mundo semejante?

¿Soloquieres triunfar

de mi contento y victoria?

Solaquieres la gloria

de ser amada, y no amar.

   Pues, Eliodora, yo estoy

determinado a morir,

o darte muerte, o cumplir

el fin que pretendo hoy.

 

ELIODORA

Bien podrás sacarme el alma,

forzado de tu pasión,

mas cumplir tu pretensión

no, ni honrarte con tal palma.

 

LEUCINO

Quiero ver quien me defiende

que no haga mi querer.

 

FELICINA

Señor, no quieras hacer

lo que al cielo y Dios ofendo:

pon delante la nobleza

de los padres de Eliodora,

para refrenar agora

el furor de esa fiereza.

 

LEUCINO

No tengo que mirar nada,

suéltame, no me detengas.

 

FELICINA

Cuando en este pecho tengas

esa espada atravesada.

 

ELIODORA

O dioses del cielo y tierra,

que miráis mi triste estado;

alguno de mi apiadado,

me ayuda en esta guerra.

 

LEUCINO

¿Qué, no me quieres soltar?

 

FELICINA

Sosiégate, señor mío.

 

ELIODORA

Ninfas deste bosque y río,

salidme agora ayudar.

y tú, Betis glorioso,

que mi peligro estás viendo,

envíame un dios corriendo,

con socorro presuroso.

 

LEUCINO

¿Tanto ha de poder tu fuerza,

Felicina, que me impida

ser mi voluntad cumplida

y que de mi intento tuerza?

Esto ha de ser desta suerte.

 

ELIODORA

Dioses, diosas; dadme ayuda.

 

LEUCINO

Yo quiero ver quien te ayuda,

o quien osa defenderte.

 

NÉMESIS

Deja, Leucino, aquesa virgen bella,

y advierte atentamente lo que digo,

porque yo vengo a solo a defendella,

y darte, si la ofendes, cruel castigo.

 

LEUCINO

¿Quién eres tú, que a la defensa della

osas ponerte, y a hablar comigo?

 

NÉMESIS

Quien soy, yo lo diré; vete, Eliodora,

con quien la excelsa Hispalis se honra.

   Y porque entiendas la deidad que tengo

y que soy de los dioses celestiales,

yo soy la diosa Némesis que vengo

a dar castigo a semejantes males,

los bienes premio, y los males vengo,

y véngolos de suerte en los mortales,

que con aquesta mano poderosa

doy la vida, o la muerte rigurosa.

   La cual te diera aquí, y con este intento

(Sin que me lo impidiera cosa alguna)

vine volando de mi etéreo asiento,

que está fijado encima de la luna,

y viendo que tu horrible pensamiento,

que te condena a muerte en cosa alguna,

no ofendió la doncella, quiero darte

aviso, aunque era justo castigarte.

   Y por dar fin a mi razón, concluyo

que mudes parecer, y que a Eliodora

no sigas, que tu intento con el suyo

diferencian cual noche y blanca aurora.

Esto te cumple, y el remedio tuyo

es este que te doy, y desde agora

puedes aparejarte que escediendo

desto se te apareja fin horrendo.

 

LEUCINO

¿Qué os parece del caso, ha os espantado?

 

FARANDÓN

¿Qué llamas espantar? Por el pesebre

do el caballo del Cid estuvo atado,

que debes de entender que el hombre es libre.

¿Quieres si en algo te dejó agraviado,

le corte un brazo, o una pierna quiebre,

o a bofetas le deshaga el rostro,

de suerte que la deje hecha un mostro?

 

LEUCINO

No pongáis duda, no lo entiendo y creo,

que esta es forma fantástica que ha sido

por hechizos sacada del Leteo

al mundo, y no la diosa que ha fingido;

que Eliodora entendiendo mi deseo,

y que a forzarla estaba resumido,

conjuró aquel espíritu, que fuese

quien me ocupase mientras ella huyese.

   Y así quiero, pues ella usó de arte

pura poder librarse de mis manos,

usar de industria yo, que no sean parte,

para libralla sus hechizos vanos.

Veré si hay otra diosa que la aparte

de mí, y para el efecto oidme, hermanos,

estad comigo, porque cumple al hecho

entenderme, y que sea al momento hecho.

   Luego que su luz la blanca aurora,

una junta en mi casa hacer quiero

de alcahuetas que juntas a Eliodora

hablen, y entre ellas enviaré a Porcero.

Éste, como sabéis, punto ni hora

falta de estar comigo, y por dinero

venderá su linaje, y cada día

me dice que hará a Eliodora mía.

   El padre de Eliodora, que es Ircano,

favorece a Porcero, y le da entrada

en su casa, do tiene tanta mano

que por él es regida y gobernada.

Éste hará lo que deseo, llano,

como lo sea alguna cosa dada,

y así quiero, pues él se me ha ofrecido,

valerme de lo que él me ha prometido.

 

ORTELIO

Camino es ese de alcanzar tu intento,

que no es posible no hacer efeto,

llevando tan seguro fundamento,

y siguiendo un acuerdo tan discreto.

 

LEUCINO

Vamos a reposar, y el descontento

que me ha traído a su vigor sujeto

huya de mí, gozando de Eliodora,

aunque pese a la diosa vengadora.

 

 




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