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Jornada I
LEUCINO, TERCILO, ORTELIO, TEODORA, FARANDÓN, ELIODORA, FELICINA,
NÉMESIS.
LEUCINO
se sale vanagloriando de lo que puede y hace con su riqueza. Cuéntale
ORTELIO, un criado suyo, lo que pasó a TEODORA, alcahueta,
entrando a hablar ELIODORA. Viene TEODORA, cuenta por extenso
tollo el caso que lo pasó. FARÁNDON, criado de LEUCINO, viene al
llamado de su señor. ELIODORA y FELICINA salen de su casa, encuéntralas
LEUCINO, quiere hacerle fuerza a ELIODORA, la diosa NÉMESIS se
lo impide, y avisa del daño que lo amenaza, si no desiste de tal
pretensión.
LEUCINO
Con próspero viaje
y favorable viento
navega a quien espera la riqueza,
del mar no siente ultrajo,
que a su furor violento
el oro aplacar hace la fiereza.
Huye
dél la tristeza,
todo
le es favorable
no le contrasta nada.
Tiempla como le agrada
a la fortuna fiera y variable
cual yo que a mi deseo
con mi riqueza lo que quiero veo.
No me pone en cuidado
ninguna
cosa humana,
porque
a medida del deseo me viene.
De
todos só estimado,
y
de gloria mundana
por
mi riqueza igual ninguna tiene
al que más le conviene.
Por descendencia ilustre,
si le falta el dinero,
casi no es caballero.
Si lo tiene un villano, es de gran
lustre,
porque con la riqueza
hoy se adquiere la gloria y la
nobleza.
TERCILO
Huélgome de hallarte tan contento,
y más de oírte engrandecer tus
bienes,
haciendo alarde dellos dando al
viento
cuenta
particular de los que tienes.
LEUCINO
Publico
lo que siente el sentimiento.
TERCILO
Bien
está, mas que en eso te refrenes,
por
parecer te doy, porque es torpeza
de
ánimo amar tanto la riqueza.
LEUCINO
Como
te hizo el cielo incapaz della,
tienes
oír su nombre por odioso;
que
el pobre no se harta de ofendella,
de
Invidia della, y no de virtuoso.
Publica
que no quiero poseella,
que
huye de su trato peligroso,
dando
a entender que es justo desprecialla,
supliendo
así el defecto de alcanzalla.
TERCILO
No
sé yo quien desprecia la riqueza,
porque
me río cuando voy leyendo
de
algunos que eligieron la pobreza
sus
bienes libremente repartiendo.
Tenerla
en tanto tengo yo a torpeza.
Que
parece que vas ennobleciendo
tu
persona, y que el ser, y la memoria.
Recibes
de ella, y no de tu alta gloria.
LEUCINO
Yo
entendí que eras menos majadero.
TERCILO
Y
aun yo creí otra cosa que no digo
de
ti, pues en mas tienes el dinero
que
de tus padres el blasón antigo.
LEUCINO
Necio, píntame agora un caballero
mas
que el Cid, o que el godo rey Rodrigo,
que
sea pobre, y ponlo en competencia
con
un rico de oscura descendencia;
Verás
a cual se inclina la victoria,
de
las dos diferencias que publico,
y
entenderás cual vive en la memoria
el
noble pobre, o el villano rico.
El uno muere, el otro vive en
gloria;
el
pobre enfada, el rico, certifico
que
es acepto, aunque sea el propio enfado,
y
el pobre es confundido y desechado.
Y
para prueba desto quiero darte
por
ejemplo el discurso de mi vida.
Dejo
la estimación que en toda parte
a mi persona ha sido concedida,
los
troreos de amor quiero acordarte,
pues
sabes que no hay dama que rendida
no
traiga a mi querer, por mi dinero,
y
no por ser ilustre caballero.
TERCILO
¿Qué
razón hay que así generalmente
ofendas
por las malas, a las buenas?
LEUCINO
¿Cuál
mujer a mi amor no fue obediente?
¿Cuál
no aplacó de mi deseo las penas?
TERCILO
Muchas,
y hay más que te diría al presente
que
estrellas tiene el cielo y Libia arenas.
LEUCINO
Bárbaro, si las hay, nómbrame una,
porque
yo no me acuerdo de ninguna.
TERCILO
¿Tan
flaco de memoria estás agora?
Que
no te acuerdas cuantas no acetando
te
demanda, con saña vengadora,
te
dieron la respuesta amenazando.
Dejando
las demás, sola a Eliodora
te
quiero señalar, a quien amando
tan
encendidamente, procuraste,
y
con tanto inquietud solicitaste.
LEUCINO
Aún
no está ese negocio concluido,
que
a Ortelio estó aguardando aquí que venga
con
Teodora, que a Eliodora han ido
a
pedirle que oírme por bien tenga.
TERCILO
¿Eso
intentas, aún no la has conocido?
Espántome
que tanto se detenga
en ti una pertinacia tan molesta,
sabiendo
claro que tan poco presta.
LEUCINO
¿Estás
en ti? Agora entiendo y creo
que
has perdido el juicio; ¿di villano,
qué
mujer hay que pida mi deseo.
Que
no lo tenga fuego de mi mano?
TERCILO
Quiero
reírme de ese devaneo,
pues
tienes conocido, y sabes llano,
la
constancia de aquel constante pecho,
que
siempre te ha tratado con despecho.
Y
conociendo el yerro que sustentas,
y
que no hay cosa humana que te guarda,
ruego
a Dios, que no llores lo que intentas.
LEUCINO
Qué
tengo que llorar; calla, cobarde,
que
hoy te haré que veas claro, y sientas quien soy.
TERCILO
No
hagas desto más alarde,
mas
oye a Ortelio, que te trae el recado
que
aguardas, darás medio a tu cuidado.
LEUCINO
Ortelio viene, oh venturosa
empresa.
Anda,
mi Ortelio, ¿ya no ves que aguardo?
Y
la respuesta a tu demanda expresa,
que
en el deseo de saberla ardo.
ORTELIO
Sosiégate.
LEUCINO
Quien tiene el alma opresa
cual
yo, tendrá por perezoso y tardo
al suelto Euro, al presto
pensamiento,
si ellos le traen remedio a su
tormento.
ORTELIO
Señor,
lo que podré decirte en esto
que
fuimos do mandaste, lo y Teodora
la vieja; yo en la calle quedé
puesto,
y ella entró a negociar con
Eliodora.
No
te sabré significar cuan presto
negoció,
que no en medio cuarto de hora
volvió
donde lo estaba de manera
que
no podía conocer quien era.
Traía el rostro así, cual si arrastrado
fuera
por riscos, y ásperos abrojos,
el
cabello a raíz todo cortado,
lanzando
sangre por la boca y ojos,
sin
manto, saya, toca, ni tocado,
que
dello hizo el vencedor despojos,
y
desta suerte vino donde estaba,
que
vencedora en triunfo la esperaba.
Llamome por mi nombre, y advirtiendo,
en
el sonido de la voz cansada,
fue
a la pobre Teodora conociendo,
aunque
en todo venía diferenciada.
Preguntéle del caso; ella temiendo
que la viesen, y en verme
avergonzada
con su mano alzó un lado de mi
capa,
y así con ella lo que pudo tapa.
Díjome que
torciase una calleja,
que con la casa de Eliodora linda,
y la llevase a casa de una vieja,
que
vive allí, que llaman Terecinda
hícelo
así, y al punto que empareja
con la puerta, la vieja se
reguinda
por
un desván y baja más ligera
que
subir suele el fuego a su alta esfera.
Teodora,
sin que cosa me dijese
de
aquel caso, me dijo que al momento
con
toda priosa a te buscar viniese,
que
ella luego será en tu acatamiento.
Dejela
cual mandó, y como volviese
por la calle real, mi desatiento
fue
tal, por darte nuevas de Teodora,
que sin pensarlo di con Eliodora.
De su casa a la
calle iba saliendo,
con sola su criada Felicina,
y
dijo, así como me vio, riendo:
bien negoció la nueva Celestina.
No le osé replicar, y ella
siguiendo
su vía, sin hablarme más camina,
y el camino del río dirigieron,
y yo
me vine, y ellas dos se fueron.
LEUCINO
¿Qué,
no te dijo quien así la puso
ORTELIO
Señor,
no se aclaró comigo en cosa.
LEUCINO
¿Es
posible? Alterado estó y confuso,
de
horror tremiendo el alma congojosa.
Porque
entender que sola se dispuso
Eliodora
a maldad tan rigurosa,
es
yerro, el padre y ella lo trazaron,
y
los demás que al hecho se allegaron.
Y así protesto y juro de
vengame,
y
devengar la vieja en los que fueron,
que
vida, hacienda y honra ha de costarme
satisfaciendo
a quien por mí ofendieron.
TERCILO
Sosiégate,
señor.
LEUCINO
¿Osas
hablarme?
TERCILO
Osarete
decir, que si hicieron
a
la maldita vieja tal afrenta,
que
no es razón ponella tú a tu cuenta.
LEUCINO
A mi cuenta la pongo, pues yo he
sido
la
causa, y por mí debe ser vengada;
y si Eliodora en ello ha
consentido,
Eliodora
será la ejecutada.
ORTELIO
Señor
Leucino, por merced te pido,
que
no se alterque en este caso nada.
Pues viene allí la vieja, ella dé
cuenta
del caso incierto, y de su cierta
afrenta
TEODORA
Hijo
Leucino, ya veo,
en
verte, salud y vida.
LEUCINO
Madre,
seas tan bien venida,
cuanto
el bien que más deseo;
aquí
estoy sin ti afligido,
revuelto
en mil pesadumbres,
aguardando
que me alumbres
de
todo lo sucedido.
TEODORA
Pensarte
el caso contar,
se me
renuevan mis penas,
y
la sangre por las venas
siento
de temor helar.
Mas
siendo de ti mandada,
aunque
huye la memoria
renovar
la triste historia,
de
mí te será contada.
Sabrás,
Leucino, que fue
hoy
a la casa de Eliodora,
y siendo oportuna la hora,
a hablar con ella entré.
Hallela
en un corredor,
de
muchas dueñas cercada,
ricamente aderezada,
revuelta con su labor.
Levantáronse en
el punto
que yo entré, y ella alargando
su mano, y la mía tomando,
me sentó consigo junto.
Las
dueñas se desviaron
por
no ser impedimento
y
usar de comedimiento,
y
así a solas nos dejaron.
Quedando
a solas con ella,
que
era lo que deseaba,
queriendo
hablar no osaba,
y
osando, paraba en vella.
Volvía, en tan duro aprieto,
tras
mil consideraciones,
con
prevenidas razones,
y
tampoco eran de efeto.
Al fin sacudí el temor
y apresté la lengua muda,
viendo que al osado ayuda
fortuna con su favor.
Díjele:
Bella Eliodora,
vida
mía y señora mía,
perdonalde
esta osadía
a
vuestra sierva Teodora.
Yo
vengo a solo deciros
que
deis lugar que Leucino,
pues
cual sabéis es tan dino,
ose
ocuparse en serviros.
Notoria
es su gentileza,
discreción
y cortesía,
su
donaire y bizarría,
su
hacienda y franqueza.
No
tenéis en que dudar,
bien
podéis condescender,
que
tan ilustre mujer
tal
varón debe gozar.
Ella que estaba aguardando
el fin de mi pretensión,
en oyendo esta razón
dio un grito, al cielo mirando.
Y dijo: ¿Dime, traidora,
que
has visto en mí? ¿Qué has oído?
¿O
qué siente ese perdido
del
nombre y ser de Eliodora?
Si
las cosas que contemplo
no impidieran mi ira fiera,
a
bocados te comiera,
dando
de quien soy ejemplo.
En diciendo esto se fue,
y las
dueñas acudieron,
y de
mí todas asieron,
que
sola entre ellas quedé.
Las
unas me destocaban,
los
otras me descubrían,
otras
recio me herían,
con
mil golpes que me daban.
Después
de estar muy cansadas
de
tratarme como digo,
dijeron:
este castigo
no
nos deja bien vengados.
Los
cabellos me cortaron
con
crueza que da espanto,
y
sin tocado, ni manto,
en
la calle me arrojaron.
Dejáronme
desta suerte,
y
aunque sin fuerzas, ni brío,
vengo
ante ti, señor mío,
a consolarme con verte.
Aquí estó, y si alguna cosa
resta
que hacer en esto,
no
entiendas que lo propuesto,
me ha dejado temerosa.
LEUCINO
Madre Teodora, no sé
con
qué respuesta te acuda,
que
tengo la lengua muda.
Y
el alma, cual no pensé.
Y
así pues ha sucedido,
y
a lo hecho no hay remedio,
acomodemos
el medio
que
remedio lo perdido.
Ve, Tercilo con la madre,
y
treinta escudos doblados,
que
me tienes, le sean dados,
sin que lo sienta mi padre.
Y tú,
madre, ve en buen hora,
que
yo hago juramento,
de
vengarte a tu contento.
TEODORA
Bese
tus manos Teodora.
LEUCINO
Tercilo,
di a Farandón
que
lo quedo aquí, aguardando,
TERCILO
Señor,
yo haré tu mando,
LEUCINO
Sin
punto de dilación.
Ortelio,
¿sabrás llevarme
adonde
Eliodora fue?
ORTELIO
Por
donde fue, bien sabré.
LEUCINO
Eso
bastará a guiarme.
Yo determino ir allá
puesto delante della
proponelle mi querella,
y
oír qué respuesta da.
Si
fuere en darme favor,
pedirele
el premio luego,
y
en no acetando mi ruego,
he
de usar todo rigor.
FARANDÓN
Con tan gran priesa a llamar me
envía mi amo,
¿qué
me puede querer? Dios sea comigo,
y
me vuelva a los ojos de quien ama,
libre
de riesgo, afán, prisión, castigo.
LEUCINO
Ah,
Farandón.
FARANDÓN
¿Quién
llama
LEUCINO
Yo te llamo.
FARANDÓN
Señor, ya vengo.
LEUCINO
Dime
presto, amigo,
¿Vienes
de armas bien aderezado?
FARANDÓN
La
de Joanes me fecit traigo al lado.
LEUCINO
No
has menester tú más, que tu braveza
suple,
y el corazón la falta de armas,
FARAÓN
¿De
qué puede servirte mi fiereza,
si
en los casos de riesgo no me armas?
LEUCINO
¿Temes?
FARAÓN
No
temo yo, ni ésta es flaqueza.
Lo
que temo es a ti que te desarmas,
que
yo, los cueros tengo de serpiente.
LEUCINO
Vamos,
que bueno vas, no venga gente.
ELIODORA
Antes
que nos deje el día,
Felicina,
¿qué haremos?
FELICINA
Señora,
que desechemos
la
triste melancolía,
y
vamos por este prado,
cual
solemos, a espaciarnos,
que
esto podrá repararnos
del
riguroso cuidado.
ELIODORA
Tu
parecer me contenta
sigue
ese estrecho camino
por
donde Betis divino
de
la vista no se ausenta.
FELICINA
Aquí
te puedes sentar,
que
la vega deleitosa,
y
la ribera espaciosa,
se
dejan mejor gozar.
¿No
te agrada este ruido
que
Betis hace hiriendo
en
las peñas, y saliendo
riega
el prado y verde ejido?
Mira
como da la vuelta
y
se nos desaparece,
y
acullá se nos parece
la
frente en ovas revuelta.
ELIODORA
Deleitoso
y agradable,
Felicina,
es todo esto,
y la
quietud deste puesto
apacible
y saludable.
Aquí
mitiga el cuidado
su
ansia y congoja dura,
gozando del aura pura,
y la suavidad del prado.
FELICINA
De
muy buena voluntad
pasára
yo aquí la vida.
ELIODORA
Restauralla
de perdida,
fuera
esta suavidad.
FELICINA
¿Qué
rumor es el que suena?
ELIODORA
No
sé, gente me parece;
el
alma se me entristece.
FELICINA
Yo
estoy de valor ajena.
ELIODORA
AY,
sin ventura de mí,
¿No ves quién viene? Ay, cuitada,
si viene a hacer vengada
a la
vieja en mí y en ti.
FELICINA
No
hablemos calla agora,
podrá
ser que no nos vea.
ELIODORA
El cielo así lo provea.
FELICINA
Sí
hará, esfuerza, Eliodora.
LEUCINO
¿Dime,
Ortelio qué camino
tornó
Eliodora de aquí?
ORTELIO
Aquel
que se aparta allí.
LEUCINO
Anda,
que tras ti camino.
ORTELIO
Señor,
dende aquí las veo,
LEUCINO
¿Tú
las ves? Yo no; es verdad,
las
espadas aprestad,
que
ya estamos do deseo.
Eliodora,
el duro amor
cuyo
poder me sujeta
que
venga ante ti me aprieta
a
ofrecerme a tu rigor.
No
llames atrevimiento
el
venir a tu presencia,
pues
amor me da licencia,
y
mi fe consentimiento.
ELIODORA
Estoy
de tu pretensión,
caballero,
tan corrida,
que
quisiera dar la vida
por
respuesta a tu razón.
Mas
por no hacer notoria
tu
demanda, y que se entienda
cosa
que mi honor ofenda,
dejo
de gozar tal gloria.
Porque
quiero asegurarte,
que
si amor te trae encendido
que
es tiempo ocioso y perdido,
si
piensas en mí emplearte.
Y así
te ruego, si sientes
qué
es honor, oh qué es deshonra,
que
mires lo que es mi honra,
lo
que no, que no lo intentes.
LEUCINO
¿Cuál
dureza de diamante
no
se hubiera enternecido
a mi ruego? ¿Cuál ha sido
en
el mundo semejante?
¿Solo
tú quieres triunfar
de mi
contento y victoria?
Sola
tú quieres la gloria
de
ser amada, y no amar.
Pues,
Eliodora, yo estoy
determinado
a morir,
o
darte muerte, o cumplir
el
fin que pretendo hoy.
ELIODORA
Bien
podrás sacarme el alma,
forzado
de tu pasión,
mas
cumplir tu pretensión
no,
ni honrarte con tal palma.
LEUCINO
Quiero
ver quien me defiende
que
no haga mi querer.
FELICINA
Señor,
no quieras hacer
lo
que al cielo y Dios ofendo:
pon
delante la nobleza
de
los padres de Eliodora,
para
refrenar agora
el
furor de esa fiereza.
LEUCINO
No
tengo que mirar nada,
suéltame,
no me detengas.
FELICINA
Cuando
en este pecho tengas
esa
espada atravesada.
ELIODORA
O
dioses del cielo y tierra,
que
miráis mi triste estado;
alguno
de mi apiadado,
me
dé ayuda en esta guerra.
LEUCINO
¿Qué,
no me quieres soltar?
FELICINA
Sosiégate,
señor mío.
ELIODORA
Ninfas
deste bosque y río,
salidme
agora ayudar.
y
tú, Betis glorioso,
que mi peligro estás viendo,
envíame un dios corriendo,
con socorro presuroso.
LEUCINO
¿Tanto ha de poder tu fuerza,
Felicina, que me impida
ser mi voluntad cumplida
y que de mi intento tuerza?
Esto
ha de ser desta suerte.
ELIODORA
Dioses,
diosas; dadme ayuda.
LEUCINO
Yo
quiero ver quien te ayuda,
o
quien osa defenderte.
NÉMESIS
Deja,
Leucino, aquesa virgen bella,
y
advierte atentamente lo que digo,
porque yo vengo a solo a
defendella,
y darte, si la ofendes, cruel
castigo.
LEUCINO
¿Quién
eres tú, que a la defensa della
osas
ponerte, y a hablar comigo?
NÉMESIS
Quien soy, yo lo diré; vete,
Eliodora,
con quien la excelsa Hispalis se
honra.
Y porque
entiendas la deidad que tengo
y que soy de los dioses
celestiales,
yo
soy la diosa Némesis que vengo
a
dar castigo a semejantes males,
los
bienes premio, y los males vengo,
y
véngolos de suerte en los mortales,
que
con aquesta mano poderosa
doy la
vida, o la muerte rigurosa.
La
cual te diera aquí, y con este intento
(Sin que me lo impidiera cosa
alguna)
vine volando de mi etéreo asiento,
que
está fijado encima de la luna,
y
viendo que tu horrible pensamiento,
que
te condena a muerte en cosa alguna,
no ofendió la doncella, quiero
darte
aviso,
aunque era justo castigarte.
Y
por dar fin a mi razón, concluyo
que
mudes parecer, y que a Eliodora
no
sigas, que tu intento con el suyo
diferencian
cual noche y blanca aurora.
Esto
te cumple, y el remedio tuyo
es
este que te doy, y desde agora
puedes
aparejarte que escediendo
desto
se te apareja fin horrendo.
LEUCINO
¿Qué
os parece del caso, ha os espantado?
FARANDÓN
¿Qué
llamas espantar? Por el pesebre
do
el caballo del Cid estuvo atado,
que
debes de entender que el hombre es libre.
¿Quieres
si en algo te dejó agraviado,
le
corte un brazo, o una pierna quiebre,
o
a bofetas le deshaga el rostro,
de
suerte que la deje hecha un mostro?
LEUCINO
No
pongáis duda, no lo entiendo y creo,
que
esta es forma fantástica que ha sido
por
hechizos sacada del Leteo
al
mundo, y no la diosa que ha fingido;
que Eliodora entendiendo mi deseo,
y
que a forzarla estaba resumido,
conjuró
aquel espíritu, que fuese
quien
me ocupase mientras ella huyese.
Y
así quiero, pues ella usó de arte
pura
poder librarse de mis manos,
usar
de industria yo, que no sean parte,
para
libralla sus hechizos vanos.
Veré si hay otra diosa que la
aparte
de
mí, y para el efecto oidme, hermanos,
estad
comigo, porque cumple al hecho
entenderme,
y que sea al momento hecho.
Luego
que dé su luz la blanca aurora,
una
junta en mi casa hacer quiero
de
alcahuetas que juntas a Eliodora
hablen,
y entre ellas enviaré a Porcero.
Éste,
como sabéis, punto ni hora
falta
de estar comigo, y por dinero
venderá
su linaje, y cada día
me
dice que hará a Eliodora mía.
El
padre de Eliodora, que es Ircano,
favorece
a Porcero, y le da entrada
en
su casa, do tiene tanta mano
que
por él es regida y gobernada.
Éste
hará lo que deseo, llano,
como
lo sea alguna cosa dada,
y
así quiero, pues él se me ha ofrecido,
valerme
de lo que él me ha prometido.
ORTELIO
Camino
es ese de alcanzar tu intento,
que
no es posible no hacer efeto,
llevando
tan seguro fundamento,
y
siguiendo un acuerdo tan discreto.
LEUCINO
Vamos
a reposar, y el descontento
que
me ha traído a su vigor sujeto
huya
de mí, gozando de Eliodora,
aunque
pese a la diosa vengadora.
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