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Juan de la Cueva
Los amores de Marte y Venus

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II

   Míralos en infame nudo asidos,

revuelve el rostro y huye de mirallos;

quiere volver los rayos esparcidos

y oscurecer el día por tapallos;

gime el horrible insulto, suspendidos

de su veloz carrera los caballos,

para volverse atrás, cual hizo huyendo

por no mirar de Atreo el hecho horrendo.

 

   Prueba en dudoso imaginar dar vuelta

al rojo oriente y que fenesca el día,

y así la rienda al rubio Piroo suelta

para que vuelva a do empezó su vía;

muda de acuerdo y vuelve la revuelta

rienda, sin que la presta fantasía

repose, ni en el caso halle acuerdo

que cual conviene le paresca cuerdo.

 

   Lleno de horror y confusión estaba,

eligiendo ora un medio ora otro medio

y el que más para el caso le cuadraba

le parecía al punto mal remedio;

cual roca al mar en quien su furia brava

hiere, a sus duros golpes puesta en medio,

que por un cabo y otro con frecuencia

le aqueja el mar y el viento con violencia.

 

   Tal está Apolo, en mil cuidados puesto,

gravemente de todos aquejado,

por un cabo la invidia con molesto

estímulo, en furor lo enciende airado;

por otra parte, ver en aquel puesto

a Marte, y dél, Vulcano injuriado,

lo indina, turba, y tiene de tal modo

que sin determinarse duda en todo.

 

   No sabe en tanta suspensión qué haga,

ni si se vuelva o su camino siga:

como si a él solo aquella infame llaga

tocara, que así della se fatiga;

de su encendido pensamiento apaga

la ardiente llama y su furor mitiga

con un acuerdo resoluto y fiero

que es del caso hacerse mensajero.

 

   Determina ir a Lemnos a dar cuenta

del oculto adulterio al dios Vulcano

testificando su injuriosa afrenta,

que venga y que se vengue de su mano.

Sin detenerse punto, con violenta

priesa, instigado de furor insano,

que lo arrebata en ciego desatino

a Lemnos hace desde allí camino.

 

   No considera si tan triste nueva

sería con gusto o con desgusto oída,

pues ni razón ni autoridad aprueba

una cosa tan libre y atrevida;

demás, de que al que tales nuevas lleva

con odio es su embajada recebida,

y en odio queda y en perpetua nota

porque infidelidad libre denota.

 

   A su determinado pensamiento

ninguna razón justa lo refrena

para volvello de tan mal intento,

pues era ofensa y era culpa ajena;

que si de su poético convento

ninguno destos era, ¿qué condena

su furia? y si lo fuera por ventura

sufriera cual lo hace con blandura.

 

   Que quien ve profanar el sacro coro

de mil gentes indinas de mirallo,

y al que le agrada el virginal tesoro

de sus Musas, acude a saqueallo;

bien se ve cuán bien guarda este decoro

cuando las trujo Baco (sin honrallo)

en su ejército, y ellas le cantaban

y entre la soldadesca se alojaban

 

   Esto fuera más justo que sintiera

y cual era razón lo remediara

y a la chusma poética pusiera

freno, y tantos abusos reformara;

que si Venus está de esa manera

oficio es suyo y fama suya clara

y quizá su marido lo sufría

por su honor o miedo lo encubría.

 

   Y siendo por ventura desta suerte

poco le iba a Febo en publicallo,

que no es justo al que duele un dolor fuerte

dalle con él, ni al mísero aquejallo.

Bien conocía Vulcano que era muerte

a Venus su mujer, vello y tratallo,

por ser después de sucio, feo, y cojo,

para galán desgalibado y flojo.

 

   Deste conocimiento (por ventura)

resultaba el estar ausente della,

y aunque con tanto riesgo era cordura

pues no lo quería bien, no querer vella;

no como el loco amante que procura

más a la que más huye, y da en querella

por la misma razón que ella lo olvida,

consume en llanto, y en dolor su vida.

 

   Oh miserables amadores vanos,

oh vanos amadores miserables,

que así seguís los males inhumanos

y a los que os dan tormentos espantables;

y como si se usara haber vulcanos

que no siendo amorosas y tratables

no las siguieran, ni se dieran nada

por la más bella, libre, y confiada.

 

   Yo que no estimaran en tan poco

al que merece más, ni se adorara

el que merece menos, ni por loco

tuvieran al que muestra su ansia clara;

en sentimento desto me provoco

a saña, y como libre disparara;

mas refréname ver que me desvío

del propósito y fin adonde guío.

 

   Vulcano estaba en su oficina ardiente

entre el humo, el carbón, la tizne y fuego,

con hervor, y con priesa diligente

privando a sus ministros de sosiego;

y viendo que venía el Sol luciente

a hablalle, dejó la fragua luego,

y al delantar, la tizne sacudiendo,

se limpia el rostro y sale así diciendo:

 

   «Bella forma, que das la luz divina,

cercando con eterno curso el cielo,

por donde sino tú nadie camina

ni ve las cosas que produce el suelo.

¿Qué buena suerte o dicha mía encamina

que vea en mi casa al sacro dios de Delo,

cuya venida estimo yo en más precio

que la divinidad de que me precio?

 

   Mira qué es lo que vienes a mandarme

que aquí me tienes presto a tu servicio,

sin poder de tu gusto desviarme,

pues es lo que yo estimo y más codicio.

Y si venir a Lemnos a buscarme

te trae alguna cosa de mi oficio,

aquí tienes saetas, rayos, mazas,

fuertes escudos, yelmos y corazas.

 

   Si no te satisface nada desto,

carros, cetros, diademas puedo darte

sin otras cien mil cosas que muy presto

en tu presencia puedo presentarte

Diciendo esta razón, señaló presto

donde tenía cada cosa aparte;

mas el délfico hijo de Latona

al siciliano herrero así razona:

 

   «No es la ocasión de mi venida a verte

(oh poderoso rey y dios del fuego)

a demandarte armas, ni a ponerte

por lo que toca a mí, en desasosiego;

tuya es no más la prenestina suerte,

a ti demanda que le acudas luego

con priesa, y así un punto te reporta,

y escucha atento, oirás lo que te importa.

 

   Bien quisiera, oh Vulcano, hermano mío

(que de darte este nombre no rehuyo,

pues el rey del sidéreo señorío

me engendró a mí, y él mesmo es padre tuyo)

no venir a contarte un desvarío

tan grave, que el horrible efeto suyo

temo, y de no acudir a descubrillo

mayor inconveniente hay que en decillo.

 

   Lo uno miro y en lo otro advierto,

el riesgo y el trabajo considero,

la grande ofensa de que esté encubierto,

la justa mengua si encubrillo quiero;

lleno de dudas, pavoroso, incierto,

me tiene el caso atroz, horrible, y fiero,

de suerte, que al hablarte me lo impide

la venganza, y que hable el caso pide.

 

   Este, que así me trae pavoroso,

la lengua me desata y pone aliento

para decirte el trance vergonzoso

en que te pone un libre atrevimiento,

tu mujer Venus, cuyo amor fogoso

te trae fuera de ti, tras su contento,

la voluntad siguiendo y gusto della,

desvelándote en cómo has de querella.

 

   Esta, que amas tan perdidamente,

y por quien tantos males te han venido,

por quien te ves en odio de la gente,

y de los dioses siempre escarnecido,

por quien estás a la hornaza ardiente,

entre tiznados cíclopes metido,

mientras ella rendida al vil deleite

se ocupa en sólo el atavío y afeite.

 

   Esta pues que tú honras y amas tanto

te ofende, menosprecia y te deshonra,

sin cuidar de tu afán ni tu quebranto,

compra el contento suyo con tu honra;

Marte el desgarrador, que pone espanto

oír su nombre, adulterando te honra

con Venus, sin mirar honor ni puntos

los dejo a entrambos en tu casa juntos.

 

   Acude presto a remediar tu ofensa,

pague ya éste insolente y ésta aleve,

la maldad disoluta y culpa inmensa

injusta en ti, pues tanto amor te debe;

no te suspendas más, la suerte piensa

de castigallos, pues el tiempo es breve

y quedan de la suerte que te digo,

dentro en tu casa, de que soy testigo

 

   Oyendo a Febo estaba el dios Vulcano,

y de aquejado, sin valor ni brío,

se le cayó el martillo de la mano

y todo se cubrió de un sudor frío;

quiso hablar, y aunque probó fue en vano,

que el dolor poseía el señorío

del corazón, y el corazón ligaba

la lengua, y casi muerto y mudo estaba.

 

   Estando así suspenso desta suerte

el dios que en Lemnos tiene la oficina,

sin dejarle hablar el dolor fuerte

que le causó la nueva repentina,

de agua abundante por el rostro vierte

un Tanais, que por medio dél camina,

la tizne, el humo, el polvo humedeciendo

que con el agua dél, venía cayendo.

 

   Cual suele la boreal furia trabando

con las húmidas nubes cruda guerra,

que de repente abriéndose y lanzando

el agua que en su cóncavo se encierra

de las enhiestas cumbres abajando

cuanto delante halla, hoja o tierra

lleva, cual de Vulcano el llanto hacía

en hollín, humo, y tizne que tenía.

 

   Trabado de su angustia y su fatiga,

la humidad enjugando de los ojos,

respondió: «no , Apolo, qué te diga,

rendido a mi deshonra y mis enojos;

porque esperar de aquélla mi enemiga

otro bien, ni alcanzar otros despojos

es yerro, cual el tuyo ha sido en darme

nueva tan triste para así afrentarme.

 

   Bien pudieras dejar de darme cuenta

si a mi mujer esa flaqueza viste,

que no se ha de llevar nueva de afrenta

al que se afrenta, ni de pena al triste;

mas ya que tu embajada me presenta

la ofensa que tú solo ver pudiste,

por la inviolable Estigie ante ti juro

que yo la vengue bien o sea perjuro

 

   Diciendo esta razón dio vuelta, y luego

su diurna carrera Apolo sigue,

ajeno del mortal desasosiego

de que fue causa que a Vulcano instigue,

ardiendo en saña y en celoso fuego

que a mil cosas le incitan que se obligue,

sin saber elegir cuál fuese buena,

que la razón se turba con la pena.

 

   Gime profundamente, y del celoso

pecho, suspiros sin parar derrama,

la larga barba arranca desdeñoso

y en su favor los altos dioses llama;

triste, despavorido, cuidadoso,

pensando cómo restaurar la fama,

el pie puso en el yunque y en la mano

dejó el rostro inclinar de húmido cano.

 

   Un largo espacio estuvo así parado

lleno de confusión y pensamientos

sin ser señor de sí, todo ocupado

en la causa cruel de sus tormentos;

mas de la suspensión siendo apartado

un poco, y prosiguiendo en sus intentos

que eran vengar de Marte la osadía

y de Venus la infame alevosía.

 

   Como pudo tener discurso alguno

contempló la maldad y el torpe hecho

sin que entre mil consuelos halle uno

que la saña mitigue de su pecho.

Después de aquel pensar tan importuno

sale lleno de ira y cruel despecho

cual río represado en angostura

que no deja al salir cosa segura.

 

   No halla cosa que su ira apoque

aquejado, confuso, sin sosiego,

sin dejar instrumento que no toque,

da voces, pide hierro, carbón, fuego;

temiendo que la saña le provoque

a nueva ira, presurosos luego

acuden sus herreros sicilianos

con los pesados machos en las manos.

 

   Como los viese a su querer dispuestos

los fuertes miembros para el fin desnudos

mirando a todos los turbados gestos

les dice, viendo como estaban mudos:

«ahora cumple, amigos míos, ser prestos

no en hacer petos ni en forjar escudos,

mas en hacer con diligencia presta

una obra, en que tengo la honra puesta.

 

   No es hacer rayos al retor superno,

que del sublime alcázar vitorioso

lanzó con ellos al sulfúreo infierno

el escuadrón terrestre numeroso

y castigando con tormento eterno

el sacrilegio horrible y espantoso,

a Ormedón, a Encélado y Tifeo

puso cual veis, y al triste de Alcioneo.

 

   Tampoco quiero, a Palas soberana

otro egis hacelle, ni a Neptuno

nuevo tridente, con que la inhumana

furia, aplaque del mar fiero importuno,

ni de lucientes formas a Ariadna

otra corona, ni collar ninguno

cual a la otra adúltera, ni quiero

a Eneas dar armas, ni a Diomedes fiero.

 

   Estas obras dejad ahora, amigos,

y acudamos a otra que inquieta

mi espíritu, y a dos mis enemigos

contrastemos con obra más perfeta;

quiero aclararme y que seáis testigos

de mi pasión y voluntad secreta.

Brontes y Paracmón, estadme atentos,

tú, Estéropes, escucha mis intentos.

 

   Suspende tú, oh Aemónides, el duro

y pesado martillo, arrima el pecho

al grueso cabo, que te doy seguro

que ha de afligiros mi afrentoso estrecho;

en el cual, por la Estigie oscura os juro

que he de quedar vengado y satisfecho

de la ofensa que el tracio dios me hace

y del contento que a mi esposa aplace.

 

   Sabréis, oh fuertes cíclopes, que ahora

cual vistes, el gran dios que nos da el día,

me dijo, (ay triste dicho, ay triste hora)

una infame, una horrible alevosía:

que aquella ingrata, a quien mi alma adora,

aquella desleal y mujer mía,

aquella por quien yo me veo abatido,

menospreciado, odioso, escarnecido.

 

   Y no contenta de este infame daño,

desta injuria tan grande y afrentosa,

por nueva vía, por camino estraño,

acrecienta mi pena trabajosa.

Esta no es presunción ni es falso engaño,

procedido del alma mía celosa,

mas es verdad que en este mesmo punto

vio a Marte, Apolo, estar con Venus junto.

 

   De aquí nace mi ardiente desconsuelo,

de aquí mi llanto y confusión terrible;

de aquí el deseo (aunque se indine el Cielo)

de vengarme y vengar mi oprobrio horrible;

que no me pone límite mi duelo,

ni para el fin que intento habrá imposible

si la celeste máquina cayere

sobre mí, y Jove al centro me hundiere.

 

   Sólo quiero que vuestra diligencia

no me falte, pues della fue contino

ayudado, y siguiendo mi presencia

saldré con lo que en esto determino;

aquí el engaño ha de mostrar y ciencia,

y la parte que tengo de divino,

una red fabricando con tal arte

que sin ser vista, a Venus prenda y Marte.

 

   Cuando juntos los tenga, haré luego

lo que reservo a mí para aquel punto,

vosotros dadme acero, encended fuego,

fuelles, martillos y agua tené a punto

Los cíclopes sin punto de sosiego

lo uno y otro le pusieron junto,

y en torno dél, cuál forja, cuál enciende,

cuál templa y cuál la larga hebra estiende.




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