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| Juan de la Cueva Los amores de Marte y Venus IntraText CT - Texto |
Míralos en infame nudo asidos,
revuelve el rostro y huye de mirallos;
quiere volver los rayos esparcidos
y oscurecer el día por tapallos;
gime el horrible insulto, suspendidos
de su veloz carrera los caballos,
para volverse atrás, cual hizo huyendo
por no mirar de Atreo el hecho horrendo.
Prueba en dudoso imaginar dar vuelta
al rojo oriente y que fenesca el día,
y así la rienda al rubio Piroo suelta
para que vuelva a do empezó su vía;
muda de acuerdo y vuelve la revuelta
rienda, sin que la presta fantasía
repose, ni en el caso halle acuerdo
que cual conviene le paresca cuerdo.
Lleno de horror y confusión estaba,
eligiendo ora un medio ora otro medio
y el que más para el caso le cuadraba
le parecía al punto mal remedio;
cual roca al mar en quien su furia brava
hiere, a sus duros golpes puesta en medio,
que por un cabo y otro con frecuencia
le aqueja el mar y el viento con violencia.
Tal está Apolo, en mil cuidados puesto,
gravemente de todos aquejado,
por un cabo la invidia con molesto
estímulo, en furor lo enciende airado;
por otra parte, ver en aquel puesto
a Marte, y dél, Vulcano injuriado,
lo indina, turba, y tiene de tal modo
que sin determinarse duda en todo.
No sabe en tanta suspensión qué haga,
ni si se vuelva o su camino siga:
como si a él solo aquella infame llaga
tocara, que así della se fatiga;
de su encendido pensamiento apaga
la ardiente llama y su furor mitiga
con un acuerdo resoluto y fiero
que es del caso hacerse mensajero.
Determina ir a Lemnos a dar cuenta
del oculto adulterio al dios Vulcano
testificando su injuriosa afrenta,
que venga y que se vengue de su mano.
Sin detenerse punto, con violenta
priesa, instigado de furor insano,
que lo arrebata en ciego desatino
a Lemnos hace desde allí camino.
No considera si tan triste nueva
sería con gusto o con desgusto oída,
pues ni razón ni autoridad aprueba
una cosa tan libre y atrevida;
demás, de que al que tales nuevas lleva
con odio es su embajada recebida,
y en odio queda y en perpetua nota
porque infidelidad libre denota.
A su determinado pensamiento
ninguna razón justa lo refrena
para volvello de tan mal intento,
pues era ofensa y era culpa ajena;
ninguno destos era, ¿qué condena
su furia? y si lo fuera por ventura
sufriera cual lo hace con blandura.
Que quien ve profanar el sacro coro
de mil gentes indinas de mirallo,
y al que le agrada el virginal tesoro
de sus Musas, acude a saqueallo;
bien se ve cuán bien guarda este decoro
cuando las trujo Baco (sin honrallo)
en su ejército, y ellas le cantaban
y entre la soldadesca se alojaban
Esto fuera más justo que sintiera
freno, y tantos abusos reformara;
que si Venus está de esa manera
oficio es suyo y fama suya clara
por su honor o miedo lo encubría.
Y siendo por ventura desta suerte
poco le iba a Febo en publicallo,
que no es justo al que duele un dolor fuerte
dalle con él, ni al mísero aquejallo.
Bien conocía Vulcano que era muerte
a Venus su mujer, vello y tratallo,
por ser después de sucio, feo, y cojo,
para galán desgalibado y flojo.
Deste conocimiento (por ventura)
resultaba el estar ausente della,
y aunque con tanto riesgo era cordura
pues no lo quería bien, no querer vella;
no como el loco amante que procura
más a la que más huye, y da en querella
por la misma razón que ella lo olvida,
consume en llanto, y en dolor su vida.
que así seguís los males inhumanos
y a los que os dan tormentos espantables;
y como si se usara haber vulcanos
que no siendo amorosas y tratables
no las siguieran, ni se dieran nada
por la más bella, libre, y confiada.
Yo sé que no estimaran en tan poco
al que merece más, ni se adorara
el que merece menos, ni por loco
tuvieran al que muestra su ansia clara;
en sentimento desto me provoco
a saña, y como libre disparara;
mas refréname ver que me desvío
del propósito y fin adonde guío.
Vulcano estaba en su oficina ardiente
entre el humo, el carbón, la tizne y fuego,
con hervor, y con priesa diligente
privando a sus ministros de sosiego;
y viendo que venía el Sol luciente
a hablalle, dejó la fragua luego,
y al delantar, la tizne sacudiendo,
se limpia el rostro y sale así diciendo:
«Bella forma, que das la luz divina,
cercando con eterno curso el cielo,
por donde sino tú nadie camina
ni ve las cosas que produce el suelo.
¿Qué buena suerte o dicha mía encamina
que vea en mi casa al sacro dios de Delo,
cuya venida estimo yo en más precio
que la divinidad de que me precio?
Mira qué es lo que vienes a mandarme
que aquí me tienes presto a tu servicio,
sin poder de tu gusto desviarme,
pues es lo que yo estimo y más codicio.
Y si venir a Lemnos a buscarme
te trae alguna cosa de mi oficio,
aquí tienes saetas, rayos, mazas,
fuertes escudos, yelmos y corazas.
Si no te satisface nada desto,
carros, cetros, diademas puedo darte
sin otras cien mil cosas que muy presto
en tu presencia puedo presentarte.»
Diciendo esta razón, señaló presto
al siciliano herrero así razona:
«No es la ocasión de mi venida a verte
(oh poderoso rey y dios del fuego)
a demandarte armas, ni a ponerte
por lo que toca a mí, en desasosiego;
tuya es no más la prenestina suerte,
a ti demanda que le acudas luego
con priesa, y así un punto te reporta,
y escucha atento, oirás lo que te importa.
Bien quisiera, oh Vulcano, hermano mío
(que de darte este nombre no rehuyo,
pues el rey del sidéreo señorío
me engendró a mí, y él mesmo es padre tuyo)
no venir a contarte un desvarío
tan grave, que el horrible efeto suyo
temo, y de no acudir a descubrillo
mayor inconveniente hay que en decillo.
Lo uno miro y en lo otro advierto,
el riesgo y el trabajo considero,
la grande ofensa de que esté encubierto,
la justa mengua si encubrillo quiero;
lleno de dudas, pavoroso, incierto,
me tiene el caso atroz, horrible, y fiero,
de suerte, que al hablarte me lo impide
la venganza, y que hable el caso pide.
Este, que así me trae pavoroso,
la lengua me desata y pone aliento
para decirte el trance vergonzoso
en que te pone un libre atrevimiento,
tu mujer Venus, cuyo amor fogoso
te trae fuera de ti, tras su contento,
la voluntad siguiendo y gusto della,
desvelándote en cómo has de querella.
Esta, que amas tan perdidamente,
y por quien tantos males te han venido,
por quien te ves en odio de la gente,
y de los dioses siempre escarnecido,
por quien estás a la hornaza ardiente,
entre tiznados cíclopes metido,
mientras ella rendida al vil deleite
se ocupa en sólo el atavío y afeite.
Esta pues que tú honras y amas tanto
te ofende, menosprecia y te deshonra,
sin cuidar de tu afán ni tu quebranto,
compra el contento suyo con tu honra;
Marte el desgarrador, que pone espanto
oír su nombre, adulterando te honra
con Venus, sin mirar honor ni puntos
los dejo a entrambos en tu casa juntos.
Acude presto a remediar tu ofensa,
pague ya éste insolente y ésta aleve,
la maldad disoluta y culpa inmensa
injusta en ti, pues tanto amor te debe;
no te suspendas más, la suerte piensa
de castigallos, pues el tiempo es breve
y quedan de la suerte que te digo,
dentro en tu casa, de que soy testigo.»
Oyendo a Febo estaba el dios Vulcano,
y de aquejado, sin valor ni brío,
se le cayó el martillo de la mano
y todo se cubrió de un sudor frío;
quiso hablar, y aunque probó fue en vano,
que el dolor poseía el señorío
del corazón, y el corazón ligaba
la lengua, y casi muerto y mudo estaba.
Estando así suspenso desta suerte
el dios que en Lemnos tiene la oficina,
sin dejarle hablar el dolor fuerte
que le causó la nueva repentina,
de agua abundante por el rostro vierte
un Tanais, que por medio dél camina,
la tizne, el humo, el polvo humedeciendo
que con el agua dél, venía cayendo.
Cual suele la boreal furia trabando
con las húmidas nubes cruda guerra,
que de repente abriéndose y lanzando
el agua que en su cóncavo se encierra
de las enhiestas cumbres abajando
cuanto delante halla, hoja o tierra
lleva, cual de Vulcano el llanto hacía
en hollín, humo, y tizne que tenía.
Trabado de su angustia y su fatiga,
la humidad enjugando de los ojos,
respondió: «no sé, Apolo, qué te diga,
rendido a mi deshonra y mis enojos;
porque esperar de aquélla mi enemiga
otro bien, ni alcanzar otros despojos
es yerro, cual el tuyo ha sido en darme
nueva tan triste para así afrentarme.
Bien pudieras dejar de darme cuenta
si a mi mujer esa flaqueza viste,
que no se ha de llevar nueva de afrenta
al que se afrenta, ni de pena al triste;
mas ya que tu embajada me presenta
la ofensa que tú solo ver pudiste,
por la inviolable Estigie ante ti juro
que yo la vengue bien o sea perjuro.»
Diciendo esta razón dio vuelta, y luego
su diurna carrera Apolo sigue,
ajeno del mortal desasosiego
de que fue causa que a Vulcano instigue,
ardiendo en saña y en celoso fuego
que a mil cosas le incitan que se obligue,
sin saber elegir cuál fuese buena,
que la razón se turba con la pena.
Gime profundamente, y del celoso
pecho, suspiros sin parar derrama,
la larga barba arranca desdeñoso
y en su favor los altos dioses llama;
triste, despavorido, cuidadoso,
pensando cómo restaurar la fama,
el pie puso en el yunque y en la mano
dejó el rostro inclinar de húmido cano.
Un largo espacio estuvo así parado
lleno de confusión y pensamientos
sin ser señor de sí, todo ocupado
en la causa cruel de sus tormentos;
mas de la suspensión siendo apartado
un poco, y prosiguiendo en sus intentos
que eran vengar de Marte la osadía
y de Venus la infame alevosía.
Como pudo tener discurso alguno
contempló la maldad y el torpe hecho
sin que entre mil consuelos halle uno
que la saña mitigue de su pecho.
Después de aquel pensar tan importuno
sale lleno de ira y cruel despecho
cual río represado en angostura
que no deja al salir cosa segura.
No halla cosa que su ira apoque
aquejado, confuso, sin sosiego,
sin dejar instrumento que no toque,
da voces, pide hierro, carbón, fuego;
temiendo que la saña le provoque
a nueva ira, presurosos luego
acuden sus herreros sicilianos
con los pesados machos en las manos.
Como los viese a su querer dispuestos
los fuertes miembros para el fin desnudos
mirando a todos los turbados gestos
les dice, viendo como estaban mudos:
«ahora cumple, amigos míos, ser prestos
no en hacer petos ni en forjar escudos,
mas en hacer con diligencia presta
una obra, en que tengo la honra puesta.
No es hacer rayos al retor superno,
que del sublime alcázar vitorioso
lanzó con ellos al sulfúreo infierno
el escuadrón terrestre numeroso
y castigando con tormento eterno
el sacrilegio horrible y espantoso,
puso cual veis, y al triste de Alcioneo.
Tampoco quiero, a Palas soberana
otro egis hacelle, ni a Neptuno
nuevo tridente, con que la inhumana
furia, aplaque del mar fiero importuno,
ni de lucientes formas a Ariadna
otra corona, ni collar ninguno
cual a la otra adúltera, ni quiero
a Eneas dar armas, ni a Diomedes fiero.
Estas obras dejad ahora, amigos,
y acudamos a otra que inquieta
mi espíritu, y a dos mis enemigos
contrastemos con obra más perfeta;
quiero aclararme y que seáis testigos
de mi pasión y voluntad secreta.
Brontes y Paracmón, estadme atentos,
tú, Estéropes, escucha mis intentos.
Suspende tú, oh Aemónides, el duro
y pesado martillo, arrima el pecho
al grueso cabo, que te doy seguro
que ha de afligiros mi afrentoso estrecho;
en el cual, por la Estigie oscura os juro
que he de quedar vengado y satisfecho
de la ofensa que el tracio dios me hace
y del contento que a mi esposa aplace.
Sabréis, oh fuertes cíclopes, que ahora
cual vistes, el gran dios que nos da el día,
me dijo, (ay triste dicho, ay triste hora)
una infame, una horrible alevosía:
que aquella ingrata, a quien mi alma adora,
aquella por quien yo me veo abatido,
menospreciado, odioso, escarnecido.
Y no contenta de este infame daño,
desta injuria tan grande y afrentosa,
por nueva vía, por camino estraño,
acrecienta mi pena trabajosa.
Esta no es presunción ni es falso engaño,
procedido del alma mía celosa,
mas es verdad que en este mesmo punto
vio a Marte, Apolo, estar con Venus junto.
De aquí nace mi ardiente desconsuelo,
de aquí mi llanto y confusión terrible;
de aquí el deseo (aunque se indine el Cielo)
de vengarme y vengar mi oprobrio horrible;
que no me pone límite mi duelo,
ni para el fin que intento habrá imposible
sobre mí, y Jove al centro me hundiere.
Sólo quiero que vuestra diligencia
no me falte, pues della fue contino
ayudado, y siguiendo mi presencia
saldré con lo que en esto determino;
aquí el engaño ha de mostrar y ciencia,
y la parte que tengo de divino,
una red fabricando con tal arte
que sin ser vista, a Venus prenda y Marte.
Cuando juntos los tenga, haré luego
lo que reservo a mí para aquel punto,
vosotros dadme acero, encended fuego,
fuelles, martillos y agua tené a punto.»
Los cíclopes sin punto de sosiego
lo uno y otro le pusieron junto,
y en torno dél, cuál forja, cuál enciende,
cuál templa y cuál la larga hebra estiende.