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| Juan de la Cueva Los amores de Marte y Venus IntraText CT - Texto |
Juntan varios metales, que al ardiente
calor, se regalaban y corrían,
con artificio y priesa diligente
delgadas hebras para el fin hacían;
ingenio, y tan sutiles las tendían
que ecedían a Aragne en sutileza
y engañaban la vista en delgadeza.
Vulcano las revuelve, y entreteje
unas con otras, con destreza y arte,
y una nudosa red enlaza y teje
que cogía y largaba a cualquier parte;
diole un color que aunque la tienda y deje
donde en ella coger pensaba a Marte
no pudiese ser vista ni entendida
sin ver primero su intención cumplida.
Fue tal la priesa que en la obra puso
y tal la diligencia en no dejalle
sus cíclopes, que así en lo que propuso
ellos así acudieron a ayudalle.
de hacer la esperiencia y en la calle
puesto, la red envuelve, y al momento
de Lemnos parte a efetuar su intento.
A esta sazón estaban los rendidos
amantes, entregados al sabroso
dulzor de Venus, ciegos los sentidos
cual los pone aquel fuego deleitoso,
descuidados, que estando así ascondidos
era oculto su yerro vergonzoso,
de Vulcano haciendo poca cuenta
que estaba ausente, y no sabía su afrenta.
Había la Noche con tiniebla oscura
cercado el mundo, el claro Sol quitando
el regimiento, y dándole soltura
de la cimeria gruta al sueño blando,
cuando Vulcano en su congoja dura
a su casa llegó, y considerando
estuvo un grande espacio, de qué suerte
haría su negocio, cómo acierte.
Lleno de ira y de coraje fiero
la puerta mira, y sin moverse estuvo
suspenso, el orden que tendría primero
pensando bien y en esto se detuvo;
bien quisiera coger al dios guerrero
junto con Venus, cual noticia tuvo
que los vio el Sol, mas teme si acomete
y no los prende, el yerro que comete.
Variando en acuerdos diferentes
varias cosas le ofresce la memoria
y por la mayor parte impertinentes
que le dificultaban la vitoria;
ante sus ojos viendo su notoria
infamia, se resuelve en reportarse,
y entrar sin que lo entiendan, ni aclararse.
Toca la puerta quedo con la mano,
habla cuan recio puede por que sea
conocido y el torpe amador vano
se asconda, y se aperciba Citerea.
Marte conoció luego ser Vulcano
y un fiero ardor lo enciende y señorea;
toma la espada, embraza el fuerte escudo
del sobresalto y del coraje mudo.
Venus recuerda pavorosa viendo
tomar las armas furioso a Marte,
inorando la causa del horrendo
denuedo, y la ocasión que así lo aparte;
los bellos labios mueve, que vertiendo
están néctar y amor en toda parte,
y a Marte dice: «¿qué te enciende en ira?
¿A qué te armas? ¿Quién así te aíra?»
«¿No ves -responde Marte -, que a la puerta
tu marido Vulcano está llamando?
Y venir a tal hora es cosa cierta
que te viene y me viene procurando;
nuestra oculta maldad es descubierta,
tu deshonra te viene amenazando;
¿qué quieres que hagamos? Mira presto
lo que te agrada que se haga en esto.»
Venus saltó, confusa y alterada,
el color bello de purpúrea rosa
perdido, y la voz flaca y desmayada;
ni a decir ni a hacer acierta cosa
que para el caso le aproveche nada;
gime llena de espanto, sin que acierte
a elegir medio en tan dudosa suerte.
Tal vez la lengua que el temor le anuda
prueba a mover, y en medio del camino
le falta el movimiento y queda muda,
y ella con desmayado desatino;
perpleja en medio desta mortal duda
oyendo que a la puerta con contino
Vulcano, y que los golpes arreciaba.
En esta duda, viendo que Vulcano
los constreñía que la puerta abriese,
sin hablar, asió a Marte de la mano
y por señas le dijo que huyese;
él, que tenía ya el camino llano,
lo hizo así, sin que sentido fuese
del celoso Vulcano; ella a la puerta
acudió, y al momento le fue abierta.
Con alegre semblante y con fingido
regalo, al tosco esposo ligó el cuello
con los hermosos brazos que han podido
rendir a Jove y a su amor traello;
la bella diosa a quien adora Gnido
con tal arte procura entretenello
por divertillo, y él la sigue y calla
dejándose llevar por descuidalla.
Desque la alteración y sobresalto
a la anudada lengua dio licencia,
y el ánimo quedó del miedo falto
que le dio del marido la presencia,
el bello rostro levantando en alto
usando de su libre preminencia
le pregunta qué causa lo traía
a tal hora y por qué no fue de día.
Él, que no menos cauteloso que ella
andaba, le responde que el deseo
era tan grande que tenía de vella
que lo traía a haber aquel trofeo;
mas que sería el apartarse della
antes que el bello resplandor cirreo
en el rosado oriente se mostrase
y las húmidas sombras desterrase.
Esto diciendo, se entra al aposento
Venus, y la red tiende con gran tiento
cual al engaño convenía que trama;
fue en ponerla tan presto que un momento
no se detuvo, y luego a Venus llama,
que descuidada del sutil engaño
se vino a donde le esperaba el daño.
Con ella estuvo entretenido un rato
en razones, diciéndole mil cosas
sin policia, sin ningún ornato
de discreción, mas simples y enfadosas;
que pudiera tener, de sus viciosas
culpas, así la iba entreteniendo,
el mortal vaso sin sentir bebiendo.
Desta suerte a la diosa divertía
el dios de Lemnos, y en abrazo estrecho
y en fingido contento la tenía,
encubriéndole así el doblado pecho;
y viendo que la noche oscura y fría
declinaba, dejando el gnidio lecho,
se puso en pie y en el camino al punto
dejando a Venus libre de su asunto.
contenta, que le hubiese sucedido
cual deseaba y siempre se desea
de la que ofensa hace a su marido.
Marte, a quien la belleza señorea
de Venus, que escuchando y ascondido
había estado, a Venus volvió luego
ciego de amor, ardiéndose en su fuego,
dícele: «oh bella diosa, a quien adora
la deleitosa Cipre, en cuya mano
la bandera está siempre vencedora
del mundo y del imperio soberano,
¿a qué atribuyes ver así a deshora
desde Lemnos venirte a ver Vulcano?
Y con presteza tal verte y dejarte
no carece de engaño ni es sin arte.
Mas de qué arte puede usar comigo
que pueda serle de ningún efeto,
por armas, no querrá el arte que sigo,
y por cautelas, es poco discreto;
de nuestro amor no hay rastro ni testigo
que pueda deponer, todo es secreto,
y todo me promete igual ventura.
Así, oh bella hija del potente
retor de la celeste monarquía,
no te congoje que se esté, o ausente
que vuelva, o haga adonde dijo vía;
que contra su cautela diligente
opongo mi invencible valentía;
contra cuanto pensare mi denuedo,
y contra cuanto puede, lo que puedo.»
Enternecido en su amorosa llama,
en su dulce pasión todo ocupado,
la blanca mano besa a la que ama,
al bello rostro el suyo muy pegado;
desta suerte llegándose a la cama
ella se acuesta y él le ocupa el lado;
y apenas en las sábanas tocaron
cuando en la fuerte red, presos quedaron.
Revuelve Marte, como el lazo estrecho
sintió oprimille, y prueba a levantarse,
firma en los brazos el valiente pecho,
y con fuerza restriba por soltarse;
era su diligencia sin provecho
que cuanto tira más, más vía ligarse
de la red y el sutil hilo asconderse
dentro en las carnes sin poder romperse.
Gime profundamente y con horrible
voz, se lastima del astuto engaño
ni su deidad lo libre de aquel daño.
«Oh cielo – dice - a mi pasión terrible
endurecido, y a mi mal estraño.
¿Por qué consientes que un herrero pobre
sujete a Marte y en valor le sobre?
¿Es justo que se alabe que me tiene
en su poder con tanta infamia preso?
¿Es justo, que por arte tal se ordene
que sea con todo mi poder opreso?
¿No hay otro a quien en esto se condene?
¿Yo sólo he cometido en esto eceso?
¿Yo sólo debo estar desta manera?
¿No hay otro a quien condene esta red fiera?»
Hablando así, revuelve ardiendo en ira,
cual soberbio león que se ve asido
al fuerte nudo, y con fiereza tira
por quebrantallo, en cólora encendido;
que cuanto más trabaja y más se aíra,
más se revuelve y ve más oprimido
de la ingeniosa trampa que lo aprieta,
y nudo y lazo y red más lo sujeta.
Mas viendo que su furia se quebranta
más de la ligadura que lo oprime
y que ya el cuello libre no levanta
con lozana altivez, se estiende y gime;
así viéndose Marte puesto en tanta
estrechez, y que el hilo se le imprime
en las carnes, suspira su fortuna
sin valerse de fuerza o de arte alguna.
La madre del Amor también estaba
de la ingeniosa red toda cubierta
y como con la fuerza le apretaba
se queja y gime su deshonra cierta;
las delicadas carnes lastimaba
el acerado nudo, y casi muerta
se dejaba rendir al grave peso
que el delicado cuerpo tenía opreso.
Lloraba tiernamente el afrentoso
paso, en que su fortuna la tenía
la industria ni la fuerte valentía
desea en aquel punto ver su esposo,
cosa que eternamente aborrecía,
confiada, que si él así la viera
de lástima y de amor se enterneciera.
Estando en su afrentosa red asidos
la diosa Venus y el soberbio Marte,
por el aire esparciendo mil gemidos,
que muestran de su pena alguna parte,
el Sol, que sus designos vio cumplidos
a dar cuenta a Vulcano apriesa parte,
lleno de gozo y ufanez de vellos
cómo hacer pudiese escarnecellos.
de su casa, de industria o por torpeza
de la lisión, que lo traía agravado
y le impedía andar con ligereza,
revuelto en su congoja y su cuidado
en la ocasión de su inmortal tristeza
sin poder dejar libre la memoria
de la pasión de su afrentosa historia.
Viéndolo Apolo, en alta voz lo llama
diciéndole: «Vulcano, da la vuelta,
vuelve y verás adulterar tu cama,
y en lazo estrecho a tu mujer revuelta;
asido está con ella el que te infama,
blasfemando por ver que no se suelta
de la intricada red, y desta suerte
la bella Venus queda y Marte fuerte.»