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Juan de la Cueva
Los amores de Marte y Venus

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III

   Juntan varios metales, que al ardiente

calor, se regalaban y corrían,

con artificio y priesa diligente

delgadas hebras para el fin hacían;

igualaba la obra al ecelente

ingenio, y tan sutiles las tendían

que ecedían a Aragne en sutileza

y engañaban la vista en delgadeza.

 

   Vulcano las revuelve, y entreteje

unas con otras, con destreza y arte,

y una nudosa red enlaza y teje

que cogía y largaba a cualquier parte;

diole un color que aunque la tienda y deje

donde en ella coger pensaba a Marte

no pudiese ser vista ni entendida

sin ver primero su intención cumplida.

 

   Fue tal la priesa que en la obra puso

y tal la diligencia en no dejalle

sus cíclopes, que así en lo que propuso

ellos así acudieron a ayudalle.

Acabada la obra se dispuso

de hacer la esperiencia y en la calle

puesto, la red envuelve, y al momento

de Lemnos parte a efetuar su intento.

 

   A esta sazón estaban los rendidos

amantes, entregados al sabroso

dulzor de Venus, ciegos los sentidos

cual los pone aquel fuego deleitoso,

descuidados, que estando así ascondidos

era oculto su yerro vergonzoso,

de Vulcano haciendo poca cuenta

que estaba ausente, y no sabía su afrenta.

 

   Había la Noche con tiniebla oscura

cercado el mundo, el claro Sol quitando

el regimiento, y dándole soltura

de la cimeria gruta al sueño blando,

cuando Vulcano en su congoja dura

a su casa llegó, y considerando

estuvo un grande espacio, de qué suerte

haría su negocio, cómo acierte.

 

   Lleno de ira y de coraje fiero

la puerta mira, y sin moverse estuvo

suspenso, el orden que tendría primero

pensando bien y en esto se detuvo;

bien quisiera coger al dios guerrero

junto con Venus, cual noticia tuvo

que los vio el Sol, mas teme si acomete

y no los prende, el yerro que comete.

 

   Variando en acuerdos diferentes

varias cosas le ofresce la memoria

y por la mayor parte impertinentes

que le dificultaban la vitoria;

movido de celosos acidentes

ante sus ojos viendo su notoria

infamia, se resuelve en reportarse,

y entrar sin que lo entiendan, ni aclararse.

 

   Toca la puerta quedo con la mano,

habla cuan recio puede por que sea

conocido y el torpe amador vano

se asconda, y se aperciba Citerea.

Marte conoció luego ser Vulcano

y un fiero ardor lo enciende y señorea;

toma la espada, embraza el fuerte escudo

del sobresalto y del coraje mudo.

 

   Venus recuerda pavorosa viendo

tomar las armas furioso a Marte,

inorando la causa del horrendo

denuedo, y la ocasión que así lo aparte;

los bellos labios mueve, que vertiendo

están néctar y amor en toda parte,

y a Marte dice: «¿qué te enciende en ira?

¿A qué te armas? ¿Quién así te aíra

 

   «¿No ves -responde Marte -, que a la puerta

tu marido Vulcano está llamando?

Y venir a tal hora es cosa cierta

que te viene y me viene procurando;

nuestra oculta maldad es descubierta,

tu deshonra te viene amenazando;

¿qué quieres que hagamos? Mira presto

lo que te agrada que se haga en esto.»

 

   Del regalado lecho pavorosa

Venus saltó, confusa y alterada,

el color bello de purpúrea rosa

perdido, y la voz flaca y desmayada;

ni a decir ni a hacer acierta cosa

que para el caso le aproveche nada;

gime llena de espanto, sin que acierte

a elegir medio en tan dudosa suerte.

 

   Tal vez la lengua que el temor le anuda

prueba a mover, y en medio del camino

le falta el movimiento y queda muda,

y ella con desmayado desatino;

perpleja en medio desta mortal duda

oyendo que a la puerta con contino

y presuroso golpear llamaba

Vulcano, y que los golpes arreciaba.

 

   En esta duda, viendo que Vulcano

los constreñía que la puerta abriese,

sin hablar, asió a Marte de la mano

y por señas le dijo que huyese;

él, que tenía ya el camino llano,

lo hizo así, sin que sentido fuese

del celoso Vulcano; ella a la puerta

acudió, y al momento le fue abierta.

 

   Con alegre semblante y con fingido

regalo, al tosco esposo ligó el cuello

con los hermosos brazos que han podido

rendir a Jove y a su amor traello;

la bella diosa a quien adora Gnido

con tal arte procura entretenello

por divertillo, y él la sigue y calla

dejándose llevar por descuidalla.

 

   Desque la alteración y sobresalto

a la anudada lengua dio licencia,

y el ánimo quedó del miedo falto

que le dio del marido la presencia,

el bello rostro levantando en alto

usando de su libre preminencia

le pregunta qué causa lo traía

a tal hora y por qué no fue de día.

 

   Él, que no menos cauteloso que ella

andaba, le responde que el deseo

era tan grande que tenía de vella

que lo traía a haber aquel trofeo;

mas que sería el apartarse della

antes que el bello resplandor cirreo

en el rosado oriente se mostrase

y las húmidas sombras desterrase.

 

   Esto diciendo, se entra al aposento

donde tenía su amorosa cama

Venus, y la red tiende con gran tiento

cual al engaño convenía que trama;

fue en ponerla tan presto que un momento

no se detuvo, y luego a Venus llama,

que descuidada del sutil engaño

se vino a donde le esperaba el daño.

 

   Con ella estuvo entretenido un rato

en razones, diciéndole mil cosas

sin policia, sin ningún ornato

de discreción, mas simples y enfadosas;

así se aseguraba del recato

que pudiera tener, de sus viciosas

culpas, así la iba entreteniendo,

el mortal vaso sin sentir bebiendo.

 

   Desta suerte a la diosa divertía

el dios de Lemnos, y en abrazo estrecho

y en fingido contento la tenía,

encubriéndole así el doblado pecho;

y viendo que la noche oscura y fría

declinaba, dejando el gnidio lecho,

se puso en pie y en el camino al punto

dejando a Venus libre de su asunto.

 

   Quedó la bella diosa Citerea

contenta, que le hubiese sucedido

cual deseaba y siempre se desea

de la que ofensa hace a su marido.

Marte, a quien la belleza señorea

de Venus, que escuchando y ascondido

había estado, a Venus volvió luego

ciego de amor, ardiéndose en su fuego,

 

   dícele: «oh bella diosa, a quien adora

la deleitosa Cipre, en cuya mano

la bandera está siempre vencedora

del mundo y del imperio soberano,

¿a qué atribuyes ver así a deshora

desde Lemnos venirte a ver Vulcano?

Y con presteza tal verte y dejarte

no carece de engaño ni es sin arte.

 

   Mas de qué arte puede usar comigo

que pueda serle de ningún efeto,

por armas, no querrá el arte que sigo,

y por cautelas, es poco discreto;

de nuestro amor no hay rastro ni testigo

que pueda deponer, todo es secreto,

todo seguro y todo me asegura

y todo me promete igual ventura.

 

   Así, oh bella hija del potente

retor de la celeste monarquía,

no te congoje que se esté, o ausente

que vuelva, o haga adonde dijo vía;

que contra su cautela diligente

opongo mi invencible valentía;

contra cuanto pensare mi denuedo,

y contra cuanto puede, lo que puedo

 

   Enternecido en su amorosa llama,

en su dulce pasión todo ocupado,

la blanca mano besa a la que ama,

al bello rostro el suyo muy pegado;

desta suerte llegándose a la cama

ella se acuesta y él le ocupa el lado;

y apenas en las sábanas tocaron

cuando en la fuerte red, presos quedaron.

 

   Revuelve Marte, como el lazo estrecho

sintió oprimille, y prueba a levantarse,

firma en los brazos el valiente pecho,

y con fuerza restriba por soltarse;

era su diligencia sin provecho

que cuanto tira más, más vía ligarse

de la red y el sutil hilo asconderse

dentro en las carnes sin poder romperse.

 

   Gime profundamente y con horrible

voz, se lastima del astuto engaño

y que no sea su poder posible

ni su deidad lo libre de aquel daño.

«Oh cielodice - a mi pasión terrible

endurecido, y a mi mal estraño.

¿Por qué consientes que un herrero pobre

sujete a Marte y en valor le sobre?

 

   ¿Es justo que se alabe que me tiene

en su poder con tanta infamia preso?

¿Es justo, que por arte tal se ordene

que sea con todo mi poder opreso?

¿No hay otro a quien en esto se condene?

¿Yo sólo he cometido en esto eceso?

¿Yo sólo debo estar desta manera?

¿No hay otro a quien condene esta red fiera

 

   Hablando así, revuelve ardiendo en ira,

cual soberbio león que se ve asido

al fuerte nudo, y con fiereza tira

por quebrantallo, en cólora encendido;

que cuanto más trabaja y más se aíra,

más se revuelve y ve más oprimido

de la ingeniosa trampa que lo aprieta,

y nudo y lazo y red más lo sujeta.

 

   Mas viendo que su furia se quebranta

más de la ligadura que lo oprime

y que ya el cuello libre no levanta

con lozana altivez, se estiende y gime;

así viéndose Marte puesto en tanta

estrechez, y que el hilo se le imprime

en las carnes, suspira su fortuna

sin valerse de fuerza o de arte alguna.

 

   La madre del Amor también estaba

de la ingeniosa red toda cubierta

y como con la fuerza le apretaba

se queja y gime su deshonra cierta;

las delicadas carnes lastimaba

el acerado nudo, y casi muerta

se dejaba rendir al grave peso

que el delicado cuerpo tenía opreso.

 

   Lloraba tiernamente el afrentoso

paso, en que su fortuna la tenía

sin valelle de Marte poderoso

la industria ni la fuerte valentía

desea en aquel punto ver su esposo,

cosa que eternamente aborrecía,

confiada, que si él así la viera

de lástima y de amor se enterneciera.

 

   Estando en su afrentosa red asidos

la diosa Venus y el soberbio Marte,

por el aire esparciendo mil gemidos,

que muestran de su pena alguna parte,

el Sol, que sus designos vio cumplidos

a dar cuenta a Vulcano apriesa parte,

lleno de gozo y ufanez de vellos

cómo hacer pudiese escarnecellos.

 

   Iba Vulcano poco desviado

de su casa, de industria o por torpeza

de la lisión, que lo traía agravado

y le impedía andar con ligereza,

revuelto en su congoja y su cuidado

en la ocasión de su inmortal tristeza

sin poder dejar libre la memoria

de la pasión de su afrentosa historia.

 

   Viéndolo Apolo, en alta voz lo llama

diciéndole: «Vulcano, da la vuelta,

vuelve y verás adulterar tu cama,

y en lazo estrecho a tu mujer revuelta;

asido está con ella el que te infama,

blasfemando por ver que no se suelta

de la intricada red, y desta suerte

la bella Venus queda y Marte fuerte




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