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| Juan de la Cueva Los amores de Marte y Venus IntraText CT - Texto |
Volvió Vulcano al dios que nació en Delo,
retor de la una cumbre del Parnaso
y dícele: «pues eres de mi duelo
el testigo y del mal que injusto paso,
quita del mundo el tenebroso velo
y a tus caballos apresura el paso,
dando a la tierra tu ascondida lumbre
fuera de hora y contra su costumbre.
Pues de la oscura sombra es impedida
la pura luz, que todo lo esclaresce,
y esta maldad por ella está ascondida,
porque siempre lo malo lo aborresce,
cual hizo amando Alcmena, ven, paresce;
haz manifiesta esta maldad, y clara
de la venganza mía la industria rara.»
El dios insigne en fuego al punto parte
en diciéndole a Febo estas razones
a ver el fin de su deseo y el arte
que tuvo en dar remate a sus pasiones;
contempla a Venus y desnudo a Marte,
llorando a ella, a él echar blasones;
y este cuidado lo movía de suerte
que de cojo lo hace sano y fuerte.
No le impedía el suelto movimiento
de la quebrada pierna la torpeza,
que el deseo le da y la ira aliento,
y lo llevan con suelta ligereza;
no usaba de temor, y andar a tiento,
sintiendo en desmandándose flaqueza,
que a ver esto, aunque cojo y de pies malo,
ecediera a Filón, Canisio, y Talo.
El enojo que el alma le encendía
lo llevaba, y tal priesa en su ida puso,
que dando fin a su prolija vía,
llegó a su casa de furor confuso;
la puerta, entra quebrando en todo el uso
de la razón, y dice en voz subida
que fue de Jove en su alto asiento oída:
«¿Qué haces, oh retor y padre eterno,
a cuyo cargo está puesto el gobierno
del imperio celeste y del humano?
Si a mi dolor y si a mi llanto tierno
no te mueves, si tu potente mano
destos dos alevosos no me venga,
causa darás que queja de ti tenga.
Abre esas puertas celestiales, mira
la infamia triste en que ofender me veo,
en mi justa razón muestra tu ira,
dame venganza deste insulto feo;
un rayo ardiente desde el cielo tira
que los eche al infierno con Briareo
que testimonio dé de mi justicia
y manifiesta haga su malicia.»
Diciendo esto Vulcano, el Sol lumbroso
abrió las puertas al rosado oriente
dando licencia al resplandor fogoso
que de la tierra la tiniebla ausente;
(la voz oyendo de Vulcano) al punto
se paró y su consilio todo junto.
Luego los dioses como a Marte vieron
y a Venus, sin ornato ni atavío
en la red presos, dellos se rieron
con igual libertad que señorío;
de vergüenza los rostros ascondieron
las diosas, y afeando el desvarío
de Vulcano, a su albergue se tornaron;
Jove y los dioses a do está bajaron.
De las diosas bajó la diosa Juno
mujer del alto Júpiter y hermana,
como quien no dejó en tiempo ninguno
de querer mal a Venus soberana.
Palas, que odio le tenía importuno
después que le dio el teucro la manzana
siguiendo a Juno baja a escarnecella,
vengándose de en tal afrenta vella.
Como la cipria diosa así se vía
atada al nudo y toda así desnuda,
gime, y Juno de vella se reía,
Palas la sigue y a reír le ayuda,
y dice: «si cuales la intención mía
se conociera, sin ninguna duda
que me dio Atenas por honrarme tanto.»
El rostro escondió Venus suspirando
de ver que así riendo estaban della
las diosas a quien ella despojando
del premio, fue juzgada por más bella.
Juno dice a Vulcano: «ve aflojando
esa tirante red, pues que con ella
haces daño a las carnes delicadas
que con regalo suelen ser tratadas.»
Lleno de ira y de coraje el pecho
a la esposa de Jove: «satisfecho
estoy del odio que tu pecho asconde;
él ha de hacer bueno mi derecho,
pues él a lo que intento corresponde
que es conocer la justa causa mía,
fundada en justa ley, no en tiranía.
Tú gran retor del alto ayuntamiento,
que acudiste a mi afán y voz llorosa,
pues ves mi afrenta y triste acaecimiento
y en adulterio a Marte con mi esposa,
si del honor se tiene sentimiento,
si se siente una ofensa tan penosa,
padre Jove, justicia te demando
de Venus alevosa y Marte infando.
Nadie me culpará que la demande
viendo el triste espetáculo presente;
viendo una infamia y un dolor tan grande
que me consume en llanto y celo ardiente;
y así protesto, que jamás ablande
el corazón ni el ánimo inclemente;
ni de la red en que se ven revueltos
por ruego ni clemencia se vean sueltos.»
«No se debe albergar - responde Palas -
en noble pecho intento tan severo,
pues haciéndolo así, Vulcano, igualas
a las tres Furias del sulfúreo impero;
desata a Venus, vuélvele sus galas,
que su afrenta te afrenta a ti primero
y esas carnes divinas es injusto
que las toque y apriete el lazo justo.»
Comenzaron los dioses a reírse
de ver a Palas cuán doblada andaba,
y del sutil ingenio, que aún bullirse
para tomar descanso no dejaba.
Uno dijo (que pudo bien oírse):
«nunca tiene buen fin ni en bien acaba
la mala obra, y bien se ha visto en esto,
pues así alcanza el cojo al sano y presto. «
Riose Apolo y preguntó al facundo
nuncio celeste: «di, Mercurio amigo,
¿quisieras en los lazos ser segundo
por ver a Venus en la red contigo?»
«Pluguiera a Jove, hacedor del mundo,
que en cien mil lazos más viera comigo
a Venus, y que estando de aquel modo
me viera el celestial colegio todo.»
Causó a los dioses risa la respuesta
de Mercurio, y a sólo el dios Neptuno
desagradó y le fue dura y molesta,
sintiendo en esto lo que allí ninguno;
oír su trisca y su jocosa fiesta
le cansaba y causaba un importuno
pesar, y así a Mercurio y Febo mira
con turbio ceño y dice ardiendo en ira:
«Si al que allí veis en nudo estrecho atado
viérades fuera de la cuerda dura
ninguno de los dioses fuera osado
a hacer burla dél con tal soltura;
desto hago al gran Júpiter culpado,
que estando aquí y en esta coyontura
se atreva nadie a escarnecer de Marte
ni a mofar dél por vello de tal arte.
Más justo fuera condoler su afrenta
y que su pena a todos diera pena,
pues la mesma ocasión que a Marte afrenta,
a todos a lo mismo nos condena;
y faltando quien esto así lo sienta,
sabio Vulcano, tu rigor refrena;
suelta la cuerda, en libertad los deja,
y con lo hecho satisfaz tu queja.»
Vulcano, en labrar hierro ingenioso,
responde así con demudado gesto:
«tridentígero rey del reino undoso,
¿tan fácil hallas la ocasión en esto?
¿No te da a ti fatiga mi afrentoso
dolor, ni te congoja mi molesto
celo, ni te provoca ni lastima
que tal carga con peso tal me oprima?
Mas una cosa en lo que pides quiero
(por lo que toca a mi sosiego y honra
ante el potente Jove), hacer primero
que es la que en esto me restaura y honra:
que a Venus que traspasa el santo fuero
de Himeneo, y cual ves, mi honor deshonra,
repudialla, y ella ha de volverme
el dote que le di para así verme.
De otra suerte será tan imposible
como nacer del ocidente el día;
la oscuridad ser más que el día apacible,
y dejar de ser Cintia húmida y fría;
el tormento cruel del reino horrible
dará descanso y le será alegría
a los dañados, antes que yo darte
sin que me paguen en soltura a Marte.»
Neptuno le replica: «si eso sólo
te impide, yo la paga te aseguro,
ante el gran Jove y el sagrado Apolo
te doy la mano y de cumplillo juro;
y el regidor del uno y otro polo
me lance al espantable reino oscuro
a eterno y miserable mal sujeto,
si no cumpliere lo que aquí prometo.
Bien puedes, oh ecelente dios del fuego,
si puede algo el amistad contigo
el acerado hilo aflojar luego,
pues a la paga por deudor me obligo;
con ese cargo, aunque en mi enojo ciego,
tu voluntad, oh gran Neptuno, sigo,»
- Vulcano respondió - y la red largando,
los ciegos nudos fueron aflojando.
Luego que Marte en libertad se vido
y que mover los fuertes brazos pudo,
el fuerte arnés habiéndose vestido,
se caló el yelmo y embrazó el escudo;
empuñado a la espada enfurecido,
avergonzado y de coraje mudo,
resuelto de vengar su desafuero,
se fue desde allí a Tracia el tracio fiero
Las Gracias acudieron a este punto
y cobijando a Venus la hermosa
el bello cuerpo, natural trasunto
de la beldad más rara y milagrosa;
cubierta así, su carro puesto a punto,
a Cipre, adonde siendo acompañada
de las divinas Gracias fue lavada.
Con esto, quedó libre de la injuria
y olvidada de todos la lujuria
que fue ocasión de ser en ella asida;
mas la implacable saña y mortal furia
contra el Sol y su casta concebida
fue perdurable en Venus, cuya historia
consagra el tiempo a la imortal memoria.
Esta, si el generoso cielo aspira
a la musa, que el ciego amor de Marte
vuestra gloria cantando en toda parte;
y contra el ciego olvido y su cruel ira
serán en numeroso estilo y arte
en graves espondeos y en sagrados
dóricos, vuestros hechos celebrados.
En tanto que se cumple este deseo
(oh ecelso Don Enrique de la Cueva)
y que el puesto ocupáis en que ya os veo,
digno al valor de vuestra heroica prueba,
el don humilde del furor cirreo
acetad, que aunque humilde se comprueba
la voluntad en él con que se ofresce,
y ésta, por si que la acetéis meresce.
Fin de los Amores de Marte y Venus.