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Juan de la Cueva
Los amores de Marte y Venus

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IV

   Volvió Vulcano al dios que nació en Delo,

retor de la una cumbre del Parnaso

y dícele: «pues eres de mi duelo

el testigo y del mal que injusto paso,

quita del mundo el tenebroso velo

y a tus caballos apresura el paso,

dando a la tierra tu ascondida lumbre

fuera de hora y contra su costumbre.

 

   Pues de la oscura sombra es impedida

la pura luz, que todo lo esclaresce,

y esta maldad por ella está ascondida,

porque siempre lo malo lo aborresce,

no te detenga Jove la salida

cual hizo amando Alcmena, ven, paresce;

haz manifiesta esta maldad, y clara

de la venganza mía la industria rara

 

   El dios insigne en fuego al punto parte

en diciéndole a Febo estas razones

a ver el fin de su deseo y el arte

que tuvo en dar remate a sus pasiones;

contempla a Venus y desnudo a Marte,

llorando a ella, a él echar blasones;

y este cuidado lo movía de suerte

que de cojo lo hace sano y fuerte.

 

   No le impedía el suelto movimiento

de la quebrada pierna la torpeza,

que el deseo le da y la ira aliento,

y lo llevan con suelta ligereza;

no usaba de temor, y andar a tiento,

sintiendo en desmandándose flaqueza,

que a ver esto, aunque cojo y de pies malo,

ecediera a Filón, Canisio, y Talo.

 

   El enojo que el alma le encendía

lo llevaba, y tal priesa en su ida puso,

que dando fin a su prolija vía,

llegó a su casa de furor confuso;

rompe con fiera saña y osadía

la puerta, entra quebrando en todo el uso

de la razón, y dice en voz subida

que fue de Jove en su alto asiento oída:

 

   «¿Qué haces, oh retor y padre eterno,

Júpiter poderoso y soberano,

a cuyo cargo está puesto el gobierno

del imperio celeste y del humano?

Si a mi dolor y si a mi llanto tierno

no te mueves, si tu potente mano

destos dos alevosos no me venga,

causa darás que queja de ti tenga.

 

   Abre esas puertas celestiales, mira

la infamia triste en que ofender me veo,

en mi justa razón muestra tu ira,

dame venganza deste insulto feo;

un rayo ardiente desde el cielo tira

que los eche al infierno con Briareo

que testimonio de mi justicia

y manifiesta haga su malicia

 

   Diciendo esto Vulcano, el Sol lumbroso

abrió las puertas al rosado oriente

dando licencia al resplandor fogoso

que de la tierra la tiniebla ausente;

el hijo de Saturno poderoso

encima de su alcázar eminente

(la voz oyendo de Vulcano) al punto

se paró y su consilio todo junto.

 

   Luego los dioses como a Marte vieron

y a Venus, sin ornato ni atavío

en la red presos, dellos se rieron

con igual libertad que señorío;

de vergüenza los rostros ascondieron

las diosas, y afeando el desvarío

de Vulcano, a su albergue se tornaron;

Jove y los dioses a do está bajaron.

 

   De las diosas bajó la diosa Juno

mujer del alto Júpiter y hermana,

como quien no dejó en tiempo ninguno

de querer mal a Venus soberana.

Palas, que odio le tenía importuno

después que le dio el teucro la manzana

siguiendo a Juno baja a escarnecella,

vengándose de en tal afrenta vella.

 

   Como la cipria diosa así se vía

atada al nudo y toda así desnuda,

gime, y Juno de vella se reía,

Palas la sigue y a reír le ayuda,

y dice: «si cuales la intención mía

se conociera, sin ninguna duda

a Venus cobijara con el manto

que me dio Atenas por honrarme tanto.»

 

   El rostro escondió Venus suspirando

de ver que así riendo estaban della

las diosas a quien ella despojando

del premio, fue juzgada por más bella.

Juno dice a Vulcano: «ve aflojando

esa tirante red, pues que con ella

haces daño a las carnes delicadas

que con regalo suelen ser tratadas

 

   Lleno de ira y de coraje el pecho

el insine herrero le responde

a la esposa de Jove: «satisfecho

estoy del odio que tu pecho asconde;

él ha de hacer bueno mi derecho,

pues él a lo que intento corresponde

que es conocer la justa causa mía,

fundada en justa ley, no en tiranía.

 

   Tú gran retor del alto ayuntamiento,

que acudiste a mi afán y voz llorosa,

pues ves mi afrenta y triste acaecimiento

y en adulterio a Marte con mi esposa,

si del honor se tiene sentimiento,

si se siente una ofensa tan penosa,

padre Jove, justicia te demando

de Venus alevosa y Marte infando.

 

   Nadie me culpará que la demande

viendo el triste espetáculo presente;

viendo una infamia y un dolor tan grande

que me consume en llanto y celo ardiente;

y así protesto, que jamás ablande

el corazón ni el ánimo inclemente;

ni de la red en que se ven revueltos

por ruego ni clemencia se vean sueltos

 

   «No se debe albergar - responde Palas -

en noble pecho intento tan severo,

pues haciéndolo así, Vulcano, igualas

a las tres Furias del sulfúreo impero;

desata a Venus, vuélvele sus galas,

que su afrenta te afrenta a ti primero

y esas carnes divinas es injusto

que las toque y apriete el lazo justo

 

   Comenzaron los dioses a reírse

de ver a Palas cuán doblada andaba,

y del sutil ingenio, que aún bullirse

para tomar descanso no dejaba.

Uno dijo (que pudo bien oírse):

«nunca tiene buen fin ni en bien acaba

la mala obra, y bien se ha visto en esto,

pues así alcanza el cojo al sano y presto. «

 

   Riose Apolo y preguntó al facundo

nuncio celeste: «di, Mercurio amigo,

¿quisieras en los lazos ser segundo

por ver a Venus en la red contigo?»

«Pluguiera a Jove, hacedor del mundo,

que en cien mil lazos más viera comigo

a Venus, y que estando de aquel modo

me viera el celestial colegio todo.»

 

   Causó a los dioses risa la respuesta

de Mercurio, y a sólo el dios Neptuno

desagradó y le fue dura y molesta,

sintiendo en esto lo que allí ninguno;

oír su trisca y su jocosa fiesta

le cansaba y causaba un importuno

pesar, y así a Mercurio y Febo mira

con turbio ceño y dice ardiendo en ira:

 

   «Si al que allí veis en nudo estrecho atado

viérades fuera de la cuerda dura

ninguno de los dioses fuera osado

a hacer burla dél con tal soltura;

desto hago al gran Júpiter culpado,

que estando aquí y en esta coyontura

se atreva nadie a escarnecer de Marte

ni a mofar dél por vello de tal arte.

 

   Más justo fuera condoler su afrenta

y que su pena a todos diera pena,

pues la mesma ocasión que a Marte afrenta,

a todos a lo mismo nos condena;

y faltando quien esto así lo sienta,

sabio Vulcano, tu rigor refrena;

suelta la cuerda, en libertad los deja,

y con lo hecho satisfaz tu queja

 

   Vulcano, en labrar hierro ingenioso,

responde así con demudado gesto:

«tridentígero rey del reino undoso,

¿tan fácil hallas la ocasión en esto?

¿No te da a ti fatiga mi afrentoso

dolor, ni te congoja mi molesto

celo, ni te provoca ni lastima

que tal carga con peso tal me oprima?

 

   Mas una cosa en lo que pides quiero

(por lo que toca a mi sosiego y honra

ante el potente Jove), hacer primero

que es la que en esto me restaura y honra:

que a Venus que traspasa el santo fuero

de Himeneo, y cual ves, mi honor deshonra,

repudialla, y ella ha de volverme

el dote que le di para así verme.

 

   De otra suerte será tan imposible

como nacer del ocidente el día;

la oscuridad ser más que el día apacible,

y dejar de ser Cintia húmida y fría;

el tormento cruel del reino horrible

dará descanso y le será alegría

a los dañados, antes que yo darte

sin que me paguen en soltura a Marte

 

   Neptuno le replica: «si eso sólo

te impide, yo la paga te aseguro,

ante el gran Jove y el sagrado Apolo

te doy la mano y de cumplillo juro;

y el regidor del uno y otro polo

me lance al espantable reino oscuro

a eterno y miserable mal sujeto,

si no cumpliere lo que aquí prometo.

 

   Bien puedes, oh ecelente dios del fuego,

si puede algo el amistad contigo

el acerado hilo aflojar luego,

pues a la paga por deudor me obligo;

con ese cargo, aunque en mi enojo ciego,

tu voluntad, oh gran Neptuno, sigo

 - Vulcano respondió - y la red largando,

los ciegos nudos fueron aflojando.

 

   Luego que Marte en libertad se vido

y que mover los fuertes brazos pudo,

el fuerte arnés habiéndose vestido,

se caló el yelmo y embrazó el escudo;

empuñado a la espada enfurecido,

avergonzado y de coraje mudo,

resuelto de vengar su desafuero,

se fue desde allí a Tracia el tracio fiero

 

   Las Gracias acudieron a este punto

y cobijando a Venus la hermosa

el bello cuerpo, natural trasunto

de la beldad más rara y milagrosa;

cubierta así, su carro puesto a punto,

enderezó su vía presurosa

a Cipre, adonde siendo acompañada

de las divinas Gracias fue lavada.

 

   Con esto, quedó libre de la injuria

de la red rigurosa recebida

y olvidada de todos la lujuria

que fue ocasión de ser en ella asida;

mas la implacable saña y mortal furia

contra el Sol y su casta concebida

fue perdurable en Venus, cuya historia

consagra el tiempo a la imortal memoria.

 

   Esta, si el generoso cielo aspira

a la musa, que el ciego amor de Marte

os ofrece, hará vivir mi lira

vuestra gloria cantando en toda parte;

y contra el ciego olvido y su cruel ira

serán en numeroso estilo y arte

en graves espondeos y en sagrados

dóricos, vuestros hechos celebrados.

 

   En tanto que se cumple este deseo

(oh ecelso Don Enrique de la Cueva)

y que el puesto ocupáis en que ya os veo,

digno al valor de vuestra heroica prueba,

el don humilde del furor cirreo

acetad, que aunque humilde se comprueba

la voluntad en él con que se ofresce,

y ésta, por si que la acetéis meresce.

Fin de los Amores de Marte y Venus.

 




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