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| Juan de la Cueva Los amores de Marte y Venus IntraText CT - Texto |
I
La red que con ingenio y sutil arte
a la madre de Amor y la belleza
prendió, y en nudo estrecho ligó a Marte,
en sujeción poniendo su fiereza,
el ruego de los dioses que desparte
del ígneo dios la saña y aspereza,
la red suelta, el insulto perdonado,
será de mi terrestre voz cantado.
Deste deseo que me enciende y mueve,
deste ardor que me lleva tras su efeto
forzado, a que mi débil fuerza pruebe
una empresa tan grave cual prometo,
inspirado del coro de las nueve,
y del retor a quien está sujeto,
la voz levanto, el plectro humilde templo,
dando del caso memorable ejemplo.
Recebid pues, señor, el don indino
que os ofresce mi musa temerosa
y admitildo con ánimo benino
cual es a mi deseo debida cosa.
Que siempre al grato ánimo es más dino
que el don la voluntad, y más preciosa;
que si vos lo acetáis espero el premio
que me asegura del mortal apremio.
Será posible a la rudeza mía
si le dais vuestro aliento soberano
que eceda al que cantó en dulce armonía
la vitoria greciana y fin troyano.
Que adonde aspiro y mi deseo me guía
llegue, que será más que vuelo humano,
que no demanda menos el sujeto
que con vuestro favor cantar prometo.
Venció el amor y hermosura inmensa
de la diosa en Idalio venerada
al invencible Marte, que en ofensa
de Vulcano, ocupaba su posada.
A su ardiente querer no hubo defensa,
ni su voluntad fue menospreciada;
antes aceta de la bella diosa,
que era madre de Amor, y ella amorosa.
Gozábanse los dos sin que les diese
el ausente marido sobresalto,
ni con solicitud los requiriese
en sus contentos con celoso asalto.
Lemnos era ocasión que se impidiese
en sus ardientes oficinas, falto
del cuidado amoroso, que encendía
a su amada mujer que le ofendía.
Con sus desnudos cíclopes, al fuego
estaba, el duro yunque golpeando,
armas haciendo al fiero bando griego
o el presto rayo a Júpiter forjando.
Sin dar descanso ni tomar sosiego
fragua, yunque, y martillo trabajando,
por un compás temblar haciendo el puesto
donde se vio primero el uso de esto.
Deste trabajo a que asistía Vulcano
su mujer Venus poco cuidadosa,
acudía a su gusto libre y vano,
a su torpe placer, y no a otra cosa;
el deleite tenía en ella mano,
la gala y compostura artificiosa
remedio que enseñó Naturaleza
para suplir las faltas de belleza.
Aunque usar Venus desta compostura
era superfluo, por estar enella
de las Gracias la eterna hermosora,
y de las diosas la beldad más bella,
no olvidaba el ornato, que asegura
lo natural, y así que podían vella
el rostro aderezaba soberano,
las hebras de oro y la hermosa mano.
Esto con la belleza soberana
un efeto causaba poderoso,
que ni suerte divina, o fuerza humana
dejaba libre el rostro milagroso;
del tracio dios la saña horrible allana,
el brazo liga siempre vitorioso,
y así cativo della, ante ella puesto
dice, rendido al soberano opuesto:
«Oh luz del tercer cielo, y diosa eterna,
hija de Jove, y madre de Cupido,
cuyo ecelso poder rige y gobierna
lo terrestre, y el trono más subido;
si a mi ardiente querer voluntad tierna
muestras, si no me ofendes con tu olvido,
eternamente te seré sujeto,
y humilde estar a tu querer prometo.
Bien ves, que mi gallarda bizarría
cualquier buen tratamiento se le debe,
cualquier favor, cualquiera cortesía,
por la fe sola que a mi alma mueve,
y por ella, oh Citerea, diosa mía
te juro, que el temor que me conmueve
es entender que no meresco verte,
ni sé cuál debo, y es razón quererte.
Supla tu celsitud, diosa querida,
lo que en esto faltare, aunque el deseo
en mí no faltará, u antes la vida
si de un dios puede Muerte hacer trofeo;
y si hará primero que movida
sea mi fe, del puesto en que la veo,
y el jayán que está en Etna sepultado
tendrá sosiego, y Jove al suelo echado.
Y no entiendas que es tanto lo que digo,
cuanto lo que reservo, y decir puedo;
desto puedes tú sola ser testigo,
que a mí el decirlo no me deja el miedo;
y más, cuando recelo a mi enemigo
Vulcano, por quien yo mil veces quedo
privado de la luz de tu presencia,
huyendo dél, haciendo de ti ausencia.
Aquí, rompe el honor del sufrimiento
las cuerdas, y el furor ardiendo en ira
me incita a que en tu bello acatamiento
haga lo que el furor y amor me aspira;
que no puedo llevallo sin tormento
ver, que tu celestial belleza mira
un cojo, un feo, de tisne y humo lleno,
que en nada es nada, y para nada bueno.
Desto me indino contra mí, que adoro
esa belleza, sin poder ser parte
que no goce tal mostro tal tesoro,
que sólo es dino que lo goce Marte;
Marte te adora, y contra el alto coro
moverá guerra, si entendiere darte
gusto, y al mesmo Jove en nombre tuyo
desposeerá del alto reino suyo.»
Diciendo Marte estas razones, queda
transpuesto en Venus, la cerviz rosada
(del brazo que al furor el poder veda)
en torno estrechamente rodeada.
Venus las oye, sin que en ellas pueda
el afición, ni los desgarros nada;
que los desgarros del amante fiero,
son de menos efeto que el dinero.
Oyendo a Marte estaba las razones
la diosa que premió el pastor en Ida
y queriendo atajar tantos blasones
los labios mueve donde Amor se anida,
diciendo: «bien sé, Marte, tus pasiones,
bien conosco que soy de ti querida:
que por mi causa arruinaras un mundo
y saquearas el cielo y el profundo.
Estremos son de quien cual tú publica
que quiere tan perdida y ciegamente
y a la pasión de amor sólo se aplica
y en ella sufre y siempre está obediente.
Mas lo que en estas causas testifica
que es amor más seguro y ecelente,
es hacer más, y los que hablan menos
para amantes y amados son los buenos.
Que a las mujeres el regalo tierno
agrada más que el desgarrar horrible,
el bien las pone en cativerio eterno,
con él es la más áspera apacible;
que no adquieren con armas el gobierno
de la mujer, que es animal terrible,
indómita por tal, que no domella
por rigor, ni virtud sacarán della.
Trata el amor que es blando con blanduras,
deja la espada para las batallas;
así con las mujeres aseguras
el crédito, si aspiras a tratallas.
Convierte las fierezas en dulzuras,
en libertad el uso de apremiallas,
en dones los asombros y temores,
en sufrimiento oprobrios y rancores.»
Quedó Venus llegando a decir esto
con desdeñoso y áspero semblante
porque tuvo osadía en aquel puesto
a afrentar a Vulcano el libre amante;
yerro del que tal hace manifiesto
menospreciar competidor delante
de la dama, que suele al que desprecian
quedar en posesión por el que precian.
Del proceder de Venus quedó Marte
pavoroso, entendiendo su desgusto
y que su libre proceder fue parte
de desgustarla en ocasión de gusto;
quiere enmendar el yerro que desparte
el amistad, que llama eceso injusto;
recoge el brazo, el rostro allega della
al suyo y los purpúreos labios sella.
Así el enojo reconcilia y mueve
la voluntad airada en mansedumbre;
al ministerio fiera no se atreve
la ira, prevertiendo su costumbre.
El amante el nectáreo aliento bebe
del bello cerco a la febea lumbre
sin recato, entendiendo que su insulto
era por ser en casa al cielo oculto.
Oh dulzuras de amor que en tantos daños
a parar vienen vuestros torpes gustos,
las amistades rotas, los engaños
y los placeres vueltos en desgustos;
los contrarios efetos, los estraños
fines, que a veces siguen los más justos,
y del camino verdadero tuercen,
sin que razón ni otros respetos fuercen.
En este torpe amor los dos andaban
revueltos, ya el enojo despedido,
y de tal modo entrambos lo olvidaban
como si entre ellos nunca hubiera sido;
las encendidas almas regalaban
aunque no estaba en ellos el sentido
para sentir, porque el dulzor suave
los turbaba y rendía el sueño grave.
Viendo el Sol, (a quien nada hay encubierto
y dondequiera entra libremente)
el adulterio oculto, descubierto,
porque a sus rayos todo está presente;
ardiendo en ira, viéndolo tan cierto
y de invidia haciéndose impaciente,
quisiera (a no ser dioses como estaban)
vengar dándoles muerte al que afrentaban.