I
El
llanto acerbo y muerte dolorosa,
el
sentimiento triste y desventura,
las
congojas del alma temerosa
y el joven en injusta sepoltura;
la hija del gran Jove poderosa
que
en flor volvió la forma y hermosura
de
su querido y deseado amante,
me
inspira Apolo que en su lira os cante.
Si vuestro ingenio alto y ecelente
admitiere mi canto doloroso
y el llanto de la diosa más potente
que
habita el cielo de inmortal reposo,
verá
bajar a Jove presidente
del
celeste consilio poderoso
a
Neptuno dejar cetro y gobierno,
y
al dios tartáreo del horrible Infierno.
Con
ese claro nombre que engrandesce
a
nuestra Iberia, patria esclarecida,
por
quien su inmortal gloria resplandesce
en
la dorada edad restituida,
favoreced
la Musa, que os ofresce
lo
que puede, y va a ser favorecida
de
vos, dándole el paso a la alta cumbre
del
que los orbes dora con su lumbre.
Oh
luz sidérea, honor del rico ocaso,
a
quien rodea la encendida zona,
sacro
retor del coro de Parnaso,
poseedor
de Hipocrene y Helicona
no
me falte tu amparo en este paso,
porque mi canto del amor pregona;
pierde la antigua enemistad, pues tienes
la venganza del caso que mantienes.
Si en fuego ardiente se
abrasó tu pecho
por
la hermosa hija de Peneo,
tú
descubriste de su madre el lecho
manifestando
su adulterio feo;
si
a tu hija encendió en amor estrecho
del
monstro fiero con bestial deseo
ahora
a Venus puedes ver arderse
y
sin remedio en llanto deshacerse.
Habiendo
Venus ahincadamente
a
su querido Adonis persuadido,
que
perdiese el furor y el brío ardiente
que
en perseguir las fieras ha tenido,
creyendo
que en el ánimo valiente
puede
el consejo a la ocasión venido,
así la diosa al joven persuadía
y
mil graves peligros le ponía.
Determinada
de partirse al cielo
entre
sus brazos a su Adonis prende
y
vuélvele a decir: «dulce consuelo,
por
quien mi alma en vivo amor se enciende,
huye,
y recela algún adverso duelo
y
de seguir las fieras te defiende.
Mira
que me fatiga un espantoso
estímulo,
que turba mi reposo.
Todas
las horas que al descanso obligan
éste
y otros cuidados me desvelan,
éste y otros me turban y fatigan
y las entrañas de pavor me yelan;
no fuerza en mis dolores no mitigan
cuidando (ay, gloria) un mal que te recelan
las
sombras portentosas que me espantan
y las horribles aves que me cantan.
Éste cesa, con sólo
persuadirte
que
el uso de la caza trabajosa
es
peligroso, y pueden mal regirte
flacas
fuerzas en lid tan rigurosa;
bien
puedes a mi ruego reducirte
y
admitir el consejo de tu diosa
que
no te ofrece a cosas imposibles
que
lo fueran a fuerzas invencibles.»
Puso la bella vista en el hermoso
joven, enternecida y suspirando,
mostrando un sentimiento congojoso
el de su alma, en él sinificando.
Volvió a decille: «amor, vida,
reposo;
que
no sigas las fieras te demando.»
Y
con estrecho abrazo se despide
y
encima de su carro el aire mide.
Ida
Venus, Adonis da la vuelta
al
monte Idalio, y cerca su aspereza
tiende
las redes y los canes suelta
y
espárcelos por toda la maleza;
el
arboleda estaba tan revuelta
que
mal ejercitaban la destreza;
al
fin, tras de su aliento rastreando
fueron
un bravo jabalí alterando.
Las
cerdas erizadas, hace cara
a
los monteros que tras él venían,
y
con fiera braveza se repara
a
los perros, que apriesa lo seguían;
arrimándose
a un roble, en él se ampara,
mas
desde fuera recio lo herían,
cuál con saeta, cuál con dardo agudo
en
el pecho que pone por escudo.
El monte deja, y sale al verde prado
siguiéndolo
los diestros cazadores;
Adonis,
que algo estaba desviado,
acude
presto oyendo los clamores;
no
baja río tan desenfrenado
de
ecelso monte, ni los voladores
rayos,
que arroja Júpiter al suelo,
ni
la errante cometa por el cielo,
cuanto
en presteza el joven se adelanta,
que
el viento precedía en la soltura,
que sin tocar al suelo con la planta
al prado sale y deja la espesura;
ve
estar la fiera de braveza tanta
que le admira mirarle la postura,
cómo desvía al uno, al otro acude,
cómo al que llega hiere y lo sacude.
El animoso Adonis
acomete
al
jabalí, que así se defendía,
y con brioso ánimo le mete
el venablo con diestra lozanía;
herido,
contra el joven arremete,
y el joven, sin mostrarle cobardía
le aguarda, mas la fiera embravecida
le dio en la ingle una mortal herida.
Penetróle la llaga rigurosa
que la ingle le abrió de parte a parte,
por do la muerte oscura y dolorosa
en él vino a ocupar la mejor parte;
el alma suelta sale presurosa,
y con divorcio natural se parte
del cuerpo el alma que sin vida deja
en la tierra, a ser tierra, y dél se aleja.
Habiendo el
corvo diente del cerdoso
jabalí,
dado muerte al joven tierno
que
tendido en el suelo polvoroso
estaba
ya entregado al sueño eterno,
la
idalia diosa, que el camino airoso
iba
subiendo a su lugar superno
descuidada
del caso sucedido
aunque
no del recelo en que ha vívido.
Yendo
su vía, vio que se volvían
los
cisnes que del carro le tiraban,
los
unos, que a una parte revolvían,
los
otros, que al contrario caminaban,
que
con horror las alas sacudían
y
en lugar de cantar grasnidos daban;
la
diosa entendió bien que estas señales
pronosticaban
venideros males.
Los
ojos vuelve adonde la memoria
tiene
ocupada, y corazón cativo,
do
tiene todo su contento y gloria
por
quien se arde en dulce fuego vivo,
viendo
que en esta vida no hay vitoria
ni bien a quien no turbe el mal esquivo,
con el recelo desto, en un instante
la vista envía a procurar su amante.
Tiende los ojos donde
amor se anida,
mirando
ahora el monte, ahora el prado,
investigando
aquesto embebecida
traía
la memoria y el cuidado,
cuando
a su vista, en nada detenida,
se
presentó sin alma el cuerpo amado;
revuelve con presteza sacudiendo
el carro aéreo, al suelo decendiendo.
Ahora, oh Musas del
febeo secreto,
podéis
dar vuestro aliento al canto mío,
que
ya me falta, y hallo mi sujeto
débil, si no aspiráis con nuevo brío;
pues
espíritu humano es sin efeto
al fin que aspiro y de cantar confío,
sí
no os parecen cosas peregrinas
llorar
humano lágrimas divinas.
Celebrará
mi verso el tierno llanto
de
la madre de Amor, de amor cativa,
los
ardientes suspiros, el quebranto,
el
sentimiento de la muerte esquiva;
haré
saber con espedido canto,
siéndome
concedida el agua viva
los
que en el llanto citereo estuvieron
y quién y cuáles su dolor sintieron.
Deja el ligero carro en
que iba al cielo,
que le parece tardo y perezoso,
y con veloz presteza baja al suelo
que
su cuidado no le da reposo;
ardiendo
en vivo amor y desconsuelo,
viendo
el triste suceso doloroso
pasa
por montes, prados, prestamente,
que
amor es natural ser impaciente.
Bien descuidada del infausto duelo
que veo, y que la muerte rigurosa
tan presto me privara del consuelo
con que vivía mi alma tan gozosa;
mas,
¿quién se fía en cosas deste suelo?
¿Por
qué me descuidé? ¡Ay, alevosa
enemiga del bien del alma mía,
fiera contra mi dulce compañía!
A mí puedo culparme de
tu suerte
pues
tuve corazón para dejarte,
yo
meresco el castigo acerbo y fuerte
si la Muerte en los dioses tiene parte.
Eternamente
lloraré tu muerte,
jamás
podré olvidarme de llamarte
Adonis
mío, y este dulce nombre
quede
por gloria mía y tu renombre.
Ningún
contento me será agradable,
todo
me dará pena y descontento,
siempre viviré en llanto miserable
en memoria del duro acaecimiento;
en voz fúnebre y verso lamentable
repetirá
mí alma en triste acento
tu
dolorosa muerte, Adonis mío,
y
cantada del Austro al Bóreas frío.
Bien
podrá Febo no mostrar su lumbre,
Júpiter
de su imperio ser quitado,
Proserpina
habitar la ecelsa cumbre
del
cielo, entre los brazos de su amado
y
no acabarse la inmortal costumbre
de
ser de mí tu nombre celebrado,
ay bello Adonis, ay Adonis mío
pues
de mi alma hubiste el señorío.»
Esto diciendo la ericina diosa,
sobre
el cuerpo del joven ya sin vida,
del intenso dolor y ansia penosa
quedó con un desmayo amortecida.
La
voz fue por la selva sonorosa
por
la ligera Eco repetida,
que
las hermosas Dríadas la oyeron,
y a
ella las Nereides acudieron.
Tuvo tal fuerza el llanto doloroso
que
conmovió el oír el triste acento,
que
dejando las diosas su reposo
viniesen al citereo descontento;
y así acudió con paso presuroso
de
diosas, ninfas, faunos, el convento
a
consolar la mísera tristeza
de
Venus, en su angustia y aspereza.
Cuál
deja el hondo y espumoso río,
cuál
el monte de árboles cercado,
cuál la labor, y cuál sin atavío
apriesa sale cual se halla al
prado;
jamás
se vio acudir tan gran gentío
de
varias partes a ningún mercado
cuanto
al llanto de Venus acudieron
que
el prado y largas márgenes cubrieron.
No
vino por el aire al presto grito
del
ave presa, tantas aves sueltas,
ni
de estrimonias grúas el conflito
cuando
con los pigmeos traen revueltas
ni en Roma se vio el número
infinito
en
el Anfiteatro, o en las vueltas
de
Baco, o las de Fauna Bonadea,
cuanto
acudió a la pena citerea.
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