III
No
se trató más desto, y llegó el día
del
convite aplazado en que a mí sólo
con tanto menosprecio me escluía,
que
fue más que justicia un falso dolo;
estimé
en tanto esta deshonra mía
que fuera déste al otro opuesto
polo
peregrinando,
por vengar mi ofensa
en
quien más libre y más señor se piensa
Apercebí con este sentimiento
un gran saco de pulgas, y
escondido
debajo de mi manto, y con gran
tiento
al punto conveniente apercebílo;
subí, y estaba Apolo en su
instrumento
echando
de gloriosa, en alto estilo
a
los dioses y diosas celebrando,
y Mercurio con sueltos pies
danzando.
Viendo que estaban en la voz y
danza
ocupadas
las vistas, fui llegando
poco
a poco a la mesa, y sin tardanza
le
fue las pulgas a sus pies largando;
tendiéronse,
y con libre destemplanza
en
unos y otros su costumbre usando;
que
ni a ojos ni a rostros perdonaron
ni a
partes reservadas reservaron.
Cuando los dioses tal
ardor sintieron
en
sus cuerpos, dejaron los escaños
y
de las mesas con pavor huyeron
sin
conocer la causa de sus daños;
la
vista todos contra mí volvieron
con
semblantes y zuños tan estraños
que
el mismo reino del horror temblara
como
yo, sin osar alzar la cara.
Ellos, en su congoja fatigados
cual yo en la mía, aunque riendo dellos,
cuán sin concierto y cuán desatinados
andaban,
y cuán fuera de entendellos;
daban
voces, tomaban denodados
armas,
para en su honor satisfacellos;
las
diosas se quejaban y gemían
y
venganza a los dioses pedían.
Viendo
el riesgo a los ojos, pavoroso,
puse
en los pies mi último remedio
y
huí de entre todos presuroso
así eligiendo mi seguro medio.
Jove
dijo: él se va vitorioso
de
todos, pues teniéndolo aquí en medio
no
fuimos poderosos de estorballe
la
ida, y dinamente castigalle.
Mas
ya que ahora en libertad se puso,
Mercurio, ve y di que lo destierro
del cielo, y que el terrestre y
mortal uso
siga, y que en sus márgenes lo
encierro.
De la suerte que Jove lo dispuso
lo
ejecutó Mercurio, y por mi yerro
quedé
del alto cielo desterrado
y
en infame bajeza condenado.
Y
viendo esta ocasión que a Venus tiene
rendida
a su dolor, junté esa gente
del
Parnaso, que a honrar comigo viene
con luto y versos la ocasión
presente.
Esto
hago por ver si se contiene
Jove,
del odio que me muestra ardiente,
por
ver si puedo así lisonjeallo
en
celebrar el muerto y alaballo.»
«Bien
haces - respondió Sileno -, y vamos,
que
la hora nos llama y apresura,
y
más en la sazón que deseamos
para
probar en Jove tu ventura;
y
pues vemos el puesto que buscamos,
con
diligencia la deidad procura
que
en gozo tiene de volver tu pena,
y
ve en paz, que el fúnebre clamor suena.»
Despidiéronse,
y Momo fue derecho
adonde
Venus desmayada estaba,
de
su insignia contento y satisfecho
que
era lo que a su intento le importaba.
Mostró
el semblante, que al doblado pecho
tanto
llanto y gemido lastimaba,
admirado
de ver los que acudían
y
lo que al funeral apercebían.
Ya
la fúnebre flauta congojosa
convidaba
a llorar la muerte indina;
todos
cercaban a la cipria diosa
y
a ella, el que más puede se avecina;
arde
el ciprés en llama codiciosa,
apareja
la tumba Libitina,
ya
las ninfas las reses degollaban
y
al fuego ardiente las entrañas daban.
Humean
los altares, arde el fuego
en
los sacrificados animales;
acude
a ver el humo el vulgo ciego
y
a consultar agüeros y señales.
Todo
anda envuelto, todo sin sosiego,
las
ninfas y las diosas celestiales,
los
semideos, faunos y pastores
celebran
las obsequias con clamores.
En
esto andaban todos vacilando
cuando
el satúrneo Júpiter en vuelo
(con todo su celeste y sacro bando
de
moradores del sublime cielo)
ante
Venus se muestran, que olvidando
todas
las cosas en su desconsuelo
está
transpuesta, del dolor crecido
ya
sin aliento, ajena de sentido.
El
movedor del sidérea altura
viendo
la hija en tal estado puesta,
con
grave afeto siente el ansia dura,
y
el dolor que la tiene así transpuesta;
y
para remediar su desventura
toda
su inmensa providencia apresta;
mas
viendo que otro dios hizo este hecho
entiende
que el remedio es sin provecho.
Que
ya una vez el alma libre y suelta,
como
hubiese gustado del Leteo,
imposible
sería dar la vuelta
al
mundo a ver el resplandor febeo,
que
entre desnudas almas ya revuelta
andaría vagando, con deseo
que la gran madre al cuerpo dé
hospedaje
por
no aguardar cien años el pasaje.
El
hijo de Saturno revolviendo
esto
consigo, en su oculta mente
mil
diversos remedios proveyendo,
aunque ninguno al caso
conveniente:
porque
el mejor en este mal horrendo
es
inviolable ley que no consiente
lo
que hacía entre los dioses uno
que
lo pudiese deshacer ninguno.
Esto
advertiendo Jove, no podía
tornar
a nueva vida al joven muerto
que
bien claro del hecho conocía
que
fue Marte el autor del desconcierto;
porque
el amor que a Venus le tenía,
por
quien tenía el corazón abierto,
no podía estorballo de otra suerte
sino con darle a Adonis cruda
muerte.
Por esta causa, ardiendo
en ira y celo,
viendo menospreciarse de la diosa,
quiso
privar a Venus de consuelo
con darle a Adonis muerte
rigurosa.
El regidor del inmutable cielo,
poseedor del cumbre luminosa,
por dar remedio a la amorosa madre
tocó la mano el poderoso padre.
El desmayo tristísimo
desecha,
y
vuelta en sí, a Jove conociendo
ante
sus pies con mil suspiros se echa,
lágrimas
congojosas despidiendo;
imagina
que aquello le aprovecha,
y
aquello irá su bien restituyendo;
que
el deseo al que ama es engañoso
para
emprender lo más dificultoso.
Alza la voz diciendo: «oh padre caro,
¿qué
razón puede haber que tal olvido
tengas
de los que esperan en tu amparo
y con
él en sus daños se han valido?
¿Por
qué diste lugar que el Hado avaro
me
hubiese de tal bien desposeído,
privando
al joven cinareo de vida
y
de contento a Venus tu querida?
¿Qué
premio esperaré de tu clemencia?
¿Qué
bien puede tu gran poder hacerme?
¿Qué
puede en mí hacer tu omnipotencia
sí
en tal dolor no fuiste en guarecerme?
¿Este
remedio das a la inclemencia
de
mi mal? ¿Esto ha sido socorrerme?
¿Este
es el galardón que prometiste
cuando la suerte celestial me
diste?
Cuán confiada en tu
favor vivía,
cuán sin temor gozaba mi contento,
cuán
sin recelo desta triste vía
andaba
mi gozoso pensamiento.
Ay,
padre mío; ay, fortuna mía,
que
así mí gloria convertiste en viento,
sin
que deidad ninguna contrastase
al duro Hado y su querer mudase.
Sólo me resta el nombre
glorioso
de
ser nombrada y dicha hija tuya,
este
solo renombre es poderoso
para
que toda adversidad destruya;
con esto, y con tu aliento
valeroso
no
habrá fortuna que de mí no huya
y
yo quede contenta y vencedora
de
la suerte (ay de mí) que me veo ahora.
El
Hado fiero y la invidiosa muerte
quisieron
destruir mi bien y gloria.
Con ser tu hija y celestial mi
suerte
no
por eso dejaron su vitoria.
Si
había de pasar dolor tan fuerte
no
me hicieras de inmortal memoria,
nombrándome
por diosa entre las diosas,
pues
no me reservabas destas cosas.»
Habiendo sus querellas concluido
la triste diosa en su dolor
presente,
su razón con silencio ha
interrumpido
por
que responda el padre omnipotente.
Momo,
que atento estaba, habiendo oído
la
querella de Venus, dijo: «siente
con
sus quejas las mías, padre eterno,
con divina piedad y pecho tierno.
Bien sabes que jamás tuve mal trato
contra
ti, aunque el vulgo se deslengua
llamándome
traidor, sin ley, ingrato,
y
cuanto quiere en vituperio y mengua.
Siempre
contra mí tocan a rebato
porque me alargo un poco de la
lengua,
que
es la falta que tengo, y no es tan grande
para
que tanto el vulgo se desmande.
Por
esto me destierras, y me apartas
de
estarme gloriando en tu presencia,
sin
que ningún bien otro me repartas
cual
hace a los demás tu omnipotencia;
por
ver si de tu odioso ardor te hartas
vengo
con esta insignia y aparencia
de
sentimiento, por la infausta muerte
de
Adonis, por servirte y complacerte.
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