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Juan de la Cueva
Llanto de Venus en la muerte de Adonis

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I

   El llanto acerbo y muerte dolorosa,

el sentimiento triste y desventura,

las congojas del alma temerosa

y el joven en injusta sepoltura;

la hija del gran Jove poderosa

que en flor volvió la forma y hermosura

de su querido y deseado amante,

me inspira Apolo que en su lira os cante.

 

   Si vuestro ingenio alto y ecelente

admitiere mi canto doloroso

y el llanto de la diosa más potente

que habita el cielo de inmortal reposo,

verá bajar a Jove presidente

del celeste consilio poderoso

a Neptuno dejar cetro y gobierno,

y al dios tartáreo del horrible Infierno.

 

   Con ese claro nombre que engrandesce

a nuestra Iberia, patria esclarecida,

por quien su inmortal gloria resplandesce

en la dorada edad restituida,

favoreced la Musa, que os ofresce

lo que puede, y va a ser favorecida

de vos, dándole el paso a la alta cumbre

del que los orbes dora con su lumbre.

 

   Oh luz sidérea, honor del rico ocaso,

a quien rodea la encendida zona,

sacro retor del coro de Parnaso,

poseedor de Hipocrene y Helicona

no me falte tu amparo en este paso,

porque mi canto del amor pregona;

pierde la antigua enemistad, pues tienes

la venganza del caso que mantienes.

 

   Si en fuego ardiente se abrasó tu pecho

por la hermosa hija de Peneo,

tú descubriste de su madre el lecho

manifestando su adulterio feo;

si a tu hija encendió en amor estrecho

del monstro fiero con bestial deseo

ahora a Venus puedes ver arderse

y sin remedio en llanto deshacerse.

 

   Habiendo Venus ahincadamente

a su querido Adonis persuadido,

que perdiese el furor y el brío ardiente

que en perseguir las fieras ha tenido,

creyendo que en el ánimo valiente

puede el consejo a la ocasión venido,

así la diosa al joven persuadía

y mil graves peligros le ponía.

 

   Determinada de partirse al cielo

entre sus brazos a su Adonis prende

y vuélvele a decir: «dulce consuelo,

por quien mi alma en vivo amor se enciende,

huye, y recela algún adverso duelo

y de seguir las fieras te defiende.

Mira que me fatiga un espantoso

estímulo, que turba mi reposo.

 

   Todas las horas que al descanso obligan

éste y otros cuidados me desvelan,

éste y otros me turban y fatigan

y las entrañas de pavor me yelan;

no fuerza en mis dolores no mitigan

cuidando (ay, gloria) un mal que te recelan

las sombras portentosas que me espantan

y las horribles aves que me cantan.

 

   Éste cesa, con sólo persuadirte

que el uso de la caza trabajosa

es peligroso, y pueden mal regirte

flacas fuerzas en lid tan rigurosa;

bien puedes a mi ruego reducirte

y admitir el consejo de tu diosa

que no te ofrece a cosas imposibles

que lo fueran a fuerzas invencibles.»

 

   Puso la bella vista en el hermoso

joven, enternecida y suspirando,

mostrando un sentimiento congojoso

el de su alma, en él sinificando.

Volvió a decille: «amor, vida, reposo;

que no sigas las fieras te demando.»

Y con estrecho abrazo se despide

y encima de su carro el aire mide.

 

   Ida Venus, Adonis da la vuelta

al monte Idalio, y cerca su aspereza

tiende las redes y los canes suelta

y espárcelos por toda la maleza;

el arboleda estaba tan revuelta

que mal ejercitaban la destreza;

al fin, tras de su aliento rastreando

fueron un bravo jabalí alterando.

 

   Las cerdas erizadas, hace cara

a los monteros que tras él venían,

y con fiera braveza se repara

a los perros, que apriesa lo seguían;

arrimándose a un roble, en él se ampara,

mas desde fuera recio lo herían,

cuál con saeta, cuál con dardo agudo

en el pecho que pone por escudo.

 

   El monte deja, y sale al verde prado

siguiéndolo los diestros cazadores;

Adonis, que algo estaba desviado,

acude presto oyendo los clamores;

no baja río tan desenfrenado

de ecelso monte, ni los voladores

rayos, que arroja Júpiter al suelo,

ni la errante cometa por el cielo,

 

   cuanto en presteza el joven se adelanta,

que el viento precedía en la soltura,

que sin tocar al suelo con la planta

al prado sale y deja la espesura;

ve estar la fiera de braveza tanta

que le admira mirarle la postura,

cómo desvía al uno, al otro acude,

cómo al que llega hiere y lo sacude.

 

   El animoso Adonis acomete

al jabalí, que así se defendía,

y con brioso ánimo le mete

el venablo con diestra lozanía;

herido, contra el joven arremete,

y el joven, sin mostrarle cobardía

le aguarda, mas la fiera embravecida

le dio en la ingle una mortal herida.

 

   Penetróle la llaga rigurosa

que la ingle le abrió de parte a parte,

por do la muerte oscura y dolorosa

en él vino a ocupar la mejor parte;

el alma suelta sale presurosa,

y con divorcio natural se parte

del cuerpo el alma que sin vida deja

en la tierra, a ser tierra, y dél se aleja.

 

   Habiendo el corvo diente del cerdoso

jabalí, dado muerte al joven tierno

que tendido en el suelo polvoroso

estaba ya entregado al sueño eterno,

la idalia diosa, que el camino airoso

iba subiendo a su lugar superno

descuidada del caso sucedido

aunque no del recelo en que ha vívido.

 

   Yendo su vía, vio que se volvían

los cisnes que del carro le tiraban,

los unos, que a una parte revolvían,

los otros, que al contrario caminaban,

que con horror las alas sacudían

y en lugar de cantar grasnidos daban;

la diosa entendió bien que estas señales

pronosticaban venideros males.

 

   Los ojos vuelve adonde la memoria

tiene ocupada, y corazón cativo,

do tiene todo su contento y gloria

por quien se arde en dulce fuego vivo,

viendo que en esta vida no hay vitoria

ni bien a quien no turbe el mal esquivo,

con el recelo desto, en un instante

la vista envía a procurar su amante.

 

   Tiende los ojos donde amor se anida,

mirando ahora el monte, ahora el prado,

investigando aquesto embebecida

traía la memoria y el cuidado,

cuando a su vista, en nada detenida,

se presentó sin alma el cuerpo amado;

revuelve con presteza sacudiendo

el carro aéreo, al suelo decendiendo.

 

   Ahora, oh Musas del febeo secreto,

podéis dar vuestro aliento al canto mío,

que ya me falta, y hallo mi sujeto

débil, si no aspiráis con nuevo brío;

pues espíritu humano es sin efeto

al fin que aspiro y de cantar confío,

sí no os parecen cosas peregrinas

llorar humano lágrimas divinas.

 

   Celebrará mi verso el tierno llanto

de la madre de Amor, de amor cativa,

los ardientes suspiros, el quebranto,

el sentimiento de la muerte esquiva;

haré saber con espedido canto,

siéndome concedida el agua viva

los que en el llanto citereo estuvieron

y quién y cuáles su dolor sintieron.

 

   Deja el ligero carro en que iba al cielo,

que le parece tardo y perezoso,

y con veloz presteza baja al suelo

que su cuidado no le da reposo;

ardiendo en vivo amor y desconsuelo,

viendo el triste suceso doloroso

pasa por montes, prados, prestamente,

que amor es natural ser impaciente.

 

   Bien descuidada del infausto duelo

que veo, y que la muerte rigurosa

tan presto me privara del consuelo

con que vivía mi alma tan gozosa;

mas, ¿quién se fía en cosas deste suelo?

¿Por qué me descuidé? ¡Ay, alevosa

enemiga del bien del alma mía,

fiera contra mi dulce compañía!

 

   A mí puedo culparme de tu suerte

pues tuve corazón para dejarte,

yo meresco el castigo acerbo y fuerte

si la Muerte en los dioses tiene parte.

Eternamente lloraré tu muerte,

jamás podré olvidarme de llamarte

Adonis mío, y este dulce nombre

quede por gloria mía y tu renombre.

 

   Ningún contento me será agradable,

todo me dará pena y descontento,

siempre viviré en llanto miserable

en memoria del duro acaecimiento;

en voz fúnebre y verso lamentable

repetirá mí alma en triste acento

tu dolorosa muerte, Adonis mío,

y cantada del Austro al Bóreas frío.

 

   Bien podrá Febo no mostrar su lumbre,

Júpiter de su imperio ser quitado,

Proserpina habitar la ecelsa cumbre

del cielo, entre los brazos de su amado

y no acabarse la inmortal costumbre

de ser de mí tu nombre celebrado,

ay bello Adonis, ay Adonis mío

pues de mi alma hubiste el señorío.»

 

   Esto diciendo la ericina diosa,

sobre el cuerpo del joven ya sin vida,

del intenso dolor y ansia penosa

quedó con un desmayo amortecida.

La voz fue por la selva sonorosa

por la ligera Eco repetida,

que las hermosas Dríadas la oyeron,

y a ella las Nereides acudieron.

 

   Tuvo tal fuerza el llanto doloroso

que conmovió el oír el triste acento,

que dejando las diosas su reposo

viniesen al citereo descontento;

y así acudió con paso presuroso

de diosas, ninfas, faunos, el convento

a consolar la mísera tristeza

de Venus, en su angustia y aspereza.

 

   Cuál deja el hondo y espumoso río,

cuál el monte de árboles cercado,

cuál la labor, y cuál sin atavío

apriesa sale cual se halla al prado;

jamás se vio acudir tan gran gentío

de varias partes a ningún mercado

cuanto al llanto de Venus acudieron

que el prado y largas márgenes cubrieron.

 

   No vino por el aire al presto grito

del ave presa, tantas aves sueltas,

ni de estrimonias grúas el conflito

cuando con los pigmeos traen revueltas

ni en Roma se vio el número infinito

en el Anfiteatro, o en las vueltas

de Baco, o las de Fauna Bonadea,

cuanto acudió a la pena citerea.




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