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| Juan de la Cueva Llanto de Venus en la muerte de Adonis IntraText CT - Texto |
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III No se trató más desto, y llegó el día del convite aplazado en que a mí sólo con tanto menosprecio me escluía, que fue más que justicia un falso dolo; estimé en tanto esta deshonra mía que fuera déste al otro opuesto polo peregrinando, por vengar mi ofensa en quien más libre y más señor se piensa
Apercebí con este sentimiento un gran saco de pulgas, y escondido debajo de mi manto, y con gran tiento al punto conveniente apercebílo; subí, y estaba Apolo en su instrumento echando de gloriosa, en alto estilo a los dioses y diosas celebrando, y Mercurio con sueltos pies danzando.
Viendo que estaban en la voz y danza ocupadas las vistas, fui llegando poco a poco a la mesa, y sin tardanza le fue las pulgas a sus pies largando; tendiéronse, y con libre destemplanza en unos y otros su costumbre usando; que ni a ojos ni a rostros perdonaron ni a partes reservadas reservaron.
Cuando los dioses tal ardor sintieron en sus cuerpos, dejaron los escaños y de las mesas con pavor huyeron sin conocer la causa de sus daños; la vista todos contra mí volvieron con semblantes y zuños tan estraños que el mismo reino del horror temblara como yo, sin osar alzar la cara.
Ellos, en su congoja fatigados cual yo en la mía, aunque riendo dellos, cuán sin concierto y cuán desatinados andaban, y cuán fuera de entendellos; daban voces, tomaban denodados armas, para en su honor satisfacellos; las diosas se quejaban y gemían y venganza a los dioses pedían.
Viendo el riesgo a los ojos, pavoroso, puse en los pies mi último remedio y huí de entre todos presuroso así eligiendo mi seguro medio. Jove dijo: él se va vitorioso de todos, pues teniéndolo aquí en medio no fuimos poderosos de estorballe la ida, y dinamente castigalle.
Mas ya que ahora en libertad se puso, Mercurio, ve y di que lo destierro del cielo, y que el terrestre y mortal uso siga, y que en sus márgenes lo encierro. De la suerte que Jove lo dispuso lo ejecutó Mercurio, y por mi yerro quedé del alto cielo desterrado y en infame bajeza condenado.
Y viendo esta ocasión que a Venus tiene rendida a su dolor, junté esa gente del Parnaso, que a honrar comigo viene con luto y versos la ocasión presente. Esto hago por ver si se contiene Jove, del odio que me muestra ardiente, por ver si puedo así lisonjeallo en celebrar el muerto y alaballo.»
«Bien haces - respondió Sileno -, y vamos, que la hora nos llama y apresura, y más en la sazón que deseamos para probar en Jove tu ventura; y pues vemos el puesto que buscamos, con diligencia la deidad procura que en gozo tiene de volver tu pena, y ve en paz, que el fúnebre clamor suena.»
Despidiéronse, y Momo fue derecho adonde Venus desmayada estaba, de su insignia contento y satisfecho que era lo que a su intento le importaba. Mostró el semblante, que al doblado pecho tanto llanto y gemido lastimaba, admirado de ver los que acudían y lo que al funeral apercebían.
Ya la fúnebre flauta congojosa convidaba a llorar la muerte indina; todos cercaban a la cipria diosa y a ella, el que más puede se avecina; arde el ciprés en llama codiciosa, apareja la tumba Libitina, ya las ninfas las reses degollaban y al fuego ardiente las entrañas daban.
Humean los altares, arde el fuego en los sacrificados animales; acude a ver el humo el vulgo ciego y a consultar agüeros y señales. Todo anda envuelto, todo sin sosiego, las ninfas y las diosas celestiales, los semideos, faunos y pastores celebran las obsequias con clamores.
En esto andaban todos vacilando cuando el satúrneo Júpiter en vuelo (con todo su celeste y sacro bando de moradores del sublime cielo) ante Venus se muestran, que olvidando todas las cosas en su desconsuelo está transpuesta, del dolor crecido ya sin aliento, ajena de sentido.
El movedor del sidérea altura viendo la hija en tal estado puesta, con grave afeto siente el ansia dura, y el dolor que la tiene así transpuesta; y para remediar su desventura toda su inmensa providencia apresta; mas viendo que otro dios hizo este hecho entiende que el remedio es sin provecho.
Que ya una vez el alma libre y suelta, como hubiese gustado del Leteo, imposible sería dar la vuelta al mundo a ver el resplandor febeo, que entre desnudas almas ya revuelta andaría vagando, con deseo que la gran madre al cuerpo dé hospedaje por no aguardar cien años el pasaje.
El hijo de Saturno revolviendo esto consigo, en su oculta mente mil diversos remedios proveyendo, aunque ninguno al caso conveniente: porque el mejor en este mal horrendo es inviolable ley que no consiente lo que hacía entre los dioses uno que lo pudiese deshacer ninguno.
Esto advertiendo Jove, no podía tornar a nueva vida al joven muerto que bien claro del hecho conocía que fue Marte el autor del desconcierto; porque el amor que a Venus le tenía, por quien tenía el corazón abierto, no podía estorballo de otra suerte sino con darle a Adonis cruda muerte.
Por esta causa, ardiendo en ira y celo, viendo menospreciarse de la diosa, quiso privar a Venus de consuelo con darle a Adonis muerte rigurosa. El regidor del inmutable cielo, poseedor del cumbre luminosa, por dar remedio a la amorosa madre tocó la mano el poderoso padre.
El desmayo tristísimo desecha, y vuelta en sí, a Jove conociendo ante sus pies con mil suspiros se echa, lágrimas congojosas despidiendo; imagina que aquello le aprovecha, y aquello irá su bien restituyendo; que el deseo al que ama es engañoso para emprender lo más dificultoso.
Alza la voz diciendo: «oh padre caro, ¿qué razón puede haber que tal olvido tengas de los que esperan en tu amparo y con él en sus daños se han valido? ¿Por qué diste lugar que el Hado avaro me hubiese de tal bien desposeído, privando al joven cinareo de vida y de contento a Venus tu querida?
¿Qué premio esperaré de tu clemencia? ¿Qué bien puede tu gran poder hacerme? ¿Qué puede en mí hacer tu omnipotencia sí en tal dolor no fuiste en guarecerme? ¿Este remedio das a la inclemencia de mi mal? ¿Esto ha sido socorrerme? ¿Este es el galardón que prometiste cuando la suerte celestial me diste?
Cuán confiada en tu favor vivía, cuán sin temor gozaba mi contento, cuán sin recelo desta triste vía andaba mi gozoso pensamiento. Ay, padre mío; ay, fortuna mía, que así mí gloria convertiste en viento, sin que deidad ninguna contrastase al duro Hado y su querer mudase.
Sólo me resta el nombre glorioso de ser nombrada y dicha hija tuya, este solo renombre es poderoso para que toda adversidad destruya; con esto, y con tu aliento valeroso no habrá fortuna que de mí no huya y yo quede contenta y vencedora de la suerte (ay de mí) que me veo ahora.
El Hado fiero y la invidiosa muerte quisieron destruir mi bien y gloria. Con ser tu hija y celestial mi suerte no por eso dejaron su vitoria. Si había de pasar dolor tan fuerte no me hicieras de inmortal memoria, nombrándome por diosa entre las diosas, pues no me reservabas destas cosas.»
Habiendo sus querellas concluido la triste diosa en su dolor presente, su razón con silencio ha interrumpido por que responda el padre omnipotente. Momo, que atento estaba, habiendo oído la querella de Venus, dijo: «siente con sus quejas las mías, padre eterno, con divina piedad y pecho tierno.
Bien sabes que jamás tuve mal trato contra ti, aunque el vulgo se deslengua llamándome traidor, sin ley, ingrato, y cuanto quiere en vituperio y mengua. Siempre contra mí tocan a rebato porque me alargo un poco de la lengua, que es la falta que tengo, y no es tan grande para que tanto el vulgo se desmande.
Por esto me destierras, y me apartas de estarme gloriando en tu presencia, sin que ningún bien otro me repartas cual hace a los demás tu omnipotencia; por ver si de tu odioso ardor te hartas vengo con esta insignia y aparencia de sentimiento, por la infausta muerte de Adonis, por servirte y complacerte.
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