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| Juan de la Cueva La Muracinda IntraText CT - Texto |
La horrible empresa, el espantable efecto
de la sangrienta Alecto administrado,
canto, de los dos bandos encontrados:
y el otro de los perros animosos
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y leales, y cómo fueron muertos
y vengados los gatos de su ofensa
de haber muerto a la gata Muracinda.
Oh musa, a quien le toca este cuidado
no te desdeñes del sujeto humilde,
pues ya cantó de ranas y ratones
el smírneo poeta, y la sagrada
lira de Mantua, en números divinos
nos dejó la memoria de un moxquito.
Tú (oh celeste Can) que entre los astros
tienes tu asiento, envía tu socorro
en favor de tus canes, que la Muerte
los tiene condenados a que mueran,
por el orden fatal que iré contando.
Tomares, es un agradable pueblo
principio del riquísimo Ajarafe
puesto en la altura de una ecelsa cumbre,
famoso por los frutos de que abunda
y por su ilustre fuente esclarecido.
Este fértil lugar de Baco y Palas
por la parte del Euro que le espira
y la Aurora le da la luz primera,
mira a la sacra Hispalis y al Betis
fértil de vides y árboles frutales;
de aquí se ve, volviendo el rostro al Bóreas
de la rica Triana el llano asiento,
do está el Tribunal sacro que defiende
la verdadera fe contra Lutero;
desde aquí, atravesando el pueblo ilustre,
que dos millas está nuestro Tomares,
donde esta historia su principio tuvo,
que fue éste su origen verdadero:
En los tiempos pasados tuvo un cura
de gran dotrina y de virtud ejemplo,
que a todo aquel lugar administraba
los divinos oficios, enseñando
las cosas de la Fe a la rudeza
del vulgo agreste que tenía a su cargo.
Un día sucedió, que entró en su casa
cuando el Sol puesto en su mayor altura,
hería la tierra con derechos rayos;
ocupó el padre cura, silla y mesa,
con moderada cantidad en todo,
que la mesa templada desta suerte
huye con menosprecio, y abandona
la gulosa abundancia, que promete
y osa a Fabricio convidar en ella;
prosiguió su comida, y tomó un hueso
(en que el Hado encerró la dura muerte
que lo había de ser de tantas vidas)
y echóselo a la gata Muracinda
a quien él regalaba con estremo.
Desto se ofendió mucho Tribugena,
una podenca dél tenida en mucho
porque en su ministerio era ecelente;
gimió entre sí, dudando qué haría,
con mil bascas airada, vacilando,
dio tres aullidos y escarbó la tierra
de la ira instigada en que vía arderse;
temiendo al cura estaba suspendida,
viendo el agravio, ardía en furor y rabia.
Al fin rompió el enojo la templanza;
sin poder más de sí, dejó las dudas
que tan perpleja la tenían dudando,
llena de horror sin recelar ya nada
llegó a la gata, acometió a quitalle
por fuerza el hueso; ella lo defiende
con boca y manos, erizado el pelo.
Tribugena en quitárselo porfía,
y ambos asidos dél, la Muracinda
largó la presa y aprestó las uñas
aferrando la cara a la podenca,
que toda se la aró de un cabo a otro
que le obligó a dejar el factal hueso;
sentida del dolor y del agravio,
de los lomos le hizo fuerte presa
saleándola a una y otra parte
sin largalla jamás de entre sus dientes,
rindió el vital espíritu a la Muerte.
Cuando el cura su gata vido muerta
desvía la silla y la mesa arroja,
dando crecidas voces sin concierto
maldiciendo la perra y quien la trujo
a su poder. Echando por los ojos
fuego, de la congoja y el enojo,
arremetió con ella, y con un cabo
de una hacha, le dio inhumanos golpes,
que la tendió en el suelo, echando sangre
por la boca, los ojos, y narices;
y queriendo acabar con ella, un lazo
corredizo le puso a la garganta,
mandando a dos criados, que en comiendo
la llevasen al campo y la ahorcasen.
en el zaguán, y vuelve a ver su gata,
que cercada de gatas y de gatos
estaba, que Mardux, un gato amigo
como la vido muerta, en los tejados
se subió maullando y dando aviso
del desastrado fin de Muracinda.
Al lloroso maullar, por los tejados,
por las calles, las puertas, y ventanas,
por las bardas, vallados y portillos
acudió tanto número de deudos,
conocidos, amigos, y obligados,
sin que en el pueblo y toda su comarca
quedase por venir un solo gato,
que llenaron la casa de alto a bajo.
Un gato que servía a un hortelano,
llamado Tusicol, de mucha fama,
que había hecho muchos desafíos
y muerto muchos gatos en campaña,
era un gato montés, de grande cuerpo,
de cervix gruesa, y de tendidos pechos,
de fuertes brazos, y leoninas garras,
llegó airado con feroz denuedo,
alta la cola y erizado el pelo;
los ojos, que del caxco le saltaban,
un grueso troncho de una llanta al hombro
con tres o cuatro clavos a la punta
queriendo así imitar la hercúlea clava,
cubierto el cuerpo de la piel de un perro
(que su amo ahorcó de una higuera)
cual de la piel nemea el gran tebano,
diciendo que por éstas sus insignias
habían de conocello como Alcides
por las suyas, pues le era igual en hechos.
Muchos reían de la insignia loca,
otros, de temor dél, se la aprobaban,
que la fuerza tiránica compele
a hacer voluntades a su gusto.
Lo primero, en llegando, miró al cura
haciéndole una grande cortesía
y sin aguardar más, se puso en medio
del concurso de todos, enclavando
los ojos en la muerta, aulló dos veces
que a todos hizo estremecer de miedo,
y más cuando esta voz dellos fue oída:
«¿Dónde puedes estar, oh Muracinda,
que no te pueda yo volver al Mundo
sin que el trabajo ni el temor me rinda
ni cuantas fuerzas hay en el profundo?
Si estás allá, verás cómo deslinda
mi brazo, que desvuelta al Sol jocundo,
que, por la Estigie y sus ardientes fuegos
te sacaré, sin música ni ruegos.»
Prosiguiera adelante en sus razones
Tusicol, si un clamor no le estorbara
que entre todos los gatos y las gatas
se levantó, pidiéndole que un riesgo
tan notorio evitase a su persona.
Sosegóse el escándalo, sentóse
entre todos, bajando el grueso troncho.
El rumor que había oído Capirote,
el perro perdiguero del vecino,
de donde conoció que había salido;
entró, y en el zaguán halló amarrada
a Tribugena, en sangre y tierra envuelta;
levantó el pelo en alto de horror lleno;
gimiendo amargamente le pregunta:
«¡Querida mía! ¡Tribugena mía!
¿Qué es esto? ¿Quién te ha puesto desta suerte?
¿Quién ha tenido manos ni osadía?
¿Quién si te conoció pudo ofenderte?
Dime, ¿qué es esto? Que el pavor me enfría
la sangre de las venas y la muerte
está comigo ya. ¿Por qué difieres
de contarme tu mal? o, ¿de qué mueres?»
gimiendo y basqueando con su daño
y esta razón, envuelta en tristes ansias,
dejó salir de la sangrienta boca:
«Qué quieres que te diga Capirote,
si me ves con la soga a la garganta,
aguardando que tuerzan el garrote
o me suspenda la primera planta.»
«No te fatigue tanto ni alborote
eso, que tanto con razón te espanta
- respondió el perdiguero -, ten esfuerzo
que tú verás como su intento tuerzo.
No es tiempo – dice - que hablemos tanto,
sino acudir con presta diligencia
a remediar tu vida y tu quebranto,
con deshacer tan áspera sentencia.
Libre te verás luego, deja el llanto,
y advierte que procedas con prudencia
en tu huida, y a tu tío Lautaro
vayas, que te asegure y dé su amparo.»
Esto diciendo, con presteza coge
la dura cuerda entre sus fuertes dientes
y empiézala a roer con tal instancia
que la tronchó, y el lazo aflojó luego
dejando la garganta que apretaba.
Libre de su congoja Tribugena,
dejan la casa y toman el camino
de Sevilla, do espera su seguro.
El perdiguero, habiéndola dejado
en Triana, que ya quedaba en salvo,
subió la cuesta y torció el camino
escondiéndose siempre por las viñas
porque nadie pudiese dar noticia
que lo vio en el camino y fuese indicio
para que se aclarase su secreto,
en que fue tal su arte y tal su astucia
que de nadie entendido entró en su casa,
que parece que le iban ayudando
todas las cosas a su buena obra.
Habiendo los dos mozos satisfecho
con Baco y Ceres su enojosa hambre,
contentos sus estómagos, dejaron
la mesa, y a cumplir la letal suerte
que les mandó su amo en Tribugena
salieron, y llegaron a la reja
donde su amo la dejó amarrada;
hallan el lazo roto, sin la perra,
admíranse y no saben qué hacerse,
quedándose mirando el uno al otro;
pavorosos del caso, dieron voces
llamando a su señor a grande priesa,
que no con menos diligencia vino,
y viendo la ocasión a que lo llaman
de furor lleno, así habló con ellos:
«Decí, desmesurados, ¿no os afrenta
que lo que encomendé a vuestro cuidado
con tal descuido y con tan poca cuenta
lo hayáis con menosprecio mío olvidado?
¿Qué hombre habrá que desto no se sienta?
¿Qué hombre habrá que evite el ser vengado?
¿Qué prudencia hay que temple un justo enojo?
¿Qué razones de un blando desenojo?
Quiero enfrenar la cólora, y dejaros,
que no faltará tiempo ni ocasiones,
pues me dais tantas que podré pagaros
con obras, como ahora con razones;
id por todo el lugar, sin ocuparos
en más que en dar alivio a mis pasiones,
con buscarme, y traerme aquí arrastrando
aquella infernal perra que os demando.»
No dijo más, y vuelve las espaldas,
llevado de su enojo, a su aposento;
a cumplir lo que el amo les mandaba.
Oyendo estaba este despacho Nusco,
vividos más de cuatrocientos años
con aromas y cosas preparadas
ocultas a los hombres, que él sabía
de los celestes astros e influencias.
Este, viendo el escándalo que daba
la fuga de la perra, en medio puesto
de los llorosos gatos, así dice,
en Tusicol los ojos enclavando:
«Toda la admiración que así os altera,
el escándalo ciego que os conturba,
corregid, y los ánimos quietaldos
lanzando el miedo si en alguno reina.
La perra que huyó, que tanto aflige
al señor de la casa, y a vosotros,
está en Sevilla, convocando perros,
con favor de Lautaro, un tío suyo,
que cruda guerra nos promete a todos.»
Levantóse un clamor entre los gatos,
que no se oía razón, diciendo que ellos,
siendo en cuerpos y fuerzas desiguales
con los perros, pues uno solo dellos
a cuatro gatos los haría pedazos;
la guerra a voces; otros toman armas
y se salen al campo; otros sosiegan
el confuso alboroto con decilles
que ellos no saben más de lo que Nusco
dijo: que despachasen una espía
o al mismo Nusco, y con acuerdo en esto,
Tusicol, puesto en pie, a Nusco dice:
«Esta empresa a ti solo es a quien llama,
que nadie sino tú puede emprendella;
acude a tu gloriosa y clara fama
que nos ilustra el vivo esplendor della.
Mira el temor que en todos se derrama
y antes de ver la guerra veo temella;
por eso, amigo, ve, y de ti entendamos
qué es esto, qué hay en esto, o, qué esperamos.»
Puso fin Tusicol a sus razones,
y Nusco, al punto en una nube envuelto
se metió en un revuelto remolino,
de la vista de todos desviándose,
que no los dejó poco pavorosos.
Llenos de frío temor quedaron todos,
del horrible espetáculo tremiendo
de ver a Nusco ir midiendo el aire
y aguardar el suceso de la guerra
que les había declarado a todos,
trayendo a la memoria aquel desastre
antiguo, do murieron tantos gatos
yendo a aquella conquista desdichada.
Dice Panusco, escritor de pauta,
(de novecientos años a esta parte
que hubo un gato real en estas partes,
de grande esfuerzo, y de mayores hechos;
fue toda su privanza un gato armenio,
que supo más que el sabio Zoroastes
en los secretos de la oculta mágica,
todas las maravillas que dél cuentan
de un libro que dejó en su lengua escrito,
y que se la enseñó una gata vieja
en cinco años que le oyó leciones.
Dicen, que estando un día los dos solos,
el rey le preguntó al gato armenio
le dijese si el reino de los simios
podía su potencia conquistallo;
y que le dio el armenio por respuesta
que suyo lo vería en breve tiempo,
y al rey Monululi, vasallo suyo.
Esto le encendió el ánimo sediento
de guerras, y sin más difirir punto,
tocó cajas, enarboló banderas,
pregonando la guerra a sangre y fuego
contra los simios, descuidados desto.
Juntó la más florida soldadesca
que jamás en el mundo se vio junta,
pagada por dos años, desde el día
que la flota a la vela se hiciese,
que al mar debajo lo tenían sujeto;
cargáronlos de jarcia y municiones
con variedad de todas vituallas
y bastimentos para muchos días.
Aderezado todo, el rey dio a Gonco
de general de la aprestada flota
la conduta, que usando al punto della
levar anclas mandó, largar escotas,
tender al viento las cogidas velas
que un fresco cierzo las levantó luego.
y por el ancho reino de Anfitrite
con proas herradas las cerúleas ondas
rompiendo, las cubrían de blanca espuma;
navegaron dos lunas sin ver tierra
y al cabo descubrieron a Gambico,
a Gonguz, Manitaya, Cayolinga,
fértil de cañashejas y algarrobas,
que parecían un alto promontorio.
Viraron a la diestra, y dieron fondo
en Vayaco, do son los simios verdes,
con lana que le arrastra por el suelo.
De aquí, torcieron el timón a Lula,
huyendo de un hedor de escarabajos
de que infestados se morían los simios;
entre tus altos chopos escondida,
pasó la fuerte armada, y tú, Oliminda,
desde tus altas cumbres la mirabas.
Por entre Blinda y Sirna dieron vista
a Nirva, copiosísima de hongos,
tan grandes como está la luna llena,
que en ella menguan, y en menguante crecen.