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| Juan de la Cueva La Muracinda IntraText CT - Texto |
Ellos en esto, la hermosa Aurora,
coronada de rosas, dio principio
en su dorado carro al claro día,
restituyendo al mundo la belleza
que la oscura tiniebla le usurpaba.
Al punto que de luz se llenó el aire,
los canes vieron el contrario campo;
sobresaltados del horror, ladrando,
escavando la tierra, dando aullidos,
a dar noticia fueron a Lautaro
del caso, y el primero fue Corrusco,
un lebrel islandés de grande estima,
que lleno de furor, así le dice:
«Paréceme, Lautaro, que entregamos
al descuidado sueño nuestras cosas,
y cuando al enemigo procuramos
son nuestras diligencias perezosas;
ayer, a dura muerte condenamos
de los gatos las fuerzas temerosas,
mas hoy, con menosprecio nos procuran
y poco de amenazas nuestras curan.
Mira un formado ejército, que viene
buscándonos, y enfrente se te ha puesto;
mira en qué estima y mira en qué nos tiene,
pues nos busca y se pone por opuesto.
No hay que aguardar, ni sé qué nos detiene
en embestillos; vamos, que no es presto
ir luego, pues su vida difirimos
un punto desde el punto que los vimos.»
Bufó Lautaro, y dio un ladrido, horrible
que a todos puso en pavoroso espanto,
aunque indinados y de rabia llenos,
entorno dél, al punto se pusieron
pidiéndole que fuesen asaltados
antes que les viniesen nuevas fuerzas.
Mas Lautaro, en voz alta, así responde:
«Ir, y hacer pedazos esos gatos,
y otros tantos diez veces, ¿qué hacemos?
Deshacelles sus locos aparatos
sólo con que con ira los miremos;
es a nosotros propios ser ingratos
y no darnos la gloria que debemos,
si nos ven, que las armas levantamos
y con tan vil canalla peleamos.
Quiéroos decir, que un hecho tan oscuro
lo remitamos a la noche oscura;
no ofendamos con él el aire puro,
ni del día la eterna hermosura.
Apercebíos, que ante todos juro
que esta noche ha de ser su sepoltura,
la diligencia y el secreto encargo,
y en dar más advertencias no me alargo.»
Llenos de orgullo y ufanez quedaron
dando de gozo saltos y ladridos,
juzgando ya por suya la vitoria;
y entre todos, Corrusco se la aplica
con más seguridad y confianza,
y queriendo mostrar su grande esfuerzo
que fuese vista de uno y otro campo,
a Lautaro llegó con tal demanda:
«No me parece cosa conveniente
al honor nuestro, que el contrario tenga
levantada bandera, y puesta enfrente
de ti y de tu campo, la mantenga.
Y así, si tu grandeza me consiente
que arrastrándola aquí con ella venga,
irétela a traer, y voy, no entienda
que hay quien te la defienda y nos ofenda.»
Luego, en diciendo esto, con fiereza,
precipitado de un furor rabioso,
su camino siguió, dando ladridos
que en el real contrario los oyeron;
y así, se apercibieron y aguardaron
qué podía ser, y puesto enfrente,
junto al guión, con alta voz les dijo:
«Oíd gatos, oíd, si no os ha muerto
el temor de mi vista, que es la muerte
para vosotros; y tened por cierto
que ésta ha de ser vuestra segura suerte.»
Nusco le respondió: «tu desconcierto
nos ha dado ocasión a responderte:
di que vivos estamos y te oímos,
no muertos cual dijiste, aunque te vimos.
Hablá con más prudencia, y menos fieros,
llevarás la respuesta que pidieres,
y entiende, que hemos visto perros fieros
y no tan insolentes cual tú eres.»
«Gatillo, ¿contra mí muestras aceros?»
Corrusco replicó. «Sé quién quisíeres,
perrón», respondió Nusco, «y no hablemos
tanto, pues ocasión y armas tenemos.»
«Oh triste gato, ¿contra mí te muestras
con tanto brío? Pues escucha atento
a lo que vengo, y ocupad las diestras
de armas, en no dándome contento.
Esta bandera y las insignias vuestras
que están en ella abatiré al momento,
porque la tengo de llevar comigo,
que lo manda Lautaro, y yo lo digo.»
Riose Nusco y dijo: «a tu demanda
respondo. Escucha atento la respuesta:
dile a Lautaro, que eso que te manda
que nos digas, oímos con gran fiesta;
que muy errado, y sin acuerdo anda
en pedir la bandera que está puesta
por blasón nuestro; y que tenga cierto
que antes que allá la vea, estará muerto.»
«Yo tengo de llevalla si el profundo
todo junto se pone a defendella»,
le respondió Corrusco, «y esto fundo
en que es mi voluntad, y he de hacella.»
«Tu voluntad, y la de todo el mundo,
con su defensa puedo deshacella,
que cuatro gatos tiene que la guardan
que de diez como tú, no se acobardan.»
De oír esta razón se airó Corrusco,
y sin responder cosa, asió del asta;
al punto Nusco se le asió a los lomos,
y otros tres juntos, levantando el pelo,
cara a cara con él arremetieron.
El asió al uno, y los demás le asieron
de los ojos, y luego largó al gato
por acudir a su defensa, dando
fuertes gemidos, sin poder valerse,
que Nusco le iba abriendo por los lomos
y los demás los ojos le arrancaban;
y ya de todo punto estaba ciego,
ambos ojos sacados de sus cuencas
y todo lo demás hecho pedazos,
vertiendo tanta sangre, que sin fuerzas,
con un pesado golpe vino al suelo,
el cuerpo, de la vida ya desierto.
Viendo Nusco sin vida a su contrario
mandó que doce gatos lo llevasen
arrastrando, y lo echasen en su campo,
que habiendo visto el áspero suceso
llenaban todo el aire con aullidos,
y más cuando tan cerca lo hallaron
tan otro del que fue, creció el ruido
con mayor alboroto y más escándalo.
Lautaro, porque no le enflaqueciesen
a los demás los ánimos, él propio
hizo hacer un hoyo y enterrallo,
por quitárselo a todos de la vista,
y juntando a consejo, mandó a todos
que se aprestasen con secreto apriesa
sin que el contrario oyese un solo aullido.
Con esto, quedó todo en un profundo
silencio, y luego la factal raposa,
viendo ya la ocasión a que venía,
apartándose a solas ella y Nusco,
deste modo razona sobre el caso:
«Nusco, a gran priesa el Hado me espolea
que vaya a dar principio a la vitoria
de nuestros gatos, y que el mundo vea
el triunfo suyo de inmortal memoria;
dispón, cual ya te he dicho, a la pelea
a todos, y asegúrales la gloria
de la batalla, y con esto, amigo,
vete, que yo la suerte factal sigo.»
Diéronse entrambos un estrecho abrazo;
Nusco se fue al ejército, y la zorra
entró por él, ufana de contento
de ver tan agradable y fértil sitio,
donde tan grande número de reses
cual vía que por él se apacentaba,
que, admirada, iba a trechos deteniéndose,
sin saber a cuál fuese a dalle cuenta
del negocio importante a que venía.
Yendo así, llegó junto a donde estaba
un novillo paciendo, al cual pregunta:
«Dime, así tengas favorable al cielo,
gallarda y bella res: ¿a quién respeta
todo el ganado deste fértil suelo?
o, ¿quién por fuerza o fuero lo sujeta?
Yo vengo a él en un penoso duelo
que con amarga sujeción me aprieta,
a suplicalle que su brazo fuerte
a un tirano deshaga y le dé muerte.
Ponme con él y séme buen tercero,
oprima tu cervix, ni tu vaquero
a ensangrentar tu piel sea poderoso;
así jamás te llague el duro acero
encerrado en el coso riguroso,
y en pasto abundes siempre y agua clara,
y seas señor de la deidad avara.»
Admiróse el novillo, y puso en ella
(dejando el pasto) la ligera vista,
y condolido de su tierno llanto,
a su razón esta razón responde:
«La novedad del caso me suspende
y la estrañeza de animal tan nuevo
a mis ojos, y cierto que me ofende
no poder acudir a lo que debo;
ir a quien me demandas, que pretende
tu estrecho menester, yo te lo apruebo
por parecer discreto, en quien sin falta
hallarás el remedio que te falta.
Al invencible Carrizal procuras,
que es el más fuerte toro deste prado,
y en la braveza tal, que no hay seguras
fuerzas, ni fue con ellas sojusgado;
a éste contarás tus desventuras
tu afán, si en contra el mundo se opusiere,
porque con él no hay más de lo que él quiere.»
Así dijo el novillo a la raposa,
poniéndose en camino entrambos juntos,
por el yerboso prado, procurando
al fuerte Carrizal, que a pocos pasos
llegaron donde estaba, y el novillo
a la raposa dice desta suerte:
«En la presencia estás del poderoso
y no vencido Carrizal, que es éste;
despide el sobresalto pavoroso,
que no te ayuda, ni hay de qué te preste
Llega, y dile tu estado congojoso,
y entiende dél, que sin que afán te cueste
negociarás con él, luego que entienda
que buscas su favor que te defienda.»
de la fuerte grandeza y del hermoso
color bayo y de la piel lustrosa,
de la gruesa cerviz y torva frente
cubierta en torno de crecido pelo
(que a modo de corona la ceñía),
que en cualquier movimiento le ondeaba
del recogido rostro y cortos cuernos,
en igual proporción las corvas vueltas,
no desigual en la hermosa vista
que el otro toro robador de Europa.
Estando así suspensa, cobró esfuerzo,
porque el novillo se lo puso enfrente,
y poniendo en el suelo ambas rodillas,
con esta humilde voz hirió su oído:
«Si da tu permisión a mi bajeza,
gran Carrizal, de ilustre y clara fama,
licencia, que refiera la braveza
del afecto inhumano que me llama;
éste me corta, y tiene en tal flaqueza,
que con ser tal el ansia que me inflama,
me pavorece imaginar que tengo
de mirarte y pedirte a lo que vengo.»
El fiero Carrizal alzó a este punto
la barba, de tusar la fresca yerba,
y viéndola postrada en su presencia
mandóla levantar, y que dijese
la causa de venillo procurando;
sin que le anude el frío temor la lengua,
ella, con nuevo espíritu, propone:
«Fácil cosa me fuera darte cuenta
(habida tu licencia), del estraño
caso, que tantos daños representa
nacidos todos de un altivo daño;
éste desplace al cielo, y descontenta
a la tierra, y le ofende el falso engaño
de un arrogante can, que ardiendo en ira,
tiene formado un campo en Guadaira.
Su horrible intento es a dar la muerte
al hidalgo linaje de los gatos,
confiado que no hay potencia fuerte
que no rindan sus grandes aparatos.
Los gatos, recelosos desta suerte,
teniendo en todo los agüeros gratos,
juntaron su poder, y a procurallos
vinieron, a morir o refrenallos.
Esto ha de ser mediante el favor tuyo,
oh fuerte capitán, dando tu amparo
a los gatos, que ven el poder suyo
a la dispusión del gran Lautaro;
de la memoria de quién es rehúyo,
porque en braveza y en esfuerzo es raro,
de tal suerte, que dice altivamente
que su ladrido rinde al más valiente.
Este loco blasón, y otros tan fieros
dice, y con los afetos satisface,
pues no hay en todo lo que ves vaqueros
que al río lleguen, que esto y más no hace.
Ayer hizo pedazos mil carneros,
lo propio hace en tus reses si le place,
que hoy mató tres novillos que llegaron
al agua, y dos huyendo se ahogaron.
Suplícante por mí, que tu grandeza
muestres en deshacer este tirano,
porque, en faltando al día la belleza
que le da Apolo, y baje al mar oceano,
sobre nosotros con armada mano
ha de venir a dar, y deste intento
vendrá nuestro total asolamiento.»
Puso las manos, y arrasó los ojos
de ardiente agua, dando mil suspiros,
mirando al fuerte Carrizal al rostro,
a sus pies se tendió de largo a largo,
que lleno de furor dio un gran bramido
cavando el suelo con entrambos brazos,
echándose la tierra por los lomos;
no quedó res, oyendo que bramaba,
que al bramido espantoso no acudiese,
y, en torno dél, aguardan qué les manda;
y volviendo a bramar, mirando a todos,
mandó a la zorra levantarse, y dice:
«Aparejaos, amigos, y asolemos
un fuerte can que nos ofende y daña,
y en menosprecio nuestro lo tenemos
con un formado ejército en campaña.
Seguídrne, apriesa, apriesa, no aguardemos,
que probar quiero su braveza estraña,
más que la muerte y por su igual tenida.»
Diciendo esto, le mandó a la zorra
que se fuese, y dijese en nombre suyo
a los suyos, que el miedo desechasen,
que él iba de socorro a socorrellos
con toda aquella fuerte compañía.
Mandóle a Tarascón, el bravo toro,
a quien dio Guadiana el primer pasto,
y a Rayo, el ferocísimo novillo
(bisnieto delfamoso Caldereta,
que en la plaza del Duque de Medina
en Sevilla, dio muerte a tantos hombres,
sin podello encerrar para corrello),
fuesen con ella, y libre de peligro
la pusiesen en salvo con los suyos.
La zorra, con humilde reverencia,
se despidió de Carrizal, y en medio
la cogieron los dos que la guardaban;
dando alegre principio a su camino
iban el fértil prado atravesando,
por donde andaba un oledor zorrero
tras de su agudo aliento rastreando;
diole el de la raposa, y al momento
vino a dar donde estaba, y junto a ella
con arrogancia dijo estas razones:
«Esta vez, madre zorra, iréis comigo
sin que os libren de mí vuestros engaños,
aparejaos, seguid la vía que sigo
si no queréis probar mayores daños.»
La zorra se rió, y le dijo: «amigo,
¿ha que nos conocemos muchos años?
Ese comedimiento le agradesca
Lautaro, o a quien más que a mí apetesca.»
Enmudeció de cólora el zorrero
y furioso arremetió a la zorra,
mas el fuerte novillo, enfurecido
bajó la barba y levantó la frente
y cogiéndolo en medio de los cuernos
una gran pica y más lo arrojó en alto;
quiso dalle otro bote, y desvióse
por que en el duro suelo se estrellase,
donde quedó tendido como muerto,
echando roja sangre por la boca.
Rió la zorra, y con sus fuertes guardas
a proseguir volvieron su camino,
con tal cuidado, que a la presta vuelta
con presurosa priesa los instaba
y la honrosa ocasión les daba voces.
Llegaron al real de los amigos,
que no poco cuidosos aguardaban
la vuelta de su amiga la raposa,
y viéndola venir entre los toros
llenos de admiración se suspendieron
mirándose y mirándolos turbados.
La zorra, conociendo el pavoroso
espanto en que vía a todos, puesta en medio,
larga cuenta les dio de su suceso,
refiriendo por orden las razones
de Carrizal, y la promesa suya
de venir en socorro, y destruille
su mortal enemigo. Aquí alentaron
los descaecidos ánimos, alzando
con alegre placer confusas voces;
mas el discreto Nusco, en medio puesto,
sosegar hizo el alboroto, y dijo:
enviados de aquel caudillo fuerte
a corregir los fieros enemigos
que nos conturban y desean la muerte.
¿A quién puedo hacer, si a vos testigos
del bien que por vos canto en nuestra suerte,
levantando la voz en vuestra gloria
que haré eterna en la inmortal historia?»
Oyendo esto, levantaron todos
tan gran clamor, que el aire suspendían
diciendo: «viva Carrizal, y sea
entre los signos celestiales puesto.»
Con alegres semblantes, los dos toros
en oyendo estas últimas razones,
agradecidos dellas, demandaron
licencia, y despidiéndose de todos,
a buscar su caudillo dieron vuelta,
quedando todos disponiendo cosas
a la ocasión que aguardan convenientes.
Ya del golpe mortal volvió en su acuerdo
el zorrero, y cayendo y levantando,
y a veces arrastrando por el suelo,
poco a poco a su campo se acercaba,
cuando marchando vio venir en orden
a Carrizal, con toda su potencia,
encaminando al campo de Lautaro;
aquí con nueva turbación se yela,
y como mejor pudo, aunque sin fuerzas,
por el amigo campo a grandes voces
entró diciendo: «alarma, alarma, amigos,
que nos viene buscando un gran contrario.»
Llenos de alteración, acuden todos
a un ladrido que dio Lautaro, en viendo
que en orden circular venían cercándolo.
Vino el valiente Tártaro el primero,
dando ardientes gemidos de coraje,
Charrazgo el islandés siguió sus pasos,
y tú, oh Canastel, no detuviste
el presuroso curso a tu venida;
Turco y Trabuco no tardaron punto,
imitando a Galfarro y a Celucho,
que a toda priesa fueron tras Moloso.