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| Juan de la Cueva La Muracinda IntraText CT - Texto |
Nabuco y Tiburón, como dos sacres
en ligereza, llegan a Lautaro,
que como iban llegando, los ponía
en la vanguardia, y ya teniendo juntos
de los perros de presa los famosos,
y aquella parte dellos reforzada,
con el resto, cerró la retaguardia,
cogiendo en medio lo de menos fuerza,
y así dispuesto a Carrizal aguarda,
que con medidos pasos se le acerca
hecho todo su campo media luna;
ya que podían hablarse, el atrevido
Baruquel rompió el orden, y saliendo
de su hilera a donde el fuerte toro
Tarifa estaba, llega y dice fiero:
«¿Qué nos queréis? ¿Qué nos venís buscando?
¿Qué designos traéis contra nosotros?
¿Qué guerra nos venís representando
sin otra causa que querer vosotros?
Volvéos, no queráis volver llorando,
y esto no lo hiciéramos con otros;
y si no lo hacéis como os lo digo
no tenéis que aguardar sino el castigo.»
Tarifa, ardiendo en vergonzosa ira
de la loca arrogancia, dio un bramido,
y tras él, arremete con tal furia
que cogiendo al can loco entre los cuernos,
entre sus canes lo arrojó sin vida,
dando con él a Tártaro tal golpe
que sin sentido lo tendió en el suelo;
levantóse turbado, y como pudo
arremetió a Chamorro, un toro hosco
de los campos de Andévalo traído
por el oculto Hado a dar la muerte
a Tártaro, que asiéndole la parte
que le cubre la boca, el feroz toro
se mejoró, cogiéndolo en un cuerno
por la mitad del vientre, abriendo puerta
a las rojas entrañas y a la muerte,
que entró al mesmo punto que salieron.
Aquí Lautaro arremetió al novillo,
que lo halló tan cerca que no pudo
dejar de asirse dél, y forcejando,
él por tenello, el toro por soltarse,
ambos cayeron en el suelo juntos
sin largar de la presa el fuerte perro.
Vuélvense a levantar, y dando vueltas
a un cabo y otro el bético novillo
lo despidió de sí, dándole un golpe
que le rompió un ijar, aunque al soslayo.
y hallólo tan cerca, que le pudo
alcanzar con un brazo un solo golpe
y lo tendió sin más poder moverse.
y Tarascón, asido como estaba,
lo arrancó de la presa, atravesado
por los pechos, rendido ya a la Muerte.
Los gatos, viendo ya la lid revuelta
acuden, y en los lomos de los toros
se subían, y allí con pies y manos
se agarraban hincándoles las uñas,
que con aquel estímulo incitados
en rabioso furor, hacían gran daño,
sin poder la contraria resistencia
enfrenar su furor desenfrenado.
Aquí rendiste, oh Canastel, la vida,
entre los fuertes cuernos de Bayoso,
y tú, Almanzor, en los del gran Jarama;
no te valió, brioso Mandricardo,
tu ardiente orgullo ni tu fuerte presa,
que en poder de Durango acabó todo;
ni a ti, Zambo, valió ser diestro en armas,
que Tarifa deshizo tu destreza
de un solo golpe que te dio en los pechos,
por donde abrió que entrase en ti la Muerte.
Viendo Lautaro el gran destrozo y daño
(que sin contraste) padecían los suyos,
aulló y gimió tras esta voz llorosa:
«A ti, gran can, que el reino tenebroso
donde preside el justo Radamanto
y suspendes las almas en su llanto;
a ti suplico en paso tan forzoso,
a ti en tan triste y mísero quebranto
invocan mis gemidos si valieren
contigo, y sus afetos te movieren.
Ay triste, que deliro en ver mis males,
pues voy tan ciegamente procurando
remedio a mi valor entre infernales,
y al Cancerbero piedad demando.
Lautaro: ¿qué es de ti?, ¿cuatro animales
te van de esfuerzo y de valor privando?
Vuelve sobre ellos, vuelve, y cuando mueras
no mueres, pues perpetuo nombre esperas.»
No dijo más, y lleno de fiereza,
dando aullidos y saltos de coraje
con que a los suyos a lo propio incita,
que no menos briosos aguardaban
que la ardiente batalla se rompiese,
puestos en sus lugares sin moverse,
Lautaro, andaba requiriendo a todos
y llegó a la vanguardia y reforzóla.
Andando requiriendo las hileras,
poniendo a unos y quitando a otros,
el novillo lo vio, y rompiendo el orden,
dando bramidos lo venía llamando
a la lid que dejaron comenzada.
ni se detuvo punto en embestille
por la siniestra parte, y el novillo
con gran presteza revolvió la frente
dándole un golpe, y otro, que no pudo
hacer Lautaro presa, mas dio vuelta
al mismo instante por la diestra banda
y quedóse colgado de la oreja;
el fuerte Rayo revolvió furioso
sobre aquel lado, y por mitad del vientre,
por entre los redaños y asadura
rasgándoselo todo sin defensa,
hasta la frente le escondió el un cuerno;
volvióselo a sacar, y tras él junto
salió el vital espíritu bramando,
lleno de horror, envuelto con el aire,
desamparando el natural albergue;
entregado quedó a la fría muerte
tendido entre los pies de su contrario
que teniéndolo allí, dijo en voz alta:
«Pagado has tu arrogante desatino,
tu loco orgullo y tu atrevido intento;
ya tienes el castigo justo y dino
a tu vano y altivo pensamiento;
puédeste gloriar, que fuiste dino
que te privase yo el vital aliento,
que es el mayor honor que pudo darte
tu suerte, cuando más quisiera honrarte.»
Dijo el valiente Rayo, y dio la vuelta.
Los canes, viendo a su Lautaro muerto
un espantable aullido levantaron,
y a sus contrarios arremeten fieros,
dispuestos a vengallo o morir todos.
Carrizal envió a que se juntasen
las dos puntas, y en medio los cogiesen
para romper de hecho la batalla.
Ya la ligera Fama había esparcido
la nueva de la muerte de Lautaro,
y llegado con ella a donde estaba
recogida con guarda Tribugena,
que en oyéndola, dando mil aullidos
muerto, y junto con él, rendir la vida.
Como la vieron ir los que en su guarda
mandados por Lautaro habían estado,
certificados de su cierta muerte,
recelando la suya por su falta,
Turco, un fiero mastín, así les dice:
«Faltando el fuerte defensor Lautaro,
que era nuestro gobierno y nuestro muro,
nuestras fuerzas acaban sin reparo,
y de nosotros perro no hay seguro.
Paréceme en un riesgo que es tan claro
(que a todos nos condena a un fin oscuro)
no aguardemos, pues no hay a qué aguardemos
muerto Lautaro, y muertos los que vemos.
Nosotros no venimos procurando
guerra con tan valientes animales
que nos van destruyendo y apocando,
sin hallar fuerzas que les sean iguales.
La casta Muracinda y su vil bando
nos trujo a ejecutar sangrientos males
en cuantos fuesen della, y pues la suerte
se nos trocó, huigamos de la muerte.»
De todos fue aprobado el buen consejo
que les dio Turco, y con veloz carrera,
un ardiente cohete, así huyeron
por el abierto llano de Tablada.
Tribugena, entre muertos y contrarios
buscando andaba a su querido tío,
hecha otra Guacolda en procurallo
sin dar reposo a la mortal fatiga
ni a su cuidado hervoroso, espacio,
que la traían sin tomar aliento;
mil vueltas dando en torno por el campo,
la diligencia le cumplió el deseo
y la puso con él, donde en llegando
se arrojó sobre el cuerpo dando aullidos
envueltos en gemidos mal formados
y con el muerto se quedó abrazada,
traspuesta del ardiente sentimiento.
Ya a este punto los airados canes
revueltos con los toros animosos,
trabados todos en cruel batalla,
andaban en sosiego unos y otros.
Murcilo vido estar a Tribugena
gimiendo encima de su muerto tío;
llamó a Granifo, a Tinelario, y Nicus,
a Turil, Perindongo, y Marramao,
que decendiesen de las reses todos
y la prendiesen, y al real llevasen
que podían llevar de sus contrarios.
Al punto que fue dellos acordado,
al mesmo lo pusieron en efeto,
y todos juntos se agarraron della,
y sin dalle lugar, ni oír voz suya,
sobre sus hombros sin tocar al suelo
la llevaron a Nusco y la raposa,
que luego la amarraron fuertemente,
y a la cola la ataron de un becerro,
que Perindongo le saltó en los lomos,
que lastimado de las fuertes uñas
disparó berreando, dando saltos,
a la cola llevando a Tribugena
que a pocos pasos hecha fue pedazos,
que sembrándolos iba por el campo
entre los canes y los fuertes toros
que en su batalla andaban encendidos.
Ya se habían juntado las dos puntas
como les fue de Carrizal mandado,
encerrando en un círculo los canes,
que en viéndose en aquel estrecho apremio
aullaron todos, conociendo claro
su perdición, si no rompían por ellos,
abriendo el paso estrecho que los cierra,
vuelven la retaguardia y arremeten.
Grifo el primero fue que embistió a Búcar
y le asió de la cuenca del un ojo,
dejándole lugar para alcanzalle
un golpe que le abrió todos los pechos,
y entre sus pies pisándolo, dio el alma.
El confuso escuadrón viene gritando
apriesa, unos a otros impeliendo
embisten con los toros, y ellos, fieros,
dan en ellos haciendo gran matanza.
Aquí, oh Burón, te despojó de vida
el fiero Algaba, y tú, Vaivén, dejaste
entre los cuernos de Zaudín la tuya;
aquí acabó, Lobuno, tu braveza,
y la tuya, Africano, y tú, Maluco
sin poder defenderte de Montano
hecho pedazos de sus cuernos fuiste.
Por todas partes el clamor resuena
mayor que tempestad de terremoto;
unos gimiendo, que las vidas dejan,
otros bramando, que las vidas quitan.
Oyendo Carrizal los espantosos
bramidos de los suyos, y los flacos
aullidos de los canes, dio un bramido
diciendo: «amigos, la sazón es esta
de romper estos flacos enemigos.
¡A ellos!». Y rompió por la vanguardia
desbaratando el orden que tenía.
Acudieron sobre él a resistillo
gran número de canes animosos,
que con rabioso ardor lo amenazaban;
no pudiendo sufrillos ni aguardallos
en medio dellos se abalanza fiero,
y del golpe primero en ambos cuernos
se levantó a Melampo y a Turindo,
al uno atravesado por los pechos
y al otro por mitad de los ijares;
fue dando en ellos y arrojando canes
que volando los vían por el aire
tan altos, que llegaban casi a verse
con el celeste Can que está en la Esfera,
y algunos del calor volvían quemados.
Esparcía a los unos y a los otros,
de la suerte que en Misia revolviendo
la seca parva, el labrador levanta
la paja, que del grano aparta el viento;
no de otra suerte, el invencible toro
iba esparciendo por el aire canes,
que temerosos ya no le aguardaban
y aullando se le iban retrayendo,
derribadas las colas de desmayo
entre las piernas, evidencia clara
del temor que rendidos los tenía.
Tarifa, por un lado dio tras ellos,
por él, dando a los suyos libre paso.
Furor, desbarató una gruesa escuadra
que para resistillo la formaron.
Carrizal, derribando y dando muertes,
por cima de los muertos y heridos
sin defensa llegó a la retaguardia
seguido de los suyos, y en llegando,
a los pocos contrarios que quedaban
por el valiente Carrizal a voces,
que las estremidades las volvían,
de Carrizal el nombre repitiendo.
Sus amigos, ante él arrodillados
celebrando el alegre vencimiento,
al fuerte capitán y a todo el campo
daban las gracias con clamores altos.
Nusco llegó con la factal raposa,
y habiéndose humillado en su presencia
se levantaron, y en la llana frente
una bella guirnalda le aplicaron
que por entrambos cuernos la ciñeron.
Deste honor, Carrizal, agradecido
lo sinifica con semblante alegre
y se lo alaba con razones graves.
Pusieron fin a tantos cumplimientos,
demandando licencia para irse;
los unos de los otros se despiden.
Carrizal, con los suyos, se fue al prado.
Los vitoriosos gatos, donde estaban
sus muertos enemigos, a quitalles
los bélicos despojos que tuviesen;
hallaron adornados de collares
algunos, y quitándolos a todos,
manifestaban su vitoria en ellos.
Cortáronle a Lautaro la cabeza,
pusiéronla en un asta por trofeo
y un collar de veneras que traía.
Con esto dieron tras de Nusco vuelta
para pasar el Betis, que ya estaba
congelado, de modo que pudieron
a las faldas llegar de Asnalfarache,
de donde comenzaron su camino
la Vega atravesando y a Triana.
Llegaron a la cumbre de Tornares,
donde el sepulcro hecho a Muracinda
levantaron, cercándolo de astas,
en sus puntas poniendo los collares.