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Juan de la Cueva
La Muracinda

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II

   Todas estas provincias conquistaron

con gran valor los animosos gatos.

Llegaron a Cocumba, donde el llado

les guardaba su fin; aquí se dijo

que era Cocumba el Leteo de gatos.

375

Tiene Cocumba, que la cerca en torno,

un fértil prado de agradable vista

todo de espesos árboles compuesto,

y una peña de cuatro rodeada

que defienden al sol que no caliente

380

una fuente de vino que corría

por el prado, los árboles regando.

   Los gatos, conociendo el fértil puesto

hicieron alto, basteciendo mesas

de viandas y vasos del copioso

385

vino, a que todos luego se aplicaron

con libre destemplanza, de tal modo

que iban cayendo todos, uno a uno,

sin que quedase gato en todo el campo

a quien el vino no rindió y el sueño.

390

   Los simios, todos puestos en celada,

viendo que no podían resistillos,

salieron de repente dando en ellos,

y fue con tal hervor y tal fiereza

que a pocas vueltas, no dejaron gato

395

que no fuese despojos de la Muerte.

   Desto hacían memoria algunos gatos,

y lloraban con tierno sentimiento

de la presente guerra, que escuchando

estaba Nusco entre los perros puesto,

400

en su nube revuelto sin ser visto;

vía la multitud que se juntaba

en el cerro que ciñe el matadero

que llaman vulgarmente el Terremoto.

   En esta altura puesto el gran Lautaro

405

aulló tres veces, y ladró otras tantas;

gimió, escarbó la tierra, miró al cielo

(que el cuidado es estímulo pungiente

y da poco sosiego donde asiste,

cual en Lautaro la ocasión sangrienta),

410

y dejando salir la voz horrible,

así habló con denodado aspecto:

   «No es tiempo ya que punto difiramos

la ejecución de la venganza nuestra,

oh leales amigos, si estimamos

415

el claro honor, que en vos su esplendor muestra.

Este rostro de sangre que miramos

de mi sobrina, a todos nos adiestra

a quitar tantas vidas cuantas gotas

han dejado salir sus venas rotas.

420

   Un agravio de honor no se perdona

ni satisface sin letal castigo,

éste pide mi ofensa, éste baldona

mi nombre, en que esté vivo mi enemigo;

la guerra a voces mi furor pregona,

425

la guerra acabe el justo fin que sigo;

ea, amigos, al arma, al arma mueran,

que ésta ha de ser la redención que esperan.

   Vamos, y nuestro campo alojaremos

en Guadaira, y cuando esté dispuesto,

430

y todo junto, el orden tomaremos

que más convenga que se haga en esto;

síganme todos, vamos, ocupemos

aquel ameno y deleitoso puesto,

de donde ha de salir la fiera muerte

435

a los que nos provocan desta suerte.»

   Levantó en alto la enroscada cola;

todos al mismo punto lo imitaron

con un clamor horrible, de la suerte

que los fieros Gigantes cuando andaban

440

en su mayor ardor contra el gran Jove,

de su asiento los montes arrancando,

y con ellos hiriendo el alto cielo.

   Dejándose bajar del cerro al llano

pasan el fértil llano del glorioso

445

San Sebastián; dejándolo a la diestra

entran en la dehesa de Tablada,

tan abundante en pasto, que sustenta

cien mil reses, y más, en todo tiempo.

En su demanda, los valientes canes

450

llegan a Guadaira y por sus llanos

y espaciosa ribera se alojaron.

   En su revuelta nube estaba Nusco,

mirando todo lo que había pasado,

maravillado del furor y rabia

455

en que todos estaban encendidos,

tan conformes al gusto de Lautaro.

Levantó su vapor, dándole aliento

un blando soplo que lo puso en medio

de los amigos, y dejando verse,

460

con tal razón propone su embajada:

   «Obedeciendo el justo acuerdo vuestro,

oh valientes guerreros, vengo a daros

cunta de lo que vi al contrario nuestro

que al can trifauce jura de acabaros;

465

a sola su arrogancia y brazo diestro

remite el destruiros y asolaros

Lautaro, sin pensar que hay otra suerte

más poderosa que su brazo fuerte.

   Allí tiene consigo a Tribugena,

470

mostrándoles a todos las heridas

que le dio el cura, a quien también condena

con los demás que han de perder las vidas.

Resuelto en esto, en la ribera amena

de Guadaira, tiene recogidas

475

sus fuerzas, con mil fuertes compañeros

con que os piensa asaltar y deshaceros.»

   Levantóse un clamor tan espantable

a la postrer razón que a Nusco oyeron

que en grande espacio no se oyó otra cosa

480

que llorosos maullidos y confusos

llantos, que el aire suspendía con ellos,

cual en la gran Cartago el postrer día

que dio el severo cónsul por respuesta

que la ciudad le diesen, para dalla

485

al fuego, que encendiéndose en clamores,

desesperados de ningún remedio,

a las armas los llantos remitieron

Así los gatos, viéndose perdidos

y amenazados, cual les dijo Nusco,

490

dejaron el lloroso sentimiento

y al rabioso furor se entregaron todos

tomando armas, demandando a voces

que abuscar fuesen luego a su enemigo.

Tusicol, viendo el súbito alboroto

495

puesto en medio, esta plática les hace:

   «Amigos míos, ese ardor y saña

no importa ahora, sino ver primero

quién nos da su favor, o quién nos daña,

qué nos promete o niega el justo agüero.

500

Estar nuestro enemigo en la campaña,

amenazarnos el desnudo acero

de poco sirve, si la suerte nuestra

nos asegura con fortuna diestra.

   Désta nos has de dar, Nusco ecelente,

505

verdadera noticia, consultando

con aquella deidad que te consiente

que rostro a rostro, tú le estés hablando.

Esto ha de ser con priesa diligente,

pues ves el riesgo que nos va apretando,

510

y por tu voz nos sea revelada

la salud, de ti solo confiada.»

   Nusco, sin replicar, se puso en medio

del conmovido pueblo, y miró a Oriente

con sesga vista y con semblante fijo;

515

esto hizo tres veces, y a la última

en el suelo tendió el anciano cuerpo;

volviese a levantar, arañó el suelo

y en los mesmos araños rechinase;

gimió, y dando un maullido se levanta,

520

y comenzó la tierra a estremecerse,

con no poco terror de los presentes;

desquebrajóse aquella sola parte

donde Nusco hincó las corvas uñas,

abrió una boca, y della salió un gato

525

de grande cuerpo y espantable aspecto,

la piel negra, los ojos relucientes,

que dos ascuas de fuego parecían;

púsose en pie, maullando con voz ronca,

deste modo habló generalmente:

530

   «Venceréis, morirán vuestros contrarios

si el consejo seguís de una raposa,

no deis en esto pareceres varios

que no falta la suerte gloriosa.»

   Tres veces los miró con eficacia

535

y otras tantas volvió a mirar la tierra;

dio un gran maullido, enclavijó las manos,

y por donde salió dejó calarse

juntándose la tierra dividida.

   Quedaron todos del estraño caso

540

llenos de admiración y pavorosos,

suspensos, con turbado encogimiento,

mirándose los unos a los otros

sin color ni semblantes de estar vivos.

   Este silencio les rompió Murina,

545

gata noble, querida de Lugato,

que del frío temor le dio un desmayo

que la derribó en tierra amortecida.

   Movió del mismo espanto Murilega

tres hijos, parecidos a su padre

550

Brusco, de ruedas negras en piel parda,

   A ti, oh grave Lisco, te alcanzara

mayor parte, si Nusco no acudiera

a tu querida hija Galatina

viéndola desmayar, con una poma

555

de aromas de Pancaya, que la tuvo

en su entero valor y todo esfuerzo,

corrigiendo la fuerza del desmayo

con que se fue, huyendo aquel peligro,

que visto por Birlonco en el que estaban,

560

y el desmayo que a todos descaecía,

vibrando un asta de acerada punta,

puesto en medio de todos, dice a todos:

   «¿Qué es esto? ¿En todos hay tanta flaqueza

que os amedriente un gato de esa suerte?

565

Oh amigos, ¿dónde está la fortaleza

con que menospreciábades la muerte?

¿No oístes el seguro y la certeza

que os dio?: que venceréis el bando fuerte

del enemigo, si al acuerdo diestro

570

de una raposa remitís el vuestro.

   Esto en voz clara lo espresó, y le oístes

que dejéis de seguir acuerdos varios,

que no temáis la suerte que temistes,

que condena a morir vuestros contrarios.

575

Dejad pues el temor y el estar tristes,

seguídme, y mueran nuestros adversarios,

pues claramente nos revela el cielo

nuestra vitoria y su lloroso duelo.

   Mi fuerte brazo os asegura el hecho,

580

no dudéis, ni os encoja el torpe miedo,

tomad las armas, defendé el derecho

de las vidas y honor que yo os concedo.

Ea, leones, dad el satisfecho

de vos, y de mí entiendan lo que puedo,

585

que este brazo es cuchillo de la muerte

que asolará del mundo lo más fuerte.»

   Cansado Tusicol de oír las vanas

y soberbias razones de Birlonco,

empuñado a su troncho en pie se puso

590

demudado el color, con feroz cuño

acercándose a él, así le dice:

   «¿No entiendes que hay aquí tan buenas manos

como las tuyas? Y a decir mejores

no me alargara con desgarros vanos,

595

como los tuyos son de habladores.»

«Ponte a ti esos títulos livianos

que usurpas de los dioses los honores»,

- Birlonco respondió -, y terció su lanza.

Tusicol fue sobre él con gran pujanza.

600

   Cual llenos de furor dos fuertes toros

criados en las yermas soledades

del carrizal, furiosos se arremeten

el uno contra el otro procurando

quitalle a su enemigo la vitoria,

605

así Birlonco y Tusicol valiente,

el uno contra el otro se embistieron

con golpes y lanzadas rigurosas;

ajustáronse el uno contra el otro

en proporción, midiendo la distancia,

610

y Birlonco le dio un bote en los pechos

a Tusicol, que le pasó al soslayo

porque se perfiló en el movimiento;

al mismo tiempo, Tusicol descarga

un golpe sobre el hombro de Birlonco

615

que le arrancó la lanza de la mano

y sin sentido lo tendió en el suelo

regándolo de roja sangre y huesos.

   Indináronse todos de tal suerte

que contra Tusicol vuelven las armas,

620

y él contra todos con su grueso troncho

los desviaba, y unos sobre otros

iban cayendo sin poder valerse.

   Lanisco quiso con veloz presteza

gozar del regulado movimiento

625

y ganalle la maza en levantando;

mas Tusicol, desgraduando un paso,

le dio entre las dos cejas, que los ojos

de su lugar al punto se cayeron

y el cuerpo se tendió en el duro suelo;

630

tres veces dijo ¡lam!, cuando espiraba;

«vaya contigo ¡lam!, que no te entiendo

o quede con tus deudos a vengarte»,

dijo el valiente Tusicol burlando.

   El atrevido Escaramujo, viendo

635

la muerte de Lanisco, su pariente,

tomó del suelo una rolliza piedra

y puesto cara a cara, se la tira;

Tusicol la recoge, de la suerte

que el diestro jugador de la pelota,

640

y atrás volviendo el vigoroso brazo

se la volvió a tirar con más pujanza

y en mitad de la boca se la encaja,

que al punto las quijadas, hechas piezas,

dientes, muelas, y ojos, y él, cayeron.

645

   Aquí llegó el Furor, libres las manos

del acerado nudo, que en el templo,

en tiempo de la paz le tuvo atado,

y en el revuelto campo se abalanza

con su mortal deseo de que acabe;

650

mas Nusco, de los astros inspirado,

que la fatal raposa se acercaba,

quiso dar fin al áspero combate

que Tusicol lo dio, con dar la vida

cayendo entre los pies de sus contrarios

655

a la Muerte entregada su braveza,

hecho pedazos todo de heridas.

   Los gatos, viendo muerto a su enemigo

Tusicol, arrastrándolo lo llevan

y con dientes, con uñas, y con armas

660

menudas piezas lo hicieron todo,

por el campo esparciendo los pedazos.

   Habiendo dado a su furor sosiego

con la debida muerte a su enemigo,

todos los gatos, en alegres danzas

665

se juntaron, el orden aguardando

de la sangrienta guerra que esperaban.

   Estando desta suerte, un estupendo

trueno se oyó de donde viene el día

y respondió en el último occidente,

670

que era de donde por el aire vino

la raposa; y en medio dellos puesta

con rostro alegre, esta razón pronuncia:

   «Llegado ha el tiempo, en que veréis cumplido

cuanto se os prometió, sin faltar cosa,

675

vuestro enemigo muerto y destruido,

y por vos, la vitoria rigurosa;

conviene al punto ser aquí traído

el cuero muracindo, y en la airosa

punta désta mi lanza lo clavemos,

680

y por insignia y por guión llevemos.

   El cuerpo sin la piel, meté en la tierra,

que le sirva de honrada sepoltura,

y cuando deis la vuelta de la guerra

dad a la humilde huesa más altura;

685

y porque el claro sol su luz encierra,

dando lugar a la tiniebla oscura

que cobije las plantas y animales,

en silencio dejando los mortales.

   En este punto, habemos de ir siguiendo,

690

de la tiniebla oscura rodeados,

a Nusco, que una luz llevará ardiendo

que os será norte para ser guiados.

Las armas todos id apercibiendo,

que ya de la ocasión os veis llamados,

695

y cuando en ella estéis, invocá el nombre

de Cogolula, que al contrario asombre.»

   Así habló la prodigiosa zorra,

y todos muy alegres acudieron

a prevenir las cosas importantes.

700

Quitáronle la piel a Muracinda,

pusiéronla en la punta de la lanza,

dieron el desollado cuerpo al hoyo

que de la propia tierra fue cubierto

levantando las márgenes en alto;

705

juntaron cuanto convenía al viaje

con hervorosa y diligente priesa,

porque ya el carro del luciente Día

a bañarse en Tartesio declinaba,

y luego que la luz faltase al mundo,

710

habían de ponerse en el camino

que Nusco estaba lineando a priesa

con una vara, en que tenía revuelta

una horrible culebra verdinegra

de ardientes ojos y vibrantes lenguas.

715

   Ya a este punto, con oscura sombra

la fría Noche acompañando el Sueño,

cercada de humidades cubría el mundo,

a las cosas poniendo nuevas formas;

largó Nusco la vara, y la culebra,

720

dando silbos, el cuello levantado,

vibrando sus tres lenguas, fue arrastrándose

por el camino en que se puso Nusco

que había de ser por donde fuesen todos,

que viéndolos dispuestos al efeto,

725

prevenidos de todo, así les habla:

   «Con gran silencio mis pisadas sigan

todos, sin desviarse un solo paso,

que el fin veréis de aquellos que os fatigan

antes que el sol nos deje y baje a ocaso.

730

A creer lo que digo, en fe os obligan

oráculos más ciertos que en Parnaso,

que habéis oído que faltar no pueden

o faltarán los que a la edad preceden.»

   Con la razón postrera dio principio

735

al secreto viaje el sabio Nusco

yendo con la encendida luz delante

que le servía al ejército de guía;

detrás de todos iba la raposa,

enarbolada la vibrante lanza

740

en que iba la piel de Muracinda.

   Por este orden, caminando todos,

bajaron el altura de Tomares

y tomaron los llanos de la Vega;

desviándose siempre de poblado

745

llegaron a la falda del famoso

Asnalfarache, margen del gran Betis,

que llegando a sus húmidos cristales

sobre la diestra mano se apartaron,

que en pequeña distancia era el opuesto

750

del enemigo ejército que buscan.

Entró en el Betis Nusco y salió fuera

diciendo a los amigos congregados:

   «El paso que venimos procurando

por las líquidas ondas se os ofrece;

755

pasar podemos sin estar dudando,

que el líquido cristal se os endurece.

Seguidme por do veis que os voy guiando,

despedid el temor si os entorpece,

que la seguridad os acompaña,

760

y mi fe, que ni os miente ni os engaña.»

   Todos, sin aguardar, se arrojan juntos

y caminan por cima de las ondas

como si caminaran por la tierra.

Con no menos firmeza ni seguro,

765

instados de la priesa que llevaban,

llegaron a las márgenes cubiertas

de arenas de oro, y estampando en ellas,

con alegre placer los pies y manos.

   Viendo Nusco que en tierra estaban todos,

770

fuese del Betis desviando un poco,

y acercándose más al enemigo

que teniéndolo ya a la vista, y cerca,

hizo alto, y formó en orden su campo.

Lo primero, hincaron en la tierra

775

el asta con la piel de Muracinda

a la vista del campo del contrario;

y con silencio, se aprestaron todos

aguardando la luz del nuevo día

con algún descontento, aunque animados

780

con las grandes promesas que traían.

   En varios ejercicios se ocupaban.

Unos, en prevenir mortales armas

y tenellas dispuestas en sus puestos

teniendo cierto que vendría el contrario

785

a dar sobre ellos, luego que el Oriente

al mundo diese los primeros rayos;

otros hacían trincheras, levantando

la tierra; otros, llenaban de fajina

los vacíos, de piedra y blando lodo.

790




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