Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText
Juan Cortés de Tolosa
El desgraciado

IntraText CT - Texto

Anterior - Siguiente

Pulse aquí para desactivar los vínculos a las concordancias

I

Tuvieron principio en Sevilla las vidas de dos grandes amigos, llamado el uno don Eugenio y el otro don Fadrique, ciudad por tantas razones insigne, a cuyas puertas paren cada año las Indias. Y principió su amistad desde que en el escuela se conocieron, donde, excediendo del límite pueril, de dos voluntades hizieron una, doliéndose el uno de los infortunios del otro, como recreándose con sus plazeres; tanto, que si a los descuydos de aquella edad aplicava el maestro la medicina a ella conveniente, pedía el uno fuesse él el castigado porque su amigo quedasse essento dél, como si huviera hecho por que padecerle.

De manera que diremos mejor que en Sevilla nacieron los segundos Orestes y Pílades, de quien se cuenta que, como en cierta ciudad huviesse costumbre de sacrificar a los dioses la décima persona que entrasse en ella y ésta fuesse Pílades y la novena Orestes, no se pudo averiguar quién era Pílades y quién fuesse Orestes, porque los dos afirmavan llamarse Pílades, ofreciéndose cada uno de muy buena voluntad a la muerte porque el otro no perdiesse la vida. De suerte que entre ellos se amava lo que más se aborrece y se aborrecía lo que más se ama como es la vida, evidente prueva de su recíproco amor, porque, si acudir con el hazienda es bastante prueva dél, acudir con la vida ¿qué será? No tener más que ser. Causó pues tanta admiración a los executores de diezmo tan inhumano, que dexaron a los dos con ella.

Crecieron estos dos arbolillos y fueron llevados al escuela de gramática, donde, acepillando el preceptor della lo bronco que a todos nos es común, quedaron tan polidos y galanes que se pudieron plantar en el jardín de qualquier príncipe. Y al tiempo que huvieron de subir a escuelas mayores, murieron los padres de don Fadrique, dexándole tan pobre que, a no quedarle el amparo de su amigo, le fuera forçoso servir para comer. Don Eugenio era rico y solo en casa de sus padres, y tan sentido del trabajo que le avía venido (diré bien a él, porque si eran en uno dos, suyo era lo que a su amigo le sucedía), que pidió a sus padres le traxessen a casa, supuesto que, en la que era tan abundante, una boca más poco hazía al caso.

La petición fue tan pía, las entrañas del que rogava tan nobles que, quando los padres no tuvieran voluntad de hazerlo, se animaran en albricias del valor que su hijo les descubría. No tan sólo vinieron en ello, sino que, después de darle con que hiziesse bien por los difuntos, que quatro días se llevó el uno al otro, le ofrecieron su ayuda si quería passar con sus estudios adelante, embiándole a Salamanca donde su hijo tenía gusto de cursar, porque sabían que en hazer por don Fadrique le aumentavan la vida, dándole ocasión para que aprovechasse el tiempo, más para paga del favor que sus padres le hazían que por la utilidad que a él se le podía seguir.

Aprestáronse para la partida destos dos hijos todas las cosas necessarias a ella, dando lo mismo que al que nació en casa al que avía nacido fuera, sin hazerse fuerça a ello, porque si hasta entrarle en ella lo hizieron por su hijo, desde que le empeçaron a tratar lo hizieron por él. Y tan agradable era para todos que los criados que servían en lo ella, más por la afable condición de sus dueños que por el interés, acudían primero a lo que necessitava don Fadrique que a las obligaciones de sus amos. Acompañavan a este moço nobles respetos, buen talle y hermoso rostro: carta de recomendacion donde quiera que yva.

Aprestado, pues, el ajuar de los escolares, sucedió que, la noche antes de la partida, soñasse su madre que en Salamanca mataron en una pendencia a don Eugenio. Despertó con la passión que a un solo hijo, y de tales respetos, pedía, y jurando que no avía de yr allá. Cuyo ruydo inquietó al marido que una sala antes dormía; y aunque hombres, y más de la data que el padre de don Eugenio era, no creen en supersticiones, vino en lo que su muger le pedía, porque ellos no tenían otro si él, ni esperança de tenerle, mucha hazienda y querían gozar su hijo. Que es el más principal requisito del amor ver de contino la cosa amada.

Y ansí, quando Penélope escrivía a Ulises, no le dixo «traedme esto o estotro quando gustáredes de veniros», sino «dexaldo todo, no me escriváys más, antes veníos luego, porque a vos solo quiero». Mas otros amores, que van por el camino de la plata, leen «embiadme lo que tuviéredes y quedaos allá». Entonces estava bien embiar una pesadumbre, porque, si ha de embiar lo que tiene, ¿qué puede ser si no disgusto, pues de la carta le ha concebido? Y aquí entra bien que «a un traydor dos alevosos», que, si agonizar por la hazienda del que tan descubiertamente se engaña fuera no más de dexarle sin ella, no quedava muy pobre si le quedava gusto para bolver a adquirir otra, mas llévansele de camino; y es tal este mal necessario de las mugeres que lo conocemos y las buscamos, que en ellas es donde viene a parar todo lo bueno o malo de que se habla.

Acuérdome aora que, passeándome un día por la puerta del Campo de Valladolid, hallé, junto al Carmen, sentada una muchacha con una cesta de guindas garrafales en el braço y a una comiéndoselas y llorando. Lleguéme a ella y preguntéla por qué llorava. Díxome que porque se las avía comido. Y respondila yo:

-Pues, ¿por qué te las comes aora?

-Señor, porque me saben bien.

Pienso que corre ansí en materia de mugeres, pues, créanme los apassionados, que todo es mentira o que todas son mentira, y que afirma esta verdad quien tiene experiencia della y se le deve crédito, como quando un médico escrive cerca de enfermedad que él propio ha padecido. Abramos, pues, el ojo, que si es verdad que las çarças prenden, no lo hazen por esso al que con cuydado passa por ellas. ¿Para defensa de la vida no estudia un hombre las armas? Pues, para defensa della y de la honra, que todo se suele perder a una, ¿por qué no estudiará como se libre dellas?

Digo, pues, que don Fadrique fue a Salamanca y don Eugenio se quedó por el gusto de sus padres, y con tan grandes melancolías como el que se ausentava de la cosa más amada que en el mundo se pudo hallar. Tirávanle por una parte las obligaciones de sus padres, el tener con tanto gusto su amigo en casa, embiarlo a estudiar como si fuera su hermano; por otra lo mucho que le quería: y éste es un aprieto notable.

Mudémosle en una persona que pierda por él su honor, como es una muger casada, o otra qualquiera que pierde para sí lo que gana, que quiere para sí: por una parte la aflixe considerar quien es, lo que dirán, lo que dello resulta en andar en lenguas de la propiedad del alguazil, que puede prender y no puede dar libertad; por otra, que el ladrón está dentro de casa y sabe a qué horas ha de hazer el assalto, y todas son cómodas para ello, pues nadie se puede yr a la mano en la imaginativa. «Viva quien vence» se suele dezir, mas en esta ocasión «muera quien vence», porque si contra sí conquista lo que se quitó, assí muera quien quedó con el honor, pues murió para su gusto. Y por esta razón dixo un discreto que no sabía quál destos dos preceptos apretava más, perdonar al enemigo o olvidar al amigo.

Al fin, don Fadrique se partió para Salamanca, hecho un Argos de ojos, porque se llevava los de todos los que le conocían: los de la casa de don Eugenio y dos que valían por todos estotros, que fueron los de una prima de don Eugenio, llamada doña Isabel, que, por la muerte de sus padres, estava en casa de los de don Eugenio, de quien era sobrina, hija de su primo hermano, con quien ellos le querían casar, porque, demás de ser moça y muy hermosa, tenía mucha hazienda y sus padres pidieron a los suyos se encargassen de su curaduría y, pues eran todos unos, la casassen con don Eugenio. Que se los llevó se prueva en que todos quedaron ciegos y doña Isabel pobre y ciega: ciega por lo que hemos dicho, y pobre porque quedó sin gusto y con justicia pobre, si el oro no da lo que por este camino se pierde, y ésta quedó peor, porque si vence «muera quien vence». Las noches que esta señora passava (¿avrá alguno que no aya experimentado algo de su efecto?) ¡Dios nos defienda! Nunca se acaba una dellas, porque cada hora tiene los quartos cabales, y entonces se conoce quien es el tiempo perdido: ¿y quál lo es más que éste si, después de mucho trabajo, no se ha negociado nada?

Don Fadrique llegó a Salamanca al paso penoso que don Eugenio por su ausencia lo quedava. Y si a ella halló algún consuelo, fue salir de Sevilla por aver entendido la voluntad de doña Isabel, que, aunque procurava dissimularla, no lo consentían los ojos que, como criados obedientes, acudían al mandato del alma y, aunque como discretos, lo ponían por execución. ¿Quándo pudieron encubrirse tan bien los amores que qualquiera no los conozca?

Passaron algunos meses que en doña Isabel parecieron años, tanto que se pudo tener por madre de la que quando don Fabrique partió avía quedad. ¿Qué milagro si tenía amor o, diziéndolo mejor, si no lo tenía? Al cabo dellos dixo que su intento fue siempre entrarse monja y que quería tomar el ábito en Salamanca en el monasterio de santa Ana, por ser devota dél y della. El disinio que en esto llevó fue yr a donde don Fadrique estava, a quien quería hazer partícipe de su cuydado ofreciéndose a él por su muger; cosa que tan bien le estava por ser él tan pobre, si este nombre le viene bien al que tiene un amigo tan de veras como don Eugenio y tan rico.

Ya determinaron poner por execucion el designio de doña Isabel, de que sus tíos mostraron harto sentimiento, porque perdían nuera rica, moça, virtuosa y hermosa, mas no don Eugenio, porque, al passo que don Fadrique huía de la que imaginava avía de ser su muger, a esse mismo procurava él hazerle su marido: y hallava en su yda bastante ocasión, porque, por miedo de sus padres, no se avía atrevido antes a tratárselo. Fuera de que, a él no le constava la voluntad della para con don Fadrique, que, a ser ansí, no huviera dexado passar quatro meses sin tratar el negocio, tanto como esto amava a su amigo. Fuera de que, él avía de ser señor de quatro mil ducados de renta y quería que don Fadrique lo fuesse de dos que su prima tenía.

Sucedió, pues, que, aprestadas todas las cosas para llevar a doña Isabel, lo estorvasse un grave accidente de un tavardillo, de que llegó a lo último; enfermedad, si de todos bien sentida, de don Eugenio mejor llorada, porque avía librado en la partida el buen sucesso de sus intentos. Bien quisiera don Eugenio hazer patente a doña Isabel su pecho, mas temía, si de no dixesse, no entrar, quando con ella se casasse, con algún desamor nacido de conocimiento de poca voluntad en su primo por aver desseado hazerla muger de su amigo; que si descubría gran amistad para con él, no por esso dexava de ser lo que digo para con ella. Estando, pues, en esta confusión, empeçó la enferma a desvariar y, entre las cosas que dixo, fue una dellas:

-Si por cierto piensan que, porque me tienen en su casa, me han de casar como quisieren, pues sepan que no ha de ser ansí, que me tengo de casar con don Fadrique. Y si me yva a Salamanca a ser monja no era por serlo, sino porque en el año de noviciado pensaya tratar de que fuesse mi marido, y si no quedarme en el monasterio.

Paréceme esto a lo que le sucedió a cierto hombre de muy buena intención, pero muy enfadado de las liviandades de las vezinas de casa, que, como no se atreviesse a dezirlas nada, le embió Dios una modorra en que dixo muy a su satisfación todo lo que le vino a la boca y no mintió en nada.

Don Eugenio, que se halló presente, como fuesse bien entendido, dixo entre sí: «Nunca vos desvariáys en esso, que quando en semejantes accidentes se desvaría, aunque es sin orden lo que se dize, nunca dexa de ser ansí algo dello. De vuestro mal, señora doña Isabel, han salido tres bienes. el de don Fadrique uno, el vuestro el otro y el mío el tercero, por ser aumento de mi amigo

Dexó passasse aquel día y a otro la hizo una visita, en la qual se hallaron en don Eugenio médico y boticario: el uno, que recetó un antídoto tan importante para su salud como ofrecella a don Fadrique y boticario en darla traça como esto se conficionasse. Y, para ver si sus sospechas eran frustradas, la dixo, entrando con una carta en la mano y gran sentimiento en el semblante, que por ella avía sabido que don Fadrique estava muy indispuesto. Lo qual oýdo, por dissimulada y cuerda que era, bolvió a repetir con declarado sentimiento:

-¿Muy malo? ¿Muy malo?

Entonces, sossegándola del alboroto, la dixo:

-¡Que no está muy malo! -y la descubrió la causa de avérselo dicho, haziéndola participe de su frenesí.

Ella, que tan buena ocasión no quiso perder, le cogió la palabra disculpando el no ser suya con que avía oýdo que los parientes no se gozavan. Don Eugenio la respondió que no buscasse por dónde abonar su elección, imaginándole por ella ofendido, porque él avía buscado traça cómo dezirla antes lo que la descubría entonces y no la halló, y que, con tal que el frenesí no la huviera desliciado desta vida, le huviera comprado a peso de oro por lo que dél infirió y por la entrada que en él hallava. Ella se encomendó a él para que en ello diesse traça, en cuya conformidad le avisasse viniesse, vista aquélla, porque importava a los dos. Él lo hizo luego, no por el interés que descubría escrivirle importava a ambos, sino porque a su amigo le era conveniente.

Para cuya execución mandó a Serrano, criado suyo, buscasse con brevedad mulas, porque no le avía de coger la noche en la ciudad. Él lo hizo ansí y, después del medio día, se partieron los dos, y a menos de un quarto de legua cayó con él la mula y, cogiéndole debaxo, le rompió una pierna; causa de que le bolviessen a Salamanca, sentido no del trabajo presente, antes de que en tal ocasión le huviesse sucedido por no acudir a lo que su amigo le mandava. Serrano, que también tenía perdida toda la mala voluntad a don Fadrique, luego que le vio en tal trabajo pensó perder el juyzio de sentimiento y, como le huviessen curado y que el algibista prometía en breve la sanidad, le dixo por entretenerle:

-Señor, si vuessa merced se fuera a casar, no era el mayor de los males averse quebrado una pierna, si por esso se empatava, mas yendo a verse con un amigo lastimosa cosa ha sido. Y ansí digo que no le avía de suceder a nadie lo que a vuessa merced, a no yr a lo que he dicho.

A todo esto no llorava don Fadrique su mal, sino la falta que hazía a su amigo, a quien escrivió luego de la suerte que quedava, sentido más de no acudir a él que del mal que tanta pena deviera darle.

Parece ser que esta carta llegó a manos de don Eugenio a tiempo que pudo causarle la muerte, porque, como doña Isabel huviesse llegado a los humbrales della, quedando con suficiente desengaño del mundo, quiso poner por execución de veras lo que fingidamente propuso de burlas; que, aunque la afición que a don Fadrique tenía no era encaminada a mal si de buen natural nacía ser como he dicho, de conocimiento del mundo junto con ella mayor efecto avía de nacer, de manera que dispensó sólo que no fuesse en Salamanca, porque no tenía ya para qué. Don Eugenio se vio embaraçado con dos cosas: la quiebra de la pierna la una y el monxío de su prima la otra, prometiéndose desde entonces breve vida por la utilidad que a don Fadrique se le podía seguir della, por considerarle en estremo desgraciado. Bien quisiera yr luego a ser enfermero de su amigo, mas temió no disgustar a sus padres y, más que esto, no dar causa que no passassen adelante con la merced que le hazían.

Serrano, a quien los infortunios de su amo llegaron al alma mas no quitaron la gana de comer (no poca suerte, porque, si él enfermara, ¿quién acudiera tan de veras a dolencia tan prolija, pues otro si él no le cogiera en braços para hazerle la cama y otras necessidades inescusables?), antes se comía un pan con mucha curiosidad con un cuchillito de un estuche y después se sentava a comer regulando por principios el pan, que, según el gran calor, ya estava digerido, dando gracias a Dios de las buenas ganas que a todas horas tenía y, en particular, de aver caýdo en casa donde con efecto las podía gozar.

Éste, según parece, se avía alçado con el ama de casa, muger que para pedir limosna con justicia no le faltava más que no poder ganarlo sirviendo, que bien vieja ya se lo era; y dixera entonces a esta pobre vieja y enferma una cosa anexa a la senectud, limpia por lo menos de boca, pues en toda ella no avía quedado más que una muela y muy contra a su voluntad, porque, como sola, no adornava y ofendía tanto que era como tener acicate en ella. Ésta tenía el primer lugar entre las amas y no el segundo en su mocedad entre las mocas, y al presente se conocía. Aquí fue Troya, porque unos ojos verdes, rasgados, hechos pedaços lo juravan ansí. La frente era preñada y las narizes mal paridas. Era buena, más que por sus partes, porque regalava y sabía remendar, cosa necessaria en semejantes escolares.

Estava Serrano obligado al cuydado con que a esto acudió y a que, quando venía de escuelas, hallava un escudilla de sopas abahadas, tan buena como la que se avía hecho con voluntad: ésta era la montera de la olla, poníasela Serrano y quedava ella al sereno, y se le lucía al carnero, porque salió siempre resfriado. Teníanle estos regalos redondo de cara y ancho de renes, de cuyo hurto, sentido otro compañero, le aguardó una noche, por no atreverse a sacarle al campo, y le dio una puñalada. Y entonces fue quando la quebradura de la pierna tuvo calidad, por faltarle quien a una le dolía y curava su mal. ¡Desgraciado hombre, pues apenas han nacido sus bienes quando sin granar se agostan!

Estando en este desconsuelo, llegó una carta de don Eugenio en que le hazía saber las cosas que en Sevilla avían passado, dándole parte de cómo doña Isabel se avía entrado monja y lo que perdía él en ello por aver negociado fuese su muger, poniendo en primer lugar el, sentimiento de su infortunio, consolándole de todo y ofreciéndole llevar adelante el serle amigo en todas las ocasiones con persona y hazienda por todo el tiempo de su vida, y que, estando él en ella, no se nombrasse huérfano, ni la falta de la hazienda diesse cuydado; y que, pues en Sevilla se determinó que no bolviesse a ella hasta que huviesse acabado sus estudios, y él, por el gusto de sus padres y porque importava para mejor tenelle en la universidad, no se yva a ella, que se diesse de suerte a ellos que por suficiencia se graduasse, que, puesto en Sevilla, o él avía de ser pobre o los dos avían de ser ricos. Con cuya carta tuvo el consuelo que sus infortunios avian menester.

Serrano cobró salud y fue enfermero de su amo de muy buena voluntad y con mucho dolor de verle tan necessitado dél. Deste solo favor gozó de la fortuna: ser señor de la persona y de la voluntad, cosa que raras vezes acontece, que, como sea común en el mundo el interés, viendo éste falta, falta también el trabajo que por él se ponía. Mas Serrano fue valeroso adelante, llevando sobre sus ombros a su amo hasta que la muerte le descargó dél. Don Fadrique no era desgraciado por el camino carretero, sino por el tan extraordinario como veremos: y porque don Eugenio le hazía todo el bien que se sabe, le faltó de la manera que diré.

Parece ser que este cavallero avía cobrado apretada amistad con un hijo de un veyntiquatro de aquella ciudad, llamado don Pedro, demás de por sus muchas partes, porque se parecía a don Fadrique, cavallero de buena persona y mejor condición, aunque tenía una amistad que, si no deslustrava quien era, le traía en gran peligro. Éste le dixo una noche que fuessen a passear su dama para que, si hallasse ocasión, entrasse dentro y él le guardasse la puerta. Dieron una buelta a la calle, quedándose después al cabo della en la parte que un criado de casa le solía hallar, y como aquella noche tardasse más que otras y tuviesse voluntad de entrar allá, dixo (que no deviera) al desdichado don Eugenio que tomasse su herreruelo y que le diesse el suyo junto con el sombrero y que se quedasse en el puesto que al presente estavan para que, si el criado de su dama viniesse, que era el que aguardava, no le dexasse de la mano hasta que él fuesse de buelta; que si él le hallava en el camino, se le embiaría para que se pusiesse en el puesto que él le dixesse.

-¡Sea en buen hora! -respondió él, quando, quexándose de las tripas, partió de carrera a una placetilla que detrás estava, donde después hizieron el trueco concertado en una noche clara y serena más para una desdicha ocasionada que para amores cómoda. Con esto se partió don Pedro no por donde vinieron, antes por otra calle por la parte de abaxo y don Eugenio salió al puesto en que le avía de esperar.




Anterior - Siguiente

Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText

IntraText® (V89) Copyright 1996-2007 EuloTech SRL