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| Juan Cortés de Tolosa El desgraciado IntraText CT - Texto |
Parece ser (¡o caso lastimoso!) que don Francisco, marido desta dama, sabía el negocio y dissimulava hasta hallar ocasión en que vengarse, porque el mismo criado que traía y llevava recaudos a los amantes avía dicho a su amo, vendiéndosele por muy fiel, el deshonor de su casa; y lo que se tardó aquella noche fue en buscarle, a quien dixo cómo avía estado con particular cuydado toda ella y que avía visto passear la calle a don Pedro con otro amigo, y que se avía ydo y, dexándole en la parte que él le enseñaría, que no perdiesse la ocasión. Y avía sido como le dixo, que el vellaco los avía espiado hasta que el desdichado don Eugenio fue a la plaçuela donde, sin verlo el criado, hizo el trueco, causa de que no viesse que no era él quien buscavan.
Vinieron los dos por diferente parte de la que don Pedro fue y, como se quedassen detrás de una esquina, disparó, pensando que era el infamador de su casa, un pistolete, con el qual quitó quatro vidas: la de don Eugenio, que luego quedó sin ella, la de sus padres, que poco vivieron, y la de don Fadrique, que, viviendo, por el gran sentimiento mejor la perdía. Con lo qual se bolvieron ambos a una casa de juego, donde passaron hasta las quatro de la mañana y donde, aunque no jugó, tuvo por cierto que avía ganado (y era entonces quando más perdía, por estar el galán en su casa), para cuya consumada ganancia pensava dar a su muger un bocado que lentamente la fuesse acabando. Mas sucedióle el sueño del perro, como adelante veremos.
A esto ya don Pedro avía salido y, visto su caro amigo difunto, ¡quál fuesse el sentimiento, las lágrimas y el desconsuelo se creerá en dezir que era amigo! ¿Qué sería luego que avía de hazer dél? Por que, como quiera que por su muerte se avía de alborotar la ciudad, determinó, supuesto que ya estava hecho, bolverse a la misma casa y dar parte a la dama de lo sucedido, tanto para que ella se guardasse, quanto por mirar él por su vida, porque tuvo por sin duda aver venido aquel trabajo por mano del marido; que aunque suele ser, según se dize, el postrero que lo sabe, no todas las vezes es ansí, y más quando un hombre no quiere serlo.
Trataron allí los dos de atajar mal tan grave y no hallaron otro remedio más válido que apretar al criado para que dixesse si su amo avía muerto a don Eugenio, pues en ello no se les descubrían los amores que no sabía, y que, enterados de la verdad, no fuessen ellos a quien llorassen, pues, estava en su mano.
- Y tengo para mí -dixo ella - que lo ha hecho mi marido y que este vellaco nos ha vendido. Las dos cosas pruevo en que don Francisco no me muestra el cariño que solía, novedad para él, y, aunque quiere dissimularlo, me mira como quien vive con gran pena y espera vengança. El criado habla mucho y miente, y en hombres baxos suelen engendrar trayciones estas cosas.
- Pues, ¿por qué - dixo don Pedro - hizistes partícipe de cosa de tanta importancia a hombre de tan baxos respetos?
- Por saberlo ya él -respondió ella - y por ganarle la voluntad con dádivas y caricias. Señor don Pedro, sea o no verdad mi imaginación, esta noche no he de dormir en casa, que cosa de tanta importancia como la vida no la he de poner en contingencia de si lo es o no, y no tengo de entrar en la cama con hombre que presumo tiene lleno de ponçoña el pecho. Mi prima doña Gabriela está en días de parir. Llevadme a su casa. Dexaré yo dicho en la mía que, por estar con dolores, vinieron a toda prisa por mí.
Tenía harto más seguramente de quien fiarse en un ama que la crió que en el criado que la avía vendido, y aunque ésta no venía de voluntad en sus amores, procurava con sus ardides guardar la vida de su señora.
Puesta que fue en casa de la prima, la dixo lo que avía passado y que tenía por sin duda aver sido su marido el matador, que no avía de bolver a su casa para siempre, aunque muchas seguridades de su vida la diesse, porque si acaso la matava ¿qué la aprovechavan a ella los fiadores si no la bolvían a la vida?
-¿ Y qué pensáys hazer, prima? -dixo doña Gabriela.
- Descasarme, pues, como vos sabéys, fuy forgada para casarme con él.
- Lo que yo de presente haré -dixo ella - será estar de parto muchos días. En éstos yo os fío que no os lleve a vuestra casa.
Y diziendo esto, llamó don Francisco a la puerta y la prima empeçó a quexarse fuertemente; y vino bien aver embiado por ella, porque, demás del parto, no estava su marido en la ciudad. No tuvo qué preguntar don Francisco, porque, desde que llamó a la puerta hasta que subió las escaleras, se puso una toca que la desfiguró el rostro, de suerte que qualquiera passara por lo que dezía y más sabiendo estava ya en el mes; causa de que él combidasse con su muger, tanto porque a él se lo avían de pedir y quiso ganar por la mano, quanto por hazer dél ladrón fiel.
A esto ya la ronda avía passado por la parte donde don Eugenio estava y, como le conociesse y a junto con ello la capa de don Pedro, le llevaron a su casa, de cuyo sentimiento no hablaré por ser escusado. Dieron parte al assistente, el qual fue luego a la de don Pedro, que ya estava en ella, y le prendió, tanto por averle hallado con su capa, quanto porque dixeron en su casa que avía salido con él.
Empeçáronse a hazer grandes diligencias en el lugar y, luego que el criado de don Francisco lo vio, desesperado de que don Eugenio huviesse sido el muerto, porque en toda la ciudad generalmente le amavan, más que de la justicia medroso, le pidió licencia y dineros para partirse, pues para nada le podía estar mal. Él lo hizo escusando con ello la diligencia que con el que los vendió avía de hazer, quedando don Pedro sentídissimo de la muerte de don Eugenio por ser un cavallero tan noble en todas sus cosas, tan bien quisto en la ciudad y tan su amigo. Yva la justicia haziendo sus diligencias y caminava en ellas con alguna claridad, porque como dixo que trocaron las capas y que le aguardasse en la parte donde le mataron, dieron en quien avía sido el matador y toda la ciudad lo entendió luego que supo la muerte.
Don Fadrique la sintió por diferente camino, porque hizo fuerça a reprimir el dolor para no morirse hasta matar a quien a su amigo avía quitado la vida, como ya no fuesse en pendencia donde trayción no huviesse intervenido o por defensa de la honra, cosa en que don Eugenio creía no haver pecado sabiendo dél su cortesía y buenos respectos; para lo qual se partieron Serrano y él, teniendo poco más que razonable la pierna. Parece ser que quando le escrivieron la muerte no fue más que exagerándole la lástima que avía causado en la ciudad por aver sido sin culpa, y que le avía muerto don Francisco, a quien él conocía muy bien, no que por matar a quien la tenía.
Llegados que fueron a una granja que poco más de media legua está de Sevilla, que era del matador, donde se avía venido para divertirse de la tristeza que la muerte de don Eugenio le avía causado, como le hallassen sentado en un otero solo y melancolicíssimo, dixo don Fadrique a Serrano:
- Aquel hombre que está en aquel alto es el que mató a mi amigo o yo vengo ciego.
- Mírelo bien vuessa merced -respondió el criado.
No lo huvo acabado, quando ya don Francisco no estava en el mundo, porque, desde que lo empeçó, puso en orden la escopeta y alçó el gatillo por hallar tan buena coyuntura como fue estar el campo sin gente y averse adelantado el moço de mulas al lugar. Lo qual aun don Fadrique no vio, porque Serrano venía detrás y solo y se lo dio a entender el ruydo della.
Hecho esto, entraron en la ciudad bien de noche y yéndose a la casa del padre de don Eugenio, donde los estremos no lo fueron medidos con la pérdida y mucho más con no aver sido él quien quería matar don Francisco. Lo qual sabido de don Fadrique, sintió muchíssimo que Serrano le huviesse muerto, y, diziéndoselo a los padres del difunto, los aumentó el dolor, porque se les recrecían grandes pleytos, pensando que por su orden se avía hecho: y les sucedió ansí. Diole dineros en abundancia mandándole se bolviesse a Salamanca, porque, hallándole en la ciudad, le prenderían poniéndole en grandíssimo aprieto, tanto por aver sido lo su hijo tan su amigo, quanto porque murió luego que él vino.
Él lo hizo ansí y lo que el padre del difunto temió le vino, de suerte que, sentido de la muerte de su hijo y atormentado con pleytos, murieron él y ella. Y entonces quedó don Fadrique en la calle de veras, que, aunque en su testamento le mandaron cierta cantidad de dineros, no huvo de que cobrarlos, porque en diez y seys meses que passaron desde que don Fadrique fue a Sevilla hasta que ellos murieron, los pleytos les avían destruido, y el vínculo vino a un sobrino bien necessitado dél.
La verdad del negocio se entendió y, casándose don Pedro con doña Ysabel, quedaron ellos contentos, muchos pagados y los difuntos en la otra vida; mas no se supo nunca que don Fadrique avía muerto a don Francisco. He aquí este pobre moço, a quien tanto la fortuna acossa, tan solo que no tiene otro a quien bolver los ojos si a Serrano, el qual fue con él tan fiel amigo que no le faltó hasta lo postrero de su vida.
Sucedió, pues, que a uno de los dos catedráticos de prima de leyes, grande amigo de don Fadrique, diessen en aquellos tiempos una ropa para México, adonde él tenía gusto de yr por estar en ella sus padres. Éste le pidió se fuessen juntos y que hiziesse qüenta que don Eugenio estava en el mundo, que le dava su palabra de hazer de suerte por él que todos los que le conociessen antes le embidiassen que le lastimassen.
Hízolo ansí, y, llegados que fueron para ello a Sevilla, vino un alguazil y otra gente con él y entrándole en un coche le llevaron a Madrid sin saber por qué o para qué. Y aquí fue quando quedó más huérfano: y él siempre con paciencia.
Serrano, que tantos infortunios avía considerado, le dixo:
- Señor, juro a Dios que es vuessa merced uno de los desgraciados hombres que en mi vida he visto. Ya no nos ha quedado tras qué parar. Cierto que temo por estar con vuessa merced que se me ha de quitar la gana de comer, y sería muy gran desdicha, porque, aunque lo he de buscar para los dos, mucho peor estuviera aviendo de buscar lo uno y lo otro. Vuessa merced no puede estar en Sevilla porque no tiene como ni donde; vámonos a un lugar de aquí cerca, que allí Dios dixo lo que será. Por lo menos aora, ¿no nos acompañan dozientos reales? Pues, ¡manos a labor!
Fuéronse a Cabeças y, en el camino, les quitaron unos ladrones el dinero y el vestido que llevavan, dexándolos en carnes en unos enzinos apartados una legua del lugar. Saliéronse al camino a ver si hallassen algunos passageros que los remediasse y no passó otro si un frayle de san Francisco, que yva a vivir a donde los desvalijados yvan, causa de que llevasse dos ábitos que eran su ajuar. Dixéronle lo que les avía sucedido y cómo, si no los remediava, avían de perecer. Dioles uno dellos y díxoles que se llegasse el más diligente al primer lugar y allí buscasse con qué se cubriessen las carnes, y pues avían de yr a la misma parte el uno que el otro, que se le llevassen. Con lo qual, porque no le faltasse el tiempo de la licencia, se partieron Serrano al lugar y el frayle al que yva, dexando a don Fadrique en carnes ni medroso de ladrones ni con cuydado de su desnudez, porque era verano.
Apenas huvo puesto los pies en él, quando le echaron mano dos religiosos, pidiéndole que les enseñasse la licencia que traía, y como no les diesse satisfación, le llevaron al monasterio, creyendo que venía huydo, donde le aprisionaron hasta que diesse cuenta de sí. Él se desbautizava diziendo lo que a su amo y a él les avía sucedido y que pues estava tan cerca, que hiziessen información dello, y que mientras lo tenían por bien le diessen de comer, pues, quando viniesse como ellos dezían, no devía morir por ello, y embiassen alguna persona a donde él diría para que su desdichado amo no pereciesse, que avía quedado desnudo como les dixo. Persuadiéronse a que sería ansí, o por lo menos algo dello, y, porque aquel desgraciado hombre no peligrasse en tierra copiosa de lobos, embiaron con un vestido a quien le traxesse al monasterio.
Ansí avía de ser ello, mas, como una manada de los animales que he dicho le acosassen, fue fuerça yr huyendo dellos casi un quarto de legua, al cabo del qual pereciera, tanto por ser ya boca de noche quanto por yr rendido, a no hallar unos hombres que andavan a caça dellos. Éstos le ampararon y vestieron dándole cada uno de lo que llevava vestido, ofreciendo llevarle a la mañana a donde Serrano estava. De manera que, como los que en su busca venían no le hallassen, se bolvieron con él llevándole asido, porque ansí se les encargó, de que el pobre Serrano perdía el juyzio no tanto de verse encarcelado, quanto de la pena de qué sería de su amo.
- Padres, si a mi señor no hemos hallado, no por esso dexará de ser verdad lo que a vuessas reverencias he dicho. Lo cierto es que le ha sucedido algún trabajo, que es hombre que quando uno viene dexa abierta la puerta para que entre otro. ¡Terrible caso es quererme hazer religioso entre manos! Este ábito, como antes he dicho, le huve de un frayle que yva a Cabeças, porque, como nos huviessen desvalijado unos ladrones hasta dexarnos en carnes, se dolió de nosotros y, dándonosle, dixo que el más diligente se le pusiesse y, venido al lugar, contasse en él lo sucedido, para que por amor de Dios nos diessen con que cubrir las carnes, y que, pues ývamos a un mismo lugar, que allá se le podíamos bolver. Y es tal la suerte de aquel desafortunado que, apenas puse los pies en los umbrales de la puerta dél, quando dieron los padres conmigo y, trayéndome al monasterio, dizen que soy religioso. Vuessa reverencias dizen bien porque me han visto con ábito de tal; fuera de esso, no doy razón de mí o la que he dado no se verifica: la causa deve de ser lo que he dicho, o que es ya manjar de lobos. ¡A, desgraciado cavallero! - dixo, quando él y los que aquella noche le recogieron llamaron a la portería.
Entraron todos, y fue don Fadrique conocido de un religioso, pariente del desdichado don Eugenio, el qual le abraçó sintiendo muchíssimo sus infortunios, prometiéndole ser tan buen amigo como su deudo le avía sido (y en esto era muy afortunado, pero muy desgraciado en que entre manos se le yva todo bien como sabemos, y ansí qualquiera que quisiesse salir con brevedad desta vida no tenía más que hazerle buenas obras). Díxole que en Xerez de la Frontera tenía un deudo, llamado don Gregorio, con seys mil ducados de renta suyos y quatro que su muger heredó por la muerte de un hermano, y que avía pocos días que se le murió el mayordomo; que no le estava mal serlo suyo, pues, demás de la renta presente, avía de suceder en un mayorazgo de diez mil ducados; que escriviéndole él y informándole de la persona como era razón y como era verdad sería sin duda embiarle a dezir fuesse luego.
Ansí se hizo todo, y, para embiarle, vistió a él y a su criado lo mejor que pudo y, por lo mucho que a don Eugenio los dos quisieron, le acompañó. Y fueron muy bien recebidos, tanto por la buena información, quanto porque su persona lo dava assí a entender, por cuya causa no quedó en casa como criado, antes como compañero y amigo, y mucho más quando su deudo le dixo quán amigo fue del mal logrado don Eugenio.
Todo lo qual ganó la voluntad de don Gregorio, y de su muger, si él quisiera, voluntad y persona, porque como llegasse don Fadrique a tiempo que una natural mala querencia que a su mando tenía aún estuviesse en el estado que quando se casó y la persona y cara de don Fadrique no desmereciessen nada, engendraron en doña Ángela tantos trabajos con tanta paciencia padecidos un amor que de presente salió a los ojos y, en ausentándose de los circunstantes, a los labios, dando parte dél a doña Ynés, donzella de casa, archivo de sus secretos, que hasta entonces no lo avía sido más que del disgusto con que vivía casada. Y era él un cavallero de muchas partes y del hazienda que sabemos, y ella no más que bonita.
La donzella la respondió a todo lo que del nuevo criado la dixo y que en quanto al talle y la cara que ya se veía que era muy común y el entendimiento no aventajado; y que no podía dexar de hablalla con mucha libertad cerca de averse enamorado dél, pues, quando fuesse el más lindo de los hombres y a esto adornassen todas las habilidades y gracias del mundo, era su criado.
Doña Ángela la respondió enfadada:
- Ynés, yo no te dí parte de mi passión para que me aconsejasses, sino para que me diesses tu ayuda, pues te será tan fácil. No me parece, Ynés, que tienes voluntad de ser rica, pues, pudiendo, por este camino lo apartas de ti. Jamás se vio criado que a su amo aconsejasse en contra a su gusto, aun quando él le pidiesse consejo. Dízesme que es don Fadrique mi criado, y a esto te respondo que amor haze yguales y que no hago mucho, ni aún nada, en preferirle a los de mi calidad, si el cielo le aventajó a todos ellos. Yo no soy poderosa para enamorarme de quien quisiere, que, a ser ansí, suficientemente ay partes en don Gregorio.
La donzella la respondió que la ayudaría en todo aquello que no fuesse contra el honor de su amo y en lo que no se aventurasse su vida, pues por ella sólo se podían perder todas las ventajas que la ofrecía. Parece ser que doña Ynés aconsejava a su ama más con passión que con caridad por averse enamorado muy de veras de don Fadrique, la qual estava desesperada de que en cosa que huviesse puesto los ojos huviesse sucedido ponellos también su ama; mas consolávala que, si avía de ser ella la tercera, podía, en lugar de hazer las partes de su señora, hazer las suyas.
Al fin, don Fadrique fue señor de toda la casa y de las voluntades de lo mejor della, essento del común vos a los criados, antes su dueño le descubrió la cabeça todas las vezes que en público huvo ocasión y en todas se exercitava con él el acto no de superior a supeditado, mas de dos compañeros unánimes y en todo conformes. Y Serrano era todo lo que él quería, a quien otra donzella favoreció con intento de casarse con él.
Las malas noches que doña Ángela passava, las no gustosas de su tercera que para si quería la prima, se entenderá con dezir que tenían amor. Determinóse ésta pedir a la que favorecía a Serrano dixesse a su amo que en casa le tenían perdida toda la mala voluntad y en particular doña Ynés, y que él lo sabía de buen original; el qual lo hizo ansí. A quien don Fadrique respondió que, si como doña Ynés era una muger de buen parecer fuera un ángel, no viniera a admitir su amor, porque ni decendía de traydores ni lo era, y que lo mismo executara aunque sus dueños no le hiziessen la merced de que al presente gozava. Con lo qual bolvió Serrano a su dama y ella a doña Ynés, y, mudando esta respuesta en su ama, fue a ella y la dixo cómo avía hecho, la diligencia tan apretadamente como su amor lo pedía y que la respuesta fue tal que ella bolvió corrida.
- Pues ¿qué te dixo?
- Díxome que no era traydor y que, si como vuessa merced es una dama de buen parecer fuera una diosa, no hiziera, por la razón dicha, caso de sus favores.
-¿ Es possible que esso te respondió?
Don Fadrique no era tan lerdo que no conoció gran voluntad en las dos, y en ella se considerava desgraciadíssimo, pues sobra de quererle bien aun le hazía desafortunado, porque ¿qué podía resultar destos amores que no le destruyesse? Y determinado de entrar en el quarto de su amo a leelle una carta que de las Indias fingió aver recebido, en que supo como un deudo suyo le dexó por su muerte cantidad de hazienda, puso él los pies en el suyo a darle parte de cómo le era fuerça partirse para la Corte, donde tenía por cierto estar algunos días, y que, aunque le avía entregado el dominio de su casa y estava satisfecho de lo bien que acudiría a él, lo hazía segunda vez, y que de ninguna manera pusiera por execución su viaje a no dexarle a él en casa, con lo qual partía tan seguro como si no huviera salido de la ciudad.
Y con esto, abraçándole, fue a dar parte a su muger, la qual, como oyesse su ausencia que a tal ocasión se ofrecía, no cupo de contento, prometiéndose buen sucesso por medio del tiempo, en el qual no dexaría ardid que no intentasse. Llamó a doña Ynés, a quien pidió albricias, diziéndola cómo su marido yva por muchos días a Madrid, y doña Ynés se las diera a ella, porque también pensava que sus esperanças se lograrían entonces: y las dos soñavan lo que querían.
Parece ser que Serrano el tiempo que se veía con su dama hablava más de lo que era menester (cosa común en los amartelados); entre lo qual, haziendo el papel de valiente, la dixo como la avía de servir toda su vida en todas las cosas que él entendiesse eran de su gusto, aunque fuesse en quitar la vida al más estirado, y que no lo tuviesse por fábula, que era hombre que por un amigo avía hecho lo que dezía y mucho mejor lo haría por una amiga.
Ella le replicó diziendo que ningún enamorado dexava de dezir lo que él, y que todo era mentira.
-¿ Mentira? - repitió, y contóla entonces la muerte de don Francisco de la misma suerte que la avía hecho, añadiendo sólo a ella que se lo mandó su amo.
La donzella, luego que oyó don Francisco, dixo para mejor enterarse:
-¿ Dezid don Francisco, el que en Sevilla mataron en una quinta suya?
- Pues, aora buelvo a dezir que son palabras de amantes, porque esso tan mentira es como verdad que me lo estáys contando.
Es a saber que este difunto era hermano de doña Ángela y estava lastimadíssima de su muerte, aunque sucedió en su mayorazgo. Y con todo, si estimó saber el homicida, fue no para hazelle castigar por ello, antes para que conociesse como anteponía su amor a la muerte de un solo hermano.
Partióse, como estava determinado, don Gregorio, dándolas lugar su ausencia a que pusiessen por execución sus intentos. Y adelantándose doña Ynés, buscó ocasión para salir fuera, aviéndole embiado a dezir con Serrano donde le esperava para darle parte de un negocio que le importava la vida. Él fue más por desengañarla que por el temor puesto. Venido que fue, le dixo cómo su señora avía sabido que fue él el que mató a don Francisco su hermano, y, para más enterarle de que era ansí, le dixo todos los lances que en ello passaron, cómo su señora se lo contó a ella, y que para que conociesse quán su apassionada era y la merced que su ama la hazía, que la pidió no tratasse de ofender a un hombre tan honrado y de tantas partes como él, y que si no se mostrava, agradecido en recebir cierta ropa blanca que le avía hecho, que no procedería como quien era, y que estuviesse seguro que no se le haría ninguna pesadumbre y que, en todas las ocasiones que se le ofreciessen, le avía de servir.
Él respondió a lo que tocava a la muerte riéndose y diziendo que en su vida conoció a don Francisco y que si era traça para tenelle en la ciudad, que sin ella estaría él por lo menos hasta que don Gregorio bolviesse de Madrid.
Ella replicó entonces:
-¿ Traça es? Pues, acordaos si, viniendo de Salamanca vos y Serrano con determinación a ello, os le hallastes en el camino en una quinta suya, y por aquí entenderéys lo demás.
Él se rió segunda vez y, dando respuesta a la voluntad que en ella conocía, la dixo que su señor don Gregorio se partió satisfecho de que dexava en su casa un hombre que mirasse por ella, que parecería muy bien infamársela el que se la avía de corregir, que esso era como prender a mancebados el alguazil que lo estava y que, por el amor que dezía tenerle, la pedía no le tratasse más de cosa en que tanto perdía, y que, no por responderla con tal determinación, entendiesse que no estimava su persona, sino que procedía conforme a un hombre de sus partes: que viesse ella, fuera de lo que al presente tratavan, qué cosa era de su gusto para que conociesse, en la brevedad con que se la negociava, si la agradecía el favor, con tal que fuesse de condición que a él se pudiesse pedir.
Con lo qual se partieron los dos, él a reñir a Serrano dislate el mayor que hombre ha dicho y ella a dar parte a su señora de cómo, por saber quanto gusto la dava en ello, avía hablado a don Fadrique encareciéndole su amor, tanto que por él no tratava de vengar la muerte de su hermano, que sabía ser él el matador.
-¡ O qué mal dixiste en esso! - respondió doña Ángela - que puede ser que, medroso, se ausente.
- No hará - dixo ella -, por lo menos hasta que mi señor buelva, que ansí me lo dixo él.
- Pues, como esté hasta entonces, tómame esta palabra que no se vaya quando quisiere.