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| Juan Cortés de Tolosa El desgraciado IntraText CT - Texto |
III
Don Fadrique llamó a Serrano y preguntándole cómo se sabía en casa tan por extenso ser ellos los que mataron a don Francisco, le respondió que él estava muy enamorado de una donzella de casa y que, ofreciéndola todo lo que él era y valía, la dixo que por su servicio estava presto a aventurar su vida y aun a quitarla a quien ella quisiesse, y que entonces le dixo lo de la muerte como avía passado.
- Pues, ¿quién hiziera tal yerro si no tú?
- Yo, señor, no lo apruevo, antes diera por no averlo dicho un dedo.
- Pues dos podrás dar en sabiendo que como tú lo dixiste lo sabe mi señora, y tres quando sepas que don Francisco era hermano suyo.
-¡ Jesús! - dixo Serrano - ¿Quién si no yo tal huviera dicho? Señor, yo no havía estado favorecido en mi vida de muger de tanta consideración y creí que no mostrava mi amor si no dezía algunas necedades, y dixe una que vale por mil: y pudiera dezirlas contra mi solo no contra vuessa merced, cuya vida importa, que la mía ¿para qué es buena?
- Ara, Serrano, yo te perdono el yerro con tal que no trates más de essa muger, porque me va a mí en ello quando menos la honra.
- Ansí, señor, pues, para que con efecto conozca vuessa merced quanto le estimo y quiero, desde luego hago lo que me manda, y en esto pongo de mi parte mucha fuerça y toda la que es menester para sacar del alma cosa que sin ella no entendí nunca salir.
- Por cierto, Serrano, -dixo don Fadrique que quien sabe dezir esso que no sé por qué ha de saber dezir lo otro.
-¿ Cómo lo otro? -respondió él -. Yo me vi una fiesta con ella sin cuello ni valona, con la tez, diré mejor con la pez de rostro que vuessa merced vee y una cara que tiene más en ancho que en largo. Oíla dezir «mi ángel». ¿Por qué no avía de corresponderla con muchas necedades? ¿Por ventura soy yo de diferente pasta que los demás enamorados?
-¿ Y era hermosa?
-¡ O pecador de mí! Tenía muy buenos dientes, los ojos aguileños y hoyos en las manos.
-¿ Qué son ojos aguileños? -preguntó don Fadrique.
Él respondió que no eran redondos.
- Pues, a éssos dezimos rasgados.
Al fin, Serrano desistió de la acción que tenía a la donzella.
Doña Ynés se cansó de solicitarle a él, que raras o ningunas vezes dexa de assí ser mientras la parte que se ama no da algunos alimentos de algún favorzillo; y por esso dixo Ovidio: ¿Quieres ser amado? Pues, ¡ama! Dolía Ángela, para poder negociar lo que esperava tener buen fin, se fue con una deuda de su marido a una casa de plazer que media legua estava del lugar, de donde la prima se avía de bolver a otro día y quedarse doña Ángela sola con doña Ynés. Aviendo dicho a don Fadrique que acudiesse allá a menudo, él lo hizo ansí, descubriendo en el valor con que resistió a aquella apassionada amante quien era y lo que valía para amigo: la qual, viéndose despreciada, le dixo:
- Pícaro suzio, ¿sabéys quién soy?
- Sé que es vuessa merced muger de mi amo y por saber esso hago estotro.
-¿ Ha llegado a vuestra noticia que sé soys el que mató a mi hermano?
- Yo, señora - respondió él - , no he muerto tal cavallero, ni le conocí, ni sé lo que vuessa merced dize.
-¿ No? Pues preguntaldo a vuestro criado y a toda la gente de casa: veréys lo que responden. Y si no os han muerto, ha sido por mi causa.
- Pues ¿cómo quiere vuessa merced que no esté agradecido a tan gran beneficio, y cómo lo estuviera si al contrario desto hiziesse?
Llegóse a él diziéndole:
- Mi amor no está para oýr filosofías, sino para que vengáys en él, o os haré poner en una cárcel donde, quando no os quiten la vida en una horca, os descoyuntarán a tormentos - y, hablándole con blandura, le dixo - : ¿No os he ofrecido yo mi hazienda? ¿Qué dudáys?
- Dudo en que lo que vuessa merced me ha ofrecido es suyo, mas la honra que se quiere quitar no lo es, y ansí ni puede disponer della ni yo hazer por donde se pierda, que quando mi señor se partió, toda su casa y hazienda dexó a disponer mío, mas no a vuessa merced, y si perdiere por desafortunado no sea por lo menos por buscarme yo por donde.
Todo lo qual passó asida ella de sus braços. A cuyo tiempo llegó su marido a la misma parte donde los dos solos estavan, con intento de quedarse allí por algunos días, para lo qual avía dexado en el lugar antes las mulas que a los criados traían, que eran de Madrid, y a ellos avía mandado se quedassen encubiertos en él. La causa de yrse a la casa de plazer de su prima era informarse desde allí de las cosas de la suya y cómo procedía don Fadrique, aunque doña Ángela no lo quiso entender ansí, atribuyendo la yda a querer embiar por su prima, de quien ella dezía estava celosa no porque huviesse causa para ello ni amor para celalle, antes para escusarse con esta ficción quando la hablavan en la mala voluntad que a su marido tenía.
Viole ella primero y, sacándole espada a don Fadrique, dixo, llegando cerca:
- Traydor, ¿a vuestra ama? ¿Esso fue lo que mi marido os encomendó? ¿No basta averme muerto alevosamente a mi hermano, sino querer aora matar la honra a quien confió de vos su casa?
Apeóse don Gregorio y, poniendo mano a su acero, se fue para él, no para matarle, antes para que, entre él y un criado de quien se fiava, le cogiessen y se enterassen de la verdad, que la considerava no como ella la prometía.
Serrano, que cerca se halló de adonde don Gregorio se avía apeado, cogió lo primero el criado que le avía de ayudar y, quitándole la hoja, le arrojó por una cuesta abajo, y, caminando luego a donde su amo en tanto peligro estava, le tomó en braços y puso sobre el rozín de don Gregorio, y, subiendo él en el del criado, picaron sin parar hasta quatro leguas de allí; a donde se hallaron con poco dinero, socorriendo esta necessidad una de las bolsas del argón en que hallaron cien escudos. Con los quales dieron consigo en Barcelona con intento de embarcarse para Roma, donde, acomodándose con algún Cardenal, pensava ganarle la voluntad para que le diesse con que ordenarse y dessa suerte tornasse con Serrano, a quien confessava dever la vida, contento de aver escapado de las manos de don Gregorio más porque doña Ángela no peligrasse que por guardar la suya, que es glorioso perderla en una ocasión de honra, y lo era entonces para perdida, porque tenía por sin duda no persuadirse don Gregorio a que le avía passado por el pensamiento querer quitarle el honor.
Sucedió, pues, que averiguasse don Gregorio la verdad de sus sospechas. Y como descubriesse el criado a quien Serrano dexó caer por la cuesta abaxo que la quería dar veneno para salir de una mala voluntad y peor intención de su muger y en particular de quien le quiso deshonrar, cuyo intento dava ya por acto consumado, y él lo traxesse una siesta en un vidro de aloja que se le antojó y, al dársele, tropeçasse en su chapín por estar en una quadra obscura y cayesse y se quebrasse, lamió una perrilla que doña Ángela tenía en las faldas parte de lo que en el suelo estava, de que dentro de media hora murió. La hizo su señora abrir de secreto, porque, como la que tenía tanto que temer, vivía con inquietud, y la dio mucha, que, conocer la repentina muerte, confirmó lo que temía, acudiendo con este remedio.
Parece ser que doña Ángela tenía en Roma un tío Cardenal en quien avía librado el remedio al disgusto con que vivía, porque, como no fuesse entonces rica, la casaron, según ella alegava, contra su voluntad con don Gregorio, y como tuviesse al presente seys mil ducados de renta y esperasse diez, no embiava orden para que se hiziesse, que sin su voluntad no se atrevían los deudos que en Xerez tenía. Por cuya razón, y en particular por guardar la vida y huyr de quien aborrecía, se abscondió unos días, al cabo de los quales se embarcó en San Lucar para Barcelona en una chalupa, que acaso estava detenida aguardando temporal, con doña Ynés, la donzella de quien se fiava y un escudero que de años atrás servía en casa.
Llegados que fueron a ella, acertaron a aposentarse en la misma posada que don Fadrique y Serrano estavan. Vistos que fueron, se quedaron a una todos helados, sin preguntarse nada los unos a los otros. Quien primero se deseló fue doña Ángela, que aún no tenía sana la llaga. Preguntóle qué sucessos le avían traýdo a Barcelona, y assí se preguntó qué fortuna la avía guiado a la misma ciudad y a la posada en que al presente se hallava; díxole llorando como él era causa de sus inquietudes y que hasta entonces no se avría oýdo dezir de tan gran amor ni de peor paga a él.
- Ansí deve de ser ello - respondió - y se conoce que lo es en dezir a vuestro marido que os quise forçar, cosa tan agena de mí y que por el pensamiento no me passó; antes bien, por el respecto que a vuestra casa se devía y por paga del amor que vuestro marido me mostró, rogué a Serrano, que presente está, dexasse el solicitar una donzella vuestra que con él se quería casar, y él lo hizo. Ved vos, si aun lo que era lícito no permití, ¿cómo viniera en lo que tan contra vos, contra mí y contra vuesso marido era?
-¿ Y qué hazéys aquí?
- Estoy aguardando passage para Roma. Allí pienso servir a un Cardenal hasta que me dé con que ordenarme, si es que mi adversa fortuna me permite que vaya a ella. Con esso pienso acabar mi vida pagando algo de lo que devo a hombre que por mí perdió su gusto y por él la tengo.
- Vos, señor don Fadrique, llevaréys compañía, porque a la misma parte pienso yr yo, y a la casa de un tío Cardenal que hará por mí quanto le pidiere. De manera que, sin servir, tendrán efecto vuestros intentos, si ya no queréys ser más rico. Y entonces no seréys traydor ni degeneraréys de vuestros respetos, porque yo no soy muger de don Gregorio, que no lo puede ser ninguna por fuerça, y con la que digo lo hize por el gusto de mis padres, que poco vivieron, de que tengo suficientes testigos. Y nos podremos casar, que con esse intento traté con vos los amores, porque imaginé que, obligado, negociárades lo que yo voy aora a hazer a Roma, tanto por ello quanto por huyr la muerte, porque, como don Gregorio averiguasse con la gente de casa, enemigos que ni se escusan ni nada perdonan, la verdad del hecho, intentó darme veneno en un poco de aloxa que una siesta se me antojó, y, trayéndomela aquel criado que era archivo de sus secretos, tropeçó con un chapín mio y, cayendo en él, quebró el vidro y derramó el aloxa. Una perrilla que estava en mis faldas, que devía de tener sed, sintiendo ruydo de agua, saltó dellas y, lamiendo de lo que en el suelo cayó, me dixo su muerte en el peligro que estava mi vida, porque la hize abrir y hallé que traía veneno. No aguardé entonces más lances, ni puse en contingencia cosa tan de estimar como ella. Yo no soy natural de Xerez ni tengo allí deudos, y, quando los tuviera, hallara poco amparo en ellos, antes se holgaran con mi muerte por suceder en mi mayorazgo. Mi tío el Cardenal es más deudo que ellos, y por esto está más caliente la sangre y porque no espera lo que los demás: en él hallaré amparo para restaurar la perdida o tiranizada libertad, que este nombre merece cosa que yo no di de grado. No reguléys, por lo que con vos hasta aquí ha passado, lo que, viéndome con quien viviesse con gusto, sería, que si un vestido le trae su dueño con pesadumbre por ser contra el suyo ¿qué hará a un marido? Necio anda el que a fuerça de sus dineros lleva una muger que no quiere ser suya, que entonces es señor de la persona mas no de la voluntad.
- Dos cosas - dixo don Fadrique - quería preguntaros. Es la una, ¿cómo, en el tiempo que vivistes descontenta, no echastes el ojo a hombre que os desenfadasse? ¿Y cómo, si tanto me amávades, me pusistes en contingencia de perder la vida?
- A la primera respondo que mi intento fue siempre no vivir en pecado, antes casarme con quien escusasse los que de no estar con gusto nacen; y en Xerez no tenía yo quien me ayudasse, por ser los más cavalleros parientes de don Gregorio. Ymaginava yo en mi ydea un hombre como vos soys, a quien, con la condición dicha, entregara hazienda y persona. Y si como lo digo entonces no lo conocistes, fue por mostraros siempre tan demasiado leal, que no tuve tiempo para deziroslo, porque con brevedad huíades de mi presencia. A la segunda, que no, quando os puse en la contingencia que dezís, fue para que lo que amenazava os sucediesse, sino para que no os fuéssedes.
- Esso no he de creer, porque vos misma os avéys condenado diziendo que los mejores del lugar son deudos de vuestro marido. Pues, quando él no tuviera intención de matarme, lo hiziera por ellos. Fuera de que, con essa traça más me perdíades.
- No creáys tal por dos razones: la una, porque tenía gran crédito de vos, y la otra, porque, en teniéndoos en su poder, le dixera como tal no intentastes, sino que fuystes el que mató a mi hermano y que, para obligarle a la vengança, dixe lo que aora dudáys. Fue con otro intento, que después en mi mano quedava daros libertad, supuesto que era yo la parte.
Lo más de lo qual no era ansí, porque, quando le sacó el espada de la vayna, no fue con otro intento que de guardar su vida a costa de la de don Fadrique: buscó después essa traça, porque no se avía de condenar a sí propia, ni dalle a entender que su amor no fue honesto.
- Y sí queréys informaros - dixo dándole más satisfación - , preguntad a doña Ynés, que presente está, si la dixe, quando se supo la muerte de mi hermano, que me pesava le dixesse érades vos quien la hizo, porque de miedo no os ausentássedes de casa. Luego, si proceder huviera querido contra vos, ocasión no me avía faltado.
Él respondió agradeciéndola lo que alegava de veras y no creía, diziendo ser mucho más cierto tenerle a él más obligación, pues, por mirar por su honor, se hallava con trabajo y se puso antes a pérdida de la vida; y que se desengañasse, que no avía de hazer cosa por donde perdiesse la buena opinión que hasta entonces avía adquirido, si ya no era que en los mismos buenos respetos se hallava acción contra él, como en el sucesso presente se podía colegir, porque qualquiera que huviesse entendido lo que antes passó y los hallara entonces juntos creyera aver sido verdad y que concertaron verse allí:
- De manera que no me passa por el pensamiento casarme con vos quando libertad ayáys y, si quererla tenéys, no os passe por el vuestro hazerme bien a mí, que no negociaréys jamás.
Esto dicho, como sintiessen ruydo, bolvieron todos la cabeça y vieron a don Gregorio, que le llevava el huésped a una sala y alcova grande que junto a la de don Fadrique estava, que venía a la vista de un pleyto de cantidad de hazienda para el qual avía días que estava citado y se acabava el término.
Admiráronse todos, porque parecía cosa obrada por arte del diablo. Entró dentro y, apartando aparte a don Fadrique, le dixo:
-¡ A, traydor!, aquí confirmo aver sido verdad que intentastes contra mi honor y que, después acá, os avéys escrito para hallaros donde al presente estáys.
Esto, emboçado y con la daga ya en la mano como Serrano advirtió por estar a sus espaldas y sentir que la sacava.
Don Fadrique le dixo:
- Reportaos, señor, y no tratéys ofenderme, que estoy inocente en lo que me consideráys culpado, y advertid que la defensa es natural. Juro por Dios nuestro Señor que a los dos nos está oyendo, que no tengo ninguna parte en la venida de mi señora y que antes me turbé con su vista, y que tampoco la tuve en el delito que me impuso, y que, preguntándola la causa por qué tanto mal avía intentado hazerme, me ha dicho que yo maté en Sevilla a un hermano suyo, llamado don Francisco, como en toda la casa era notorio, y que, porque no me diéssedes libertad sin vengar su muerte, dixo cosa tan fuera de acuerdo, y que, preguntándola cómo una señora tan principal dexava su casa y tan noble marido, me ha dicho que vos no lo soys suyo, por averla sus padres forçado quando con vos se casó, y que va a Roma, donde tiene un tío Cardenal, para que dissuelva el matrimonio. Cerca está de nosotros: llamalda, que yo no pude dezirla nada desto para que concertásemos los dos, supuesto que no sabíamos avíades de venir. Y si hallaredes en contrario, tomad entonces la vengança que fuéredes servido.
Don Gregorio se reportó y, llegándose a ella, halló verdad todo lo que don Fadrique le dixo, y con el intento que yva a Roma, y que él no tenía ninguna culpa, y como vivía con él forçada.
Respondióla que para conseguir su intento no tenía que cansarse en camino tan largo, que como huviesse testigos, que en Xerez se podía hazer.
Ella respondió que no avía de poner allá los pies, que se acordasse del aloxa que una siesta quiso darla.
- Pues, llevaros he yo maniatada.
- No haréys - respondió - , porque, si juntos los dos me he confessado por vuestra muger aunque forçada, en queriendo apremiarme a lo que dezis, diré que no os conozco. ¿Qué testigos traéys vos para averiguar soy vuestra?
- Tres criados.
- Pues, yo traygo quatro que dirán que no os conocemos. Si vos me pretendistes matar por salir de conmigo, ¿no es mejor que, saliendo, me dexéys con la vida para que entre yo con quien la passe con gusto?
Don Gregorio consideró lo que en Xerez avía averiguado y como los circunstantes, que eran don Fadrique, Serrano y la gente de doña Ángela, estavan enterados dello y que, aunque no huviesse tenido efecto, bastava para manchalle su honor: sacó la daga y fue a darla una puñalada bastante para no asegundar.
Serrano, que cerca se hallava, tiró della y la hizo caer en el suelo, y, sin querer, vino a descargar el golpe en él y passóle el braço yzquierdo. Visto que avía herido un mocetonaço tan rezio y del ánimo que él sabía, puso mano al espada pensando que los dos la pondrían, como después lo hizieron no para ofenderle antes para defenderse. A cuyo ruydo subieron los criados de don Gregorio y otra mucha gente, entre la qual se escapó doña Ángela y la suya.
-¿ Qué es esto?, - Preguntaron todos,
Y él respondió que aquellos dos bellacos le avían robado su muger y su hazienda, y que avía venido en seguimiento dellos y, hallándolos en aquella posada, no tuvo paciencia para dar parte a la justicia y que se quiso vengar por su mano, y que pues avía allí tanta gente natural del lugar, que fuessen a llamarla. Y ya ella venía, porque el huésped, luego que vio el alboroto en su casa, fue a ello. Refirió entonces otra vez lo que avía passado y que sus criados dirían si era verdad todo y que doña Ángela era su muger; y empeçóla a buscar por el aposento, la qual no pareció.
Llevaron a don Fadrique y a su criado y a los de don Gregorio a la cárcel a muy buen recado, y a él, por ser cavallero, en casa de otro para que desde allí se hiziessen las averiguaciones. Luego que don Gregorio vio que su muger se avía huydo, quiso hazer consigo un disparate por aver dicho que lo era, porque entonces públicamente se deshonrava, y si lo hizo fue por no saberlo. La qual fue a dar consigo y con su gente a donde para ellos y para la justicia ni muerta ni viva no pareció, mas para don Fadrique y su criado sí, pues tuvo traça como le aliviassen las prisiones y le embió dineros.
Serrano llegó a lo postrero, porque la herida fue cerca del lagarto. Y, passando en silencio por no ser de essencia los lances que en las prisiones huvo, digo que doña Ángela tuvo tal ardid que los escapó a los dos de la cárcel y, vestidos ansí ellos como ella de romeros, dixeron que yvan a cumplir un voto a Roma y que era toda una familia, con la qual se embarcaron en un navío.
Don Fadrique la dixo:
- Ya vos, señora, veys mi inocencia y la deste pobre moço, que sin culpa ha padecido en la cárcel porque vos no muriéssedes. Yo no os llevo ni vengo en que vays con nosotros. Admito esta traça como el tan necessitado y por guardar la vida, que, según lo que vuestro marido dixo y como lo provara pues le era tan fácil, no ay duda sino que me quitaran la cabeça. Y pues mi suerte tan adversa en todas las cosas me ha traýdo a tal estado, a Dios pongo por juez desta causa y de que yo no os quito a vuestro marido.
Con lo qual se partieron aquel y otros quatro navíos, ellos a Nápoles, más los de los peregrinos para Argel, porque, como tuviessen una refriega con los enemigos, se escaparon los quatro y fue cautivo él en que yva el desgraciado. Peleó en ella como el que, ya que no pudiesse escapar de cautiverio, quería vender cara la libertad o la vida, y lo mismo hizo Serrano.
Sacó don Fadrique muchas heridas y muy peligrosas que no tuvieron menor lugar en doña Ángela, tanto porque las que recibía él en el cuerpo se las davan a ella en el alma, quanto porque caían sobre las antiguas que con verle en Barcelona reverdecieron. No le faltó a este Medoro Angélica que las curasse, mas faltóla a ella libertad para que lo pudiesse hazer, quel aunque estava prompta a ello, ya no era suya: hablavan los ojos y padecían las lenguas. Y en tan cuerdo dolor, cayó Serrano en el mar, y como don Fadrique lo viesse y que por no saber nadar se ahogava, se dexó caer en él, adonde las aguas, en lugar de chupalle la sangre, le dieron las vendas que doña Ángela, por la causa dicha, no pudo, que hasta los elementos amparan al agradecido.
Al fin dieron con ellos en Tánger por ser aquellos baxeles del alcayde, y, como don Fadrique tuviesse tan buena persona y doña Ángela no fuesse fea, se quedó con ellos y con doña Ynés, y los demás echaron al remo. Preguntáronlos cómo se llamavan y, mirándolos las manos, dixeron que no porque negassen ser gente principal se persuadirían a ello, porque las personas y el valor lo davan a entender, y que ya que su suerte quiso que fuessen cautivos, que se tuviessen por afortunados en serlo del alcayde, porque desseava mucho unos christianos principales que a dos hijos suyos, varón y hembra, enseñassen la lengua y otras habilidades que saben.
Halló don Fadrique, por una que no pudo, muchas Angélicas que le curaron las heridas, que un buen parecer aun entre los tiranos halla piedad. Consolóse algún tanto, prometiéndose, aun en aquella fortuna, desgracia: como dentro de pocos días vino a suceder, porque se pagaron tanto el alcayde y su muger dél que por ningún interés le rescataran, de manera que, quando fuera possible hallar con qué, no lo era por su mala suerte que aun en las prosperidades le era adversa. Las persuasiones tantas de sus amos para que renegassen, las dádivas y promessas corrían parejas con el valor con que don Fadrique burlava dello y, por su causa, los demás. Yva alicionando al hijo y doña Ángela a su hermana para que los dos aprendiessen a leer, y por aquel camino enseñallos la lengua; mas, aunque los maestros no los enseñavan a amar, que esso de cosecha natural se tiene, ellos lo aprendían tan bien que cada día yvan en aumento.
Parece ser que estos dos hermanos se avían enamorado él de doña Ángela y ella de don Fadrique, y como los dos se huviessen dado parte de sus amores, determinaron entre ellos que don Fadrique la diesse lición a ella y a su hermano doña Ángela. Y como el alcayde no estuviesse menos picado de la christiana, entrava a menudo más a verla a ella que a saber cómo lo hazían los discípulos, y, preguntándoles por qué se avían trocado, le respondieron que como los persuadían a que renegassen, juzgavan por medio eficaz que él solicitasse a ella y su hermana a él, porque tenía más fuerça de varón a hembra y al contrario; y la misma respuesta se dava a la alcaydesa: la qual respondió que si por essa razón se trocavan, que ella tenía más experiencia que ellos y que lo haría mejor, fuera de que, desseava también acabar de saber la lengua española (y aquí fue quando, por las persuasiones de los dos, bolvió Serrano de la galera a casa).
Con esta traça dixo a don Fadrique quánto le amava y que, si venía en su amor, serían suyas todas las riquezas de su casa, y que a ella no le passava por el pensamiento pedille que renegasse, lo qual hazía porque su marido no le diesse su hija por esposa, que tenía por sin duda hazerlo luego.
Él respondió que, aunque era muy pobre, era muy bien nacido y que su sangre no consentía trayciones, y que lo era muy grande ofender a su señor, de quien tantas mercedes recibía. Él qual bolvió segunda vez y dixo a su muger qué hazía con don Fadrique. Respondióle lo que sus hijos a ella.
- Ansí -dixo él - pues, yo tengo más plática que todos. Quiero avérmelas con la christiana - y levantando a su hijo del assiento en que estava, se sentó y la dixo que su intento nunca fue que renegasse (esto porque sabía que se casaría con ella su hijo), que lo que siempre desseó era dezirla quán suyo era y que, si venía en su pensamiento, depositarla en ella todas las prosperidades de su casa.
Ella respondió que de su señora la alcaydesa avía recebido muchos beneficios y que no era paga a ellos ni a quien ella era hazer lo que le pedía, y que, fuera de su pretensión, como la que era su esclava, haría todo lo que fuesse su gusto.
De manera que a don Fadrique amava la alcaydesa y su hija, y a doña Ángela el alcayde y su hijo. Los quales, como viessen que tanto tiempo estavan sus padres con ellos, se llegaron pidiéndoles les dexassen repassar su lición. Hiziéronlo melancolicíssimos con el mal despacho que llevavan, a que servía de consuelo considerar que, como sus amos, harían lo que quisiessen o por fuerça o por grado.
Los muchachos perseveravan en su lición, procurando reduzillos a su ley para casarse con ellos, y sus padres en persuadillos a su amor tan a menudo que el alcayde vino a engendrar, y aun a parir, celos de su hija y, apretadamente, de su muger: por lo qual los entró en dos calaboços, adonde los hijos con estremo los regalaron.
Allí fue quando doña Ángela por la puerta (que enfrente estava una de otra) dezía mil ternezas a don Fadrique, pidiéndole no pusiesse en olvido su amor, pues sabía quán grande era ya buen fin encaminado, que tenía por sin duda, quando escapassen, poner en breve tiempo las cosas de suerte que lo que tanto desseava executasse, y que, como esso fuesse, dava por bien empleados los trabajos padecidos.
Don Fadrique la respondió que tratassen al presente de pedir a Dios les diesse libertad, que, alcançada, haría todo lo que de su gusto fuesse: esto, por tenerla por aquel camino contenta, para que resistiesse las persuasiones de los hermanos.
Al fin, estuvieron en los calaboços algunos días, donde, si el alcayde baxava, era acompañado de su muger, y de la misma suerte dél quando baxava ella. Y como amenazas ni dádivas no pudiessen contrastar sus voluntades, dixo él que mejor estavan libres donde sirviessen la casa y acudiessen a su quotidiano menester, por lo menos don Fadrique. Y esto dezía porque, como estuviesse ocupado con los hermanos, tuviesse lugar de verse con doña Ángela.
Ansí lo pensó, mas, por presto que quiso acudir a ello, vio que su hijo abría el calaboço, con una llave que para esse efecto hizo; a cuyo tiempo ya su muger avía cogido a don Fadrique para que la diesse lición. Preguntóle el padre qué era lo que allí hazía. Díxole que cómo la enseñança engendre amor, se le tenía tal a la christiana, que avía baxado a consolalla y dezilla que procurarla con él la sacasse de prisión.
- Está bien esso, pero esta llave ¿quién te la dio?
No pudo negar que la avía hecho hazer. Alçó el padre el bastón que en la mano tenía para darle con él, y, retirándose, entró en el calaboço adonde don Fadrique estuvo, y su padre le hechó la llave, subiéndose arriba más celoso que con cuydado de enmendar a su hijo: donde halló a su muger con don Fadrique. Entonces acabó de concebirlos de todo punto.
Ansí que tenía el señor alcayde mucho amor a doña Ángela, celos del hijo y, apretadamente, de su muger. ¡Aý darás rayo! Esclavos tan costosos no se los dé a nadie ni la fortuna ni el tiempo, que parece dádiva de necios, que a un mismo tiempo ofende y regala. Los esclavos tenían protectores, porque si se enojava él, lo era suyo y ella al contrario; y los padres llevaron no buen despacho, que, aunque eran más poderosos, no negociavan con la fuerça que sus hijos, pues, a trueco de verse casados con los christianos, dixeron que querían serlo, para lo qual robarían en casa gran cantidad de riquezas. Y todos juntos se metieron en un baxel con intento de venirse a España y, baptizados, casarse: en lo qual vinieron por verse en la tan desseada libertad.
Y como llegassen ya al puerto, tuvieron fin las desdichas de don Fadrique, porque a su vista pereció el navío y todos los que venían en él. En cuya pérdida huvo una conocida ganancia, que fue hallarse los que tratavan de ser christianos en el cielo por medio del baptismo, haziendo entonces esta obra don Fadrique, que también se hallaría con ellos, pues con tanta paciencia sufrió tantos trabajos, no haziendo por donde le viniessen. Y si doña Ángela y los demás no tomaron mejor puerto que el que a la vista tenían, fueron muy necios, pues antes que se ahogassen tuvieron lugar para conocerlo.