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| Juan Cortés de Tolosa Novela de un hombre muy miserable llamado Gonzalo IntraText CT - Texto |
Nació Gonçalo en la ciudad de los Camaleones. Fue hijo de otro Gonçalo, presidente en este género de animales, y de doña Aldonça, a quien su marido convirtió en camaleona. Cuyo padre de nuestro Gonçalo meritíssimamente ocupó el primer lugar de miserable, tanto que hizo verdad la opinión de Aristóteles cerca de los que son avisados, afirmando no engendrar éstos hijos que lo sean, porque, divertidos en sus negocios o en cosas de ingenio, están en aquel acto tan ocupada la imaginativa que no tiene la materia de que se forman suficiente capacidad para que el hijo sea otro ellos, porque estuvo tan en sí como del efecto se puede entender, pues sacó a luz el inventor de la hambre, que, si en algo no le pareció, fue en ser más miserable que él.
Murió este tal padre de ahíto como los estreñidos de cámaras, haziéndose para ello del ojo la muerte y el tiempo, cansados los dos de un hombre para nada bueno, muy flemático y de aquéllos que aun no responden, encargándoles algún negocio, «harélo, que es camino de mi casa»; cuyo instrumento, en solos quatro días, fue un hartazgo en un combite que un amigo, rezién venido de las Indias, le hizo, porque era cínico en su casa y Epicuro en la agena. Por cuyo medio quedó huérfano Gonçalo de padre y madre, viudo y con quatro hijos que al presente tenía; porque la madre vivió tassadamente el tiempo que en el mundo estuvo. Un criado que sus padres tuvieron, del qual se pudo dezir que si él avía comido su pan que también ella comió el suyo, pues sirviendo en otra parte de escudero la traía la mitad de su ración, con que hazía llevaderos tantos trabajos como de la casa de un avariento se puede entender. La pobre moça se vio en religión tan estrecha, que ni la calçavan ni davan de comer: rindióse haziendo lugar a una María, muger segunda de nuestro Gonçalo, a quien yo conocí.
Fue tan avariento que pudo gozar la preeminencia de la ley ad bestias, porque, determinándose por ella que los hombres excelentes en sus oficios no puedan padecer pena de muerte salvo en ciertos casos, siendo el más aventajado de todos, era fuerça hablar en su favor. ¿Quién duda sino que avrá quien diga: está bien esso, pero la miseria no es oficio? Sí, es, respondo yo, pues della comía, vestía y calçava él y su casa. Éste fue el inventor de atar el açafrán en un pañito y ponerlo un momento en la olla, el que galopeava el tozino en el hervor della, el que ató los gatos a la hora del comer.
Y porque el retrato de hombre tan insigne es muy justo esté estendido por el mundo, digo que era alto, blanco, muy flaco, los ojos açules y hundidos, y hundidas las sienes, la frente preñada, las narizes grandes con un poyo en medio para los antojos, calvo y macilento, çaço: hombre que no es menester para provocar los desganados de comer más que ponérsele delante, con lo qual se ahorravan vinos de agenjos y otras cosas que a tales enfermedades se aplican, porque Gonçalo era hambre, sed y, por su mucha imprudencia, cansancio, no aprovechándose de muchas cosas que sabía acompañadas de buenas letras.
Esto es lo que toca a la persona, y si el vestido del criado dize quien es el señor, el propio que el señor trae encima mejor dirá quien es, particularmente sabiendo no es pobre. ¡O, si acertasse a pintarle! Usava más ordinariamente de una sotanilla por mitad como tierras de pan llevar, los quartos delanteros de vayeta, traseros autem de bocací, cuyo herreruelo jamás tuvo conformidad con su esposa la sotanilla por ser ocho dedos más larga que él, de que no poco corrida estuvo viéndose los pies de fuera, porque era una vieja honesta. Vestido pareció echo en la dotrina. No se quexó el herreruelo que no se le trató con justicia, pues una semana anduvo el un lado sobre el un hombro y otra sobre el otro, pareciendo yzquierdo todo aquel tiempo. Los cuellos destas dos buenas pieças no permitieron gozassen del ayre las abrigadas orejas. El que a la garganta traía, que era o de ruán o de olanda de aroca, dava otros nudos a este enredo: tenía poquitos anchos abiertos con los dedos, que parecía cuello de figura de piedra.
El sombrero era alto, dos o tres dedos de falda, tan ancho de arriba como de abaxo y quebrado de esquinas. Los calçones fueron agora sesenta años de paño de mezcla: ya por su mucha antigüedad no se rompían, como gregüescos de bien, antes, como hebras de bien cozida cezina, se dexavan caer. El jubón fue de tafetán en tiempo de los Reyes Católicos: éste no tenía de jubón más que el fomes peccati, con unos pedazitos de tafetán, que, visto de lexos, por descubrirse los forros blancos, parecía de chicha y navo. De los estremos de çapato y media pondere el piadoso letor: como en razón de la liberalidad de su dueño, considere estremo.
Éste fue el trage de los días de trabajo. El de los de fiesta era mucho más apetitoso para olvidar una melancolía. Gozava entonces de la claridad del día la de terciopelo con quatro dedos de faldilla, más raýda que una muger deshonesta, a quien acompañavan unas calças atacadas que el conde don Perançules hizo para cierto desposorio. Éstas estavan empapeladas todo el tiempo que no se usava dellas. Tenían delante siete o ocho fajas y, en lugar de las que detrás avía de aver, cosida una faldriquera que parecía luna en creciente; largas además, tan sentidas de la sinrazón de tenerlas tanto tiempo en tan trabajoso mundillo que a qualquier ocasionzita se despedían. Como moças gallegas dexávanse caer, que digamos, y tan como moças gallegas se despedían que, ansí como ellas no se van con las manos en el seno, ansí éstas se llevavan parte de las entretelas. Bien pudieran los muslos, a tener con que dezir «loro» y otras cosas que los papagayos dizen, pues estavan enxaulados y se podían ver sin que los pocos o a trechos aforros lo tuviessen por mal. El herreruelo, en tiempo que los traemos tan largos que más parecen manteos, aun no los cubría. Las mangas eran de tafetán que doze años antes le vendieron de lance: éstas se ponía con calçador.
El que en casa usava aún era más gracioso que éstos, porque una ropa cachera açul que le sacavan se compró quando la pérdida de España; ésta tenía tantos remiendos echados de cosa vieja de la misma color (porque dezía sí fuessen de nuevo se llevarían tras sí lo restante de la ropa, y ansí, en lugar de tapar uno, descubrirían muchos) que, si pusiessen en un corral al dueño y a ella, era certíssimo llegar en breve tiempo gran cantidad de dinero.
El vestido de los muchachos bien se podrá entender qual fuesse. Sólo diré que, como les comprava calçones y ropillas de lance, y les venían grandes, por no gastar se lo ponía como lo huvo, de manera que parecían muchachos de ciegos, que siempre van con unas ropillas que pueden servirles de herreruelos. La pobre de la muger tenía una ropa ceñida casi como la de su marido: fue muger de gran memoria, pues se acordó por donde se avía de poner la basquiña. No he visto yo chapines como los suyos, pues por su gran antigüedad, tenían dentro del mismo corcho cascabeles, cuyo color era el de unos guadamecíes ranciosíssimos. En entrando en casa, ansí él como los demás, se ponían unos bonetes colorados que les cubrían las orejas: todo lo qual, y lo demás que refiriere, vi por un agujerillo que en un desván hize.
Puestos en esta forma salían luego hijos y muger: ellos davan cuenta de lo estudiado y ella allí delante hazía labor. No pecava Gonçalo más que en el modo de disponer las cosas, llevando siempre delante la miseria, cosa que tanto daño le hizo, que lo demás, ansí se huviessen en otras partes, por su persona. Enseñava y dotrinava sus hijos, y el más traviesso con mayor cuydado. Reíase mucho de los padres que, no pudiéndolo sufrir ellos que los engendraron, querían que los sufriesse otro: de aý dezía muchas vezes nacer la perdición de tantos.
Ellos sacavan sus libros y él o unas ciruelas o otra qualquier cosa, con lo qual eran premiados si davan buena cuenta o en la nueva leción repetían bien. Dezía ser el premio el ançuelo de la virtud y que tenía por sin duda no passar adelante en ella si él faltasse. ¡Dezía muy bien, pecador de mí! Si, después de cansados, los muchachos no veían algún galardón, otro día se descuydarían: es menester que al trabajo se siga el premio. Muy bueno fuera que, cansados los rapacejos en madrugar y trasnochar, les metiera luego a pleyto el tan devido almuerço. No señor, con justicia procedió en esso Gonçalo: el que sabía bien llevava almuerço y de presente alguna cosilla de lo que allí estava, y el que no, aunque todos eran sus hijos, no por favor se le dava lo que no merecía.
Bien pudiera escusar su persona del bonete, mas dezía que lo propio que enseñava avía de obrar; y, ansí él como los demás, si avía de mudar un vidro o un plato de una parte a otra, yvan diziendo, en alta voz: «No se me cayga, no se me cayga.» Dezía padecer pocas vezes el daño el temeroso dél y que, cubiertas las orejas de los muchachos porque no se divirtiessen, era sin duda no quebrar lo que en las manos llevassen. Está esso muy bien, pero vuestra muger, ¿por qué ha de ser comprehendida debaxo de esse precepto? Porque, señor, yo os lo diré: ¿qué nos faltava a los maridos si nos cupiessen en suerte mugeres sin necessidad de ser enseñadas? Antes tenemos mayor trabajo, porque hemos de trabajar en que olviden lo que saben y luego enseñarlas de nuevo.
Leýales gramática, y yo también la oía desde mi agujero, que pocas vezes salía de casa, porque en ella tenía entremés con lo que en el quarto de Gonçalo passava, y comedia con su música con otras dos vezinas que dentro de casa vivían, de quien también brevemente he de hablar. ¡O, qué tales preceptos les dava de camino! Tal vez sucedió tratar de la amistad, sobre aquello que Cicerón dize: «Mi amigo es otro yo», que les dixo:
-Pues, ¿cómo haremos, hijos, que mi amigo otro yo sea? Mirando primero quien es este amigo o quien ha de ser, advirtiendo que no sea mucho más que vosotros, porque entonces os pondréys una carga a cuestas; seréys feudatarios y nunca cobraréys, serán vuestros amigos estando solos o mientras os ayan menester, y, después, conocidos. De manera que, para que mi amigo sea otro yo, es menester aya ygualdad, que crece entre ellos el amor. Y aunque esto se haga, no luego les avéys de descubrir el pecho, porque el amigo y el vino han de ser anejos.
Otra vez le vino a la mano aquello que Cicerón respondió a un hombre que le traía a la memoria la humildad de su linage, que fue dezir: Yo con mi virtud he dado honra a mis mayores, mas tú la que adquirieron cubriste con tinieblas.
-¡ O, qué bien dixo! -repitió algunas vezes - . Mucho mayor es la honra que una persona adquiere por sus partes, que la que por sus padres le dan. Acuérdome que, siendo moço, estuve presente a ciertas pesadumbres que un hombre a otro dezía, entre las quales una dellas fue: «Que aya sabido este hombrezillo de nada averse hecho algo.» Respondióle él con mucha flema: «Que aya sabido este príncipe de algo averse echo nada.» ¡O, qué bien le dixo! Bueno es que los padres dexen a sus hijos todo lo que ellos honestamente pudieren, pero gran gloria es averlo ganado con su virtud y diligencia, sabiendo después guardarlo, que es más que adquirirlo.
Mientras esto se dezía uno de los muchachos llamado Gilillo, el más traviesso y el más necessitado de comer, por tener mayor calor hizo del ojo a una de las ciruelas de tomo y lomo que junto a su padre estavan. Dezíala con los ojos tantas ternezas que, condolida y obligada, por su propia virtud, sin ayuda alguna, se fue llegando a Gil; y, como no pudiesse echarla la mano, la miró con tal efecto y tanta fuerça hizo en meter la respiración adentro que la traxo a sí. Apenas la tuvo en sagrado, quando se le mandó repitiesse los dos lugares que dicho les avía. Gil quiso dissimular su golosina fingiendo un desmayo, mas el cauteloso padre, antes de tomarle el pulso, contó las ciruelas, porque dezía que, para acertar, se avían de echar las cosas a la peor parte, particularmente las de semejante gente: y, como lo averiguasse, fue açotado crudamente Gil.
Preguntava Gonçalo a su muger:
-¿ Qué os parece, señora, del traviesso diablillo? No le condenava ella de voluntad, porque era tal su hambre que, a trueco de comerse otra, llevara otros tantos açotes. Gil no los sintió, porque el suavíssimo almívar de la ciruela le olvidava del dolor dellos. Ésta fue consumida sin poner de su parte las muelas el acostumbrado trabajo, que el calor que del estómago subía era suficiente a ello, aun en cosas de mayor consideración; ni el hueso quiso escupir, por tragar algo más.
En esto se hizo hora de comer y pusieron la mesa, acudiendo cada uno al oficio que se le avía encargado. Sentáronse a ella y parecía la tabla de monos que de Flandes viene: todos con sus bonetes y el padre dellos con antojos. No fue oýda ni vista la comida. Él sacó un jarro en que tenía un poco de vino tapado con un paño a manera de bola, que, por averlo tenido algunas vezes tinto y participado dél, parecía bola de jaspe. Ponía nuestro Gonçalo la mano debaxo de la barba para que las migajitas no se le escapassen (no hablavan quando comían), destapava su jarro y bevía lamiendo después la gotilla que en la boca dél havía quedado.
Ya yo estava cayéndome de hambre de ver lo que allí passava. Baxéme a mi quarto, a cuyo pie de escalera estavan dos vezinas que otros ocupavan, la una baylando sin son, sólo con su sombra y la otra hablando con la que baylava sin que la oyesse nada de lo que la dezía. Luego que dellas fuy visto, me cogieron del braço: la una me pidió la ayudasse y la otra me contó un sucesso de una su amiga. Por cortesía estuve un poco con ellas, mas, como la necessidad que yo llevava fuesse inclinada no a baylar ni a oýr qüentos, las pedí licencia. Fuyme y ellas tras mí, baylando la una y hablando la otra.
Yo era recién entrado en aquella casa y, como tal, me admiré de lo que en ella avía, porque, si dixe era comedia y entremés, dixe bien, conocida la casa de Gonçalo y la de mis vezinas. La una traía feria de hablar, hablando en unas partes y llevando de aquéllas que hablar en otra: relatava todo quanto en el mundo avía sucedido desde el principio dél, sabiendo quantos platos comía el gran Turco y como es servido el Preste Juan; la otra tañía y baylava con una harpa. Entréme en mi aposento, mas no por esso me dexaron, ni me dexaran sí sus maridos no vinieran.
Fuéronse con ellos y yo, acabada la comida, me salí a la puerta de la calle, donde fuy acompañado de un buen viejo, escudero de la que baylava. Éste me preguntó cómo me yva en la casa, ofreciéndoseme en todo lo que le quisiesse mandar, y, con poco pie que le di, me contó quien eran sus amos, el exercicio de su señor y toda la descendencia de su ama; y, llegando a lo del bayle, me dixo cómo su señora la mayor, que santa gloria huviesse, puso su felicidad en enseñar a su hija el harpa, que dançasse, y también a cantar. Luego dixe entre mí: «Bien dize esto con la pesadumbre que ayer avía entre su marido y ella, motejándola de no saber tomar la aguja en la mano.»
- Fue mi señora -me dixo - , y al presente lo es, la muger que mejor bayló, tañó y cantó en España.
(¡Ansí dixe yo!) En efeto conocí la casa y hallé que gastava su hazienda en combites sólo por baylar, y aun que por baylar se casó luego. ¡Considere quán bien empleado estava qualquier castigo en la loca madre! Ara yo no sé para qué es bueno que hulanica sepa tañer y cantar si hulanica no ha de ser monja. ¿No basta los enemigos que consigo trae cada una en su condición y terribles costumbres, sin comprarnos otros? Pues ¡quiçá era moça nuestra bayladora! Por su mucha vejez ya no avía en el lugar quien se acordasse averla conocido con dientes. El rostro estava arado con multitud de arrugas, de manera que, para averse de afeytar, considero yo que se pondría el solimán con alfiler, como quien se alcohola. Era fuerça, porque, a no ser ansí, estuviera el fondo dellas de diferente color, de manera que devía de tener echa minuta de las arrugas menores y mayores con alfileres para las unas y para las otras, y, untando el necessario, diría: «Éste vaya a arrugas siete», como los que llevan la comida a los enfermos de los hospitales, que les dizen: «Vuessa merced vaya a camas onze.» Yo me hallé bien con ella, porque, como de la niñez me quedasse noticia de algunas mudanzillas, me las pagava a oro no porque se las enseñasse, sino porque las baylasse con ella.
El marido desta atarantada muger era un muy buen hombre, tanto, que de qualquier cosa próspera o adversa que de otro oyesse dezía: «Alabado sea el Santíssimo Sacramento. Dios lo ha de remediar todo. Él lo dio, Él lo pudo quitar. Sea su nombre bendito.» Exercitava al presente un oficio que, al cabo de algunos días, injustamente le quitó el mismo que se le avía dado. Antes le juzgué por lo que he dicho. Dieron a otro lo que él tenía: dixo tantas cosas de muy gran consideración del que se le quitó y de quien desde entonces le tuvo, que quedé absorto. Preguntéme si era aquél el mismo hombre que pocos días antes fue y halló que no, porque entonces era rico y al presente se yva haziendo pobre. Está muy bien, quando se camina con próspero viento, dar a Dios muchas gracias, y quando con adverso, no acordarse dél; pues, ven acá hombre, aquello de «Dios lo dio, Dios lo quitó, suyo es todo, sea su nombre bendito», ¿qué se ha hecho? ¡Qué mucho hiziste tú en dar una pechuga a quien te dava la gallina! ¡O, qué bien dixo Terencio: Fácilmente, quando estamos con salud, damos a otros útiles consejos!
También consideré quán mal hazen los hombres poderosos, que, usando bien de los oficios aquéllos a quien los han dado, se los quitan: no ay razón, porque ningún hombre por este ni otro sucesso se olvide de lo principal, mas fuera bien no le huvieran dado causa. Ya me parece escucho algún curioso que me pregunta si dexó el exercicio la baylarina. Respóndole que no, porque se puede dezir lo que de los ojos de la melancólica, que llorando nacieron y ansí han de acabar, que baylando nació y ansí ha de acabar.
No me fue tan dañosa ésta como la otra su compañera. Cansóme en breve tiempo, porque, si el hablar huviera de contraer matrimonio con la miseria, la pudieran aver casado con el insigne Gonçalo. Ésta era muger que, con hablar tanto, jamás la impidió al comer: tanto hablava, que se yva secando como los éticos, tanto habló, que se confessava a menudo por hablar, y tanto, que yo no lo sé significar. Era tan flaca que la llamaron la dama buýda, y con tanto extremo que se pudiera dar un ñudo en su cuerpo como con vara de mimbre, y tanto lo era que, si la pusieran por mano de relox, no impidiera la vista ni aun del uno. Era tanta su flaqueza que, hallando la aldava de su quarto echada por dentro, para saber qué hazía la criada, metió la mano para quitarla por la tronera de la llave; y yo oí a un hombre, que por la calle passava, preguntarla, por estar ella a la puerta, si era casa de tesoro.
-¿ Por qué lo dize?
- Porque ay lançón a la puerta.
¡Pobre de mí!, que si le hizo a ella el agravio, a mí se me aumentó el tormento.
Digo, demás desto, que esta dama, o esta geringa, tenía otras quatro amigas de la misma data, muy pesadas aunque muy flacas. Juntávanse, como otras a merendar, a hablar. El concierto era entre ellas no averse de enojar la una porque la otra no la escuchasse, que, como se juntavan a hablar más que a ser oídas, como quiera que hablassen no les dava cuydado; ansí que entrava una y tras aquélla otra y luego otra, como los que cantan en fuga, que no porque entre uno sale otro, antes todos se quedan cantando. Vi al marido désta desesperado, porque hablava entre sueños y se le yvan las criadas porque las quebrava la cabeça.
Esto es lo que toca a mis vezinas. Bolvamos a nuestro Gonçalo. Hallaremos que tanto apretó a Gilillo y tanto le fatigó, que se le fue, no como hijo pródigo, antes como hijo podrido: ¡imprudencia grande de hombre que a tal le forçó! Gil no quería casas ni viñas, sino comer, para lo qual buscó una frutera con quien hizo assiento. Allí fue señor de cantidad de ciruelas el que por una tan crudamente fue castigado, rodavan las peras y las camuessas sujetas a su voluntad: hiziera allí de muy buena gana un tabernáculo. Mas dezidme vos, señor Gonçalo, os ruego, ¿por ventura eran compatibles los pequeños premios que a vuestros hijos dávades con los crueles castigos por tan leves causas? Pues, tomaos lo que os vino.
No han de ser los padres verdugos de sus hijos, ni tampoco dexar de castigarlos; ni el amor les ha de vencer de suerte que, por él, los han de poner en estado que no han de permanecer, que es fuerça caer dél o no dar buena cuenta, o perderse el uno y el otro. Lindamente respondió Febo a su hijo Phaetón si perseverara en ello: «Hijo, aunque el amor de padre con tantas veras me incita a hazer vuestro gusto, no es para vos lo que me pedís, ni a vos ni a mí nos está bien.» ¿Y qué resultó de no llevar adelante lo començado? Darle el carro del sol, que era lo que le pedía, y dar con él y consigo en las aguas. En verdad, hombre medio humilde, que te ha de acontecer lo mismo. Si quieres tu hijo cavallero, linda cosa es que le pongas unas alas de cera y que le subas junto al sol: quemárselas ha, te prometo.
Al fin, Gonçalo halló su hijo pregonando con muy lindos passos de garganta la fruta de su nuevo dueño; bolvióle a casa, donde el contento le sacó de madre. Púsose, para que esto se conociesse, el terno rico, salieron las empapeladas. Y para más festejar el hallado perdido, le llevó al rastro, donde se traxo un vientre de carnero mandándole se diesse buena diligencia en llevarle a casa con brevedad, para que se adereçasse para comer. Junto con esso le dio dineros para que comprasse poco más pan que lo acostumbrado, y él, para que el excesso fuesse cumplido, se llevó una cabeça de carnero embuelta en una vieja servilleta, que para esse efecto sacó de casa.
Viniendo con ella debaxo de la capa, vio en una tienda no muy lejos del rastro unas ciruelas, de las que se dize satisfacen el desseo del más goloso bellaco. Puso la servilleta sobre una mesa que a la puerta avía para sacar un lienço de la faldriquera y, cayéndose un lado della, quedó como tapada de medio ojo. Cierto alano que de aquellos barrios era cosario, enamorado de la partícula que vio del ojo, se llegó a ver si dezía el paño con lo poco que de la muestra avía visto. Quando Gonçalo diziéndole:
-¡ Sal aquí! -le tiró un puntapié, el alano, que era valiente a las derechas, le hizo menos dos faxas de las que se aforravan en papel, con las quales se fue passo a passo.
Luego que Gonçalo vio tan mal heridas las calças de su vida, eligiendo a trueco de bolverlas a cobrar de los dos daños de perderlas o darle la cabela el menor, fue tras él mostrándosela y rogándole con ella. A la fe, no era perro de burlas ni menos gran ballestero que valiente. Él estava enfadado de que tras él huviesse ydo tanto tiempo; soltó las faxas a sus mismos pies y tiróles segundo bocado. Echó el cuerpo atrás Gonçalo, medroso mas no encogido, que, antes, le estiró más de lo acostumbrado, causa de que una sola cinta que las calças tenían a cargo, por su mucha flaqueça, diesse libertad a las que la fiesta avían de honrar.
Viéndose Gonçalo con grillos, que no podía huyr y que avía soltado las faxas, quiso meter la cabeça dentro dellas y, cogiéndolas en la mano, yrse al portal de enfrente. Fuera ansí a no ser el perro tan buen tirador que, en la distancia que huvo desde la mano a dexarla caer de ella en ellas, no la cogiesse, y, tan passo a passo como antes avía venido, se bolviesse con una cabeça que llevava quatro ojos: dos que sacó del rastro y los dos de Gonçalo que con ella yvan. Comiósela y no fue poco afortunado en que se la llevasse, porque, como las calças tuviessen en lugar de aforros de lienço aforros de cuero de ante (que su bisabuelo o abuelo puso en ellas porque fuessen eternas), si el perro se quedara allí, tuviera por cierto estavan aforradas en callos.
En fin, que ya no avía cabeça, ciruelas, ni vientre, porque, yendo con él Gilillo a casa, como del breve tiempo que con la frutera estuvo conociesse algunos de aquellos muchachos que el mismo menester que el suyo exercitavan y uno dellos le diesse un pescoçón diziéndole:
- Pícaro, ¿qué hazes por acá? ¿Estás con algún bodegonero? -y Gilillo le respondiesse a todo y, para mejor poderlo hazer, pusiesse detrás de una puerta el esportillo en que llevava el vientre junto a unas espuertas de basura que aguardavan el carretón que por ellas viene, parece ser que, ocupados los dos muchachos en la lid, llegó el ministro del nuevo oficio pregonando basura a la casa donde las espuertas estavan, entró en ella como tenía de costumbre, por cierto interés que para bever se le señaló, y, cargando con ellas, las vertió en el carro, bolviéndolas a poner vazías en la misma parte que las sacó llenas. Con esto se fue, y llegando Gonçalo al puesto donde se dava la batalla entre los dos campos, que el uno más era desierto y el otro gozava fertilidad de fruta según el tiempo la concedía, los puso en paz sin ofender al contrario de su hijo, porque no supo quien tuviesse la culpa y, como no fuesse en cosa que tocasse a comer, era Gonçalo muy allegado a la razón.
Le preguntó por el vientre, y diziendo:
- Aquí está, señor - , fue a buscarle a donde le avía puesto. No pareció, causa de que los trabajos passados se le renovassen y empeçassen de nuevo. Afligióse Gilillo y, saliéndole su padre al camino, en atajarle el que quería tomar según los ojos puestos a lo de fuga davan a entender, le contó, para assegurarle, el sucesso de la cabeça y ciruelas. Llevóle a casa.