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Juan Cortés de Tolosa
Novela de un hombre muy miserable llamado Gonzalo

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III

Dexémosle, pues, aquí y vámonos a Sebastianillo. Y hallarle hemos page de cámara y muy privado de su amo, porque, como huviesse determinado yrse con sus vassallos y allí tuviesse tiempo sobrado para hablar con los criados de casa, aun hasta con los pícaros de cozina, y el cozinero le huviesse dado parte de la buena inclinación de su oficial, mandando se le subiessen arriba, le preguntó quién eran sus padres y la razón por qué se aplicó a cosa tan baxa. Él le respondió a todo, diziéndole lo que passava y cómo la importuna necessidad le forçó a ello, y que no se espantasse su excelencia se rindiesse un pobre muchacho, pues una ciudad se rendía por hambre.

Parecióle suficiente disculpa, y, conociendo dél ser hijo de padres honrados, aviéndole informado el cozinero de su mucha virtud (que esto de aver tenido buenos principios con no mal natural importa mucho, porque si tal vez se divierte su dueño, raras le haze consumadamente malo), le hizo su page, y, de allí a poco, de la cámara, y luego empeçó a privar con él, de manera que no se hazía en casa cosa que por su mano no passasse; que no es malo mudarse la persona tal vez, quando en lo que entre manos tiene le va muy mal.

Sucedido ha a más de un tahur levantarse de la mesa donde está jugando, cansado de que le diga tan mal, y salirse a la calle y dezirle bien quando buelve. Bien es verdad que yo he visto passearse un rato un hombre que estava perdiendo para ver si aquella mala suerte se acabaría, y bolver al juego y alçar veynte pintas contra sí: todo lo tiene el naype y en la fortuna está encerrado lo uno y lo otro. Bueno fue el natural de Sebastianillo pero mucho le importó aportar en buena casa, de manera que fue acierto nacido de yerro. Tanto caudal halló su amo en él y tanta noticia tuvo de letras humanas y tan bien sabía latín, que le fiava lo íntimo de su pecho.

¡O, qué bueno es saber! Pregunto yo: ¿si don Sebastián (que assí se llamava ya) saliera de en casa de su padre sin más que con su rota persona, viniera, aunque muy noble sangre le acompañara, al estado que al presente tiene? No por cierto. Luego, ¡saber!, créanme los padres; y, aunque trabajen en ello muchíssimo, hagan científicos sus hijos, que el que dixo «más vale saber que aver» bien dixo, porque lo uno se suele acabar con el tiempo y lo otro con el mismo se perficiona.

Bolvamos agora a Gonçalo y a Ysabel de la Puebla su muger, que en otro tiempo se llamó la Raposa por lo mucho que del arte entendió. Hallarle hemos aún en peor estado del que le dexamos y a ella hecha ama de hospital, porque, si le puso en aquellos términos, vino a curarle, a cuya obligación avía de acudir de veras si huviera sido mala de burlas, no tan de pensado digo: mas raras vezes, como dize Tácito, el ánimo corrompido por liviandades aprovecha para más que para aquello en que tantas vezes se ha ensayado.

Gonçalo metió en casa una muger tan valiente que contrastó una hambre no aprovechándole su miseria, porque era de las de «ha de ser lo que yo quisiere y no más». ¡Dios nos libre de la yra de una muger y más de ira de muger como ésta! Passó solía, Gonçalo; trocáronse las suertes. ¿Acabásteys las humildes? Cayóos en suerte la misma sobervia. No tuvo valor con vos la honestidad y caysteys en un poço de descaramientos. ¿No conocisteys las muchas mercedes que Dios os hizo? Conoceréys su castigo. Poco os aprovecha atar los gatos ni galopear el tozino, que la nueva muger sabe como degeneréys de lo que soys. ¿Açotávades sin qué ni para qué a la sufridíssima difunta? Pues, ved agora que, si no soys açotado, os tratan de suerte que excede a ello. Por cierto justo castigo, digno de las demasías passadas. Sin duda vuestras mugeres os han citado. ¿Qué es de vuestros hijos? ¿Cómo no han parecido ni vos los avéys buscado? ¿Ésse era el cuydado que con ellos teníades y los buenos documentos que les dávades? ¡Ved quál estáys! La tiña, no obedeciendo la censura de los pegotes, va en aumento; de los dos lados que tan mal heridos tenéys, el uno ha empeçado a criar cáncer. Pues, poned los ojos en vuestra muger: el día que peor os sentís, ésse sale con mayores galas. ¿No os acordáys de la ropa con que a la passada traxistes ceñida? Acometelde con ella a la que presente tenéys. Duero, peña y peñas por muchas partes os cercan.

Estando en este tan miserable estado, entró don Sebastián, que antiguamente era Gilillo, muy galán, con dos criados, que avía muy pocos días que con su amo bolvió de assiento a la Corte, en los quales se informó del estado de su casa. Supo la desventura de su padre y cómo los demás hermanos también se avían ydo. Bien quisiera, en lugar de darle la mano que para besarle pidió, echarse a sus pies, mas él con el tan devido respecto se la besó y fue luego a su madrastra mostrando querer hazer lo propio, aunque ella no lo consintió antes, en lugar de dársela, le dio por los ojos el coraçón.

Tuvo lugar Gonçalo de llorar con él sus desventuras, y no avía para que exagerarlas, pues el estado en que le tenían podían ser suficientes testigos, mas no le dixo del baxo lugar de la casa de madre de moças donde su muger avía estado, aunque él lo supo, antes le consoló, con las más vivas razones que pudo, contándole, para divertirle de las tristezas y enfado de tan pesados males, la mucha merced que su amo le hazía y cómo esperava en Dios verle con mucha salud y contento, y verse en el estado que fuesse amparo de sus hermanos, que no avía mejor traça, para que viniessen, que saber podía hazer algo por ellos.

Con esto se despidió por no hazer falta a su amo. La madrastra le avía acechado todo el tiempo que con su padre estuvo. Quando le vio salir fue a él y le dixo que le esperava en cierta parte, porque tenía mucho que hablarle. Aceptó él, creyendo ser cosa tocante a las de su padre, y señaló el lugar. El padre quedó llorando de contento y la madre de amor.

Comieron sin bonetes ni ropas ceñidas, sin la avaricia que en tiempos atrás se acostumbró; y, aunque él tenía en el alma el carácter de la miseria, no se atrevía a usar della más de en las cosas que a su persona tocavan. El dinero era mucho y dentro de casa, la señora ancha de conciencia y muy pródiga, de manera que, lo que en él faltava sobrava en ella. Y aunque el cofre era de hierro y las llaves hechas con gran arte, para todo tuvo industria, y, quando le faltara, era muger que a coces hiziera se le diesse lo que ella pidiera.

Levantada que fue la mesa, hizo llamar un escudero y se fue diziendo quería empeçar una novena por su salud. No se devieron nada en esto los dos, porque, si fingido lo dixo ella, fingido lo entendió él. Caminó a donde su hijastro y su amado la esperava, a quien habló con la desemboltura que della se puede entender, diziéndole cómo la avía parecido bien y que avía de ser suyo a pesar de todo el mundo.

No quiso disgustarla don Sebastián con lo que otro, que tan cuerdo no fuera, pudiera responder: «Pues, señora, ¿estáys en vuestro juyzio? ¿Al hijo de vuestro marido requestáys? Bolved, bolved en vuestro acuerdo.» No la dixo tal, antes, respondiéndola con la misma desemboltura, la dixo como, por una grave enfermedad de que Dios le dexó con vida, le hizo promessa de no ofenderle carnalmente en un año, que, passado aquél, trataría de su gusto. Ni ella quisiera que lo prometido pusiesse por execución, ni hiziera menos que yrse con ella, tan lascivo fue el amor que, desde que vino a su presencia, engendró en su pecho; mas, como por quien mucho se ama mucho se ha de conceder, se conformó con su voluntad, pidiéndole fuesse en casa de su padre muy a menudo, que con esso por entonces quedaría contenta. Con este mal cessó otro de cierto bellaconaço con quien estava enredada.

Prosiguiendo, pues, Ysabel en sus amores y él en el voto que fingió aver hecho, tanto lo quería que no excedió un minuto de su gusto, dándole todo el dinero que hurtava del cofre de hierro, el qual él guardava sin tocarle. Hazía en esto dos cosas: la una, tenía enfrenada a aquella lasciva muger, y la otra, guardar su hazienda, escusándola con aquello de que no la diesse a otro.

Parece ser que, de los hermanos que se ausentaron, uno dellos se inclinó a las armas, y como hallasse caudal en él el capitán, le hizo oficial en la compañía que en cierto puerto estava. Luego que se vio tan galán y con plumas, quiso dar una pavonada por su tierra, informándose primero de las cosas de su casa. No faltó un amigo que le satisficiesse este desseo, porque le dio parte de todo lo que en ella passava. El nuevo soldado perdía unas vezes la color y otras, resuelto a la vengança, le cobrava. Informóle juntamente de las liviandades de su madrastra y de quán públicas eran, no en la calle, que no es poco en la Corte, mas aun en todo el lugar, y cómo la noche que no estava a la puerta della concertando nuevas ofensas para otro día, estava su criada, y que era una grandíssima alcahueta.

Aquí fue donde halló el soldado lo que por trabajo de ingenio pudiera descubrir, porque, estando a la puerta tan a menudo, podía llegar una noche y poner por execución su intento. No se descuydó, antes, para desmentir lo que después dél su mismo amigo pudiera sospechar, se despidió, diziendo no estava bien en parte donde tan grande desventura le sucedió a su padre, que se quería bolver a su compañía. Con esto, estuvo escondido unos quantos días hasta que una noche se determinó yr, muy galán y con muchas plumas aunque emboçado, a la casa que él bien sabía a preguntar por la señora doña Ysabel, pidiendo a una muger que a la puerta estava se la llamasse.

Ésta era la criada, que hablava con don Sebastián, pidiéndole no se fuesse sin hablar a su señora. Ella respondió ser quien buscava, que es muy de semejante gente tener los negocios de sus amas por propios; demás de que, entendió ser algún galán que avía concertado por allá, y no le causó novedad preguntassen a tal hora, aunque se espantó de que huviesse dicho verdad en la casa. Para que don Sebastián no se enojasse de que, estando con él, hiziesse cara a otro, le apartó y le dixo cómo aquel mancebo era cosa suya, que tuviesse por bien le hablasse.

El soldado no venía para muchas largas: bolvió segunda vez a preguntarla si era ella la señora doña Ysabel. Respondió que sí. Puso mano al acero y diola una muy gentil estocada.

Cayó en el suelo diziendo:

Ay, que me ha muerto el bellaco de hulano!

- (el nombre del rufián que pocos días atrás su señora avía dado de mano).

Creyólo ansí según le vio de enojado por ello, atribuyendo la causa a su mal tercio. Una muchacha, que estava detrás desta buena lança haziendo los exercicios para entrar en licencias, dixo que le conoció muy bien y que era el mismo que la criada dixo.

Viendo don Sebastián el atrevimiento que delante dél se avía usado, puso mano al suyo y corrió tras el homicida. El rufián, que estava a la esquina, viéndolos venir el uno tras el otro, no sabiendo lo que avía acontecido, sacó la hoja y quiso ponerse en medio.

Valiérale más no la desnudara, porque, a los muchos gritos de las vezinas, llegó la justicia y, viendo la muger en el suelo y llena de sangre, informándole de que por la calle abaxo yva y no poder aún llegar al esquina, corrieron a buscarle. Hallaron el pobre del rufián desembaynada la espada. Todos dixeron:

-¡ Éste es!

Él respondió lo que avía passado. Lleváronle a la casa, donde la criada herida y la pupila que con ella estava dixeron ser él. Pues, por el alguazil y escrivano no se perdió la buena obra, que sangre le hallaron en ella sin averla tenido desde la primera que en la cinta se puso. Lleváronle a la cárcel, donde lo pusieron en un calaboço.

No passó muchas horas que no le diessen tormento, porque el caso y los indicios lo pidieron ansí, a que ayudó mucho la mala opinión, el aver estado muchas vezes preso y traerle entre ojos la justicia: y como este género de valientes sean como los nublados en año que viene torzido, que todo es demonstraciones y nunca llueve, confessó. Tuviéronle unos días sin sentenciarle, hasta que la herida murió y ahorcáronle después.

Quando los dos hermanos fueron corriendo el uno tras el otro, parece ser que un demandador que venía pidiendo, como es costumbre, de noche, se puso en medio dellos para que no riñessen. Con la luz de la linterna se conocieron, abraçáronse y tomaron el camino de en casa del amo de don Sebastián, en cuya casa se dio parte el uno al otro de todo lo sucedido. Allí supo el soldado cómo quedava vivo el enemigo y sin herida, como avía dado a la criada por dar a la ama.

Doña Ysabel, que con la muerte de la criada estava algo compungida, acabó de abrir los ojos, considerando como si a la puerta estuviera, como era tan ordinario, fuera ella la difunta y en quan mal estado la cogía: determinó con todas veras apartar de sí la nueva voluntad y ser otra de lo que hasta entonces.

Por manera que, desta muerte, nació nueva vida en doña Ysabel y quedaron castigados unos y premiados otros: castigada la criada, que pudiera averse contentado con veynte años que avia usava la negociación, que, a no estar ella a la puerta, no estuviera fuera del mundo; castigado el rufián, que también se los pudiera aver abierto la poca medra y muchos trabajos de otros tantos que anduvo en el trato, y no estar atalayando la casa de donde le avían echado, y tampoco le sucediera mal premiado don Sebastián, que, tanto por su mucha virtud y prudencia quanto por sus traças, entretenía su madrastra, escusándole de buscar las nuevas passado el año en que avía de guardar el voto.

Gonçalo fue servido de su esposa unos días con la mayor diligencia y entrañable amor del mundo. Mas duróle poco, porque los males le apretavan demasiado, y tanto, que se le arrimó una calenturilla que le yva secando, con la mayor gana de comer que hombre ha tenido; mas, quando llegava la vianda a la boca, no la podía passar, aunque ponía de su parte toda diligencia tal sabor tenía en ella, de manera que si oy tragava un poquito para no morirse, mañana era menos.

Bien quisiera él comer, mas no podía: ¡justo castigo que muera de hambre el que a dos mugeres mató con ella! Compravan los capones de leche, las perdices, las pollas; pedíanle que comiesse, que se perdía, y que para ello se hiziesse fuerça. Respondía:

- No puedo.

- Pues, ¿qué se ha de hazer desto?

- Echarlo por la ventana abaxo.

Pues, Gonçalo, ¿essa es respuesta de un hombre tan miserable? Por una hastilla saliérades vos a ella ¿y dezís que arrojen un capón que costó un escudo? Al fin, señor, vos soys castigado y medido con la medida que medistes a otros.

Ya les pareció a todos que no podía vivir quinze días. Hiziéronle hazer testamento.

Quando don Sebastián supo en los términos que su padre andava, fue a él con su hermano el soldado y le dixo cómo avía vivido muy engañado cerca de las cosas que de su madrastra avía presumido, y que, para que entendiesse la verdad del negocio, le dava dos mil escudos, que era el dinero que le faltava, porque, sabiendo que sus hermanos estavan ausentes y que él avía de llevar adelante el andar galán porque el oficio de camarero en casa de un príncipe lo requería, hurtó, ansí para lo uno como para lo otro, el dinero que él le restituýa, y que por su causa estava su hermano en Madrid. A lo qual, si Gonçalo no se persuadió, fue por lo menos suficiente su hijo para hazer la dexasse parte del quinto de sus bienes con que pudiesse vivir honestamente, como lo hizo.

Puestas las cosas en este estado, murió, quedando todos con su muerte acomodados, porque el lechón y el avariento tienen essa propiedad, que en vida no sirven de nada y causan con su muerte mucha utilidad. ¿Quién no ha conocido el enfado deste animal gruñiendo y ensuciando todo el lugar? Pues, en muriendo llena toda la casa el que antes era enfado en ella.

Cada uno llevó a la suya su herencia y don Sebastián mejorada, que, aunque no avía menester dineros, no vienen nunca a mal tiempo, porque, si ay necessidad, se remedia con ellos, si no la ay, perseverase en que no la aya.




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