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Mariano José de Larra
Los inseparables

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Escena IV

EUGENIA, PATRICIO, VALBUENA.

PATRICIO.- Entre usted, entre usted; (A VALBUENA al entrar.) está usted en mi casa, o en casa de mi suegro, que es lo mismo. (A EUGENIA.) Buenos días, Eugenia.

EUGENIA.-  (Aparte.) Pobrecillo. Estamos contentos con usted. ¿Qué quiere decir esto? Tenernos dos días en la mayor ansiedad... ¿Dónde ha estado usted?

PATRICIO.- Eso ¡y ahora un sermoncito!

EUGENIA.- Cierto que no lo merece usted. Yo tengo ese derecho; yo digo las cosas cara a cara y le defiendo a usted en su ausencia; no soy como los amigos que... En fin, dígame usted. ¿De dónde viene usted?

PATRICIO.- A ti puedo decírtelo; tú lo callarás. Salgo de la cárcel; es decir, del consulado.

EUGENIA.- ¡Dios mío! Alguna nueva...

PATRICIO.- ¿Qué? Eso es lo mejor del caso: que la deuda no era mía, sino de Damián, mi amigo, excelente muchacho..., pero un apuro... ya se ve... ¿eso cómo se evita? Lo iban a embargar si no daba un fiador. Vino a buscarme. ¿Cómo me había yo de negar? Luego pudo lograr poner las letras a tres meses de plazo. ¡Tres meses!, Eugenia. Yo creí que tres meses no se acababan nunca y que encontraría... Pues, amiga, nada de eso. El tiempo se fue y el dinero no vino; y por colmo de desgracia, él se fue con el tiempo...

EUGENIA.- ¡Qué infamia! Fíe usted a nadie...

PATRICIO.- Ahí verás; pero la cosa no tenía remedio; era preciso pagar; y eso pronto está dicho, pero veinte mil reales...

EUGENIA.- ¡Usted!

PATRICIO.- En una palabra: que se protestaron; que no pareció Damián, que pegaron conmigo, que pido plazo, que expira el plazo... Abreviemos. Ayer salía yo de mi casa para venir acá y recibo la visita del señor que se encuentra en la escalera.

EUGENIA.- ¡Ah! El señor...

PATRICIO. Pues, el señor, el caballero más atento que tú has conocido. Me habla, hace conocimiento conmigo; la conversación tan original del señor, sus incitaciones, cierto auto de detención contra mi persona, todo me persuade y doy un pequeño rodeo... nada; al consulado... un rodeo de dos días.

EUGENIA.- ¿Cómo? El señor es...

PATRICIO.- ¡Oh! Un excelente sujeto... Es el señor Valbuena, alguá... es decir, ministro del consulado.

VALBUENA.- Sí, señora, ministro. El acreedor usó de su derecho; auto de detención; yo por mi parte encargado de llevarlo al debido efecto, no creo haber podido desempeñar mi comisión con más miramientos.

EUGENIA.- ¡Ah, Jesús! ¡Qué casta de hombres! ¿Y cómo ha salido usted?

PATRICIO.- El señor Valbuena que, bajo un exterior de ministro -¿quién lo diría?-, abriga un corazón bien intencionado, se dignó dar parte a dos o tres amigos míos de mi mudanza de casa; como se ha podido, se han reunido diez y ocho mil reales entre lo que ellos han dado y el dinero que yo tenía, resto de lo que he gastado en el regalo de boda.

EUGENIA.- ¡Pobre don Patricio!

PATRICIO.- Por desgracia, quedaba una letra de dos mil reales, endosada a un tal don Cosme... Era forzoso guardar el mayor secreto, a causa de mi suegro... porque a la menor sospecha, adiós Luisa...

EUGENIA.- Es verdad. Y vamos, ¿cómo se ha compuesto usted?

PATRICIO.- ¡Ah! Siempre mi buen señor Valbuena. Es mi mano derecha.

EUGENIA.- ¡El señor!

VALBUENA.- Sí, señora, yo. ¡Usted ha dicho «qué casta de hombres»! No lo he echado en saco roto; pero es preciso que entienda usted, señora, que si prendo a las gentes es porque ésa es mi obligación; alguien los ha de prender; pero cuando puedo hacer favor, sin comprometerme, se entiende, lo hago...; aunque usted me ve así, soy sensible y padre de familias... en una palabra, puede uno ser ministro y tener buen corazón.

PATRICIO.- Cierto; el señor lo ha manejado todo de suerte que el acreedor, viendo que no quedaba más que un pico de dos mil reales, se ha conformado con dejarme en libertad, con un alguacil de vista, se entiende, para buscarlos.

VALBUENA.- Sí, pero por hoy no más; porque esta noche, a las siete, debo volver a llevarle a usted; y entretanto tenga usted presente que no respondo de usted y que no puedo perderlo de vista ni un solo instante; porque eso es otra cosa, mi deber.

PATRICIO.- Nada más justo. Pero pierda usted cuidado. De aquí a las siete veremos de que mi suegro me entregue alguna parte del dote. ¿Tiene usted ahí la letra?

VALBUENA.- Sí, señor; el endoso está en blanco y puedo entregarla en el acto al que me entregue el dinero.

PATRICIO.- Lo llevará usted y además diez pesos por su trabajo. Y aún seré yo el agradecido. Conque así, querida Eugenia, te suplico que me cuides a este excelente amigo... Entretanto yo voy a ver a don Lino.

VALBUENA.- Iré con usted.

PATRICIO.- ¿Cómo? ¿No puede usted quedarse aquí, en esta pieza?

VALBUENA.- Si usted se queda, enhorabuena; pero si usted va a otra parte, le habré de seguir.

PATRICIO.- ¡Qué diablo de hombre! Si digo que no voy más que a dar los buenos días a mi esposa.

VALBUENA.- Bueno, vamos. Yo no puedo separarme de usted un solo instante.

PATRICIO.- No hay ejemplo de una adhesión semejante... ¿No se fía usted de mí, de los diez pesos que le he prometido?

VALBUENA.- ¡Oh! Sí, señor... pero el deber antes que todo. Los ministros tenemos por lo menos que salvar las apariencias; no trato de perder mi destino... hágase cargo de que soy padre de familia...

PATRICIO.- ¡Por vida de! Tengo que convidarle a la boda. ¿Y qué dirá el buen don Lino al ver un hombre cosido siempre a mi vestido?

EUGENIA.- Y sobre todo con esa facha.

PATRICIO.- ¡Es verdad! Mira, Eugenia, (A EUGENIA.) dame un vestido de mi suegro; volando; antes que vengan. (A VALBUENA.) Espero por lo menos que puede usted, sin comprometerse, quitarse esa levita y ponerse otra cosa más decente.

VALBUENA.- ¡Oh! Sí. Bien puede un ministro mudar de casaca.

PATRICIO.- ¡Enhorabuena!

EUGENIA.- He aquí un vestido flamante, que el sastre mismo acaba de hacer.

PATRICIO.- No importa; si pregunta, decirle que no le han traído. Esto durará poco.

EUGENIA.- ¿Qué es eso? ¿No le viene a usted bien? Como es nuevo...

PATRICIO.- ¡Oh, sí! A un ministro siempre le viene bien que lo pongan como nuevo.

VALBUENA.- Un poco... ¿eh? Usted estará supongo, a las resultas de este disfraz... si el viejo...

PATRICIO.- Yo seré el responsable; yo. Un ministro no puede ser nunca responsable. ¡Magnífico! Ahora encargo a usted, por Dios, un poco de elegancia, modales...

VALBUENA.- No tenga usted cuidado; un hombre que prende por deudas está en continuo roce con la mejor sociedad de Madrid. Espero que ya que yo me presto a cuanto de mí exige, no abusará de...

PATRICIO.- Abusar, querido amigo, querido Valbuena... Eugenia, ahora procura hacer venir hacia esta parte a Luisa.

EUGENIA.- Está en la sala con don Carlos, su amigo de usted, que ha vuelto de las provincias...

PATRICIO.- ¿Mi amigo Carlos ha vuelto de las provincias? Hombre, ¡qué de cosas contará! Pero, escucha; guárdate de decirle una palabra... era mi rival... aspiraba también a la mano de Luisa... y en su ausencia le he desbancado... entre amigos... Hombre, usted debe conocerle, (A VALBUENA.) un joven elegante...

VALBUENA.- Por esas señas no caigo...

EUGENIA.- ¡Chis! Aquí está el amo; me voy a mis labores. (Vase.)

 

 




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