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| Mariano José de Larra Los inseparables IntraText CT - Texto |
Escena XVII y última
Dichos, DON LINO, EUGENIA, un alguacil, algo apartado.
DON LINO.- Caballerito, creo excusado (A PATRICIO, con severidad.) recordar a usted nuestro convenio y la palabra que me dio.
PATRICIO.- Seguramente que no lo tengo olvidado.
DON LINO.- ¿De dónde procede entonces un crédito de esta especie?
PATRICIO.- ¿Un crédito? ¿Me permite usted? (Recorriéndole.) ¡Cielos! (Bajo, a VALBUENA.) La letra de don Cosme, endosada a favor de don Carlos. ¿Cómo diablos ha salido de manos de usted?
VALBUENA.- (Bajo.) Para salvarle a usted; no hay miedo. (A DON LINO.) ¿Qué hay de malo, caballero, en aceptar y girar letras de cambio? Ya quisiera yo saber... usted mismo que es comerciante las girará todos los días.
DON LINO.- Sin disputa; el mal no está en aceptarlas, sino en no pagarlas.
PATRICIO.- Estaba esperando a que se presentasen. Ayer, como usted sabe, estuve todo el día ausente. Pero ahora tengo a dicha el poder desempeñarme delante de usted mismo. Aquí están los dos mil reales.
DON LINO.- ¡Oiga! No vuelvo en mí de mi sorpresa... Pero ¡ah!, ya comprendo. El señor, su amigo de usted, es quien ha pagado...
VALBUENA.- Yo, caballero. Usted no me conoce, no conoce usted a mi amigo Patricio. Pero, aunque no necesite de nadie, es preciso que sepa lo que su novia quería hacer por él. ¡Noble y generoso sacrificio! ¡Sobre todo para una mujer! Renunciaba a sus diamantes, a sus adornos. Se creía bastante hermosa con su amor y su ternura. (A LUISA.) Muy bien, señorita, algún día encontrará usted el premio. He aquí sus alhajas; se las devuelvo a usted; para nada son necesarias. (Le devuelve el aderezo.)
DON LINO.- ¿Cómo? ¿Mi hija le había confiado a usted...?
VALBUENA.- Sí, señor; yo las acepté para dar una prueba de afecto a su familia y una lección a mi joven amigo; y para granjear a su hija de usted el corazón y el agradecimiento de su esposo.
LUISA.- ¡Oh, el mejor de los tíos!
DON LINO.- ¿Qué dice usted?
LUISA.- ¿No lo han conocido ustedes ya? Es el tío de Patricio, su tío Antonio, que acaba de llegar de la Jamaica.
TODOS.- ¿Es posible?
VALBUENA.- Señores, por Dios; no, nada de eso. Por más a la moda que estén en semejantes bodas los tíos que vienen de América, yo no soy sino un vecino de Madrid... no soy pariente por ningún lado de don Patricio. (Al ALGUACIL.) Por lo que hace a usted, señor Ganzúa...
ALGUACIL.- (Acercándose.) ¡Ah! ¿Es usted quien paga esta diligencia?
VALBUENA.- Le han empleado a usted; ya le pagarán. Mañana me veré yo con usted. Ya nos entenderemos.
ALGUACIL.- Como usted guste... en ese caso, me retiro. Servidor de ustedes.
DON LINO.- Este hombre conoce a todo el mundo; hasta a los alguaciles. Por piedad, caballero, ¿quién es usted?
VALBUENA.- Eso es lo único que no puedo decir a usted; su yerno, que está en todo, le dirá algún día los motivos que tengo para... Entretanto, don Patricio se casa con su amada; ha pagado todas sus deudas, ni una le queda, ni un solo protesto...
DON LINO.- ¿Está usted bien seguro?
VALBUENA.- Se lo juro a usted a fe de minis..., quiero decir, de hombre de bien.
PATRICIO.- (A VALBUENA.) Pero dígame usted al menos a quién debo ahora...
VALBUENA.- Mañana lo sabrá usted. Porque le pido a usted, amigo mío, su permiso para irle a ver alguna mañana que otra... Cuando esté usted solo.
PATRICIO.- Será usted siempre muy bien recibido. Lo que usted ha hecho por mí está aquí... (Señalando el corazón.) Su memoria y mi agradecimiento será siempre como nosotros hemos sido hoy...
VALBUENA.- Entiendo, inseparables.
FIN