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| Mariano José de Larra Julia IntraText CT - Texto |
JULIA.-¡Qué cabeza! Por otra parte tiene tan buen corazón... Con tal que él sea feliz... ¿Quién viene?
EDUARDO.-Avisa sólo a mi tía, pero no incomodes a las señoritas.
EDUARDO.-Julia, querida Julia; por fin te veo; me habían dicho que estabais todas en el tocador... doy gracias al cielo... Pero, ¿qué tienes?
JULIA.-Yo... nada.
EDUARDO.-Yo tengo la culpa; te he sorprendido con mi llegada...
JULIA.-No; te esperábamos; mi hermano nos había anunciado ya tu vuelta.
EDUARDO.-¿Y puedo gloriarme, Julia, de que hayas deseado alguna vez esta vuelta?
JULIA.-¡Ah! Si fueras capaz de dudarlo, no merecerías que fuese... Con que tú no has pensado nunca en los amigos que habías dejado en España...
EDUARDO.-Ni un momento solo me ha abandonado su memoria; era todo mi consuelo en tan larga ausencia... Ya sabes que no fui yo, tu padre fue, mi tutor, quien ideó y exigió este viaje... le consideraba como la última parte de mi educación...
JULIA.-Cierto que dos años casi pasados en el extranjero deben haberte instruido mucho y haberte enseñado muchas cosas...
EDUARDO.-No lo creas; algunas veces me he preguntado a mí mismo qué fruto he sacado de mi viaje... Impresiones fugitivas borradas cada día por otras nuevas, de todas las cuales no han quedado en mi memoria sino algunos nombres de ciudades y aldeas... Por lo que hace a las costumbres y a la sociedad, ¿crees tú que pueden llegar a conocerse corriendo la posta? Si vieras qué soledad, qué aislamiento, qué horrible vacío nos rodea en medio de esas ciudades populosas, donde no encontramos sino caras desconocidas e indiferentes... ¡Ah! Entonces vuelve uno el pensamiento a la patria, a los parientes, a los amigos, en fin, que acaso ya le tienen a uno olvidado.
EDUARDO.-¡Con qué ansia desea uno volver a verlos...! Cuánto dinero daría uno por volver a ver la casa paterna y la sonrisa de una hermana. Ya lo ves, cumplido el término de mi peregrinación, sólo he pensado en correr hacia mi patria; cómo me palpitó el corazón cuando vi a lo lejos el país natal, y cuánto más después, cuando vi la hermosa posesión donde nos hemos criado y donde habitaba tu padre...
JULIA.-¿Cómo? ¿Has estado en Tolosa?
EDUARDO.-Allí me rodeaba un sinnúmero de recuerdos... Allí empezaron los juegos de nuestra infancia, nuestros estudios, nuestros placeres, allí bajo la tutela de tu padre...; ¡ah!, estaba decretado por el cielo que no le hubiese de volver a ver para darle las gracias por los beneficios que me ha dispensado..., sólo he podido hacerlo sobre su sepulcro; al menos allí le he jurado pagar a sus hijos cuanto a él le debo; y tú Julia, ¿te dignarás aceptar en su nombre mis juramentos?
JULIA.-¡Ah!, siempre..., siempre(Enternecida.) ya lo sabes.
EDUARDO.-Julia, querida hermana... bien puedo darte este nombre..., ¿y Carlos? ¿Dónde está?
JULIA.-Bueno; algo inquieto acerca de tu determinación...
EDUARDO.-No debe tenerle inquieto. Si su conducta, como yo lo espero, no le hace indigno de mi hermana, no veo obstáculo que pueda oponerse a su boda...
JULIA.-Acaso sus cortos bienes...(Con timidez.)
EDUARDO.-Al contrario; ésa es la consideración que más me obliga...
JULIA.-¿De veras? Eduardo, en eso conozco que eres el mismo.
EDUARDO.-¿Por qué ha de causarte esto admiración? Dime, puesta tú en el lugar de mi hermana o en el mío, ¿pensarías en aumentar tus riquezas?
JULIA.-No; pero sin buscarlas, puede uno encontrárselas; y mirándolo de esta manera, tus proyectos, Eduardo, me parecen muy bien meditados.
EDUARDO.-¿Cómo? ¿Qué quieres decir con eso?
JULIA.-No sé si he cometido alguna indiscreción... En casa no es un misterio y doña Eugenia, tu tía, no nos ha ocultado que dentro de poco, Isabel...
EDUARDO.-Ya lo sé; ésas son sus ideas; hace mucho tiempo que las he adivinado... Pero hasta ahora yo no he dado motivo para que pudiera figurarse que coincidían las mías con las suyas.
EDUARDO.-Y tú, Julia, que conoces el carácter de mi prima y el mío, sobre todo, ¿crees que puede llegar a verificarse semejante boda? ¿Crees que ésa sea la mujer que puede hacerme feliz? En una palabra, ¿es ésa la compañera que tú hubieras escogido para mí?
JULIA.-¡Oh!, no..., pero quién sabe si hubiera escogido otra peor...
EDUARDO.-Pues yo al venir aquí, tenía otras miras..., pensaba en una boda que ha sido la esperanza de mi vida entera, y acerca de la cual quiero pedirte un consejo...
JULIA.-¿A mí? ¿Qué consejo te tengo que dar yo?
EDUARDO.-Con todo eso, tú eres la única persona a quien quiero consultar, y si en un asunto de tanta importancia para mí, te niegas a escucharme, diré que no eres mi amiga...
JULIA.-¡Oh!, no; habla, habla; te escucho.
EDUARDO.-Me cuesta algún trabajo explicártelo...
JULIA.-No importa; yo haré lo posible por comprenderte.
EDUARDO.-Ya te puedes figurar que se trata de una persona a quien amo... Pero todo el amor que la profeso no puede compararse con la confianza que tengo en ella, y con el aprecio que hago de su buen juicio y de su prudencia...
JULIA.-Quién sabe si te equivocarás...
EDUARDO.-No, no; estoy muy seguro, y en fin, ya que es preciso decírtelo... ¡Dios mío!, ¡mi tía!