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Mariano José de Larra
Julia

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Escena VI

DOÑA EUGENIA, EDUARDO.

DOÑA EUGENIA.-¿Cómo? Apenas llegas y tienes ya secretos para mí.

EDUARDO.-No, tía mía, nunca los tendré para usted. Entre parientes debe reinar la mayor franqueza; precisamente si tengo alguna buena cualidad es ésa. Por consiguiente voy a confesarle a usted mis intenciones; amo a Julia y espero casarme con ella, si ella quiere.

DOÑA EUGENIA.-¡Eduardo! ¿Y me haces a mí una confesión de esa especie?

EDUARDO.-Con usted debía franquearme antes que con nadie, supuesto que es usted la cabeza de la familia.

DOÑA EUGENIA.-¡Ah! Te han seducido su maña y su coquetería; ¿la has hablado un solo instante y has tomado inmediatamente una determinación de esa especie?

EDUARDO.-¿En qué concepto me tiene usted, tía? Me he criado con ella y siempre la he querido; apenas salí de tutela cuando ya se la pedí a su padre que había sido mi tutor, quien me la negó rotundamente.

DOÑA EUGENIA.-¿Te la negó?

EDUARDO.-Sí, me la negó. Me dijo que yo era demasiado rico y que su hija no tenía nada; que podría creerse que había abusado de su influencia con su pupilo para obligarla a esa boda; añadió que esto podría perjudicar a su buen nombre y, mi honor, concluyó, es mi patrimonio. Decía bien; no tenía otro; pero por ese lado bien podía echarla de rico...

DOÑA EUGENIA.-No digo que no.

EDUARDO.-Puede usted hacerse cargo de mi desesperación. Sólo conseguí que me dijera: «Enhorabuena; sepárate de nosotros; vas a viajar un par de años por Europa, para completar tu educación; si a la vuelta no has mudado de parecer, si insistes en la idea de casarte con mi hija, por mi parte no me opondré; y si ella te quiere entonces también».

DOÑA EUGENIA.-Bien, ¿y qué?

EDUARDO.-¿Y qué? Eso era precisamente lo que iba a preguntarla cuando usted vino a interrumpirnos.

DOÑA EUGENIA.-Eduardo, tú eres dueño único de tu mano y de tus bienes; ningún consejo puedo darte, todo te parecería sospechoso en mi boca, porque al fin no ignoras mis antiguos planes. Tienes otras miras; por consiguiente no existe compromiso alguno entre nosotros; sólo se trata ya de tu felicidad; y si he de hablarte con franqueza, no si podrás hallarla en ese matrimonio.

EDUARDO.-¿Qué quiere usted decir con eso?

DOÑA EUGENIA.-Que desde la muerte de don Pedro Quiñones, su hija Julia quedó bajo mi tutela, y me ha parecido ver en ella... y observar en su carácter cierto orgullo, cierta sequedad...; además me parece que su conducta no es arreglada; noto cierto desorden en sus gastos... y lo que es peor que todo, una hipocresía que es enteramente opuesta a tu franqueza natural.

EDUARDO.-No es posible; usted puede haberse equivocado.

DOÑA EUGENIA.-Enhorabuena... Obsérvala algún tiempo y entonces me dirás quién de los dos la juzgaba con más prevención. Pero aquí están...




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