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Mariano José de Larra
Julia

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Escena VIII

Dichos y JORGE.

JORGE.-La modista está ahí, quiere hablar a ustedes.

DOÑA EUGENIA.-No se ha enviado a llamar; no creo que necesitamos nada.

AMELIA.-¿A no ser que a mi hermano le haga falta comprarme un sombrero?

EDUARDO.-¿Yo?(De mal humor y mirando a JULIA.) 

AMELIA.-¿Te incomodas por eso?

JULIA.-No, compra dos, tres, si quieres, mil.

AMELIA.-Dile que pasaremos mañana por su casa. ¿Qué papel es ése que tienes en la mano?

 

(EDUARDO se acerca a la mesa de la izquierda.)



JORGE.-La cuenta de la modista.

DOÑA EUGENIA.-¿La cuenta? Me parece que he pagado yo recientemente la mía y la de las niñas... Ya saben que no me gustan las deudas. Los que son amigos de tener arreglo pagan en el acto... ¡Ah!, esto es otra cosa... Es para Julia,(Leyendo.)«resto de cuenta... tres duros».

ISABEL.-Ya la tenemos como las señoras del gran tono... ya debe a la modista.

JULIA.-Sí... es verdad. Dila que ya la veré,(A JORGE.) que hablaremos mañana.

DOÑA EUGENIA.-¿Y por qué no ahora?

JULIA.-No es el caso... aquí delante de ustedes arreglar semejantes cuentas.

DOÑA EUGENIA.-Por ventura deberías más de lo que se ve... En ese caso, debieras decírmelo francamente..., ¿qué mal habría en eso? Yo te adelantaría lo que necesitaras.

JULIA.-Es usted demasiado amable, señora; no necesito nada; pero pierden ustedes el tiempo con semejantes niñerías; si se descuidan ustedes van a llegar tarde.

ISABEL, AMELIA.-Dice bien. Ya es la hora de marcharnos.(Se hablan bajo.) 

JULIA.-Despide a la modista y vete.(A JORGE, bajo.) 

JORGE.-Bien, señorita; pero tengo que entregar a usted sola una carta importante de parte de don Carlos.

JULIA.-Entonces aguarda.

DOÑA EUGENIA.-¿Qué secretos tienes con Jorge?

JULIA.-Nada... le estaba dando... un recado para mi hermano.

EDUARDO.-No te entiendo Julia; pero estás turbada; ¿hay en esto algún misterio? Explícate conmigo.

JULIA.-Eduardo, son cosas que no tienen interés para ti.

EDUARDO.-No importa; tienes que explicármelas... en el baile, puesto que soy tu pareja...

ISABEL.-¿En el baile? Si no va.

AMELIA.-Al menos lo ha dicho esta tarde.

DOÑA EUGENIA.-Y la prueba es que no está vestida.

EDUARDO.-¿Es posible?

JULIA.-Sí, es cierto... no puedo ir... no puedo...

EDUARDO.-Me pareció, sin embargo, que antes, en presencia de mi tía, habías aceptado mi ofrecimiento...

JULIA.-Sí, pero no me acordaba entonces sino del placer que hubiera tenido en bailar contigo.

EDUARDO.-¡Ah! Con que ahora ya no es un placer...

JULIA.-Sí... lo es... pero..., Eduardo, yo no cómo decirte... ¡Ah!, Eduardo..., te ruego que no te enfades conmigo..., pero me es imposible.

EDUARDO.-Señorita, yo respeto los secretos de usted...

JULIA.-¿De usted? ¿Secretos? ¿Puedes sospechar...?

DOÑA EUGENIA.-¡Oh, no! ¿Qué ha de sospechar? Un capricho, nada más... Esto le sucede a menudo, que nosotras ya estamos acostumbradas... Dentro de una hora ya no se acuerda.

EDUARDO.-Mejor... Ése es mi deseo. Lo que siento es que olvide con esa misma prontitud y facilidad las palabras que da a sus amigos... ¿Vamos Amelia? Vamos tía; Isabel, ¿quieres mi brazo?

ISABEL.-Con mucho gusto. Adiós Julia.(Con aire triunfante.) 

AMELIA.-Adiós Julia.

DOÑA EUGENIA.-Adiós Julia.

 




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