| Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText |
| Mariano José de Larra Julia IntraText CT - Texto |
EDUARDO.-Es muy sensible que sus ocupaciones de usted o sus visitas sean tan numerosas, que se vea precisado un amigo antiguo a pedirle una audiencia que sólo consigue a duras penas.
JULIA.-¡Ah!, Eduardo, nunca me has hablado en ese tono...
EDUARDO.-¿Y puede esto asombrar a usted? ¿No tengo yo un derecho para darme por ofendido, yo, cuya confianza hubiera debido hacerme acreedor a la suya? Usted, por el contrario, ha pagado con disimulo y falsedad mi ilimitada franqueza.
EDUARDO.-No acuso a nadie sin pruebas... los hechos hablan por sí solos. ¿Por qué no me ha confesado usted que no quería ir al baile por esperar aquí y recibir al Conde del Espinal? Yo le hubiera dicho a usted mi modo de pensar acerca de este paso, pero de ninguna manera me hubiera considerado ofendido. Usted es dueña de su mano y de su corazón, y no me importa que dé usted a nadie la preferencia; su elección me es indiferente..., pero su buena fama y su reputación no lo son para mí... pertenecen también a sus amigos. Usted lo ha olvidado hoy y ésta es mi queja.
JULIA.-¡Ah!, Eduardo, tanta dulzura, tanta bondad en el momento en que me crees culpable...
EDUARDO.-¿En qué la creo a usted? ¿Pues qué, no he visto yo al de Espinal a sus pies de usted, aquí mismo?
JULIA.-¿Y si hubiera sido a mi pesar? ¿Sin mi consentimiento? ¿Si no hubiera yo podido impedirlo...?
JULIA.-¿Si te probase que no lo esperaba, que no sabía siquiera que podría venir...? Te lo juro.
EDUARDO.-Pues en ese caso..., ¿cómo?
JULIA.-Óyeme, Eduardo; soy muy desgraciada; yo quisiera y no puedo decirte lo que sufro; acaso seré culpable de ligereza, de imprudencia, pero nunca de falsedad... Si esto no fuese cierto, castígame con el más cruel castigo que se puede imaginar, con la pérdida de tu amistad; consiento en ello; pero hasta que tengas mejores datos, no me acuses; ten sólo compasión de mí que me veo precisada a guardarte un secreto... a ti, a quien quisiera confiar todas mis penas.
JULIA.-Lo sé y eso es lo que me desespera...
EDUARDO.-No importa; haré lo que me pides; esperaré más tiempo para juzgarte... Oye sólo una palabra.
JULIA.-¿Qué?
JULIA.-¿Por qué me haces esa pregunta?
EDUARDO.-Me has prometido ser franca.
JULIA.-Enhorabuena, Eduardo; te juro que no amo al conde; que no le he prometido nada, y que ahora ya... sí; ahora ya no tendré con él más relaciones... ¿Me crees?
EDUARDO.-Sí, te creo, te creo más que a mis mismos ojos; te creo porque lo dices y no exijo más testimonios. No hay mayor desgracia que desconfiar de la persona amada. Nada exijo ya de ti. ¿Estás contenta, Julia?
JULIA.-Más de lo que yo puedo expresar... ¡Si vieras mi corazón!
EDUARDO.-¡Querida Julia! De aquí en adelante éste será el último secreto que habrá entre los dos.
JULIA.-Te lo prometo... pero contigo ya no necesito emplear juramentos. ¿Me crees? ¿No es verdad?