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Mariano José de Larra
Julia

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Escena VIII

Dichos y AMELIA, por la izquierda.

AMELIA.-¡Julia! ¡Julia! Aquí te traigo una buena noticia; un recado del condecito...

EDUARDO.-¿Del Espinal?

AMELIA.-Cierto; su criado acaba de traerle; preguntaba por la señorita Julia con un aire tan misterioso, que hemos apostado que es una declaración.

DOÑA EUGENIA.-¿De veras?

AMELIA.-Vamos a ver si he ganado... porque yo apostaba a que... ¿Quieres que la lea?

JULIA.-¡Amelia!(Asustada.) 

EDUARDO.-¿Qué haces?(Deteniéndola.) 

AMELIA.-¿Por qué no? Eso nos divertiría...

EDUARDO.-Esta carta pertenece a Julia...(Con intención.)Y a pesar de que ya en el día no tiene relación ninguna con el condecito... a ella sola, sin embargo, viene dirigida. «A mi señorita doña Julia»... Aquí está.(Entregándosela.) 

JULIA.-Muchas gracias... pero... yo no ... Ignoro lo que puede contener... esta esquela.

AMELIA.-Siempre hay un medio para saberlo..., leerla.

EDUARDO.-Si estorbamos, nos retiraremos.

DOÑA EUGENIA.-¡Oh! ¿Qué duda tiene? Lee, lee; además, luego hay también que responder...

JULIA.-«Usted me ha dicho que me aleje; he obedecido y envío a usted lo consabido... una letra de trescientos duros pagaderos a la vista... dichoso yo si al mismo tiempo que cumplo mi promesa, logro recordar a usted las que me han hecho, en su nombre... que usted misma no ha desaprobado...». ¡Oh! ¡Qué carta!(Deja caer un papel que venía dentro.) 

AMELIA.-¿Y esa otra esquela que se ha caído? Es decir, que venían dos.(Recogiéndola.) 

JULIA.-Contiene cosas de poquísima importancia.(Recobrándola.)

AMELIA.-¿De veras? ¿No viene declaración ninguna? Veamos, veamos.

JULIA.-¿Para qué?

AMELIA.-Para ver si he perdido; no estoy obligada a referirme a tu modestia... ¿No es verdad, Eduardo?

EDUARDO.-¿Y por qué no? Harías muy mal en no creer ciegamente en su franqueza... Por lo que hace a mí, no me queda ni la menor duda en el particular y me guardaría muy bien de exigir... ninguna prueba.

 

(Se sienta junto al velador. AMELIA sale por el foro.)



JULIA.-¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Y Carlos? ¿Y Amelia? ¿Y su felicidad?... Desconfía de mí; acaso me desprecia... todo menos eso... todo lo sabrá. Toma, tómala, Eduardo.(En voz baja a Eduardo.)

EDUARDO.-¿Es posible?... Esta carta...

JULIA.-¡Dios mío! ¡Mi hermano!(Viendo a CARLOS que viene, recobra la carta.)No, no me determino... Aunque sea a costa de mi felicidad, no le descubriré.

EDUARDO.-¿Qué haces? ¿Qué debo yo pensar ahora? Julia, Julia, venga esa carta;(a JULIA que revuelve la carta en las manos.)si no todo se ha concluido entre nosotros.

JULIA.-Como usted quiera, caballero... ¡Ah!, salgamos; no puedo resistir más.(Sale por la derecha.)

 




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