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Mariano José de Larra
Julia

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Escena II

 

Dichos, CARLOS y después DON SILVESTRE.

CARLOS.-¿Hay voces? ¿Hay disputas?(Un criado saca luces.) ¡Perfectamente! Eso es lo que a mí me gusta...

DOÑA EUGENIA.-¡Es Carlos!

CARLOS.-¿Se habla de ópera? ¿De la Grisi y de la Landa? Si la cuestión no está bastante embrollada, aquí estoy yo. Buenas noches, hermana mía. Entre usted, señor don Silvestre...(A DON SILVESTRE que entra muy despacio.)Mi señora doña Eugenia, permítame usted que le presente a uno de mis amigos... de la Universidad de Valladolid. Al caballero don Silvestre Verdugo, sujeto de la más distinguida nobleza, conde del Espinal en tierra de Campos, que acaba de heredar cuantiosos bienes en las inmediaciones de la corte, con la expresa condición que, al morir, le ha impuesto el testador, un tío suyo, hombre de ideas extraordinarias, de que se ha de casar en el término de un año; circunstancia que le coloca en una posición ventajosísima para con las madres y las tías.

DOÑA EUGENIA.-Este caballero no necesita tantas recomendaciones, y...

DON SILVESTRE.-Señora, usted es muy amable...

CARLOS.-Además, a pesar de hallarse en la flor de su edad, es extremadamente tímido... ¡Ya se ve! Viene de provincia... Yo me he encargado de introducirle en el mundo y aun he tomado sobre mí el casarle... Tengo sus más amplios poderes...

DON SILVESTRE.-¡Carlos!

CARLOS.-Yo en su nombre prometo ser un marido fiel, si los hay; prometo llevar a mi mujer a los bailes de máscaras, y no mirar jamás la cuenta de la modista... Prometo, en fin, no ser celoso.

AMELIA.-Felizmente no es usted quien ha de cumplir lo que promete.

CARLOS.-¡Amelia! Dejo la respuesta para otra ocasión. Condecito, aquí estamos como en nuestra casa; podemos hablar con franqueza. Presento a usted en primer lugar a mi hermana Julia, dotada con todas las prendas que el cielo me ha negado a mí; esto vale tanto como decir que es un ángel... pero no me toca a mí hacer su panegírico; soy parte interesada. Es mi hermana; por consiguiente, la excluyo del concurso. Isabel,(Presentando.)la hija de la casa, el alma de los bailes; no he visto bailar sin ella una mazurca; no hay una joven que cambie de pareja en la galopa con más gracia y soltura que ella; ni hay pareja a quien no haya flechado inmediatamente. Le aconsejo a usted, por lo tanto, que no fije en ella sus miras, si no quiere ponerla en la dura precisión de elegir ni desbaratar combinaciones anteriores.

DOÑA EUGENIA.-¿Adónde va usted a parar con ese período?

CARLOS.-A las relaciones antiguas que median entre ella y mi amigo Eduardo, que viaja en el día por esos mundos... En cambio presento a usted(Señalando a AMELIA.)a la hermana de éste, Amelia, la más interesante y maliciosa joven de Madrid. Pero no le aconsejo que se inscriba en el número de los pretendientes a su rica dote, en atención a que sería preciso para eso romperse antes la cabeza conmigo.

DOÑA EUGENIA.-Pero Carlos, ¿está usted loco?

CARLOS.-De todas estas bellezas, pues, no queda más que una a quien pueda usted tributar sus homenajes, sin peligrosa rivalidad... mi señora doña Eugenia.

DOÑA EUGENIA.-¡Carlos!

CARLOS.-¿Y por qué no? Su tío no le prohibió las viudas, y...

JULIA.-Hermano mío... una chanza de esa especie...

ISABEL.-Es inoportuna, como todas las suyas.

CARLOS.-¡Bravo! Ya estáis todas contra mí. Queréis que un militar de mi edad gaste chanzas almibaradas como un lechuguino recién entrado en el mundo. Pero tranquilizaos; poseo un medio para reconciliarme con todas... Traigo una noticia.

TODAS.-¿Cuál?

CARLOS.-La llegada de Eduardo.

JULIA.-¡Eduardo!(Con calor.) 

AMELIA.-¡Mi hermano!

ISABEL.-¡Mi primo!

DOÑA EUGENIA.-¡Mi sobrino! ¿Está usted seguro?

CARLOS.-Es noticia oficial. Pueden ustedes creerla con toda confianza, porque no viene en la Gaceta, sino aquí en mi bolsillo... He tenido carta suya.

DOÑA EUGENIA e ISABEL.-Léala usted; léala usted.

CARLOS.-¿Qué tal? Cuando yo decía que había relaciones...

CARLOS.-Un poco de paciencia. Ya voy. ¿Usted me permite condecito...?:(A DON SILVESTRE que se aleja un poco.)«Querido Carlos: A pesar de que no te acuerdas mucho de mí, desde que viajo por Europa...». -Cierto, nunca tengo tiempo para escribir -. «No he olvidado, ni olvidaré jamás que somos casi hermanos y que nos hemos criado juntamente con tu hermana Julia bajo la tutela de vuestro padre don Pedro de Quiñones; a su entereza debo y a su talento cuanto en el día poseo, incluso mis bienes, que me disputaba, como sabes, una familia ambiciosa y pudiente...». -Ya lo creo; mi padre era hombre de mérito; uno de los mejores abogados de Madrid, nunca tuvo más que un defecto; era demasiado hombre de bien.

AMELIA.-Acabe usted.

CARLOS.-Sí... Salvemos la primera página... Son elogios de mi padre y de mí... Esto nos entretendría demasiado...

DOÑA EUGENIA.-¿De usted? ¿Se chancea Eduardo?

CARLOS.-Eduardo, señora, es muy formal; serio naturalmente y amigo de la razón... por eso nos queremos tanto.

AMELIA.-La amistad se alimenta de contrastes.(Riendo.)

CARLOS.-Y el amor de simpatías...(Mirándole tiernamente.)Felizmente para mí.

AMELIA.-No comprendo...

CARLOS.-Yo se lo explicaré a usted...(Recorriendo la carta.)«Llegaré a Madrid el lunes próximo, 10 de mayo, y a casa de doña Eugenia San Felices.»

TODAS.-¡Hoy!

CARLOS.-Espere usted... Todavía faltaba:(A AMELIA leyendo con intención.)«Por lo que respecta al objeto de tu última carta, hablaremos. Sólo añadiré dos condiciones a mi consentimiento; en primer lugar el de mi hermana; en segundo, la seguridad de que la has de hacer feliz, porque como hermano y como tutor de Amelia, soy responsable de su porvenir y de su felicidad, etc., etc.». Me parece que está claro y terminante.

AMELIA.-No tanto... Al fin hay dos condiciones...

CARLOS.-Respóndame usted de la primera y yo le respondo de la segunda.

AMELIA.-Veremos. No me he decidido todavía. Si me decidiese algún día, sería por mi prima Isabel que pretende estar casada antes que yo.

CARLOS.-Querida Isabel... Cuántas gracias tengo que darle a usted... La deberé toda mi felicidad.

ISABEL.-Todavía no, caballerito, todavía no.(Picada.)

AMELIA.-Entre tanto le permito a usted que sea hoy todavía en el baile mi obsequiante.

CARLOS.-¿Con que tenemos baile?

DOÑA EUGENIA.-Todas vamos.

DON SILVESTRE.-¿Me permitiría usted, señorita, que fuese yo su galán?(A JULIA.) 

CARLOS.-¡Bravo!

JULIA.-Muchas gracias, caballero, pero no pienso ir.

CARLOS.-¿Por qué? ¡Qué disparate!

JULIA.-Es posible... pero no voy.

DON SILVESTRE.-Señorita, perdóneme usted mi indiscreción... si yo no me atreviese, señorita...(A ISABEL.) 

ISABEL.-No puedo, caballero... estoy comprometida.(Con sequedad.) 

DOÑA EUGENIA.-¿Qué haces? Se acepta de todos modos.

ISABEL.-¿Pero tengo yo la culpa, mamá, si tengo siempre veinte compromisos?... No soy como otras, que no tienen nunca sino el del momento...

AMELIA.-¡Hay tal orgullo! La piden más porque baila más...

ISABEL.-Y porque me ven; todos los que gustan de bailar me piden siempre la primera.

AMELIA.-Y los que gustan de hablar no la piden nunca para la segunda.

ISABEL.-¡Otra vez! Eso es demasiado.

 

(Sale un criado.)



CRIADO.-Señora, está servido el refresco.

DOÑA EUGENIA.-Vamos; nos queda muy poco tiempo para vestirnos; quiero ir y volver temprano. Caballero, ¿pasará usted a la otra pieza a refrescar con nosotras?(A DON SILVESTRE.) 

DON SILVESTRE.-Usted me hace demasiado favor.(Ofreciéndole la mano.) 

CARLOS.--Bien decía yo;(Aparte a AMELIA.)no le ha quedado más que la mano de la viuda. Amigo, doy a usted la enhorabuena; va usted a hacer mil envidiosos en el baile.

DOÑA EUGENIA.-Vamos, Isabel, Amelia.

DON SILVESTRE.- (Al marchar, a CARLOS.) ¡Oh, cuento esta noche con otra conquista!

(Vanse por la derecha.)




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