- 270 -
Capítulo XXXVII
El «via - crucis» de
Clara
Mucho horror inspiraba a la huérfana la casa de las de
Porreño, aunque no tenía otra. Así es que su primer impulso al verse en la
calle fue huir, correr sin saber a dónde iba para no ver más tan odiosos
sitios. Anduvo corto trecho, dobló la esquina y se paró. Entonces comprendió
mejor que antes lo terrible de su situación. Al ver que no podía dirigirse a
ninguna parte, porque a nadie conocía, le ocurrió esperar cerca de la casa a
que entraran Elías o su sobrino. Pero el primero había dicho que no volvería hasta
dentro de tres días, y el segundo, que sospechaba tan mal de ella, sería capaz
de confirmarse en su creencia al verla arrojada de la casa por las señoras.
Ella necesitaba, sin embargo, ver a Lázaro y contarle todo. Si él daba crédito
a su explicación, ¿qué harían los dos, tan desamparado el uno como el otro?
Decidió, sin embargo, esperarle allí, apoyada en la esquina; pero la daba tanto
miedo... Parecíale que iba a salir por la reja cercana una gran mano negra, que
la cogería llevándosela dentro: ¡qué horror! De repente sintió al extremo de la
calle fuerte ruido de voces. Eran unos hombres que venían borrachos profiriendo
horribles juramentos, atropellando y riendo desenfrenadamente como una turba de
demonios regocijados. La joven sintió tal sobresalto, que no pudo permanecer
allí un instante más y echó a correr con mucha ligereza. Los hombres corrían
también, y ella se figuraba que le tocaban la espalda, y creía - 271 -
sentir junto a sus propios oídos las infernales palabras de
ellos. Corrió mucho por toda la calle del Barquillo, seguida del perro
misántropo, y al fin, fatigada y sin aliento, se detuvo: las risas resonaban
muy lejos... ya no la seguían... respiró porque no podía dar un paso. Después
siguió andando lentamente; no se atrevía a volver, porque las risas habían
cesado y se oían terribles imprecaciones. Algunas piedras, lanzadas por mano
vigorosa, cayeron junto a ella. Batilo se volvió lleno de despecho y ladró como
nunca había ladrado, con verdadera elocuencia canina.
Después de esto, avivó Clara el
paso y llegó a la calle de Alcalá. Miró a derecha e izquierda, sin saber qué
camino tomar. Subió hacia la Puerta del Sol; pero no había llegado a San José
cuando vio que por la calle abajo venía gente, muchísima gente: ella no había
visto nunca tanta gente reunida. La calle le parecía tan grande que no conocía
distancia alguna a que referirla, pues para ella las casas hacían horizonte, y
aquella gente que venía se le representaba como un mar agitado sordamente, y
avanzando, avanzando como si quisiera tragarla. Sin deliberar volvió atrás y
bajó hacia el Prado. El gentío bajaba también: sordo rumor resonaba en la
calle. La muchedumbre traía algunas luces, y de vez en cuando una voz
pronunciaba muy alto un viva, contestándole otra tremenda y múltiple
voz. La gente bajaba, y Clara bajaba delante. Aquello le dio más miedo que los
borrachos; pero cuando se encaró con la Cibeles, cuando vio aquella gran figura
blanca en un carro tirado por dos monstruos blancos, se detuvo aterrada. Había
visto alguna vez la Cibeles; pero la obscuridad de la noche, la soledad y el
estado de excitación y dolencia en que se encontraba su espíritu, hacían que
todos los objetos fueran para ella objetos de temor, todos con extrañas y
fantásticas formas. Los leones de mármol le parecía que iban corriendo con
velocísima carrera, galopando sin moverse de allí. La pobre miró atrás, y vio
que la gente avanzaba siempre, haciendo más ruido: no quiso ver más aquello, y
tomando hacia la derecha, entró en el Prado. Este sitio le pareció tan grande
que creía no llegar nunca al fin. Jamás había visto una llanura igual, campo de
tristeza, de ilimitada extensión; los árboles de derecha e izquierda se le
antojaban fantasmas negros que estaban allí con los brazos abiertos; brazos
enormes con manos horribles de largos y retorcidos dedos. Anduvo mucho, hasta
que al fin vio delante de sí una cosa blanca, una como - 272 -
figura de hombre, de un hombre muy alto, y sobre todo muy
blanco. Se fue acercando poco a poco, porque aquella figura se le representaba
marchando con pasos enormes. Era el Neptuno de la fuente, que en medio de la
obscuridad proyectada por los árboles, se le figuraba otro fantasma. La infeliz
tenía muy extraviados los sentidos a causa del terrible trastorno de su
espíritu. Torció a la derecha, por evitar que llegara hasta ella aquel figurón
blanco, y encontró enfrente la Carrera de San Jerónimo. Empezó a subir; pero
estaba tan fatigada que la pendiente de la calle le parecía inaccesible. Subió,
pero con mucha lentitud, porque apenas podía andar: en la parte correspondiente
a los Italianos creía ella ver la cumbre de una montaña; y cuando medía con la
vista aquella eminencia, pensaba que en toda la noche no iba a llegar arriba.
No pudo avanzar más, y se sentó en
el hueco de una puerta. Sentía gran postración en todos sus miembros, y además
un frío intenso que, creciendo por grados, llegó a producirle una convulsión
dolorosa. Arropose lo mejor que pudo, y pensó en el medio de volver a la casa
para esperar a Lázaro en la puerta. Entonces le ocurrió súbitamente la idea de
dirigirse a casa de Pascuala. Ella recordaba muy bien el nombre de la calle
donde vivía el tabernero con quien la criada se había casado. Sabía que la taberna estaba en la calle del Humilladero;
pero ¿cómo iba a la tal calle? Resolvió preguntar a algún transeúnte, y si daba
con la casa allí pasaría la noche, aplazando todo lo demás para el siguiente
día. Segura
estaba de que Pascuala la recibiría con los brazos abiertos. Pero ¿dónde estaba la calle? Instintivamente oró a la
Virgen, pidiéndole que estuviera cerca de la calle del Humilladero. Pero la
Virgen no la oyó, porque la calle estaba muy lejos. Resuelta a preguntar, se levantó;
vio venir a un hombre, pero no se atrevió a detenerle; pasó otro, algunos más,
y Clara no preguntó a ninguno. Tenía miedo de aproximarse a ellos. Por último,
se acercó una mujer, la joven la detuvo y respetuosamente la hizo su pregunta.
«¿La calle del Humilladero?» dijo la mujer, que era una vieja arrugada y
con voz gangosa.
- Sí, señora.
- ¿Le parece a usted que está bien detener a
las personas honradas de este modo? -
contestó la vieja muy incomodada - . Ya sé lo que quieren estas bribonas cuando
detienen a una; que no van sino a meterle la mano en los bolsillos cuando está
una más descuidada, contestando: - 273 -
«Váyase
noramala la muy piojosa, y si no llamo a un alguacil».
Antes de que concluyera la vieja,
se apartó Clara, y fue tal su angustia al pensar que todos la tratarían de
igual modo, que casi estuvo a punto de abandonarse a su desesperación,
dejándose morir allí de hambre, de frío y de dolor. Pero la desventura infunde
valor; recobró algún ánimo y se dispuso a seguir preguntando, cuando vio llegar
a una mujer andrajosa que traía un niño de la mano y otro en brazos. A Clara le
pareció que aquella mujer debía de ser persona muy generosa y compasiva, y que
le había de responder a su pregunta. Pero antes de ser interpelada, la mujer
andrajosa habló a Clara en estos términos:
«Una limosna, señora, por amor de Dios,
que tengo mi marido en cama, y estos dos niñitos no han probado nada en todo el
santo día... Siquiera un chavito».
Después, observando que Clara no
tenía aspecto de persona que da limosna, sino más bien de mujer desvalida y
enferma, se figuró que pedía también chavitos, y variando de tono, le
dijo:
«Oye, chica: ven conmigo y le sacaremos un duro al tío gordo de la
esquina».
- ¿Qué? - dijo Clara, confusa ante aquella
proposición.
- ¿Apostamos a que no tan dao ni un
bendito chavo esta noche? Yo he sacao
ya un rial: mira. Pero hay en aquella tienda un mardito pañero
que es muy caritativo. Ayer le ije que tenía una hija enferma en cama, y
me dio una peseta. Si quies que le saquemos más, ven conmigo esta noche,
chica, y verás. Entramos; tú te haces que te vas cayendo, y te pones un pañuelo atao
a la cara, y empiezas a dar unos chillíos que partan el corazón. Oye,
así: ¡ay!, ¡ay!, ¡ay!
Y dio unos cuantos quejidos tan
lastimeros, que Clara tuvo angustia de oírlos. Después siguió:
«Mira, ven; entramos: yo le digo
que eres mi hija y que no has comido un bocao, y que el meico te
ha recetado una cosa que cuesta un duro. Tú dices que no la quies tomar,
y que si saca el duro, compre pan pa estos niños que se están muriendo.
Yo digo que sea el duro pa la meicina; tú que sea pa los
niños, y así... verás cómo se ablanda... y pue que nos dé dos...
partiremos: te daré a ti dos riales... y... Anda, ven: ponte este
pañuelo en la cara.
- Señora, yo tengo que hacer, no puedo - dijo Clara, que creía no deber darle otra
razón menos cortés - . ¿Sabe usted dónde está la calle del...?
- 274 -
- ¡Qué calle de
los dimonios! - dijo la mujer; y
viendo que pasaban dos caballeros se acercó a ellos, diciéndole al chico que
llevaba de la mano - : Muchacho, cojea.
El muchacho cojeó, y se acercaron a
los caballeros, repitiendo su muletilla. Clara se retiró entonces; anduvo a
buen paso, y llegó, por último, a la plazuela del Espíritu Santo; subió más,
hasta que se encontró en la esquina de la calle del Prado, y por allí pensó
seguir, porque veía en ella bastantes personas y creía encontrar allí quien la
informara bien.
Batilo iba delante. Un perro
vivaracho y pequeño, descarado, ratonero, de estos que pasean su vanidad por
las calles de Madrid, se acercó al can melancólico, y le dio una embestida con
el hocico. Batilo era muy tímido; pero sintiendo herido su amor propio, ladró.
El ratonero, que no deseaba sino provocación, ladró también, atreviéndose a dar
un mordisco al pobre faldero. Este se defendió como pudo; y a poco rato vino un
perrazo que, con terribles aullidos, empezó a perseguir al ratonero. Luego vino
otro perro, y otro, y otro: en dos segundos se reunieron allí doce perros, que
armaron espantosa algarabía. Luchaban unos con otros, cayendo y levantándose en
revuelta confusión, mordiéndose, saltando y atropellando entre los movimientos
de su horrible contienda a Batilo y al ratonero, que, revueltos entre las patas
de los contendientes, recibían los ultrajes de todos. Al ruido se detuvieron
algunas personas; el amo de uno de los perros terció en la pelea, y dijo
ciertas frases injuriosas al amo de otro. Clara, al ver que se reunía tanta
gente, y que algunos mozos la miraban con atención impertinente, avivó el paso;
tomó la calle arriba para huir de aquellas miradas. Pero los mozos la
siguieron, y ella quiso ir más a prisa; ellos también; ella más aún, hasta que
se decidió a correr, y corrió con toda la velocidad que podía. Entonces una mujer gritó desde una puerta con voz chillona
y angustiada: «¡A esa, a esa, a esa!». Un hombre la detuvo por el brazo; muchas
mujeres la rodearon, y se formó en un momento un grupo de más de treinta
personas en torno a ella. La huérfana estaba tan trémula y aterrada, que no dijo
palabra, ni trató de huir, ni lloró siquiera. Creyó tener en derredor un
círculo de asesinos.
«¿Qué ha hecho?, ¿qué hay?» dijo
uno.
- Que ha robao ese lío que lleva bajo
el brazo.
- Muchacha, ¿dónde has tomado ese lío? - dijo el que la tenía asida.
Clara no contestó.
- 275 -
«A la cárcel
con ella» dijo uno de los presentes.
- ¿Dónde has tomado ese lío,
muchacha?
La joven se repuso un poco, y con
voz tenue, dijo:
«Es mío».
- ¿Que es suyo? - dijo una de las mujeres - . Si la vi yo correr como una desalación. Apuesto a
que lo cogió en la casa del número 15.
- No, que venía de más abajo - dijo otra.
- Apuesto que es de casa de la sa
Nicolasa, la pupilera de ahí enfrente -
dijo otra mujer.
- Usted miente, señora - dijo un hombre alto, que parecía ser
persona del toreo, a juzgar por su vestido y el rabicoleto que tenía en la nuca
- . Usted miente: esta señora no ha salido de casa de la pupilera, ni del
número 15; venía de más abajo.
- ¡Miren ese pelele! - gritó la mujer - . ¿Poz no dice que
yo miento?
- Usted miente, señora. Esa muchacha no ha robao
naa, que venía de abajo, y corrió porque la venían siguiendo esos
lechuguinos. Yo lo he oservao, y si hay alguno que me desmienta, aquí
estoy yo, que soy un hombre pa otro hombre.
- Tanta bulla pa naa - dijo, soltando a Clara, el que la tenía
asida.
- Pues que si
lo ha robado, si no lo ha robado... Cuando yo digo una cosa... Si estuviera
aquí mi Blas, se vería si hay un hombre pa otro hombre - murmuró, volviendo la espalda, la
promovedora de aquel alboroto.
- Vamos, señores, aquí no se ha robao
naa - dijo el majo con decisión - .
Aquí están ustedes de más. Largo el camino.
El público (llamémosle así)
encontró muy convincentes las últimas razones del hombre de los toros, y aún
más las insinuaciones que hizo con un tremendo palo de puño de plomo que
llevaba en la mano, y empezó a desfilar.
«Vamos, prendita, no tenga usted miedo
- dijo el hombre del rabicoleto, cuando se quedó solo con Clara - .
Venga usted conmigo, y no tenga reparo, que yo soy un hombre pa otro
hombre. ¿Pero se pue saber a dónde iba la personita? Yo la llevaré a
usted, porque soy un hombre pa...».
- Voy a la calle del Humilladero.
- Del Humilla... ¿qué?
- Del Humilladero.
- Ya sé... ¿pero pa qué va
usted tan lejos? Si usted se - 276 -
echa a andar ahora, llegará allí pasao mañana por la
noche. Con que no tenga usted prisa...
- Sí, señor, tengo prisa; y aunque
esté lejos, he de ir en seguida. ¿Quiere usted hacerme el favor de decirme por
dónde debo ir?
- Miste:
coge usted esta calle pa arriba, siempre pa arriba... pero yo la
voy a llevar a usted. Aunque, pa decir verdad, más valiera que se viniera conmigo. ¡Ay!
¡Jesús, qué guapa es usted! Poz no había reparado... Venga usted.
- No puedo detenerme, señor caballero - dijo Clara con mucho miedo - . Dígame dónde
está esa calle, y yo me iré sola.
- ¡Sola! ¿Y yo podía ser tan becerro que la
iba a dejar ir sola por esas calles, esta noche que hay rivolución...?
Bueno soy yo pa... Venga usted conmigo. Le igo que no lo pasará mal;
yo conozco aquí cerca un colmao donde hacen unas magras que...
Diciendo esto, el torero tomó a
Clara por un brazo y quiso internarla por la calle del Lobo.
«Suélteme usted, caballero - dijo Clara desasiéndose - : tengo que
hacer; por Dios, suélteme usted».
- Pues es lo mesmo que un puerco -
espín. ¡Bah! Si es usted muy guapa para ser tan picona. Le igo que... Pero, en fin, yo la acompañaré a esa
calle.
- No: dígame usted por dónde debo
ir. Yo iré sola.
- ¿Sola? Si
hay rivolución. ¿Pa que le peguen a usted un tiro y me la ejen
frita en mitá la calle?...
- Yo quiero ir sola - dijo ella separándose.
La compañía y la solicitud impertinente de aquel hombre le inspiraban
mucha desconfianza. Su intento era huir de él y preguntar a otro. Pero aunque avivó mucho
el paso, él seguía siempre a su lado diciéndole mil cosas. Un incidente feliz
(algo feliz había de pasar aquella noche) vino a librar a Clara de aquel
moscón. Iban por la plazuela de Santa Ana cuando sintieron detrás gritos de
mujer. El majo no volvió la cara; pero tuvo buen cuidado de embozarse bien en
su capa para no ser conocido.
«Arrastrao, endino - dijo la mujer, que era alta, gruesa,
hombruna y con voz aterradora y aguardentosa - . Espera, espera, que te voy a
sentar los cinco en esa cara de documento».
Al decir esto, tiró al majo de la
capa, y con mano más pesada que una maza de batán, cogió a Clara por un brazo y
la detuvo.
«Si no fuera porque está aquí esta
señora - dijo el chulo, - 277 -
cuadrándose ante la jamona - , ahora mesmo te volvía
las narices al revés».
- ¡Arrastrao! - dijo la maja cuadrándose y moviendo la
cabeza - , ¿tengo yo cara de cabrona? ¿Te paece que por una cara de
escoba como esta voy yo a consentir?...
- ¡Calla!
- exclamó el otro - , o te ejo sin piernas.
- Mira, Juan Mortaja, que voy a sacarle los
ojos a esta rabuja si ahora mesmo no vienes conmigo. ¿Le parece a usted
que a una mujer como yo se la...? Juan Mortaja, cuando igo que vamos a
tener que...
- No haga usted caso - dijo el torero, dirigiéndose a Clara, que
estaba sin aliento, oprimida por la mano de la jamona, como tórtola en las
garras del gavilán - . No haga usted caso,
niña, que esta suele rezarle un Padre nuestro a san cuartillo.
- ¡Reendino! - exclamó con trágico furor la maja, soltando
a Clara y echando rápidamente mano a la cintura, de la cual sacó una navaja,
que esgrimió con el donaire y la presteza de un matutero.
- ¡Saco e demonios! - dijo el otro, enarbolando el palo.
No sabemos cómo concluyó la
pendencia, porque hemos de seguir a Clara; y esta, en cuanto se vio libre de la
zarpa de la dama de Juan Mortaja, se escapó ligeramente, y a buen paso, seguida
siempre de Batilo, llegó a la plazuela del Ángel. La desventurada no sabía ya
qué partido tomar: se horrorizaba al pensar que entre los miles de habitantes
de este enjambre no había uno que le dijera el nombre de la calle donde estaba
el único asilo que podía acoger a la huérfana abandonada, sola, injuriada,
medio muerta de miedo y dolor. Creyó que Dios la abandonaba o que no había
Dios; que su destino la obligaba a optar entre la inquisición espantosa de las
dos Porreñas, y aquel abandono, aquel vagar por un desierto, repelida por todos
o solicitada por la depravación o el vicio.
Se decidió a hacer otra tentativa. Detúvose ante un hombre que, con una
farola y un gancho, revolvía escombros, y le hizo su pregunta.
«¿La calle del Humilladero? -
dijo el trapero, incorporándose y haciendo con el gancho ciertos movimientos
semejantes a los que hace con su varilla un director de orquesta - . Esa calle está... Voy a
darle a usted una receta para que la encuentre en seguida. Pues eche usted a
andar..., y vaya mirando con atención los letreros de todas las calles. ¿Sabe
usted leer?».
- Sí, señor
- dijo Clara.
- 278 -
- Pues cuando
usted vea un letrero que diga así: «calle del Humilladero», allí mesmo
es.
El trapero se quedó muy satisfecho
de su apotegma, y volviendo a inclinarse, enterró su gancho investigador en el
montón de inmundicia que delante tenía. Clara se retiró muy angustiada; y
principiando a perder ya el conocimiento exacto de su desventura, hallábase
próxima a entrar en ese período de atonía que precede a las grandes
enajenaciones. Dirigió de nuevo mentales súplicas a Dios y a la Virgen para que
la sacaran de aquella situación; y aún rezaba, cuando vio llegarse hacia ella a
una persona que la inspiró mucha confianza. Dio algunos pasos hacia aquella
persona, que era un clérigo de más de mediana edad, gordo y pequeño. Venía con su rosario en la mano y la vista fija en el
suelo. La
huérfana respiró con tranquilidad, porque aquel personaje venerable que tenía
ante sí debía de ser un santo varón, de esos cuyo fin en la tierra es consolar
a los afligidos y ayudar a los débiles.
|