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Capítulo XXXVIII
Continuación del «via - crucis»
Parecía el clérigo hombre pequeño,
a juzgar por su vestido, que era muy raído y verdinegro. Era él de edad madura,
y a juzgar por su pronunciada y redonda panza, parecía hombre que no se daba
mala vida. Tenía la cara redonda y amoratada, con dos ojillos muy vivos y una
nariz que parecía haber servido de modelo a la Naturaleza para la creación de
las patatas. No puede decirse que su fisonomía fuera antipática: sonreía con
bondad, y, sobre todo, había en sus ojuelos cierta gracia y una volubilidad
amable. Cuando vio a Clara y oyó la pregunta que esta le hizo con el mayor
respeto, guardó el rosario, se ladeó el sombrero (porque era este tan grande,
que tapaba con él a cuantos se le ponían delante), y dijo:
«¿La calle del Humilladero? Sí,
hija mía, sí: sé dónde está, sí; pero es muy lejos. No podrá usted ir sola; se
perderá usted, hija mía. Venga usted, y yo la pondré en camino».
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Y volvió atrás. Siguiéronle Batilo y Clara, que creyó
al fin haber encontrado el hilo del laberinto.
«Pero, hija mía, ¿cómo es que usted
va sola? ¡A estas horas... tan sola!» dijo el Padre con voz agridulce.
- Tengo que ir a una casa que conozco - repuso Clara por dar alguna respuesta.
- ¿Pero va usted sola? ¡A estas horas!... Hija
mía, ¿por qué es eso?
- No tengo quien me acompañe. Soy sola.
- ¿Que es usted sola? ¡Jesús, María y José! ¡Qué calamidad! ¿Pero no
tiene usted padres?
- No, señor.
- ¿Es usted
sola, enteramente sola? ¡Jesús, María y José! Esto no va bien, hija mía. ¿Pero no tiene usted
ningún pariente? Vamos, irá usted a casa de algún pariente.
- No, señor, no. Voy a casa de una mujer que
conozco. No conozco a nadie más que a ella.
- Vamos, ya conocerá usted a alguna otra persona - dijo el cura parándose y fijando en el
semblante de Clara sus picarescos ojuelos - . ¿De dónde viene usted ahora?
- De casa de unas señoras, donde estaba.
- ¿Y allí no conoció usted más que a esas
señoras?
- No, señor
- dijo Clara asustada del giro que tomaban las preguntas del clérigo.
- Vamos, juraría yo que ha conocido usted a
algún muchachuelo... Eso no tiene nada de particular, hija mía: para eso es la
juventud. Eso no tiene nada de particular. ¡Bah!, no se ponga usted encarnada.
Por las llagas de Jesucristo, que no me enfado yo por eso... no.
Al decir esto, el cura se paró otra
vez, y volvió a fijar en la huérfana sus pequeños y vivaces ojos, acompañando
esta mirada con una santa sonrisa de astucia, que haría honor a cualquier
alumno del Seminario, conocedor de la obra de Sánchez, titulada De
matrimonio.
«Porque, hija mía, el mundo es
así - continuó - . Yo, que conozco las
debilidades de ambos sexos, puedo hablar sobre este punto. Y luego yo tengo una
práctica tal, que en seguida comprendo. Sobre todo, como usted es tan
guapita...».
Turbose mucho la joven con aquellas
palabras; pero la esperanza de que pronto llegarían a la decantada calle del
Humilladero, la serenó, haciéndole más llevaderas las amabilidades del buen
hombre.
«Sí, hija mía: yo soy gran
admirador de las obras de la Naturaleza, y cuando estas obras son bellas, las
admiro más. Yo, francamente lo digo, no soy gazmoño. Lo - 280 -
cortés no quita lo valiente. Aunque uno sea sacerdote...
porque admirar la Naturaleza no es pecado».
Con estas y otras cosas habían
pasado la calle de Atocha y llegado a la Plaza Mayor; atravesáronla,
dirigiéndose a la plazuela de San Miguel.
«Venga usted, venga usted - dijo, tomando el brazo a Clara, al ver que
manifestaba cierto recelo de internarse por el arco obscuro que da a la
plazuela del Conde de Miranda - . Venga usted, que conmigo va segura... Pues
decía que lo cortés no quita lo valiente... Pero
no me ha seguido usted contando eso del muchachuelo...».
- Si yo no he contado nada - dijo Clara, haciendo un movimiento
disimulado para desasir su brazo de la mano del cura.
- Sí: algo hay, hija mía; yo lo he
conocido. Si eso no tiene nada de particular. Ya... ¿hay vergüencilla? Vamos,
cuénteme usted, que yo la absuelvo en seguida. A las niñas bonitas se les
perdona todo.
Diciendo esto, miró de nuevo a
Clara; pero ya no se sonreía: estaba serio, y había en su voz cierta agitación
que ella no pudo notar.
«Cuidado, no se caiga usted» dijo,
extendiendo su brazo por la cintura de la huérfana, como si esta hubiera
tropezado.
- ¡Ay!
- dijo ella más confusa y separándose del cura - . ¡Cuándo llegaremos a
esa calle!... ¿Está muy lejos todavía?
- Sí, hija mía: está lejos, muy lejos. Pero ¿qué prisa tiene usted?
- ¡Ah!, sí, tengo mucha prisa. Pero
no se moleste usted más. Dígame por dónde debo ir... y seguiré sola.
- ¡Ah!, no acertará usted en toda la noche.
Está muy lejos. ¿Pero qué prisa tienes, hija mía? Veo que estás muy cansada.
¿No te convendría descansar un poquito?
- ¡Oh!, no, señor; no puedo descansar - dijo Clara, aterrada ante la idea de que la
llevaran a una sacristía.
- Sí, hija mía: estás muy fatigadita, y yo no
tengo corazón para verte andar por esas calles a estas horas y con este frío.
- No importa, señor cura: no me puedo detener.
- ¡Jesús, María, y José! No he visto nunca una
muchacha tan arisca. Yo... no gusto de gente así, porque me gusta que las niñas
sean amables y buenas.
En esto entraban en el callejón de
Puñonrostro. Parose
el cura y tomó una mano a Clara, que se retiró, apartándose de él.
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«Hija mía, por Jesús, María y José, te digo que se me
parte el corazón de verte así sola por esas calles, a estas horas, con este
frío... Mira: yo tengo un buen brasero arriba... porque aquí vivo yo, aquí a
espaldas de San Justo, que es mi iglesia. Pues
si quieres descansar un ratito...».
- No, padre: yo quiero ir a la
calle del Humilladero. Dígame usted dónde está, ya que no me ha llevado a ella.
- ¡Qué Humilladero, ni Humilladero!, ya me
tienes loco con tu calle. Pues no estás poco impertinente - dijo el clérigo con más agitación y mucha
impaciencia - . Ven, hija mía, y me contarás eso del muchachuelo.
El infame plan se reveló de pronto en
el entendimiento de Clara con todo su horror y repugnancia.
«Señor - repitió - , dígame usted por dónde voy».
- Sube, sube
- dijo él, colocado ya en la puerta de su casa - . Sube, no te pesará.
Si supieras qué bueno soy yo... porque lo cortés no quita lo valiente. Y mañana
te vas a tu Humilladero, o si no quieres ir...
- Señor, por Dios, dígame por dónde debo ir.
Yo me vuelvo loca. ¿Para qué me ha traído usted aquí? ¿Y dónde estoy? Puede ser
que ahora esté más lejos del punto a donde quiero ir.
- Sube, hija mía, sube - dijo el clérigo abriendo la puerta - , y
hablaremos de eso. Yo te diré dónde está esa calle, y mañana podrás...
- No: yo no le quiero ver a usted más. Pero
dígame por dónde debo dirigirme. ¿Por qué me ha engañado usted?
La joven rompió a llorar como un
niño. El cleriguillo había perdido su amabilidad; sus ojuelos expresaban el
mayor despecho; su labio inferior, masa informe y pendiente, le temblaba por la
rabia de la contrariedad y del desengaño.
«¿Está lejos esa calle, señor? ¿Está
lejos?».
El cura miró a Clara con desdén,
hizo un gesto despreciativo, y entró diciendo:
«Sí, chica: está lejos, muy lejos».
Y cerró violentamente con mano colérica la puerta, que produjo fuerte
estampido.
Algo tranquilizó a Clara el verse
libre de aquel malvado; pero al pensar que no había podido adquirir noticia
alguna de lo que buscaba; al verse en aquel callejón estrecho y obscuro, donde
no aparecían indicios de vivienda humana; al considerar que por un extremo
podía aparecer un hombre y por el otro extremo otro, avanzando - 282 -
hacia el centro y cogiéndola entre los dos, fue tal su
pavor, que estuvo a punto de caer al suelo sin sentido. También se le figuraba que la enorme muralla de la casa del
Cordón y la de San Justo iban a reunirse, aplastándola en medio. Un supremo
esfuerzo, una carrera en que el espíritu agitado, más bien que el cuerpo,
parecía trasladarse, la llevó a la calle del Sacramento. Al fin vio una luz que
se movía: era un sereno. Aquel encuentro la infundió algún valor; acercose a él, y le repitió su
pregunta, tantas veces hecha y nunca contestada. El sereno, de muy mal humor,
pero con buena intención, le dio la dirección verdadera.
«Baje usted esa cuestecita por
detrás del Sacramento; baje usted siempre hasta que llegue a la calle de
Segovia; en seguida sube usted derecha, siempre adelante, hasta encontrar la
Morería; entra por ella hasta llegar a la calle de don Pedro; después sigue por
esta hasta la plazuela de los Carros, y enfrente de la capilla de San Isidro,
encuentra usted la calle del Humilladero». Le repitió las señas y le dio las
buenas noches.
La huérfana se retiró muy
agradecida. Al fin encontraba la dirección de aquella maldita calle. Tomó por el
camino indicado y bajó la cuesta de los Consejos. ¡Qué triste y pavoroso lugar!
El piso parece que huye bajo los pies del transeúnte: tal es la pendiente. A
Clara, que estaba completamente desfallecida y con la cabeza debilitada, le
parecía caerse a cada paso, y que el suelo se iba inclinando más cada vez,
negándose a soportarla. Llegó a creer que nunca terminaba aquel descender
precipitado, hasta que por fin sus pies pisaron en llano. Estaba en la calle de Segovia, y se le figuraba haber caído
en un abismo. No era posible, pensaba ella, que el sereno le hubiera dicho la
verdad. ¿Estaba
aquel sitio habitado por seres de este mundo? De noche, y en aquella lobreguez,
parecía la profundidad de un barranco, de esos que escogen para sus
conventículos los duendes y las brujas. Mirando hacia arriba, le parecía que se
inclinaban, amenazando caer, las dos masas de habitaciones que a un lado y otro
de la calle se levantan.
Clara siguió, sin embargo, la
dirección que el sereno le había indicado: distinguió delante de sí la cuesta
escarpada de los Ciegos, y pensó que era imposible trepar por allí. Intentolo a
pesar de todo, tropezando con montones de escombros y ruinas; las casas se
veían arriba suspendidas, al parecer, como nidos de buitre en lo alto de la
eminencia. Ella se sintió sin fuerzas para escalar aquello; - 283 -
no distinguía senda alguna, ni había allí nada que indicase
el paso de seres humanos. No se oía voz alguna, sino de tiempo en tiempo, y
resonando muy lejos, gritos de mujeres. Los gritos resonaban como si una
bandada de aves, con palabra humana, se cerniera graznando en lo más alto del
cielo. De repente oyose una voz infantil que venía de abajo. Era una niña que subía sola, y cantando, por la calle de
Segovia, dirigiéndose a la Morería. Clara vio con asombro que la niña, sin cesar de
cantar, subía la cuesta y trepaba, encontrando una vereda entre tantos
escombros. Se levantó e intentó seguirla. La niña no la vio y marchaba delante
muy alegre, al parecer. Pero de pronto advirtió el ruido de los pasos de la que
la seguía; volviose; vio aquel bulto que en medio de la noche andaba tras ella,
y lanzándose en súbita carrera, empezó a gritar: «¡Madre, madre: brujas,
brujas!».
La huérfana sintió entonces más
claros los gritos de las mujeres, y llegó también a creer que había brujas por
allí. Las mujeres parecía como que bajaban, y sus voces confusas y discordantes
semejaban el altercado frenético de una horda de euménides. Retrocedió Clara y
volvió a bajar, estando a punto de resbalar y caer algunas veces. Hallose de
nuevo en la calle de Segovia, y entonces los gritos femeninos llegaban a sus
oídos como si la horda de aves con palabra humana hubiera levantado el vuelo
tornando a las altas regiones.
Empezó a llover: caían gotas muy
gruesas, que la imaginación calenturienta de la huérfana sentía en el piso como
si este fuera una caja sonora. La lluvia aumentaba; las gotas caían con
extraordinaria rapidez, dejando en las piedras un disco obscuro, semejante a
una pieza de dos cuartos que, repetidos infinitamente, concluyeron por teñir de
negro reluciente todas las piedras. Clara se arropó; apoyose en una gran piedra
sillar que allí había, y, con el alma agotada ya, miró al cielo buscando la
luna, una estrella, cualquier cosa que no fuera negra y horrible, cualquier
cosa que no hubiera visto aquella noche en otra parte; pero no vio ni estrella
ni luna: tan sólo allá abajo, en la dirección del puente y en el horizonte que
tras la otra orilla del Manzanares se dibuja, vio una lumbre rojiza, esa
claridad violenta de encendido color, que es en noches tempestuosas como una
fiebre del cielo. Se le ve arder calenturiento y agitado por súbitas y
precipitadas exhalaciones, mientras toda su inmensa extensión permanece obscura
y helada. Aquella luz impresionó la mente de Clara de un modo muy extraño.
Lejos de infundirle - 284 -
temor, le pareció ver allí
alguna cosa interna, más profunda que el profundo cielo, que parecía estar
abierto por aquel punto. Creía ver oleadas de luz, emanadas de un foco
incandescente; formas humanas, cuerpos sin sombra, que oscilaban con
caprichosas revoluciones. Parecíale como una falange de astros humanos, de
cielos y mundos en forma de seres vivos, que allí se determinaban dentro del
espacio mismo de una llama sin fin; cada uno engendraba miles, cada mil un
millón; se alejaban y volvían, se obscurecían tenuemente, y de nuevo adquirían
el brillo de la más intensa luz.
Cuando apartó la vista de aquella
claridad, miró al lado opuesto; miró a la calle, en derredor, y no vio nada.
Esperó un rato, mirando siempre, y tampoco vio nada. Creyó que estaba ciega, y
en vano quería, con atención afanosa, descubrir algún objeto. La lluvia había
crecido de una manera espantosa: un torrente bajaba por la Cuesta de los Ciegos
y otro por la de los Consejos; la calle recogía estas dos vertientes y arrojaba
hacia el puente un barranco fangoso. Ella continuaba sin ver; sentía que sus
pies se enterraban en fango; el ruido era horrible. Se le concluyó el ánimo;
creyó que no le quedaba más recurso que cerrar los ojos, que ya no veían, y
dejarse morir allí, dejarse arrastrar por aquella agua que iba hacia el río con
precipitación vertiginosa.
Un relámpago intenso iluminó aquel
abismo. Entonces pudo ver a la repentina luz las dos masas obscuras de casas
que a un lado y otro se alzaban. Pero después volvió a quedar sumergida en su
profunda ceguera. Las rodillas se le doblaban; el agua le había calado toda la
ropa; Batilo gruñía como un perro náufrago. A pesar del ruido de la lluvia, los
gritos de las mujeres se sentían otra vez, discordantes, agudos, como confuso
chirrido de pájaros nocturnos, resonando encima, allá arriba. La enferma
fantasía de Clara creyó reconocer en aquellas voces un horrible y áspero trío
de las Porreñas, que volaban, envueltas en espantosas nubes, dando al viento
las voces de su impertinencia, de su amargo despecho y de su envidia. Hasta le
pareció ver a Salomé, que se cernía en lo mas alto, agitando rápidamente sus
luengas vestiduras a manera de alas, y mostrando hacia abajo las encorvadas y
angulosas falanges de sus dedos, terminados con uñas de lechuza.
La lluvia empezó a disminuir. Ruido
de campanillas y ruedas indicó a Clara que una galera acababa de pasar la
calzada del puente y entraba en la calle: esto la animó - 285 -
un poco, porque sentía la voz del arriero, que con
tremendos palos estimulaba a sus caballerías a subir la cuesta. Levantose la
joven dispuesta a hacer la última tentativa preguntando al arriero. Llegó a la
galera, y Clara se adelantó hacia la mitad del camino; pero una de las mulas,
que era muy espantadiza, dio un salto y casi vuelca la galera. El arriero
empezó a proferir votos y juramentos. El animal se resistió a dar un paso;
pegaba el arriero, coceaba la arisca mula, y la otra, queriendo aprovechar tan
buena ocasión de reposar su fatigado cuerpo, que había hecho la jornada de
Navalcarnero en seis horas, se echó al suelo muy sibaríticamente, esperando a
que estuviera resuelta la pendencia entre su amo y su compañera. La mula quedó
casi totalmente enterrada en fango, y cuando el arriero vio tal cosa, y que la
galera se había inclinado de un lado, hincando el eje en el suelo, se puso
hecho un demonio: llamó en su auxilio a todos los santos del cielo y a todos
los demonios del infierno, se tiró de los cabellos y hasta empezó a darse
latigazos de rabia.
Clara, que se creyó causante de
aquel desperfecto, tuvo bastante fuerza para huir de las iras del carretero,
que, a haberla visto, la hubiera maltratado; corrió hacia arriba, y no paró
hasta la esquina de la plazuela de la Paja. Allí encontró otro sereno y le hizo
su pregunta.
«Está usted cerca - le dijo este - . Suba usted esa plazuela;
pase usted aquel arco que se ve allí, donde está la imagen de la Virgen con el
farol, y llegará a la plazuela de los Carros. Enfrente está la calle del
Humilladero».
Clara empezó a creer otra vez que
había Dios, y siguió la dirección indicada. Al
fin estaba cerca, al fin llegaba. La esperanza le dio ánimo; pero al acercarse
al arco que unía entonces la capilla del Obispo con la casa de los Lasos, se
avivó su miedo. Se figuraba que aquel arco no podía conducir sino a una caverna, y
además le parecía que detrás estaba una figura corpulenta, que no era otra que
María de la Paz Jesús, apostada allí para asirla cuando pasara, arrebatándola
con una mano grande y crispada, para llevársela por los aires.
Pero la esperanza puede mucho. Cerró los ojos, y corriendo velozmente, pasó. La
plaza de los Carros ya le parecía más habitable y menos triste: pasaban algunas
personas, se veían no pocas luces. Miró los letreros de todas las calles que de
allí partían, y al fin, llena de alborozo, leyó el nombre de la que buscaba.
Entró en ella, y a los pocos pasos vio una puerta, a cuyos lados había pintados
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racimos alegóricos y unas
botellas que indicaban muy claro que aquello era taberna. «Aquí es», dijo y se
acercó. La puerta estaba abierta, y dentro había dos mujeres y un hombre.
Preguntó si vivía allí un tal Pascual, tabernero, casado con una tal Pascuala.
«Aquí no hay nengún Pascual»
dijo una de las mujeres.
- ¿Sabe usted si es aquí cerca? - preguntó Clara - . ¿No hay otra taberna en
esta calle?
- No, que yo sepa.
Clara volvió a creer que no había
Dios.
«¿Qué estás diciendo ahí, enreaora? - exclamó el hombre - . Siempre te has de meter
en lo que no te toca. Sí, señora. Hay otra tienda de vinos de un tal Pascual...
sí, señora: ahí en el número 14».
La huérfana dio las gracias, y fue
allá, palpitante de agitación y alegría. Antes de llegar al número 14, sintió
ruido de guitarras y voces de hombres. Al acercarse a la puerta vio a muchos
que cantaban y bailaban con la exaltación de la embriaguez; y aunque no vio a
Pascuala, aunque aquella gente le inspiraba mucho recelo, subió el escalón de
la entrada, y presentándose, preguntó por su antigua criada.
«¡Olé, olé!» - dijeron dos o tres de aquellos insignes
personajes, mientras uno de ellos avanzó hacia la joven, y abrazándola
estrechamente, la llevó al centro de la taberna.
- ¡Viva el buen trapío!
Clara dio un grito de terror al
encontrarse en los brazos de aquel desalmado, y gritó con todas sus fuerzas:
«¡Pascuala!».
- ¿Qué?, ¿quién es? - dijo una voz de mujer - ; ¿a ver qué es
eso?
Pascuala se presentó, y al ver que
había allí una mujer y que estaba en brazos de su marido, dio a este en la cara
un mojicón, que, a ser más fuerte, no le dejara con narices.
«No fui yo - contestó Pascual - : fue ese dimonio
de Chaleco».
- Sí fue él, que la ha traído y la tenía
escondida, señora Pascuala - declaró
Tres Pesetas con uno de sus frecuentes rasgos de malicia.
- ¡Doña Clarita! - dijo Pascuala abrazando a Clara con más
suavidad que su marido y llevándola adentro.
Al encontrarse en el dormitorio de
los Pascuales, la sobrina de Coletilla, que había agotado todas las fuerzas de
su cuerpo y de su espíritu en aquella noche, se dejó caer en una silla y perdió
el conocimiento.
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